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 ReVista OjOs.com      FEBRERO  DE 2016

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

IMPOSIBLE (1.958)

 

Para Nelson Flórez Delgado y sus dos eses.

 

 

Mas Que Griten las Sor Zanas, muy de madrugada temprana y fría y con mirada oblicua y tangencial de sapo a punto suspensivo del croar y del sapear, se le acercó, como si imposible secreto guardase en la mollera,  meneado el rabo y bamboleadas las orejas, a doña Tulia, quien dormía, y mal porque había sido despertada  momentos antes por gemidos parecidos a los oídos cuando las gatas están en celo y que provenían del coqueto pasillo de los pensamientos inconfesables, justo al frente de la habitación en cuyo interior y sin que doña Tulia lo supiese aún, había pasado parte de la noche Salustiana Ben a Vides del Hierro y en alemán, español o por señas caninas el perro la hizo despertar y entender muy a las claras que algo olía mal y peor en el solar, con más exactitud en el hoyo donde ella y dos fortachas y masculinoides empleadas más producían abono, mezclando con anchas palas tierra, cal, orines impúberes y vírgenes de sus tres hijos, cáscaras pulverizadas de huevos varios, lombrices de tierra y de las otras, estiércol avícolo y ovovivíparo, bosta de cualquier animal mamífero, virutas, rusque, aserrín y aserrán. Cuando casi asidos de las manos o de las garras llegaron al solar iluminado por extraña y ambarina luz que doña Sixta captó de inmediato como distinta a la que aclaraba el resto de las áreas del Hotel De Siempre, el mastín empezó a revolcar y revolver con afanosa prisa y con las sus delanteras garras un irregular montículo de tierra y grama, hasta lograr desenterrar lo que ella creyó era el cadáver reciente y aún tibio de una extravagante, jovencísima y radiante salamandra macho gigantesca que lucía y exhibía un esbelto y sin prepucio falo colgante color lila pasado por mucha agua hervida y oxigenada, translúcido y transparente, que emergía del centro de su ombligo, los oídos sin orejas a la altura de los hombros y tres ojos, carentes de párpados, cejas, pestañas y lagañas, que sobresalían, como si de caimán fuesen, en la parte superior del cráneo. Y todo este endriago envuelto en una tela elástica, transparente y babosa: una placenta interplanetaria. Al cabo de unos segundos de meditacción extra rápida concluyó que se trataba de algo así como de un fiambre baboso, elástico y muy ralo, que le permitía observar con ojos abiertos como platos pandos un esqueleto quebradizo y triste, cuyos huesos, extrañamente largos y delgados, se veían negros tenues y se intuían osteoporósicos. Con ayuda canina y una pala ancha y corta que dormitaba y roncaba en las cercanías, mujer y mastín, con velocidad uniformemente acelerada, al alimón lo exhumaron, envueltos ambos por fétida hediondez inubicable, y aunque el celador dormía y roncaba echado a la bartola en el mejor sofá de la sala principal del hotel, se presintió apurada por terminar esta labor antes de que llegase, a pie, trote, cicla o bus urbano, el personal del turno matutino, despertasen, amodorrados y con pichas en los ojos, los hambrientos

huéspedes y entre todos descubrieran este endriago maligno, este entuerto satánico.

 

Recordó de repente cómo la página 408 de la segunda edición limitada para la América Latina del diccionario del señor monsieur Larousse le había enseñado años atrás que las salamandras son capaces de regenerar sus miembros amputados y por ello, por ese conocimiento tan bienvenido y útil y también por el afán que la preocupaba si era descubierta, decidió desaparecerlo a como diera lugar antes de que empezara a regenerarse y entonces se llevó lo que semejaba ser un fatal feto a tuche, enguantadas sus manos hasta los codos, con pañuelo rabo de gallo de la nariz hacia abajo, hacia el mentón, protegida su tez de los pestilentes aromas y cubierta la espalda magnífica con ruana boyacense, que en el camino la defendió de ser picada por una uña acerada y retráctil que el monstruo poseía al final de su corta cola, mientras el ahora sí timorato mastín, quien nunca ladró ni latió durante toda esta operacción a todas luces, aun apagadas, sospechosa, la seguía hasta la cocina, en donde, usando para ello la máquina de moler maíz amarillo para las arepas, lo hizo trizas y papillas.

