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 ReVista OjOs.com       DICIEMBRE  DE 2015

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

DOCTOR EN DERECHO (1.958)

 

Para la Academia de Histeria de Santander del Sur.

 

 

Este benemérito doctor en derecho, aunque a veces se torcía y enderezaba el rumbo equívoco cuatro o cinco días más tarde, y su cordial posterior contraparte política y sexual, don Pedro Jota Calibre, se amistaron bajo la sombra de un animado y animador jolgorio pleno de licores anisados y pentagramados en el que quien llevaba la voz cantante y el tiple, el inspirado don Francisco “Pacho” Ben a Vides, un tanto temeroso e inseguro, puesto que conocía por separado a ambos y muy bien sabía de sus mutuas explosiones verbales y temperamentales, una vez los observó sentados agrios en sillas separadas y distantes se acercó hasta ellos y sonriente les dijo que si cercanos se sentaban jamás de los jamases se arrepentirían, premonición que resultó valedera y verdadera hasta cuando el primero dellos, nacido en la tierna Zapatoca allá por el inolvidable 1.897, murió un maldito domingo tibio y lento de 1.958 por psicotrópica sobredosis en la habitación XVIII, realidad de a puño cerrado que fue negada de plano cobarde y sin saberse, aunque se sospechasen las razones, por diarios, revistas, noticieros y chismes de la época.

 

La llama de la elocuencia, por haber sido el creador del periódico El Haber, le decían correctores de estilo, linotipistas, editorialistas, periodistas y enemigos popólíticos y persoanales.

 

A Jacinto y a sus dos hermanitas su ogro padre teníales prohibido el ingreso a su negocio todos los días de la semana, excepto los domingos de comulgar en ayunas o dormir hasta tarde. Este tajante e injusto veto afectaba tanto en sumo grado a su hijo carente de amigos que logró llevarlo cerca de los cortantes bordes de la silenciosa taciturnidad porque le impedía trabar amistad constante y continua con huéspedes de todos los colores, conocer sus gustos alimenticios y sus lugares de origen, muchas veces extranjero, el acento con que hablaban, la marca, sabor, color, precio y efectos de los licores que les embriagaban y sus variables maneras de vestir y desvestir, aprendizaje este del que se valía para en aulas y jaulas de la señorita Herminia Serrano epatar a sus compañeritos con múltiples y vastos conocimientos lingüísticos, geográficos, gastronómicos, sociológicos y eróticos que había logrado adquirir cuando los domingos podía entrar al hotel y departir con los pocos huéspedes que por esos días feriados allí se alojaban para intentar matar el tiempo mientras llegaba el odiado lunes que intentaría después matarlos a ellos con la obligatoriedad del trabajo. Fue así como Jacinto se enteró, mucho antes de que sus contemporáneos residentes en el lejano barrio del Soto Mayor lo supieran, de la existencia de extraños platos llamados gulash, ñoquis, paellas, tallarines, chunchullos, ubres y gónadas hervidas o pescado kosher; de poblaciones, ciudades y países lejanos, intermedios o cercanos como Jordania, Maxton, Turquía, Groenlandia, Chitagá, Otavalo, Cantón, Escocia, Qeqqata, Hamburgo, Nápoles, Dosquebradas o Tolú; de, así hablasen castellano, los diferentes acentos, paisa, costeño, rolo, pastuso, valluno, llanero con que lo pronunciaban y de la gran cantidad y variedad de prendas de vestir, bufandas, calzonarias, polainas, ligueros, amansalocos, levitas, bragas, boinas, suspensorios, bigudíes, acostumbradores, monóculos, sutianes con que los huéspedes machos, hembras e indecisos ambiguos irresolutos cubrían las diferentes partes y zonas de sus cuerpos jóvenes, adultos, seniles, femeninos, masculinos, hermafroditas, vacilantes, andróginos, onanistas, neutros, trocados o inseguros. Por eso, cuando Jacinto entró ansioso ese fatídico domingo tibio al hotel en busca de con quién hablar o qué nuevo conocimiento adquirir y se encontró nadando con la ropa puesta en un lago de silencio y luto, de inmediato le preguntó a su padre las causas de la callada actitud de empleados, huéspedes, flores, pájaros prisioneros y libres, el dogo, su madre, sus hermanitas, Tía y la atmósfera toda que allí se respiraba.

