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 ReVista OjOs.com     AGOSTO  DE 2015

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

DOS JUDÍOS  (1.960)

 

Para Simón Wiesenthal, q.e.p.d.

 

 

Jehuda Ben Hashish, cetrino, enjuto, barranquillero, cincuentón y medio, bajo de estatura, aspecto de rabino jasídico, ajedrecista eximio, calvo, fumador empedernido de cigarrillos negros Piel Roja sin filtro, extrovertido y peleón, agente viajero de Industrias Kico y con una nariz caligulesca tan semita que Hitler y Himmler no vacilarían en ponerlo de primero en la fila que llevaba a Dachau y a sus duchas por las que goteaban y fluían vapores del gas Zyklon B y Elías Furman, judeoargentino nacido en Salta, goloso de aceitunas, ñoquis, berenjenas y matahambres, cuarenta y siete años exactos, extrovertido también, pecoso vendedor de ropa íntima para mujeres desabrochadas y coquetas, rubio de ojos verdes, en sus años mozos jugador aceptable de pato sobre los pastos de su patria chica, amigo de burdeles, caricias, besos franceses y coitos contratados, bebedor casi dipsómano de aguardiente, alto, gordo, vulgar, desaforado y sin pelos en la lengua, en incómodas y aleatorias ocasiones coincidían como huéspedes del Hotel De Siempre. Y sin explicacción alguna visible se odiaron desde el principio, como polos opuestos que ambos eran, excepto la extroversión, que en igual medida la exhibían vociferantes.

 

Sostenían acaloradas discusiones en yiddish, que nadie -yo entrellos-, claro, entendía, aunque algunos suponíamos que era sobre la circuncisión, porque a cada rato se agarraban sus mutuas braguetas y se pasaban el índice por el cuello, de izquierda a derecha, como remedando bisturí o escalpelo en acción degolladora, y que nos hacían temer el que de repente se liaran a puñetazos, la peor parte llevando Ben Hashish, si a tales instancias llegaren. Pero si de las mechas se agarraran, Furman perdería porque Jehuda era alopécico y no tendría por dónde asirlo para dar al traste con él y derribarlo patas arriba.

 

El jugador de ajedrez era riguroso observante de todas las festividades judías y respetaba y celebraba la Janucá, el Purim, el Pesaj o Pascua judía, el Rosh Hashaná o Año Nuevo, el Iom Kipur y leía, contrito, el Talmud, resignado, engullía alimentos Kosher, colgado al cinto portaba un diminuto llavero sin llaves que representaba la Menorah y en la penumbra vaga de su pequeña alcoba particular y caliente de Barranquilla, Atlántico, guardaba las filacterias en que dormitaban pasajes de las más puras y antiquísimas tradiciones hebreas que leía en la sinagoga. Su rival, por el retador opuesto, era la negacción absoluta de todo lo anterior.

 

Madre se interponía como cuña de distinto palo entre los contrincantes y en varias ocasiones y para apaciguar los candentes ánimos, salomónica les roció las recalentadas cabeciduras con agua helada y bendita por el cura párroco de la catedral de la Familia Sangrada. Y lo lograba. Ellos, como judíos que eran, no permitirían ser lavados con aguas tales, que gravísima y condenable falta sería. Pero la procesión de ambos iba por dentro y era de temer el que se reventaran los labios a pescozones y se mentaran la madre por montones. Cada uno tenía sus adeptos y apuestas se cruzaban entrellos acerca de quién perdería primero los estribos y los dientes. A la comunidad árabe que llegaba al Hotel De Siempre, libios, sirios, libaneses, palestinos, tunecinos, egipcios, marroquíes, yemenitas y jordanos, por el lógico contrario, no le importaba el porqué de sus peleas ni el cómo las resolverían. Mejor que no las resuelvan nunca porque de pronto, ojalá, se matan entre sí y dos jodidos judíos menos, murmuraban. Pero la colonia árabe se mantuvo al margen y escurría el bulto apenas Ben Hashish y Furman se miraban con furor y sin recato. Como el mutuo fastidio y rencor crecían silvestres entrambos, madre empezó a cavilar qué hacer para traer la paz y el reloj  avanzaba a razón de veinticuatro horas por día y nada que daba  pie con bola.

