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 ReVista OjOs.com      JULIO  DE 2015

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

HIPNOTIZADO (1.971-2.001)

 

 

Para Narda y Lotario.

 

Esta historia es breve, brevísima, casi que telegráfica sin hilos. Es, de igual manera, aunque distinta, la apología del desquite. Leamos: don Elías Ananías, boyacense de pura cepa y ruana, boyacacuno, como los engreídos antioqueños en taimada gavilla le decían y boyacenciano, como los taimados bogotanos en engreída pandilla le decían, con el pie izquierdo chapín había nacido sin obstetra ni partera en las afueras esmeraldíferas y gélidas de Somondoco, Boyacá, cascarrabias impredecible y por ello peligroso, solterón, porque de ser casado ni tendría hijos y a la esposa pegaríale, regresó al Hotel De Siempre, con su ira aún viva repartida en proporciones iguales entre cerebro y maletín, pasados noventa y siete días desde su encontrón con don Bernardo Gerardo, en el que por poco casi se liaron a puñetazos de no haber sido por la suave intervención de mi pacifista madre. Por malparidez del casquivano destino, en esa misma fecha pero a diferente hora llegó también desde el inclemente calor de Barranca, la bermeja, el brujo de marras. Mala cosa, pensó la viuda dueña del hotel, así le pareciese que Ananías semejase ser el bobo de la yuca cuando se enfurecía -y cuando no también- y no tomaría venganza entonces. Por la noche, justo antes de cenar, el ofendido, frío como afilada y desnuda hoja de daga o navaja a la intemperie en el invierno y pese a su pie casi chapín, se acercó, veloz y por la espalda para evitar de esta manera que lo hipnoidiotizara de nuevo, a la silla sobre cuyo mullido cojín sentado estaba el señor de la Ossa o de la Reina y a mansalva y sobre seguro, con fría alevosía y rotunda premeditacción claras, expeditas y obvias, a quemarropa y quemapiel le descerrajó un sonoro y acertado balazo calibre 22 en la parte baja e inferior de la nuca, matándolo sin compasión y de inmediato. El mago, ya cadáver novato, en su último acto inútil de prestidigitador y mago de ultratumba recuperó la vertical de la vida y con el cráneo destrozado intentó arrebatarle al boyacense la Beretta, pero no pudo: su irracional enemigo disparó de nuevo, volándole los dientes, la lengua, el paladar y la esperanza. Luego, pálido y cerúleo, le entregó el arma humeante y pequeña, casi femenina, a mi madre y se aplastó a llorar en la silla sobre la cual su víctima había estado viva y sentada. Madre llamó con urgencia extra rápida a las ¿autoridades?, a quienes se lo entregó después junto con la pistola y se sentó a llorar en la silla vecina del asesino. El mastín, horrorizado, se tapó la cabezota con sus garras delanteras y se aplastó a llorar al lado de ambos llorones y Tía, con el rosario en el cuello a la tonta manera de amuleto, se desmayó en los brazos píos de la invisible virgen del agarradero, sin untarse, al borde mismo del sangriento charco. Una vez los popólicías se llevaron esposado y rabioso al boyacense y tibia e inocente a la Beretta, madre nos dijo al perro y a mí, en susurros, que don Elías Ananías le había pedido le devolviera el arma por un ratito, el suficiente para soltarse un balazo en la sien derecha e irse para donde fuera con quien lo había humillado tanto, pero que ella se había negado rotunda y claramente al mismo tiempo que lo inmovilizaba apuntándolo con el arma, que no sabía cómo diablos disparar, hasta cuando las ¿autoridades? se marcharon con él en la patrulla y que después berrearon por separado, él de ira y ella de estupor. Lo condenaron a treinta años. Cuando canoso y jorobado salió libre, pero aún furioso, en la puerta del penal se le botó sin previo aviso y de súbito a las inocentes llantas delanteras de un bus urbano que, bajando a todo el dar de su cuarta o quinta velocidad, le fracturó en tres porciones el recalentado cráneo, le trituró el cerebro enardecido y le mató la ira recalcitrante.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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