 

-Es que Manolo ha muerto-.

 

-¿Manolo, cuál Manolo?-.

 

-El doctor Sierrano y si va a seguir hablando a gritos, hágalo en silencio-.

 

-Pero, papi, cómo voy yo a hablar a gritos en silencio si es imposible?-.

 

-Quiero decir que en bajísima voz-.

 

-¿Por qué, es que usted cree que si hablo como siempre lo hago a gritos el doctor Sierrano se puede despertar?-.

 

-¡Que cierre el pico, le digo!-.

 

Tuvo que cerrarlo, sentarse, sin mecerse porque rechinaba, en la mecedora, poner sus ojos avizores y prestar oídos atentos porque era la primera vez que podría tener la oportunidad de ver un muerto recién acabado de morir y no quería perdérsela, así que cuando su otro yo, el correcto, el prudente, le dijo que debía guardar la compostura en algún imposible bolsillo transparente, obedeció sin rechistar en contrario.

 

A este visionario fundador de la Academia de Histeria de Santander del Sur lo tildaban de ser el mago de la improvisación coherente.

 

Durante todo el largo, ancho y alto de este fúnebre domingo y hasta cuando la luz solar y diurna, cansada y aburrida con el tanto silencio que se oía se largó a dormir al occidente, más allá del Palo del Negro, al Hotel De Siempre y a sus luminosos patios y amplios corredores, en visita de pésame y muy circunspectos, silentes y dolientes, entraron veintitrés popólíticos de barata pacotilla y nueve periodistas de pésima ortografía y de obtusa y manipuladora redacción. A todos estos treinta y dos dudosos sujetos les fueron dados a comer gratis la misma cantidad de almuerzos y a beber, también de gorra, cuádruple cantidad de tintos cerreros y triple de digestivas aguas aromáticas. El por esos entonces imberbe Jacinto estaba realmente maravillado pues nunca antes había visto a su madre con tanto afán y nula recompensa monetaria oficiar de mesera y de forzada anfitriona ante semejantes papanatas sin igual, porque en sus ojos, que jamás generaron y generarán lagañas, se podía adivinar el fastidio, el desdén y la impaciencia. Por el contrario y para fortuna de doña Sixta Tulia, quien tal vez no hubiera sido capaz de atenderlos también a ellos como es debido, no se aparecieron sacerdotes, dolientes ni novios.

 

Quienes sí no gozaron de estas atenciones alimenticias y líquidas fueron los funcionarios de la funeraria Matajira porque el vestirlo, maquillarlo, hacer la mascarilla en cera tibia de su rostro, trastear su drogado cadáver desde la cama de la muerte hasta el ataúd del descanso eterno y luego hasta la sala de visitas les llevó el resto de la mañana y parte del atardecer. Don Pedro, con la pésima certeza de la extraña muerte de su amigo encima y adentro de su cerebro, había en dos horas y cuarto envejecido nueve o diez años y su espalda jorobádose en una curvatura cercana a los diez grados de delantera inclinación porque estaba seguro, y además agobiado por esa certeza nacida de su fatal pesimismo, de que sus numerosos contradictores lo acusarían de ser culpable intelectual y aun material del sospechoso deceso del ex senador, lúcido y ladino abogado, prolífico escritor castizo y locuaz orador tanto en el foro como en la calle, los bares, billares y los salones del Club y de la Cámara del Comercio. Razón tenía: él era ácrata, ateo, pésimo y tacaño lector, chafarote, mal hablado y peor vestido y por el opuesto, el finado siempre había dado muestras claras e irreversibles de ser en todas partes y ocasiones un bien vestido y atildado caballero conversador y conservador que defendía, de puertas y ventanas para afuera, las buenas y sanas costumbres que son las insoportables banderas y estribillos de las gentes de bien mentir.

