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 ReVista OjOs.com       OCTUBRE  DE 2015

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

LA INVESTIGADORA (1.985)

 

Para Luz Stella Castellanos Bretón y sus rotundas

carcajadas ruidosas.

 

 

 

A doña Sixta, a la sazón de sesenta y cuatro años, y a su inútil hijo Jacinto, de treinta y nueve, jamás se les ocurrió ni con levedad siquiera el pensar que al huésped femenino de la habitación XVII la vida y la sonrisa y el amor se le podrían escurrir en estas nuestras egoístas breñas erosionadas y secas sin que se le pudiera, aparentemente, la culpa a nadie  achacar.

 

La doctora en derecho, señora doña Ámbar Blanco de Cipagauta, con plenos poderes y autonomías comisionada por un ente de (des)control que no pudimos identificar, se gastaría una lenta semana completa investigando con la lupa de su honradez a prueba de balas y de billete un presunto y supuesto fraude, como son todos aquí en la patria boba, con dineros recolectados bajo la enmascarada figura de sobretasas a los impuestos prediales que servirían luego, léase nunca, para canalizar las aguas lluvias y negras de algunos barrios de extramuros y de la escarpa oriental. Trabajaba con sus atentas gafas contra la presbicia y a favor de la lectura como las hormigas arrieras, de sol a sol y luego se encerraba a cal y canto en su alcoba y tan solo entreabría la puerta para recibir los alimentos, mensajes y sus lavadas y planchadas prendas de vestir. Muy enérgica y concreta ordenó que le desconectasen el teléfono y que dijesen siempre que no estaba, llamase quien llamase y estuviese o no presente, porque la investigacción en que estaba trabajando tocaría las más altas esferas del poder saquear y pondría en riesgo de muerte su vida y acaso la de su familia. Los timbres de las alarmas de doña Tulia empezaron a repicar con insistencia y a murmurarle a gritos que la abogada Ámbar era una papa caliente que o bien debería tragársela y expulsarla luego del hotel o mal congelarla en la nevera hasta que regresara a la capital nacioanal. Optó por lo segundo y se aprestó a montar en su femenino entorno una sutil guardia pretoriana y protectora que, hasta donde ella y su guane y ancestral inteligencia fueran capaces, esperaba la resguardase de todo mal y peligro, viniera de donde viniera. Ámbar era muy alta para el promedio femenino local y por ello, muy bien asentada sobre un par de zapatillas de cambrión airoso y perfecto ajuste, descollaba con luz propia en todos los recintos, sobresalía en mesas redondas, ágapes, conferencias y banquetes, era el blanco de oblicuas miradas envidiosas de sus congéneres en los escasos centros comerciales e incitaba a sus admiradores a cometer el pecado capital y exquisito de la lujuria. No sería erróneo ni incorrecto el atreverse a pensar y suponer después con acierto el que en su adolescencia y juventud los galanes, con ladinas intenciones varias, la asediasen de continuo y de repente, pero ahora, en su condición de mujer desposada y así no hubiese perdido la belleza, blandía como escudo una indiferencia muy elegante que obraba el efecto contrario: se había convertido en un reto para el entorno masculino y así como antaño el asedio era juvenil, ahora los adultos pretendían conquistarla y, si hilamos delgadito, también los seniles se atrevían. Su maquillaje, sobrio y poco pedante, daba a entender que no sería fácil el proponerle ser infiel. Pero aun así, innúmeros imbéciles obstinados perdían el tiempo en sus avances. Cuando por fin, después de una semana de observaciones rigurosas, hubo terminado bien, regular o mal sus pesquisas, cuyos peligrosos resultados a nadie nunca quiso comentar, al atardecer se acercó a doña Tulia, le pidió que la llamaran, golpeando a su puerta y no por vía telefónica, a las cinco de la mañana siguiente para viajar en el primer vuelo a la capital. Pagó la cuenta en efectivo, como le gustaba a doña Tulia, y se marchó satisfecha y fermosa a dormir. Dos minutos más tarde, con cara de cera, bastón de palo y a grandes zancadas, irrumpió en el Hotel De Siempre un dicharachero y obeso funcionario de la mendaz oficina de prensa municipal, apodado El Cíclope, injusto propietario encaramador de extensos cañaduzales y cañaverales en los aledaños del Pie de la Cuesta, con historias turbias y soeces a cuestas en sus espaldas, miembro viril y erguido del más profundo sector del retardatario partido conservador y propietario de una recua hermosa de caballos de paso fino colombobiano, vulgar en el hablar, comer, pensar, reír, vestir y estar y quien se creía muy audaz y convincente, en busca de la señora Ámbar.

 

-No, ella no está, no ha llegado aún-, refutó doña Sixta.

