(57) 319 2930843

(57) 318 3269478

 ReVista OjOs.com      SEPTIEMBRE  DE 2015

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

SACERDOTILLO (1.933-1988)

 

 

Para el mitrado papado, que ha de ser vetado y castrado por tarado.

 

 

Sacerdotillo siempre fue un embaucador de registrada y patentada marca mayor y no muy fina estampa porque una somera joroba que tendía a lordosis canina le falseaba espalda y caminares. La última crédula víctima de sus embustes vino a ser, ¡quién lo creyera!, doña Sixta Tulia Guane, su en demasía amable, ingenua, tierna y condescendiente madrastra, quien, cuando el desplumado pichón de sacerdote en sus añitos mozos vivía y comía tres veces al día como huésped privilegiado y gratuito en el Hotel De Siempre, propiedad de Pedro Calibre, su padre, rezaba arrodillada junto a él y su pubertad los treinta y tres credos y los tenebrosos no sé cuántos ejercicios de la buena muerte, lo protegía de los ataques con que algunos pederastas querían echarle el lazo porque lo intuían ingenuo y genuino y lo percibían bonito y aseado y por si poco fuera le perdonaba todo, aun los fétidos pedos que de niñito pillo calzoncillos rotos abajo se tiraba sonoros en los decentes momentos menos propicios y prudentes. Timó, primero y desde el útero nutricio, a su madre, doña Derrota Rueda y Galvis, dama prestante a quien, siendo feto aún, le hizo con pataditas dadas a la placenta en clave de Morse creer que sería un severo mas no austero risible arzobispo metropolitano de riguroso morado vestido y apenas terminó a duras penas de triste cura de barriada; luego engañó a sus maestros y maestras de la escuela primaria ganando magníficas notas merced a las copias diminutas que llevaba escondidas en sus relojeras, bolsillos y faltriqueras; en tercer lugar embaucó a los curillas jesuitas del san Pedro Clavar bajo la supuesta promesa de que llegaría antes de terminar el quinquenio actual a papa negro y en especial al padre Molina S.J., director de la sexualmente ambigua tropa Boy Scout, a quien le aseguró que haría resucitar a sir Robert Baden Powell y sus uniformes, banderines, escarapelas y aventuras; con posterioridad, y ya recluido en el vetusto y frío seminario arquidiocesano de Tunja, Boyacá, le hizo creer al fatuo adinerado monseñor Ocampo y a su dorada y adorada tiara inmerecida que sin él, el sacerdotillo, al comando de la grey, las sometidas huestes cristianas verían decrecer su número y ya, vuelto popó y descubiertos todos sus trucos y mentiras, intentó, y logró, hacer pasar por el hueco de la aguja de coser sus mentiras a casi todos sus parientes de la rama paterna.

 

Este clarísimo ejemplo de la hipocresía religiosa, que con sus taras mentales entelaraña y maniata a casi toda la sociedad de nuestro paisillo y no la deja pensar con libertad, le decía a su suave madrastra que jamás se masturbó en el solar, en el sitio donde el ciruelo real entraba en tierra porque, justo cuando a él se acercaba, el dulzón y fétido aroma que había dejado el feto de la alienígena le llegaba hasta la nariz y lo obligaba a alejarse, so pena de estornudar y quizás hasta de vomitar. Pero nunca le dijo que sí se masturbaba cerca de las raíces del totumo criollo y que lo abonaba con su semen adolescente y espesísimo. En su abnegado rol de boy scout, sacerdotillo logró conocer muchos caminos vecinales, polvorientos y culebreros, laderas de gradientes peligrosos, áridos parajes de rocosos recovecos insospechados, plácidas cañadas pacíficas y mansas,  sutiles auroras placenteras y pajonales estériles de la Mesa de los Santos. Era negado y trancado por dentro en cuanto a requebrar o corretear damas adolescentes se refiere, pues nunca quiso ni aprendió a bailar porque, según sus propias palabras, era tan bruto que no lograba, así lo intentase de continuo y casi hasta las lágrimas de la impotencia, hacer bajar la música de su cerebro a las patas. Pero eso sí, que quede claro, de ataques traicioneros lo resguardaba doña Sixta, mi tierno hijastro cocina y sazona mucho mejor que los engreídos chefs de los clubes del Comercio y del Campestre y de los hoteles Savoy y Bucarica. Aprendió, correctamente y sin errar, a declinar, hablar y escribir el latín bajo la tutela y la férula invisible del sacerdote español Zaldívar S.J., excelente profesor que fue de historia universal y de mitología griega y romana, pero pésimo jesuita a la hora de rendir cuentas porque su espíritu era rebelde y contestatario.