 

Cuando la pesadumbre que doblegaba a su padre se lo llevó del brazo izquierdo rumbo a su cama monumental para que descabezara una siesta que le devolviese la seguridad de su inocencia, Jacinto se levantó de inmediato de la mecedora en que no se balanceaba por temor al ruido y se dirigió a la sala en que el doctor Sierrano Albo desde su ataúd impaciente esperaba a que se lo llevaran para el más allá, que queda más acá de lo que muchos sostienen. Este primer fiambre que vio frente a frente en su vida, que el segundo será el paterno y ojalá no el tercero el materno, no le agradó ni siquiera un milímetro: el doctor en derecho parecía verlo sin mirar, oírlo sin escuchar, olerlo sin respirar y hablarle sin mover labios ni lengua. Soportando con debilidad estoica un escalofrío muy diferente a los que dan fiebres, resfriados y calenturas, se retiró y tornó a la mecedora, sobre cuyos mimbres sentado almorzó sopa de lentejas y nada más, que inapetente estaba del miedo más inexplicable que jamás sentido hubiera.

 

 Muchos aseveraban, entrellos Juancé, que era el ángel del verbo y el arcángel de la palabra iluminada, sobre todo después de oírle perorar sables y saetas en las matutinas, vespertinas y nocturnas sesiones de la Asamblea Departamental en 1.922 y 1.923.

 

Llegado el atardecer los popólíticos y los periodistas se largaron a sus cubiles y guaridas, quizás a dormir, beber, planear triquiñuelas o acaso quizás a redactar mentirosos editoriales y lambones panegíricos y llegado el anochecer a dormir se fueron todos los demás, excepto el doctor en derecho Sierrano Albo, quien continuó despierto del susto pero muerto y su compadre Pedro José, quien continuó también despierto pero casi muerto del susto, que era diferente del que asustaba al finado porque era el terrible e injusto de la culpa que le querían endilgar. Al otro día, en su plena matutina mitad y sin la presencia del con toda razón su acobardado amigote, de su solidaria esposa doña Tulia, de sus tres pequeños hijos y del entrometido mastín napolitano Mas Que Griten las Sor Zanas, un sepelio inmerecido por lo parco se llevó el fiambre del doctor, cuyos ojos claros habían amanecido sin las ojeras que sí lucía su acongojado amigazo, hasta el cementerio central, en uno de cuyos muros orientales y solitarios, situado, qué ironía tan sarcástica, a pocos metros del panteón familiar de los Calibre en donde un año más tarde su amigo Pedro también dormiría el sueño eterno e injusto de quienes mueren siendo justos o injustos, con escasas pompas o vanidades fue inhumado, sin lápida de por medio por ahora y para toda la eternidad, que hasta el presente tan solo llega hasta hoy. El señor Calibre, una vez que hubo esperado siete días a que algún doliente, novio, copartidario o presunto heredero le colocase una lápida a la tumba y comprobado que tal no sucedía, decidió, de su propio bolsillo y desde su propio amor de amigo ordenar en la mejor y más costosa marmolería de las muchas que hay en los tristes alrededores del camposanto la rápida elaboracción de una que por su magnificencia lo dignificase a lo largo de los tiempos por venir. En ella se podían leer su nombre y apellidos y las fechas de nacimiento y muerte y ver la portada del último libro por él escrito, titulado “La vida no es así”. Durante el año siguiente y mientras que don Pedro permanecía en espera de su muerte por cardíaca insuficiencia, jamás permitió el ser preguntado por persona alguna, viva o muerta, sobre los motivos que los llevaron a ser tan compinches si todo los separaba ni acerca de las causas de su fallecimiento. Igual hizo doña Sixta Tulia, así que la genética y problemática curiosidad de que Jacinto hacía gala pudo ser a cabalidad saciada muchos decenios después, cuando su madre, navegando en mares sonsos de cordura y alegres de locura, abrió la puertita de su boca desdentada y empezó a hablar hasta por codos, tobillos, astrágalos y calcañales.

