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 ReVista OjOs.com       NOVIEMBRE  DE 2015

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

EGO (2.000)

 

Para Rebecca King.

 

 

¿Cómo demonios no voy a aparecer en estas esperpénticas crónicas si soy el primogénito, amén de que varón, de la viuda propietaria y toda mi vida la he desperdiciado, amonesta ella, mi madre, viviendo del aire y gratis en las alcobas números IX, X u XI del Hotel De Siempre?.  Soy, por tanto, un consentido incapaz, malo remalo para todo lo bueno, bueno rebueno para todo lo malo y en extremo izquierdo regular para nada que sea derecho. Todo lo que yo apetezca aparece a gratuita mano cercana: antes de pensar y expresar un deseo inesperado ya me lo han concedido entero y mejorado; si cae agua, paraguas, y si ataca el sol, parasoles; como no quiero ni quiero querer embolar zapatos, hay disponible y siempre a mano cercana un lustrabotas supernumerario que trabaja al mediodía, cuando todos los zapatos sucios vienen a almorzar con sus famélicos propietarios encima y dentro dellos, pisándolos; si de hambres y sedes se trata, en cocina, despensa, comedor y bar están las soluciones; en la lavandería cuidan, lavan, cosen, secan, zurcen, planchan y cuelgan mi ropa, aun la interior inferior; y revistas y periódicos me los lanzan por debajo de la puerta en las primeras horas de la madrugada y con la tinta fresca aún en titulares y noticias; si siento calor hay duchas de agua fría a la mano y a la pierna y al cuerpo entero y si sufro de frío pues lo contrario caliente o tibio; si tengo pereza corporal o sensual, las campesinas camareras me visten y desvisten y ¿para qué sigo?, que no deseo, aunque a veces sí y mucho, que la envidia les infarte los miocardios. Me he bien gastado la vida en el perpetuo observar hasta el milímetro lineal a todos los huéspedes de nuestro hotel, sus comportamientos y manías, sinsabores, albures, pesares, azares y dolores. Sin la ayuda de nadie he descubierto mentiras piadosas e impías y destapado entuertos de todos los tamaños todos, desde grandes hasta enormes, sin pasar por pequeños o medianos, que para mí ellos no tienen importancia que valga la pena el distraerme. De asesinatos y homicidios he visto tres cadáveres, deseado uno e intuido dos. Y de igual manera, o parecida, he contemplado y sospechado abortos, terapéuticos o no, terrícolas o siderales. Según mi parecer, que acepto puede ser erróneo, un hotel familiar, amañador y acogedor como lo es el nuestro, si su propietario o administrador son curiosos hasta el afilado borde de la inoportuna imprudencia, es un completo diccionario socioilógico, como quiera que no solo hay huéspedes por observar, como también proveedores, venales funcionarios de la administración de impuestos que van de tonta cacería a ver si evadimos nuestras obligaciones fiscales, empleados de todos los tres o cuatro sexos, emboladores, voceadores a todo pulmón de prensa, loteros y chanceros, todos con la suerte de hoy en sus manos o a sus espaldas, mensos espías de la competencia y del germano almirante Canaris y ávidas prostitutas que pretenden entrar de agache a las alcobas de cama doble fungiendo de amantísimas y sacratísimas esposas, de condescendientes primas hermanas en segundo grado de consanguineidad, de solícitas enfermeras que van a aplicar inyecciones contra cualquier mal o de serviciales secretarias a recibir por señas un dictado erótico. También de sopetón y casi que a los empellones me topo con pintores de brochas gordas, carpinteros, carniceros, desharrapados basuriegos, plomeros, albañiles, electricistas de corriente alterna y continua y otros surtidos etcéteras diversos. A lo corto, si se compara con la eternidad sin principio ni fin, nuestro hotelillo