 

El ágape pantagruélico con el que se celebró su ascenso de neto civil a cura vil fue muy opuesto a los supuestos votos de pobreza que deben jurar, de rodillas mentirosas hincadas, quienes aspiren a vestir y desvestir sotanas de larguísimas braguetas y santos de yeso colorido; a peluquear cada diez días sus concéntricas tonsuras; a cantar y a tararear en macarrónico latín incomprensible las misas, te deums y responsos de los réquiems; a bien utilizar y malbaratar limosnas, diezmos, primicias y óbolos con que los ilusos pensaban adquirir y pagar el boleto para sentarse siniestros a la diestra del dios padre; respetar hímenes femeninos intactos o no y esfínteres masculinos en la misma condición anterior, promesas ambas violadas, y por último no amenazar ni menos chantajear con los secretos de la confesión a sus penitentes no arrepentidos. Estrenando sotana negra que le quedaba holgada, las ¿autoridades? eclesiásticas y orgiásticas lo enviaron en bus municipal a catequizar y aleccionar los bruscos y cerreros moradores del candente y arisco Territorio Vásquez, allá en la boyacense ribera del joven aún Río Grande de la Magdalena, y apenas cantó su primera misa mensa en solitario duplicó la dosis de vino de consangrar no a Cristo cuanto sí a Baco. En menos que canta un gallo perezoso, por ahí en un mes, roto en pedacitos el dique de la canónica prohibición etílica y aburrido con el para él jugo insípido aunque alcohólico de la vid, que le parecía soso y poco alentador, se dio sus artimañas para engañar sacristanes, acólitos y a la feligresía toda haciéndoles creer que el cognac vertido en los copones de plata martillada que ahora bebía a la hora milagrosa y tediosa de la elevación era vino de consagrar con todas las de la bíblica ley.  Dos años después de ser ordenado para ser cura y no borrachín, sus feligreses le veían zigzaguear, aborrecían su hálito alcohólico y la mugrosa pátina del cuello, le oían balbucir y vomitar en las más hórridas esquinas, le sacaban el quite, le escurrían el bulto y anónimos, pero muy píos y beatos, lo sapearon por escrito y a traición ante sus superiores, quienes quizás también a sus coletos píos se echaban aguardientes, rones y mistelas. Creyéndose impune e inmune, tal como popólitico mendaz que se respete y no nos respete, fue sorprendido con un traslado repentino y de obligatorio cumplimiento, so pena de ser dado de baja sacerdotal, a Montería, Córdoba, sin mayores o menores explicaciones por parte del salaz y mendaz incapaz obispo de su archidiócesis. Agachó la cerviz, contrajo el prepucio, maldijo en voz baja y en alto latín, empaquetó sus arreos, sotanas, bonetes, casullas, dalmáticas, báculos, cíngulos, capas pluviales, albas, estolas, amitos y demás disfraces religiosos y rituales y abordó estrepitoso bus que en dos días con sus insomnes noches lo dejó, lleno de sed etílica y mundana, en su nueva sede, cuyas calles y cercanías sus estúpidos directores vocacionales creían abstemias y propicias para rehabilitarlo y situarlo de nuevo en el veo cruces sobrias de su etílico viacrucis. Allí, en y bajo el monteriano calor de su parroquia, sí que fue sin lugar a dudas de ninguna especie teológica el principio de su acabose: del selecto cognac, con cuyo bouquet muy a placer había reemplazado para su goce y el de su hígado vicioso los ásperos e insípidos vinillos criollos de la transubstanciación de la polémica sangre vertida en el Calvario, descendió primero al ron barato y rojo de Jamaica, al blanco de caña y luego, por el tobogán de la deshonra, al espinoso chirrinche de alambique. Una equívoca feligresa, digna, muy digna de ser anatematizada, mal llamada o bien apodada la señora Teodora Lucrecia Repustanñanga, le oficiaba de cómplice condescendiente y a bajo costo, que a tutiplén suplían las parcas y mustias limosnitas, le abastecía de licor barato las copas en que escondido bebía en la sacristía, en su alcoba austera y en los copones en que, sin esconderse y frente a su grey, brindaba por los siglos de los siglos amén. Nadie jamás en la capital cordobesa se volvió a bautizar, confesar, arrepentir, casar, comulgar, morir ni pedir la extremaunción o los santos óleos. Todos lo evitaban y muy pronto su alcahueta, la maldita y torva señora doña Teodora Lucrecia Repustanñanga, señalada por dedos, miradas y mentones de la feligresía toda como su picante amante demoníaca, hubo de escurrir su bulto sigiloso e irse a vivir, con identidad cambiada y antes de que la lapidaran, en una descascarada casucha pobre y deteriorada de la cercana Cereté. Lo acusaron de nuevo como reincidente y a los altos heliotropos y figurones de la colonial catedral primada bogotana no les quedó más solución que consultar su caso con el multimillonario papado, allá en la imperial Roma corrompida, en el maquiavélico Vaticano, en la turística plaza de san Pedro Alejandrino, en la misteriosa y sacra Rota Romana y en la sobrecargada de lujos y riquezas Capilla Sixtina.