 

Era febrero del 2.012 cuando Jacinto fue cerca de la medianoche hasta la alcoba en cuya cama su madre recibía resignada tenues dosis de calmantes y barbitúricos, de sopetón le dijo que quería escuchar y oír, que no es lo mismo, la historia completa de la amistad que había uncido al doctor en derecho torcido Sierrano Albo con Pedro José Calibre cuando en realidad lo que deseaba era saber si él y su padre se drogaban o no.

 

-Sí, mijo, aplástese en el sofá y no me interrumpa, que llevo siglos y más siglos esperando a que usted me hiciese esta pregunta tan jodida-.

 

Jacinto se sentó, montó masculina carabina y se aprestó a escuchar con atención pues no quería perder detalle alguno ya que llevaba muchos años a la espera de respuestas concretas para sus interrogantes etéreos. Su madre cerró los ojos, tragó por lo menos medio metro cúbico de aire para coger impulso y empezó con su perorata: oiga bien su padre y el doctor ese se conocieron por culpa de o gracias al tiplista Pacho Ben a Vides en un bazar del barrio del Campo Fermoso mismo sitio al que iban a física pata las maniquíes disfrazadas de humanos a bailar mapalé y otros bailes y desde el primer instante en que estrecharon sus manos se dieron cuenta inmediata de que aunque eran distintos por el vértice eran iguales por el centro y de que por más y más que sus alternados enemigos insistieran no lograrían separarlos así que muy pronto empezaron a beber tragos finos de importación o de contrabando y a inhalar unas por mí desconocidas sustancias blanquecinas polvorientas y prohibidas que los hacían más resistentes al sueño y al guayabo a confesar sus pecados de toda índole y a guardarse sus espaldas sobre todo la del doctor que tenía muchos enemigos a causa de sus éxitos en los juzgados y de sus errores en las alcobas ajenas y masculinas hasta el punto de ebullición en que su padre lo tuvo que esconder en la más lejana habitación del Barrio Obrero y cuando las amenazas se multiplicaban por tres y se volvían casi reales lo sacaba disfrazado de albañil o de pesero por encima de un muro trasero de bahareque y caolín que daba a la calle 36 y se lo llevaba en el Packard para la Mesa de los Santos tantas y tantas veces que su papá se vio obligado a construir pegada a la casa principal de la finca una amplia alcoba que ambos entre ajadas carcajadas llamaban el cuarto de los cacorros y que de muchos bretes lo sacó como por ejemplo cuando el beodo y preciso y acertado doctor en medicina Víctor Pudiesse por allá arriba se apareció con una escopeta de cacería hechiza dispuesto a vengar las burlas y las afrentas con que el otro doctor este en derecho dizque romano decía él lo ofendía cuando ambos coincidían en Zapatoca y también cuando el papá de un joven taxista a quien Sierrano le había mancillado el honor y la entrepierna llegó con la determinación armada de cobrar venganza y aclaro que también muchos lo querían y respetaban como mi querido amigo el señor monsieur Larousse con quien se entreveraba en unos paliques infinitos pero eso sí que le quede bien claro a los historiadores que el doctor nunca se le acercó a su papá con otras intenciones que no fuesen las de beber inhalar reír y hablar mal de los demás y jamás lo invitó a sus fiestas inversas ni a sus levantes nocturnos y a mí no me consta nada de esas jodas que parecen chismes o mentiras inventadas para joderlo y más bien y por el contrario le decía Pedro póngase a leer y le regaló dos o tres novelas de una gringa llamada y ojalá no me enrede Pearl Comfort Sydenstricker Buck y una de un tal tocayo suyo Jacinto Benavente y un libro de poemas de ojalá pronuncie