 

Introdujo este polvo malsano y hediondo -cuyo leve olor casi se podía ver y palpar- entre un saco de arpillera, que luego incineró en el fogón junto a la pala y cuyas cenizas posteriores y tibias desparramó en un santiamén sobre el inocente abono que formándose estaba en el hoyo donde Mas Que Griten las Sor Zanas y su trufa lo habían descubierto. Los restos pulverizados del engendro mezcló y aleó con los demás componentes del abono, tres días después alimentó con él las raíces del totumo criollo que en adelante produjo totumas magníficas, tanto, que el agua que se bebía en ellas sabía mejor y la ropa lavada con ellas también.

 

Eran las 02:22 de este nueve de octubre de 1.958, recién viuda ella y huérfanos sus tres hijos, cuando por fin se echó un rato sobre la grama vecina del hoyo maldito a descansar un poco y reordenar su cabeza un mucho. El mastín se quedó dormido cual perezoso lirón al tiempo que roncaba como empantanado tractor en reversa y cuesta arriba. Tornó a la vacía cocina, lavó con gasolina blanca y algo de queroseno el molino, le metió candela hasta que se puso al rojo vivo, sacó de la blanca nevera Westinghouse un pesado garrafón de agua helada y sin esperar que se entibiase, ni mucho menos que se enfriase, lo roció con lentitud y paciencia, deformándolo un tantillo, lo envolvió en hojas de plátano  salvaje y lo lanzó, aún humeante, al tacho de la basura que el sucio departamento del aseo municipal recogería en minutos. Tornó al solar, todavía iluminado por la extraña luz de ámbar, amarró al mastín contra el totumo y con una manguera a presión de última generación lo lavó a mansalva de cabo a rabo, a la par que le frotaba todo el cuerpo con jabón de la tierra, que tiró enseguida al hoyo de los abonos, y le restregaba con dureza y por el cuerpo entero, incluidas las bolas y el escroto, un áspero estropajo sin estrenar, que después también quemó en las candelas del fogón. Asqueada por dentro y sucia por fuera se sentía molesta, así que para su higiene mental y corporal decidió por un cuarto de hora o algo más regalarse un duchazo hirviente que alternaría con ráfagas frías y pompas del jabón Reuter,  usado también por reinas, virreinas, princesas y candidatas de todo concurso de belleza que se respete. El agua que le entró a la boca le supo a frutas podridas y de inmediato recordó el aroma del solar. Se secó con rudeza y grueso toallón, que de igual manera fue a parar a las brasas, ojalá que del infierno fuesen,  se vistió de medio luto, unos días con el negro abajo y el blanco encima y otros al revés, como siempre hacía desde cuando Pedro se largó, dejándome casi en bancarrota, y de ahí el medio luto, y antes de salir de su alcoba solitaria anudó su cabello en astuta cola de caballo de Troya. Se sintió mejor, pero no mucho. Aún tenía dudas enquistadas y preguntas obscuras sin respuestas claras. Juró sobre la triste y mustia almohada de su marido Pedro Calibre no contar nada al respecto a sus hijos y se marchó en volandas para su comedor austero y privado presta a desayunar sobre mantel de percal y servilleta de organdí jugo de uchuva, changua, duro y seco pan francés pero colombobiano, mantequilla caprina, agua de panela y tamal del Socorro, Santander del Sur -fruta no quiso-, sanos alimentos que ella misma, cocinera eximia y un tanto turulata aún, había preparado para sí. Sin embargo y no obstante, la piedra  continuaba terca enquistada en sus zapatos, haciéndola cojear cada tres pasos y medio. A las 04:37 y luego de sacudirlo un  tanto le preguntó en baja voz al adormecido celador si acaso algún pasajero se había largado de madrugada y cuando le respondió que sí, quiso saber quién y cuándo. Al oír que el huésped de la habitación XIII y a las 01:22, dio un respingo y ató el primer cabo suelto. Quiso saber también si le habían pedido un taxi. No, se fue a pie, tal como llegó, le dijo el celador, ya un tanto inquieto.

 