 

Otros judíos también llegaban al hotel, apellidados Ravachi, Tesone, Mszczonow, Dichi, Cortizzos, Jacubskind, Grossman, Inwentarz, Unchald, Wagensztejn, Yabra, Ogrodower -este apellido me causaba terror-, y de igual manera que los demás huéspedes, excepto árabes, quienes eran imparciales, tomaban partido por el uno o por el otro.

 

Por fin a la madre mía se le prendió el filamento del bombillo: los convocó a una tertulia pacífica y secreta en la gerencia, dejando ver con claridad dos garrafones de agua helada y bendita según el rito católico, apostólico y rumano por si de las greñas se agarraban o en la jeta se golpeaban y les dijo de repente, sin preámbulos, prefacios, introitos o prolegómenos, que después de mucho consultarlo con la almohada de plumas de oca había concluido que para zanjar las diferencias que los dividían casi a muerte organizaría una competencia pública en la que mostrarían la mejor de sus habilidades y que los jueces en votación secreta serían los mismos huéspedes del hotel que en ese momento estuviesen alojados, los comensales esporádicos y los empleados todos. Ambos asintieron, mirándose de mutuo reojo furioso. Jehuda Ben Hashish, sobrador, chicanero y harto seguro de sus habilidades, dijo que con las negras jugaría simultáneas de ajedrez contra diez contrincantes que vivieran en Bucaramangracia y Furman, picarón y retrechero, que en una hora o poco más decoraría el Hotel De Siempre a su acomodo. Se corrió la voz en cuello, quiero decir a gritos, madre fue a pie y aprisa hasta la recién nacida liga santandereana de ajedrez para que le prestaran sin fiadores nueve ajedreces porque el hotel solo tenía uno de madera barata y astillada, con veinte taburetes y diez mesas dejó listo el escenario para la batalla y solicitó a Elías que trajese todos los artículos con que decoraría el hotel y que si eran muchos y muy pesados le prestaría un botones fornido que le ayudaría con el trasteo. Llegado el día del duelo nos sentamos en semicírculo y Ben Hashish dijo que él jugaría primero. Después de hora y media y catorce cigarrillos negros Piel Roja los había vencido a todos. Utilizó el gambito de caballo, la Ruy López, la Caro Kann, el enroque corto, la defensa Nimzoindia, la Siciliana, la Alekhine, el enroque largo, los trucos de Capablanca, el gambito de la reina, sacrificó torres para capturar damas, trocó alfiles por caballos, no le fue menester el coronar peones para convertirlos en reinas y hasta el rey de un ingenuo murió a los pocos segundos de mate pastor. El así con rapidez vencido era el inefable sordo García, quien cada vez que veía un espectáculo gratuito a él sin invitación se metía.

 

Lo aplaudimos a rabiar y cuando terminó invicto, algo le dijo al otro en su idioma privado, quien como respuesta depositó un turbio y espeso gargajo sobre el baldosín. Elías era un grosero sin fronteras y quizás por ello el mastín no lo quería y con gruñidos de advertencia canina se lo hacía muy a las claras saber. Llegado el turno de Elías Furman, se metió a su alcoba por cinco minutos, regresó llevando en un canastón treinta y nueve inflados globos enormes de piñata y de colores que eran muy extraños y diferentes a los aquí conocidos porque estaban cubiertos de púas del mismo material y color, multicromáticos globos que fue colgando del techo de los corredores en que sembrados en macetas y materas los pensamientos inconfesables alegraban el caminar sobre sus baldosines. Repitió el ir y volver a y de su alcoba, hasta cuando los colgó todos, los diez últimos en el comedor. También se gastó en ello hora y media, medida en la clepsidra traslúcida de un reloj de arena gigante que algún olvidadizo dejó tirado en su alcoba meses atrás, sin reclamarlo y sin tener a qué dirección remitírselo porque no dejó datos al respecto en el registro de ingreso. Todos también lo aplaudimos hasta el cansancio de nuestras manos al ver el gran cambio en el ambiente.

 

Tía se acerca a su hermana, le toca el hombro izquierdo con su tímido índice derecho y en un susurro le dice que no permita ni de fundas que el argentino Elías cuelgue esos globos que no son globos.

 

-¿Cómo que no son globos, es que no ve, Tía?-.

 

-Yo sé por qué se lo digo-.