tiene setenta y cinco años de edad no provecta aún, novecientos meses, veintisiete mil días, seiscientas cuarenta y ocho mil horas, treinta y ocho millones ochocientos ochenta mil minutos y dos mil trescientos treinta y dos millones ochocientos mil segundos. En resumen, soy un ultra matemático vago fisgón. ¿El ocio creador?. Quizás. ¿El gran mirón universal?. Quizás, quizás, quizás, como canta, sí, Nat King Cole. Pero me aburro y me impaciento de cuando en cuando con tanta fisgonería que yo esgrimo porque se debe tener en cuenta y muy en claro oscuro que las situaciones se repitieron, repiten y repetirán a lo largo de los años -nuestro hotel abrió su portón principal en 1.937 y ya estamos anclados por el 2.012- y es entonces cuando aparece el tedio que da la repetición de la repetidera y que de sopor me llena. Cuando esto sucede, me embriago hasta la náusea, hasta el gran mareo universal, hasta el cansancio y hasta la mañana del día siguiente y para ello tengo mis amigos con quienes y los sitios en donde beber sin cortapisas y hace una semana, justo después y no antes de un traicionero ataque de perezoso escepticismo súbito que con certero tino me bombardeó las entrañas cerebrales, lo hice. He aquí, a continuación, los maltrechos hechos no deshechos aún, dos puntos: un sábado cualquiera, reciente y más común que corriente, sentí que la desazón y la intemperancia se acaballaban indómitas con el vulgar despropósito de acallarme, así que decidí ausentarme del hotel por dos o tres días con sus etílicas noches a fin de sacudir con pésimas conductas las malas sensaciones que mi rutina ha traído y atraído consigo. Le pedí a mi mujer, mi báculo, recuerden, que nos marcháramos para la Mesa de los Santos no tan Santos a tirar la ropa exterior e interior por la ventana en la alcahueta compañía cálida de su medio hermano paterno, Tico apodado por todos sus amigos y conocidos, quienes eran muchos y surtidos y suertudos dada su simpatía desaforada, documentalista y excelente camarógrafo de profesión y de calidad y uno de los uno o dos hombres más viriles y apolíneos que yo jamás haya conocido y estrechado su mano; de su esposa, fanática hipertensa del Joe Arroyo, la Esthercita Forero, el por ti Lucho Bermúdez, la Matildita Díaz, el Bobby Capó a quién y el multicolor carnaval de Barranquilla, Atlántico, maestra y experta en seguridad humana y altísima hembra de armas automáticas tomar y finalmente de una tremendísima, extrovertida y adinerada inglesita, medio inglesita en realidad, pues su padre, Mr. Teophilus King, había contraído nupcias con una nativa de estas tierras, Suárez apellidada,  estupenda anfitriona a quien las adversidades no le hacían mella ni roto, Rebecca King Suárez llamada, quien poseía una cabaña moderna y con la última tecnología de punta disponible para nosotros en la cocina, que era integral y muy cuca, cabaña en la que pasaríamos un fin de semana dedicados a la constante libacción y a otros bajos menesteres peligrosos y peliagudos, como por ejemplo enviar señales de humo a nuestros amigotes que se habían quedado muy ladinos y libidinosos en nuestra muy amada Bucaramangracia, haciendo de las suyas con las mujeres ajenas. Cinco éramos y cinco nos fuimos para allá en el engalladísimo campero Nissan Patrol de mi cuñadísimo y cinco nos emborrachamos en la cabañísima de Rebecca con whisky puro, sin hielo, rocas, agua, pausa o soda, hasta decir no más, porque los excesos nos fascinan. Rebecca cayó redonda primero: era muy débil frente a la fortaleza de los tragos y no hubo, ni habrá, creo yo, manera de impedírselo porque el abuso de la bebida nos hizo creer a los cuatro sobrevivientes que Morfeo y Baco se habían aparecido con sendos garrotes en las manos a la par que nos insultaban en una idioma