 

-¡Cómo que no está, si yo mismito la acabo de traer en el taxi de Gato Albino y ahora nos vamos los dos para una cena de despedida, porque nuestra dama se marchará mañana, ¿es que usted no lo sabía?!-, y con la encauchutada punta del bastón, que en poco o casi nada su cojera mejoraba, le daba frecuentes golpecitos impacientes al baldosín, como si quisiese aumentar la prisa que traía o amedrentar a doña Sixta.

 

No hubo más salida que subir con el funcionario hasta la habitación, golpear en la puerta y dejarlos frente a frente. Doña Tulia y su cabello atado en cola de olímpico centauro oyeron que la pareja se enfrascó en un alegato sin bochinches, suave y lejano. Ella, serena y decidida, no quería bajo ningún motivo salir a cenar y el obeso hombre tuerto del bastón inútil jadeaba para convencerla en contrario. No se sabe cómo lo logró, pero la verdad fue que después bajaron juntos y tensos, la investigadora muy seria, presurosa, afanada, airosa y con su maletín ejecutivo en cuyas entrañas, supuso doña Tulia, estaban amontonados en orden los secretos papeles de su investigacción y su obligado acompañante, sonriente y brillantes los ojos, el sano y el otro, y se fueron a cenar, parece, por lo que alcanzó a escuchar la dueña del hotel, que al típico restaurante la Puesta del Sol. Cuando doña Sixta, su hijito y el señor monsieur Larousse se hallaban dormidos y soñadores, cerca de la una de la madrugada dos quincones de más de uno ochenta y cinco centímetros lineales de vil estatura corporal, que no moral, que esa apenas si alzaba medio palmo desde el suelo, en compartido guando la trajeron completamente ebria, indefensa e inconsciente. No quisieron, debido a su peso muerto de embriagada, subirla por las escaleras hasta su alcoba. Un tanto a la fuerza verbal y casi que bruta, convencieron al atembado, nocturno y semidormido recepcionista para que la dejaran sentada en el sofá de la sala principal, que ya se despertaría antes del canto de los gallos. Sonaron en el cucú del reloj de pared las siete campanadillas de la mañana sabatina, los huéspedes, sus estómagos y sus hambres bajaron a desayunar sabroso, el espectáculo de la dormida borracha era desobligante para un hotel que se respetara y los comentarios de fastidio llegaron con sus púas a oídos de doña Tulia, quien arremetió verbalmente contra el recepcionista, reclamándole el que no la hubiera llamado cuando los gigantes trajeron a la señora Ámbar.

 

-Vamos a despertarla para que suba y se bañe ese tufo horrible, aunque ya perdió el avión-, pero no bien la dueña le tocó sin aspavientos el hombro, la fémina se desgonzó, fría como los cubitos de hielo y las lágrimas agradecidas que el cordial groenlandés le había otrora regalado luego de sentarse cinco meses sobre un metro cúbico de hielo para espantar el calor y por los que aún cobraba para poder verlos, así las lágrimas tramposas e impostoras fuesen de Tía. La doctora Ámbar estaba tan rígida y tiesa como los decretos de las dictaduras tropicales. En definitivo resumen ella estaba yerta, muerta y en proceso de descomposición, no había duda dello ni siquiera para un ciego sin lazarillo. Cuando doña Sixta Tulia y dos nerviosos botones intentaron devolverle la vertical y observaron que tres rayas gruesas, tenues, diagonales y violetas, como si la hubiesen golpeado con un bate de béisbol envuelto en trapos limpios para que, sin dejar huellas notorias de violencia confesase a las buenas o las otras lo que ella y su perspicacia, peligroso, delicado e incriminante habían descubierto en sus

investigaciones, le marcaban la espalda  desde el hombro izquierdo y bello hasta la cadera opuesta y curvilínea, justo en ese instante el anfitrión de la cena de la muerte, su bastón de palo, su mitológico alias, sus ojos y su pasado imperfectos y los quincones que la habían traído de madrugada muerta, pero asegurando que borracha perdida, entraron veloces.

 

-¿Cómo, misiá Tulita, se le murió doña Ámbar Blanco de Cipagauta, mucha joda, no?-, y señalaba el cadáver con el mango del cayado.

 

-Sí, doctor, ¿y ahora qué hacemos, qué van a pensar del hotel el público y la prensa?-, contestó, envuelta por las advertencias de su genética alarma que le preguntaban ¿cómo, Tulia, sabe ese cíclope gordo que Ámbar está muerta?

 

-Nada, no van a pensar nadita malo, ya tenemos, misiá Tulita, todo arregladito, ¿verdad muchachos que sí?, así que no se preocupe, el nombre de su hotel seguirá siendo famoso-.