Tratábase, una vez revisó las hojas de ingreso, y tal como lo sospechó, de la señora Salustiana Ben a Vides del Hierro, parapsicóloga y mentalista de profesión, llegada a pie a las 23:03 del día anterior, sobre su nariz unos espejuelos que, según el celador, ya despierto, bien despierto, no había visto jamás antes ni verá después en fotografías ni en nariz algunas, sin maletas ni tulas y pago por adelantado por tanto, muy apresurada, de pocas palabras guturales todas ellas y extrañamente gorda. Ató el segundo cabo suelto. ¿Notó algo raro, diferente? Sí, que se fueron la luz y el agua. ¿Y eso a qué horas? A las 23:06, momentos después de que llegara esa extraña gorda. ¿Y nada más?. Espere pienso tantico. Y pensó. Claro, iba más delgada, dijo, chasqueando los dedos. Aquí ha debido atar el tercer cabo suelto, pero no lo hizo, le faltaba un dato más o menos. ¿Y a qué hora regresaron?. ¿Quiénes?. ¡Pues el agua y la luz!. Ah, a eso de las 00.47 de hoy. Ató en enredada cadeneta el tercer cabo suelto y poco le gustó. Si, pensó doña Tulia, la parapsiloquesea esa llegó a pie y sin maletas a las 23:03 de ayer, pagó de una vez, al ratito se fueron la luz y el agua, que regresan a las 00:47 de hoy, y ella se marcha a pie, tal como llegó, a las 01:22, es claro que la gorda esa fue la del aborto, porque de ello se trataba, ya que no me quedan dudas ni cabos sueltos por amarrar. Pero la forma, la figura, el aspecto entre ser humano y salamandra juvenil…….yo no sé, aquí como que hay más de un tigre mariposo encerrado. Incómoda, esperó sentada en su perezosa y bajo el alféizar limpio del portón del hotel a que llegaran las 06:00 en punto perpendicular, exacto y preciso para agarrar de primera mano a la menos masculina de las dos muchachonas que le ayudaban con el trasteo de abonos y majadas. Se fue con ella a revisar la habitación. Lucía intachable: la extraterrestre de extravagantes gafas se había sentado en la cama, sobre cuya sábana se veía la huella doble de sus posaderas momentos antes de picarse la vagina, la toalla, intacta, dormitaba en el piso, cerca del tapete, al parecer sin usar, y tres gotas de una substancia gris y líquida aún expelían desde el piso un olor dulzón podrido, idéntico al del solar y cuando quiso encender el bombillo del techo, este estaba fundido y derretido, así como también los del baño y la mesita de noche. La gorda, sobre esa misma mesita, había dejado olvidado un tubo macizo, duro pero liviano, de cinco centímetros lineales de largo y medio de diámetro, hueco en su interior y con un estilete corto y agudo en el borde de un extremo, tal como una bayoneta calada. Creo, estoy casi  segura, que ella lo utilizó -y se santiguó- para picotearse varias veces la zona inferior de su barriga y provocar el aborto, pensó horrorizada. Asustada y desconfiada pidió a la turulata camarera acompañante, quien aún no agarraba bien ni mal la situación, que por favor le trajese a la carrera un par de guantes hasta los codos y con ellos puestos cogió el maldito tubo. De inmediato sintió un leve corrientazo que la hizo respingar, lo envuelve en un trozo de paño inglés y lo lleva al baúl de los recuerdos, que siempre está con llave. Al día siguiente, sin que hayan violentado la chapa del candado, el satánico artefacto no aparece por ninguna parte. Ordena a la camarera que incinere de inmediato los guantes hasta el codo que usó para agarrar el tubo, toda la ropa blanca, el jabón, la llave de la habitación y el papel higiénico, que con el trapero de mechas de Medusa limpie el baldosín de las tres gotas mal olientes, queme el inocente trapero y que tire todas las cenizas a la alcantarilla callejera.

 

Después de efectuada esta operacción de aseo incandescente y al tornar a la habitación con el deber cumplido, la camarera halló debajo del no usado para dormir colchón, que también quemaron luego con almohada y cama, algo parecido a una caja de dientes que se le hizo muy similar a las conchas de una ostra con imposible dentadura. Que la quemen también y usted vaya y se lava muy bien las manos y después se las frota con alcohol metílico, le dijo a la ahora sí estupefacta camarera. Pero de nada le sirvió a la mucama este riguroso   aseo porque colapsó en un lapso corto de tres días, le salieron ronchas en las manos, tuvo que renunciar obligada por el miedo y se fue por carretera destapada a morir de cáncer en la piel de las manos, junto a su atónita madre, en la tierna Zapatoca, Santander del Sur.

 

La alcoba alquilada por la señora Ben A Vides del Hierro permaneció cerrada con candado y cadena al público durante dos meses de prudente cuarentena, hasta cuando doña Tulia concluyó que ya la habían fumigado lo suficiente con Black Flag y aromatizado con eucalipto y palo santo, sus armas favoritas contra fetidez y nauseabundez. Como ofreció a través de los avisos clasificados del periódico La Retaguardia Liberal grandes descuentos a quienes quisieran hospedarse en ella, problemas no tuvo para alquilarla. Pero en esta mancillada habitación, y con demasiada y frecuente esporadicidad, ocurrían incómodos imprevistos tales como bombillos fundidos de súbito y sin razón, espejos quebrados a la hora exacta en que sucedió el maldito aborto interplanetario, cobijas, tapetes y toallas enrolladas bajo la cama, papel higiénico regado en desorden sobre los baldosines del baño, almohadas puestas en mitad de la cama y bajo la sábana y descargas súbitas y

anónimas del tanque de agua del sanitario sin usar. Eran pequeñas dosis inexplicables de anormalidades que no generaban terror pero sí un suave fastidio desconfiado. Era la habitación peor arreglada de todas porque las camareras, para salir rápido de ella, bajaban la guardia del aseo, subían la velocidad del desempeño y se

largaban en contados minutos, rumbo a otra alcoba en turno de mantenimiento.