que yo presumo era el griego antiguo. Dejamos de joderla para tratar que despertara y continuara fumando y bebiendo y riendo a carcajadas. Mi concuñada Claudia no se comió el cuento de los dioses del sueño ni del trago y nos gritó que no fuéramos pendejos. Huevones, dijo en verdad la muy extrovertida mujer de más de uno setenta y nueve centímetros lineales y medio de estatura moral y física. Bebimos y fumamos de cuanta joda había servida y enrollada en la alcahueta mesa permisiva del comedor; encendimos y alimentamos una fogata que parecía la cómoda antesala del infierno y aspiramos sus pavesas y cenizas calientes y sus humos tibios; con manos sucias y afilados dientes tragamos yuca frita, papa pastusa y carne oreada y seca; hablamos mal de los oficios sacerdotales, escupimos sobre las memorias de todos los popólíticos muertos o en proceso de defunción, les sacamos la madre y la abuela a los banqueros desalmados, que los son todos, y plácidos nos dejamos envolver sin oposición por el rocío madrugador y por la refrescante llovizna típica de las tres y diez minutos y catorce segundos de las madrugadas de la Mesa de Los Santos no tan santos. Dormí muy mal: una congestión nasal, pulmonar y faríngea que me invadió cuando estaba frente a la fogata trataba de ponerme de silenciosas rodillas, pero, como soy más terco que una burra resabiada y consentida por sus burros, me di mis mañas para ponerme en pie de guerra, no bañarme ni afeitarme ni vestirme de civil; burlón y hereje, yo, descendiente por línea directa y paterna de los tres hermanos ¿asesinos? u ¿homicidas? del siempre bien recordado y jamás olvidado sacerdote Eloy Valenzuela, me disfracé de incorrecto sacerdote, como lo son todos y cada uno sin excepción, con una tramposa sotana que habíame a bajo precio confeccionado la modista que cosía los uniformes del personal del Hotel De Siempre, con un negro tapabocas pretendí detener el avance de mis congestiones respiratorias y fonéticas, acaballándome en mi narizota de Cyrano de Bergerac un par de anteojos Ray Ban para que la resolana no deslumbrara mis pupilas castigadas por el beber y ahumar mucho y el dormir y roncar poco y junto a mis cuatro pícaros, alegres y bastante enguayabados compadres nos dirigimos a desayunar huevos pericos con jamón de cordero, amarilla arepa santandereana y chocolate en agua con queso azulado de cabra en un simpático mercadillo al borde de la destapada y polvorienta carretera central, pero antes de que allí llegáramos fuimos detenidos por un grupo familiar exasperado al borde de la vía que nos imploraba a gritos destemplados y sonoros una pronta confesión urgente para un anciano decrépito, quien estaba en sus antepenúltimas respiraciones y a la espera impaciente de que el senil párroco de Los Santos o el equívoco del Pie de la Cuesta llegaran en tal vez tres largos cuartos de hora con la extremaunción entre el maletín, así que no nos quedó más salida que bajarnos del vehículo y a mí, resignado pero curioso, aprestarme a prestar oídos a los pecadillos del abuelo que daban risa y cuya penitencia fue la más barata que jamás oído háyase: media avemaría y un tercio de padrenuestro. Los dueños de casa, apenas vieron sonreír a su desahuciado y aliviado pariente, agradecidos nos ofrecieron sendos tragos de brandicito español, que les cayeron a nuestros hígados como bajados de las destilerías celestiales. Los bebimos con mucho más gusto del que era prudente mostrar por parte de un sacerdote, así fuese mentiroso, y sus acompañantes y argumentando una urgente labor apostólica y proselitista en una finca cercana, nos largamos en jugada de pisa y corre del lecho del pecador moribundo antes de que los párrocos que venían en camino llegasen y descubriesen nuestro apóstata entuerto.