bien Walt Whitman pero yo creo que no leyó ninguno de los cinco porque su papá sí que hablaba mal y sucio y muy grosero y yo pensaba cómo culos se lo puede aguantar el educadísimo doctor Sierrano si cada vez que el otro o sea su papá abría la jeta y hablaba había que pedir permiso para ir al excusado a vomitar letras y vocales y también puedo jurar que ninguno alcahueteaba al otro porque yo jamás agarré a su papá con las manos en la moza ni al doctor con las mismas en el mozo y no quiero abrir los ojos porque me distraigo y se me va la paloma y me arrepiento ahora de haber dudado de él porque un día de diciembre de no recuerdo ahoritica qué año y estando yo temperando en la Mesa de los Santos junto a Pablito ese que usted con rabia llama sacerdotillo lo vi caminar despacio y como si tuviera un fríjol entre el culo y me le acerqué para preguntarle que qué opinión tenía del doctor Sierrano Albo y el buenazo del Pablito sacerdotillo como usted le dice me contestó que le tenía miedo y aunque el doctor lo miraba y lo miraba él siempre lo mantuvo a prudente distancia y nunca le dio oportunidad alguna pintada calva para que intimasen y entonces yo que no le creía le pregunté que por qué caminaba así como si le doliese la colita y el pobre muchacho me dijo que era porque su papá don Pedro lo había castigado con no permitirle usar pantaloncillos por una semana y que por eso y no por lo que yo creía era que tenía el rabo escaldado y con rasquiña y ardor y por eso caminaba así y que ni se me ocurriese untarle pomadas cremas ni ungüentos en el ano y vecindarios porque si se dejaba muy de segurísimo se iba para el infierno y allá sería peor porque no lo respetarían y perdone Jacinto que esté echando tanta cháchara cuando usted lo que quiere es saber si él y su papá metían cocaína y pues sí sí que metían aunque no todos los días y lo sé de muy buena fuente porque un hijueputa que ya se murió y que se llamaba don Jorge y no le digo el apellido porque los muertos aunque algunos no lo merezcan se merecen respeto lo mismo sus descendientes y que trabajaba como vendedor de los laboratorios Merck, Sharp and Dome se la vendía bien cara aunque fina y purísima porque estaba destinada a ser usada en operaciones de altas cirugías cada vez que la necesitaban en los quirófanos y esta palabra me la enseñó el tocayo de su papá Pierre Larousse pero como el doctor Sierrano era tan sensible y estaba turulato y muy nervioso porque por debajo de la puerta de su bufete le habían echado unos anónimos en que le juraban que de esta mismísima noche no pasaría vivo se le fue la mano a la nariz y se metió el tubo completo sin darle a Pedro ni un miligramo y me acuerdo que por ese proceder se insultaron borrachos y fue por ello que el doctor amaneció muerto con un hilillo de mocos blancos y espesos rodando desde una fosa nasal y otro de sangre coagulada desde la otra y ¿ya quedó satisfecho, Jacinto?. Doña Tulia, al ver que su hijo no respondía, abre los ojos, lo ve dormido, le golpea la espinilla derecha con un suave toque de la punta de su ahora que está tullida inútil bastón y lo despierta.

 

-¡Qué joda, madre, me quedé dormido cuando Pudiesse y Sierrano peleaban en Zapatoca! ¿Será que puedes volver a comenzar?-.

 

-No, ni de riesgos, las historias de los muertos solo se pueden contar una merita vez porque si uno se dobla y vuelve a abrir la jeta, ellos regresan aquí a Bucaramangracia nuestra tierra y nos tiran de las patas. Mejor váyase a dormir con su mujer e invéntese el resto de la historia-.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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