 

Desde ese lejano allá y luego de por encima de las olas atlánticas hablar el papa largo y tendido y a través del nuncio apostólico de su serenísima santidad con el obeso y gotoso vice arzobispo de Caracas, Venezuela, fue transferido con su leve joroba a cuestas, por vía aérea y en clase de turista pobre hasta Maracaibo, Venezuela, para que en las playas de su lago sudara el denso petróleo del arrepentimiento civil y el contaminado de azufre hidrocarburo de la contrición religiosa. Gigantesco y grave error papal fue esta apresurada determinación: la explosiva bonanza de los butanos y metanos venezolanos era un imán pegajoso que atraía por igual, haciendo tábula rasa, a proxenetas, tahúres, gandules, pícaros, alcahuetas, damiselas, caballeros de cuellos blancos, guachafitas, bebetas, francachelas, borracheras públicas y privadas, indisciplinas varias y múltiples, conductas desaforadas y en general a todas los primos y primas de los comportamientos errados de Sodoma y de Gomorra. Sacerdotillo perdió la poca vergüenza que le quedaba dormida no se sabe en qué víscera, el ya casi desaparecido pudor y su gastada máquina de afeitar. Se desaliñó por completo y empezó a olvidársele el latín que tan bien manejaba en sus primeras homilías, cuando en el seminario de Tunja entrenaba para mejorar su demagógica dicción. Tanto y tan terca y persistentemente bordeó el delirio tremendo y el alcoholismo no anónimo que allá en la cercana Venezuela hermana no lo pudieron soportar más y luego de tres años de perpetuas embriagueces y vergonzosos escándalos lo extraditaron de perdedor regreso a su patria boba y lo confinaron contra su obvia y ya débil voluntad en un rígido y severo monasterio, que, ufano, quería ser monacal cuando apenas sí era tropical, de Santa Rosa de Cabal, Santa Rosa de Osos o Santa Rosa de Viterbo, que no lo sé bien ni con claridad lo recuerdo, y a cuyas espartanas celdas iban a parar y a sentarse quienes habían perdido, por la razón que fuese o no fuese, la vocacción sacerdotal y la cordura personal. En un privado acto que ha debido ser público para que contrito escarmentase, sin o con fórmula de juicio expedito lo degradaron y despojaron de sus negras sotanas de largas braguetas, le prohi bieron, so pena de fulminante excomunión y anatema, el ejercicio pleno o parcial de sus labores y funciones sacerdotales y amenazaron vestirlo con camisa de fuerza y once varas si no se rendía y prometía no beber nada más que agua de acueducto. Aunque libar como antaño hacía no podía, ni por esas se rendía y pensaba en escaparse por cualquier vía, así no fuera pía. Su madrastra doña Sixta, que el padre don Pedro y la madre doña Derrota ya habían, para deleite de la gusanera, muerto, él en su patria chica y ella en Paipa, Boyacá, ignoraba los malabares que el agobiado sacerdotillo saltaba en pos de las copas de alcoholes repletas, así como también las inútiles medidas tomadas por sus inferiores superiores para lograr en parte y en vano enderezarlo y tornarlo abstemio. Lejos, muy lejos de la canonización en vitro que para sí y para todos los demás ilusos, cándidos e ingenuos había con prepotencia pronosticado erróneamente en sus desvaríos juveniles, rebelde, a mano limpia y puro músculo escaló los muros del monasterio santarroseño o santarrosano, se escapó y permaneció oculto varios meses, no se sabe aún cuántos ni en dónde, así algunos chismosos aseveren que seis y en Cereté, en la casucha torva y pobre de la solícita señora doña Teodora Lucrecia Repustanñanga, acaso, ojalá que sí, su amante sacrílega y proveedora certera. Desde allí, desde donde estaba más perdido que el hijo de Charles Lindbergh o de Marlon Brando, reapareció, bajo una sotana de mentiras y protegido de la pertinaz lluvia capitalina y sabanera por la capa pluvial que se pudo robar en su huída, en la Santa Fué de Bogotá, en cuyas calles inventó ser el tozudo y esforzado párroco de una irreal parroquia mentirosa que con las uñas intentaba erigir en el sur más pobre y desharrapado de la capital y se dio a la poco gratificante tarea de pedir a sus parientes paternos óbolos en metálico para sustentar los gastos patrañeros que su gigantesca etílica abnegación sacerdotal requería. Para sacárselo de encima y de la puerta de sus residencias, los Calibres bogotanos algún dinero, que no le era suficiente a la cirrosis de su hígado vicioso, le daban, así que en pos de más dineros decidió viajar a Bucaramangracia para tentar suerte y ver si a doña Sixta podía, como antaño, engañar en este hogaño. Y de no haber sido por la acertada   intervención de su hermano medio, el tal Jacinto, a fe, no solo mía sino de todos, que este malandrín sacerdotillo, para baldón y oprobio de su madrastra, lo hubiera logrado a plenitud. El primogénito de doña Tulia, visto que lo hubo entrar zigzagueando en mocasines navajos y sin medias al Hotel De Siempre, para convencerla de que la dipsomanía de su hijastro favorito era verdad lo retó a beber hasta que alguno de los dos sacara la mano y dijera basta. Sacerdotillo pillo, con los ojos brillantes, aceptó, juró no rendirse y le dijo a su hermanastro que se sentaran frente a frente, con una botella de whisky Johnnie Walker Sello Negro de por medio a ver quién caía primero. Después de subidos de tono, acalorados y frenéticos discutires sobre el padre, el hijo y el espíritu santo, sobre la sabrosura o el fastidio de los siete pecados capitales, acerca de la total inoperancia o nulo éxito de las tres virtudes teologales y sobre la legalidad del pecado gratuito y original de los bebés recién nacidos, los dos, dormidos y en extremo beodos, belicosos e incorrectos, porque casi se liaron a pescozones, se desplomaron sobre la madera estupefacta de la mesa en que dos botellas vacías y sus vasos los miraban sonrientes y dándose codazos de complicidad. Su respectiva madre y madrastra, con ayuda del popólicía de la esquina y del sereno de la otra, los sacó a rastras y los llevó a que en alcobas separadas durmieran y roncaran la perra acompañados por el feo Baco y por el fermoso Morfeo. El señor monsieur Larousse, enviéndolos tan en extremo ridículos hacer el oso y perder la compostura por simples y grotescos motivos religiosos y teológicos, movía con notoria desaprobacción sus páginas de un lado a otro de sus piernas.