 

Ya parcialmente repuesta, salió a mercar y camino a la plaza se encontró de sopetón con el señor don Octavio Covelli y Rueda, charlaron un poco, le preguntó como si nada que cómo le había ido con el apagón y el corte de agua. Él le dijo que en su casa joyería no había pasado nada. Se despidieron, y al volver del mercado, expectante y desconfiada, preguntó lo mismo a sus vecinos. Le respondieron igual: que tampoco. Quedó de una pieza. De menos de una pieza.

 

Tía le contó a su hermana esa mañana, como si fuera una noticia bomba, una chiva, que anoche le había dado un olor semejante a mortecino dulce. ¡Qué!, es que usted, Tía, se distrae y se eleva con los misterios dolorosos y todo le huele a feo, a muerte en el calvario.

 

El día acabó por fin sin contratiempos, pero esa noche apareció sobre el tejado caliente del solar una extraña ave, mitad lechuza y mitad gavilán, lechugavilán, llorona extraterrestre, que, mientras Mas Que Griten las Sor Zanas le aullaba, gimió de continuo durante un año tal y como hacía la gata imaginaria del día de los hechos; puso en ese lapso un redondo y no elíptico huevo que la nieta de la gallina piropa quiso empollar de inmediato en su nido multirracial, pero doña Sixta se opuso, huevo maldito que, roto, crudo y con cáscara, regó a lo largo de quinientos metros en las aguas ribereñas del río Poco; utilizando dos afilados estiletes sacados de súbito y sin chasquidos no supo madre cómo del extremo de sus alas asesinas sin previo aviso mató a dos desprevenidos chulos coquetos que se le acercaron demasiado a piropearla; una noche, temprano, se quedó dormida, cayó sobre la grama del solar, cuyo verde, desde entonces no fue más verde sino azul y justo el día del aniversario del aborto desapareció para nunca más volver a gemir como gata en celo, poner huevos, caerse dormida de bruces ni matar gallinazos.

 

Cuando el insomnio de la viudez temprana era persistente, doña Sixta, mientras de miedo temblaba, recordaba que ambarinas líneas de luz salidas de los ojos del ave misteriosa, parecidas a las mismas que iluminaron el solar la noche de marras, la miraban. En un par de pornográficas ocasiones obscenas soñó que la abducían en blanco y negro mientras el señor monsieur Larousse le explicaba que la luz solar y la luz del solar no eran iguales porque la segunda dependía de la primera. Bebía entonces tizanas de borrachero y aguas de valeriana y algo se defendía: Morfeo u Oniris se aparecían -por separado, que nunca juntos- algunas noches y la dormían.

 

A lo largo de ese asustador año de más de trescientos sesenta y cinco días de más de veinticinco horas, decía la dueña en broma, los teléfonos del Hotel De Siempre se quedaban mudos y sordos justo a la hora en que cree doña Sixta empezó el aborto y resucitaban un rato después, quizás cuando el daño fetal ya estaba consumado. De igual maluca manera la fetidez persistía en las narices y en los ambientes y los clientes se quejaban. Quemó en vano palo santo y eucalipto. Mintió al decir que era un caño roto, llamó al plomero, quien muy desconcertado y molesto manifestó no haber hallado ninguna avería. Con el tiempo el olor y las recriminaciones de los huéspedes se alejaron poco a poco.