 

Camino al restaurantillo rural y mientras nuestros gaznates luchaban para erradicar la nostalgia de los tragos del brandy español anterior, mis acompañantes quisieron en gavillero montón que yo les detallase los pecados confesados por el cándido abuelo, pero, serio como un arzobispo, les dije con vozarrón de sermón que por nada de este mundo y de los vecinos yo iría a traicionar el secreto de este sacro y alcahuete sacramento. Por fin llegamos al desayunadero y la gente, todos fermosos e ingenuos campesinos de mi tierra erosionada, me creía un verdadero cura de vereda y de verdad, sumisos me pedían la bendición, educados me cedían el paso y el camino y los menos tímidos, que pocos eran, me decían pobrecito el padre, parece estar muy enguayabadito. Yo denigraba de la infantil ingenuidad de mis paisanos, que para infortunio dellos desde antes de siempre ha permitido con facilidad rayana en la estupidez el que los malditos poderes militares, legislativos, ejecutivos, religiosos, educativos, económicos, farandulescos, deportivos, médicos, desinformativos, popólíticos, popólicíacos y estadísticos los manejen y vapuleen a su vil antojo, que no es otro distinto al de explotarlos, manipularlos, ponerlos de rodillas a su servicio y robarlos sin oposición en contrario porque cadáveres serán. Uno dellos, atrevido o samaritano, viéndome navegar sin brújula ni rumbo en mi resaca, me ofreció gratis una no pedida por mi sed Coca-Cola tradicional, embotellada según las instrucciones de míster John Stith Pemberton y no una tonta, insípida, pasmada, sosa y moderna despersonalizada de azúcares y gases carbónicos que no hace ni cosquillas. Fondo blanco y sin respirar me la chupé completa y no pude contener el eructo posterior y vulgar que a otros neutros personajillos, no a mí, por supuesto, abochornaría.

 

-¿Cómo, su reverencia, usted, padrecito, eructando?, no me lo puedo creer, ¿qué podrían decir el arzobispo y su sacristán particular si en su palacete lo alcanzaran a oír y ver?-.

 

-Pues si quiere siéntese, que me voy a tirar un pedo derivado de repollos-, exageré con mala leche.