 

Al otro día, sin haber tenido tiempo libre y sobrio para pedir dinero prestado a su madrastra, quien con toda seguridad harto le habría dado, con las primeras luces del alba titilando en el firmamento, con los segundos cantos de los gallos perezosos sonando en el gallinero y muchísimo más enguayabado que Noé antes de abordar el arca zooilógica, sacerdotillo, puesto en evidencia frente a doña Tulia, puso pies en cobarde polvorosa y sin decir adiós, gracias ni lo siento, se largó a toda priesa, jorobado, acobardado y descubierto su apetito por el alcohol, en bus para la capital nacioanal, a seguir en demanda de dinerillos. Los obtuvo a cuentagotas. Ahora está, no se supo a qué hora, muerto de la rabia y de cirrosis hepática, enterrado no se sabe en qué cementerio, bajo qué rito o lápida ni por quiénes y con su mitómana capilla aún en veremos si resucita y sigue dando lástima, guerra, lata y risa.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

VOLVER A COLABORADORES            

 © ReVista OjOs.com

Se prohíbe la reproducción de cualquiera de los contenidos de la ReVista, así como su traducción  a cualquier idioma sin autorización de su titular. Email: fernando.guinard@gmail.com / Teléfono: (57) 318 3269478 - 319 2930843 Bogotá, Colombia