 

Y los autómatas quincones asintieron con sus quijadas sin afeitar. Al oírlos mentir con tal desfachatez rayana en el descaro, las leches de vaca y cabra en los fogones de la pura soberbia se cortaron, el azúcar sulfitada quiso salado cloruro de sodio ser, el cielo, sus ominosas nubes y nubarrones dejaron desprender dos lagrimones, los limones se agriaron y el aire de la sala, al oírlos mentir con tal frescura, intentó tornarse ventarrón. Y era cierto, muy de veras cierto: afuera esperaba con el motor encendido en neutro un carro mortuorio, a doña Tulia y para que no leyera bien, a la carrera le fueron mostrados superficialmente el certificado de defunción, el concepto del médico legista, el permiso de inhumacción y los demás documentos sellados, firmados, estampillados, avalados, autentificados, burocratizados y aparentemente en regla sospechosa. Conociendo, como bien y muy a fondo conozco, los antecedentes funestos del Cíclope, bufón de la corte, esto me hiede a maluco, para mí que el maldito trío que está parado como estaca al frente mío tiene mucho que ver y explicar con esta muerte que, si no se aclara como debe ser, va a acabar con la reputación del hotel y le quedaré mal a mi marido, quien no hizo sino suplicar y suplicar dos cosas: que educara a nuestros hijos y que mantuviera muy arriba la buena fama del negocio y para echarle más leña al tercio, hasta ahorita caigo en cuenta que el maletín donde la bella doctora Ámbar guardaba los resúmenes de sus pesquisas no aparece por parte alguna, seguro estos canes se lo robaron, suponemos que debió pensar doña Sixta Tulia. Pero ella, muy bien puesta, y con razón, en razón y también en pro de la buena reputación de su hotelillo, no le quiso parar bolas a las alertas amarillas y alarmas rojas de su conciencia blanca que nunca erraba y, multicolor y policromada, no puso ni opuso resistencia negra porque, deducía ella con acierto, si yo rebullo esta agua sucia y me empuerco después mis manos limpias, nadie me facilitará jabón, estropajo, tusa y toalla y me pueden involucrar. Se la llevaron casi a juro y dijeron que después hablarían de las maletas, que no del maletín. Por ser sepelio pagado con los dineros de un ente gubernamental, la curia, siempre aliada del poder robar, aceptó que la enterraron sin réquiems en el cementerio central y el resto del día doña Sixta Tulia hubo de aguantar hambre de respuestas y de retener preguntas hambrientas.

 

A las seis de la tarde y desde la capital de la res pública, el viudo señor Cipagauta, quien no sabía aún que era viudo, vaya paradoja, llamó para preguntar por su eficiente mujer y por su preocupante tardanza. A doña Tulia como alambre de púas se le atragantaron entre el pescuezo y su diminuta nuez de Adán las palabras con que iba a mentir, pero logró salir a gatas del atolladero invocando por primera vez en su vida la ayuda de la virgen del agarradero. Acordaron que el viudo vendría en avión el día siguiente para intentar exhumar los recientes restos de su esposa, averiguar qué le había sucedido y por el paradero del maletín de la verdad, de qué había muerto, por qué no lo habían llamado los santandereanos colegas de su esposa y tratar de llevársela, después de resueltas sus dudas, para la capital nacioanal junto con sus pertenencias sobrevivientes. Vino, perdió tiempo, sudor, lágrimas y pataletas porque en todas las oficinas a que acudió bordeando la tristeza y esquivando la rabia le salieron con la leguleya excusa de que a una muerta recién muerta no la entierran dos veces y muchísimo menos en lugares diferentes y distantes. Tornó, ojeroso, trastornado y confundido, a la capital, con dos kilos menos en el cuerpo, siete años más en las arrugas y en la boca catorce preguntas claras sin respuestas negras en los oídos. Doña Tulia busca a Gato Albino, lo asaetea con sus ojos negros y le pregunta si el Cíclope en efecto venía hacia el hotel con la doctora Ámbar en su taxi y el felino conductor le responde que no, pero que sí la venían siguiendo desde cuando ella había salido del sitio de sus investigaciones hasta el hotel. Viejo miserable, usted es por lo menos el encubridor de este crimen contra una mujer indefensa, pensó doña Tulia al enterarse de la mentira escupida por el sinvergüenza cuando vino por la investigadora para llevarla a cenar.

 

Diez años después, con total, absoluto, cobarde y cómplice silencio por parte insana de los medios de informacción y sin que el Cíclope ni por las curvas se dejase ver las narices, la culpa, el ojo sano ni el insano en el hotel porque ahora laboraba como payaso para el servicio diplomático en ridícula condición de (des)agregado cultural en la embajada de nuestra patria boba en la China, la Cochinchina e Indonesia, el triste y agobiado señor viudo don infortunado Alcibíades Cipagauta, mustio, marchito, encanecido, derrotado, jorobado y macilento, regresó por los restos.

 

Jacinto, temeroso de que le pidieran acompañarlo y se volviese a repetir la trágica y ósea historia de Ulises Tráquea, como en el pasado hacía y a pesar de sus adultos y adúlteros treinta y nueve años cumplidos, se escondió, como antaño, cuando se padre se aparecía con su mal humor y su lujuria senil en casa, de inmediato en el canastón de las ropas sucias y cubrió su desconfianza y temor con ellas.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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