 

El mastín, siempre el mastín, el lujurioso y lufurioso Mas Que Griten las Sor Zanas, quien en otras circunstancias más propicias y sin la ambarina luz de por medio le hubiera dado por lo menos un mordisco, en esta oportunidad reculó y le avisó a mi madre en el idioma aquel que ya todos nosotros sabemos que no sabemos que la insólita e interplanetaria lechugavilán estaba acurrucada en el solar, sobre un rastrojo que carecía de grama. Madre, en insonoras puntillas, se acercó a la puerta y por un resquicio pudo ver que ella estaba  escribiendo sobre la tierra seca con una al parecer estilográfica sin tinta que emergía de la garra más grande algún texto que quiso leer de inmediato. Hubo de esperar a que el ave terminara, levantara vuelo y se largara. Con el propósito de leer acaso la despedida, protegió sus manos con guantes hasta el codo, la cabellera con gorro blanco de cocinero, los ojos y sus alrededores con antiparras olvidadas por algún aviador distraído, un delantal para resguardar el vientre, tapabocas propio de constipados sobre el mentón y las chancletas metidas en bolsas de plástico muy bien atadas con nudos ciegos. Encendió una linternita sorda y pudo leer sobre la grama la palabra Ganimedes. El señor Larousse, abierto de piernas en la página 223 de su diccionario, le explicó que era uno de los satélites de Júpiter, posiblemente aquel con incipiente vida extraterrestre en pañales. Mañana muy temprano lo cubriré con  cemento gris, se dijo y se fue a dormitar. Una vez el deforme y triste pajarraco se largó sin despedirse para su patria, quizás y ojalá sin tiquete de regreso, en Ganimedes, la normalidad pareció haber vuelto por sus fueros al Hotel De Siempre. Pero vuelven los peros a emporcar mis historias y por ello el 31 de Octubre, justo el día de brujas, llegó a pie, pasadas las once y media de la noche y al parecer en busca de hospedaje, un lúgubre caballero que se identificó apenas entró como el señor Del Hierro, también en su nariz antiparras extrañas pero iguales a las que usaba doña Salustiana, sin maletas y hablando enredado, como si su voz de ultratumba emergiera de las orejas. Su bronceada y sin cicatrices tez que mostraba un aire, más ventarrón, a lo Ralf Vallone cuando desempeñaba para el celuloide roles de villano, era camaleónica, cambiante y parecía tener más caras que un enecaedro tiene. Saludó con nombre propio a doña Tulia, quien de inmediato se puso en alerta amarilla porque ¿cómo diablos sabe este diablo mi nombre de pila?, intentó saludarla de mano, pero ella se negó, alegando que tenía una infección parecida a la erisipela entre los dedos y no quería pegársela y finalmente dijo que quería conocer el solar de noche, pero doña Sixta, muy bien puesta en razón en mitad de tantas malas y pésimas sinrazones, le respondió que era imposible porque en esos momentos lo estaban cubriendo de cemento gris y fresco para volverlo cancha de baloncesto y balón volea y que los albañiles se habían llevado la llave sin querer y ella no tenía copia para abrir. Que volviera mañana, con las luces prendidas del amanecer, a ver si de pronto los obreros les permitían entrar a mirar. El extraño sujeto, evidentemente molesto, alegó que desde niño sufría de fotofobia aguda, que la luz solar lo indisponía y que como vivía lejísimos, tal vez en un año o dos regresaría, no musitó más palabras provenientes de sus orejas, dio media y veloz vuelta y se largó a toda priesa.

 

Doña Sixta Tulia alcanzó a ver que la barba y el bigote del padre de la criatura sideral empezaron a crecer a gran furiosa velocidad. Ojalá y logre alcanzar el ave esa desgraciada -acaso, seguro que sí, esposa de su interlocutor- que abortó un feto inconcebible en el solar y puso un huevo elíptico en el tejado, creo yo que pensó doña Sixta. A medida que el señor del Hierro y su ira se alejaban con rumbo al portón y la calle 37, pudo  observar que de su cuerpo, cubriéndolo, arropándolo, una bruma tenue, grisácea y caliente, porque expelía humeantes vapores, lo acompañaba. Cruzado el umbral y desaparecido él, con asombro observó que las catorce huellas de sus zapatos al marcharse quedaron impresas, hundidas y envueltas en humos sobre los asombrados y rústicos baldosines. No logró conciliar el sueño, Morfeo no quiso venir y mal dormida al día siguiente contrató un albañil para que taponara los huecos de las huellas. El maestro de obra pudo sin esfuerzo cubrir doce, pero dos, por alguna fuerza invisible y magnética que le impedía acercarse, permanecieron a la vista de todos. Lo llevó, entonces, al solar para que de igual manera ocultara el destino escrito por la llorona extraterrestre, pero cuando el bloquecito de cemento hubo fraguado, de improviso la palabra Ganimedes lo atravesó y se posó en su parte superior, en donde aún permanece expuesta al público, lo mismo que las dos huellas insepultas. Decidió cobrar dos centavitos para verlos.

 

¿Creen ustedes que esta reptiliana historia es verídica?. Yo, enemigo que soy de los reptoides, lo dudísimo. Y bastante.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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