 

-Mejor ni me lo diga, ahora se va a tirar el concurso, más bien rece el rosario día por medio-.

 

-Bueno, usted verá, después no diga que yo no se lo advertí-.

 

Madre le da la espalda a Tía y encara cara a cara a Elías.

 

-¿Y esos globos tan raros, dónde los consiguió?-, al oído de Elías le preguntó en susurros la organizadora del evento.

 

Con cara de palo, el interrogado, también al oído y en susurros, le respondió que no eran globos de piñata sino condones a la última moda, con púas para otorgar placer doloroso y dolor placentero a las vaginas de las féminas y que los habían inflado con una bomba de bicicleta y atado con hilo de pescar. Guárdeme el secreto y yo le obsequio una docena para que usted se la regale después a su marido, si es que logra resucitarlo. Era, ¡qué duda cabe! un guasón con todas las de la ley no escrita. Pero ella se guardó muy bien de responder. Preferí callar para no enturbiar más el agua, que de pronto me toca bebérmela, díjome después, cuando yo ya iba a la universidad a mamar del gallo a los profesorcillos. Pero a Mas Que Digan, el mastín, no le cayó en maldita sea la gracia el indecoroso comentario del judeoargentino, a quien no quería ni mierda -y que de haber podido votar lo hubiera hecho en contra suya- porque de inmediato arremetió con sus zarpas y colmillos contra los globos condones bajo el despropósito de totearlos y a fe mía y de muchos otros -¿antisemitas?- que tampoco lo querían, que tal hubiera logrado de no interponerse madre -casi siempre pacífica- entrellos.

 

-Ve, yo se lo dije-, reclama Tía su victoria.

 

-¿Y cómo lo supo, Tía?-.

 

-El viejo ese me arrinconó a la salida del Barrio Obrero y me preguntó si yo quería usar uno con él-.

 

-¿Y usted, Tía, lo usó?-.

 

-¿Cómo se le ocurre, qué no me diría la santísima virgen y qué no me gritaría la limpia voz de la conciencia mía y pía si yo hubiera aceptado esa oferta impía?-.

 

-Entonces ¿cuál es el problema, Tía?, mejor siga rezando el rosario inútil y no dé tanta lata, le digo-.

 

Los huéspedes depositaron sus votos sin firmar en una catabra de mimbre barato y después de contados por madre fue claro que no hubo vencedor ni vencido. Empate sí. Si yo, el autor de este cuento, hubiese sido convocado a la votación, habríale dado mi sí a Ben Hashish. Me gusta el ajedrez y no el condón, porque cada vez que me dicen don Joaquín, de inmediato replico: sin el don, por favor, que a mí con don no me gusta. La comunidad árabe no presenció las justas ni tomó partido por ninguno de los dos judíos y ni siquiera cruzó apuestas ni mucho menos depositó su voto, y aunque se temió el que intentaran sabotear el juego de ajedrez y la decoración, no lo hicieron, tal vez porque temieron la reacción de mi madre. Y equivocados no estaban: madre me había dicho un rato antes que si los árabes se ponían a joder, ella les echaría un purgante para caballos estípticos entre los sorbetes de mora y mango y los dejaría sentados diarreicos sobre las tazas mientras las justas de los dos judíos seguían avante en paz y calma. Me hubiera gustado aplaudir a rabiar también a los árabes: se comportaron como caballeros y no como la mendaz prensa occidental y arrodillada nos pretende desorientar.

 

Para disolver el empate mi madre tiró al aire tibio y vespertino de la tarde una moneda a cara y sello, pero la maldita rodó de canto hasta desaparecer por la oxidada rendija de la alcantarilla del patio principal.

 

-Pues como ni ustedes vestidos de jueces ni la suerte vestida de moneda quieren que este lío se arregle, entonces que se larguen ahora mismo ambos, pero no juntos, para otros hoteles-, sentenció mi madre, remedando a Salomón.

 

Y se fueron. Jehuda para el hotel Bucarica a pagar más caro y a comer peor y Furman para el Savoy, en donde sí le dieron un descuento del diez por ciento a cambio de que decorara con sus globos venéreos los aposentos. Y no volvieron jamás. Y tampoco se dieron en la jeta, se insultaron soeces ni se agarraron de las mechas, o por lo menos no hubo noticia dello que a mis oídos llegara.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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