Pero al verlo pálido me contuve y cerré sin esfuerzo los esfínteres rectales para que el sacro ejercicio del sacerdocio no se viera manchado por mis gases. De muy lógico inmediato mis cuatro queridos y sorprendidos acompañantes se dejaron invadir por la vergüenza ajena, es decir la mía propia que yo no sentía y empezaron a recular un tanto sonrojados. Leve y burlonamente indignado con ellos, de inmediato y así como así, así por los codos a Rebecca King y a mi esposa, al tiempo retador y jocoso que les decía en voz alta, para amedrentar al entorno, que anoche en el festín ellas se habían cobardemente comportado muy poco complacientes y dadivosas conmigo y que por ello y como castigo ejemplarizante las iba a degradar sin fórmula de juicio de damas rosadas a damas grises. Los campesinos y los turistas nacioanales y extranjeros, en oyéndome, empezaron a mirarme de mal modo y pésima manera, a señalarme inquisidores con sus mentones e índices y a murmurar palabrejas entre sí, así que con mucha prudencia defensiva de mi taimada parte los esquivé, me retiré y me dirigí con mi sotana, el tapabocas, las gafas, mi ronca voz y el desgraciado guayabo a dar un encubridor paseo que me alejara dellos y en cuyo desarrollo los niños sonrientes me pedían estampitas del santo que fuese y las niñas muy pías la bendición y un consejo; los turistas más osados me preguntaban sin timidez si yo ya había ido a la plaza de san Pedro Alejandrino en el Vaticano y a las instalaciones de la santa capilla Sixtina para que su beatísima y serenísima santidad santísima en augusto latín me bendijera, previo el pago al contado de cinco euros; las parejas en trance de separación me rodeaban en busca de algún prudente y pacificador consejo que les diera vuelta atrás a sus peleas y los propietarios de las tiendillas y graneros al borde de la destapada carretera a gritos me ofrecían gratis sus productos, hasta cuando, ya aburrido con tanta cándida y cacofónica ignorancia estúpida, me hallé frente a una amplia plazoleta en cuyo centro una gigantesca y broncínea estatua que representaba al típico macho cabrío del erosionado Pescadero y de las laderas cactáceas de la Chica Mocha me estaba abierto de piernas esperando para que mi maldad y yo les deslizáramos piropos a sus testículos de Gulliver, que si mi padre verlos pudiera, envolveríalo la envidia y magullaríalo la codicia. De pie frente a este espléndido barbudo chivo, a quien aun las chivas de las noticias y las transportadoras rumberas querrían enamorarlo, me di a la detectivesca labor de mirarlo de cabo a rabo con el monóculo de mi desfachatez binocular. Me detuve en el atrayente y atractivo escroto, exageré por tres o más mis gestos de admiración ante tamañas y descomunales alforjas, me despojé del tapabocas y abrí en ohes de sorpresa y envidia mis labios y empecé a acariciar el bronce de sus gónadas con tanta fingida dedicación que un audaz y extrovertido campesinillo no se pudo contener, me gritó a traición padre, ¿por qué no se las besa? y salió a toda velocidad en busca de un roble, detrás de cuyo grueso tronco pretendió esconder en vano su osado desparpajo que mucha risa me causaba. Así como don Camilo, el jocoso sacerdote de las sagas del señor don Giovanni Guareschi cuando se veía en calzas prietas luchando contra Pepón, el comunista, se arremangaba las faldas de su sotana, así también yo hice y me fui en su persecución individual, so riesgo ridículo de tropezar, irme de bruces y terminar como lo que soy, un hazmerreír de tiempo incompleto. Lo atrapé, como si yo fuera un jardinero central al agarrar con su guante un lento globito en el diamante falsificado de jugar béisbol, cuando una pared de bahareque se interpuso entre él y su huída, lo obligué a ponerse de hinojos y con la larga uña sucia de mi pulgar derecho le tracé hasta la sangre una cruz sobre la frente y le dije que si hay curas pederastas que sin sonrojo acarician escrotos infantiles ¿cuál caraja encíclica, bula, norma, ley, decreto o regla impediría a un sacrílego mondo y lirondo como yo hacer lo mismo con un espléndido chivo que está muerto y de bronce cubierto?. El atrevido jovenzuelo empezó a gemir, algunos de quienes por allí estaban de visita o perdiendo gratis el tiempo me señalaron agresivamente con dedos y uñas acusadoras y comprendí entonces que había sin respeto, reato o recato traspasado una frontera religiosa y que ya era tiempo y hora de cincuenta minutos para emprender la retirada, porque de no, me cundirían a palos y de gargajos me cubrirían. Me dirigí, con pasos de marchista en plena competición callejera y para cambiarme de ropa y de identidad, hacia el campero japonés de mi cuñado, quien, a mis espaldas, había, con su espléndida cámara, su ojo de buen cubero y su pulso que nunca corcoveaba, filmado todos mis desafueros. En mi huidiza ruta hacia el vehículo me hallé cara a cara y frente a frente a dos parejas adolescentes que tomados de las manos cuchicheaban procacidades entre sí y se reían y tocaban. Los detuve con módico y barato gesto de paternal presbítero ridículo, con sólido esputo espeso aclaré la voz y mientras los bendecía en mudo castellano les dije en el mejor latín que recordar pude ave maría, gratia plena, dominus tecum, benedicta tu in mulieribus et benedictus fructus ventris tui, jesus; santa maría, mater dei, ora pro nobis pecatoribus, nunc et in hora mortis nostrae amén. Me contestaron, en clarísimo y castizo castellano padre no joda tanto y búsquese una vieja. Si no les hago caso a su consejo y no inicio mañana por la noche, con o sin el permiso de mi dama, la sugerida cacería, que me aspen por desobediente y poco machista.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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