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 ReVista OjOs.com     JUNIO  DE 2015

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

TRIPLE (1.958)

 

 

Para Carolina Núñez Hughes y su hijo musical,

bajo la jocosa e ineludible condición

obligatoria de que, sin risas ni burlas de por medio,

compartan esta lectura con percherones bretones.

 

 

Huéspedes extravagantes hubo, hay y habrá en el Hotel De Siempre a rodos sucesivos. Dellos bastante he escrito, sin embargo creo -y de pronto erro sin hache, que el herrar con ella compete a los equinos- que la gente ignora la presencia también de una caterva variopinta de proveedores tales como vendedores eximios y charlatanes de lencería blanca o colorida, demagogos de finos, sofisticados y caros enlatados ultramarinos de importación o de contrabandación, de artículos de cocinería, carpintería, repostería, cubiertería, costurería, talabartería y jabonería, leña, saleros, pimenteros, azucareras, sacacorchos, servilleteros, pitillos, toallas y toallas higiénicas, frutas, escupideras, velas y velones para cuando la electricidad se fuera y en llegar tardare, modistas y modistos para confeccionar uniformes sobre medidas de botones, camareras, celadores, encargados de atender el bar y preparar cocteles, despenseras, jardineros, meseras, barrenderos y trapeadores, meseros, secretarias, recepcionistas diurnos y nocturnos, cocineras, lavadores de vidrios y metales, cajeros y cajeras, el hombre orquesta que arreglaba líos eléctricos, de plomería, pintura, refacción de muebles y mantenimientos varios y otros etcéteras diversos, individuos estos que también hacen, día y noche, su ingreso al hotel, caminan sus baldosines de brechas irregulares y utilizan los baños de emergencia. De igual manera, pero al contrario, hay otros que, por el opuesto, hacen su egreso del hotel. Ellos son quienes sacan basuras, cuerpos de cadáveres, abundantes sobros de comida no comida, bien llamados aguamasas y la ropa vieja y sucia que se lava en casa y se empuerca afuera dada de baja por raída, ávidos e injustos cobradores de impuestos, voceadores de prensa, revistas y lotería, emboladores, llamados luego lustrabotas por inspirada insinuacción del señor monsieur Pierre Athanase Larousse, prostitutas camufladas de secretarias o de primas hermanas artificiales, uno que otro mendigo adinerado en secreto y todos quienes ponen pies en polvorosa sin pagar la cuenta por la puerta delantera, que de haberla trasera, a través de ella huyeran. De entre todos ellos, escribiré ahora, después de un severo e imparcial escrutinio, sobre un pálido y flácido remedo de caballo. Aquel que lunes y jueves, a la misma hora exacta de las cinco en punto de la tarde, venía halando un carro de mula para llevar en él las fétidas aguamasas hasta la marranera más populosa y popular de mi -nuestra- tierra, todo ello porque los jamones de los muslos de sus puercos cerdos eran muy sabrosos, de poca grasa y fácil y suave digestión y deposición. Era un apagado ejemplar poco ejemplar para tomarlo como ejemplo ejemplar. Yeguas coquetas de fina estampa, burras tercas y promiscuas, caballos capados o no, adolescentes potros cerreros, vírgenes potrancas, mulos, asnos, machos y burros malhumorados, una pony de las Islas Shetland que doctor Archer le había regalado a doña Sixta Tulia de cumpleaños, humanos inhumanos e insensibles y otros animales bípedos de la misma especial especie e inclusive de otras como perros, gatos, ratas y ratones, se burlaban del y lo zaherían de continuo con relinchos y palabrotas de grueso calibre 45 largo. Y, como si lo anterior no bastare, el envejecido conductor del carromato lo maltrataba, no le daba suficiente qué comer ni qué beber ni dónde dormir ni soñar bien y de contera le obligaba a una castidad involuntaria, rígida y antinatural.

 

-Mejor que lo cape-, opinaba Jacinto a su madre.

 

-No se meta en lo que no le importa, que esto es un grave problema de grandes dimensiones-.

 

Jacinto andaba muy indisciplinado, manga por hombro y muy rebelde. Y la causa dello era la buena suerte de su padre, quien se había ganado el gordo de la lotería, comprado con esos dineros una fincota llamada El Roble, allá por la planicies secas de la Mesa de los Santos y, para su muy particular solaz, decidido quedarse en ella a temperar duro y parejo la mayor parte del tiempo libre, que para él era casi todo, puesto que doña Sixta Tulia llevaba con acierto las riendas y reatas del manejo del negocio, descuidando ambos por tanto vigilancias, consejos y controles sobre su primogénito.

 

-¿Lo dices por el tamaño del pene?-, a la carga volvía el inquieto Jacinto.

 

-¿Y usted qué sabe al respecto, ha visto  alguno acaso?-.

 

-Sí, de pie-.

 

-¿Cómo así que de pie?-.

 

-Parado-.

 

-¿Y se lo midió?-.

 

-A ojo de buen cubero, y por mi seguridad desde bien lejos, unos cuarenta y siete centímetros y medio cuando está dormido y no hay yeguas, burras o cebras en celo a su alrededor. Tráete, si quieres, tu cartabón y unos guantes y se lo mides. Yo supongo que cuando galope a paso lento su largo falo abrirá surcos en el camino-.

 

-Ahórrese el medio y lárguese a dormir-.

 

Jacinto se fue a dormir, sí, pero no pudo conciliar el sueño por más que trató, luchó y quiso. Pensaba de continuo y a obscuras en el caballo. Y quizás, con envidia y luz encendidas, también en su extravagante aparato de cuarenta y siete centímetros y medio.

 

Yo, el escritor, llamaré al caballete Jajamelgo, pero no se lo vayan a decir ni por señas ni relinchos, que me cocea las impúdicas partes nobles y me puedo quedar sin descendencia y sin terminar de escribir este cuento.

 

Su puntualidad era tan exacta y precisa que quienes tenían relojes varados o marcando mal las horas con sus minutos y segundos, se apostaban expectantes en la esquina oriental a esperar que llegara para así cuadrar el horario según el espurio meridiano de Jajamelgo.

 

Acabado de salir sudoroso de las aulas del colegio del Niño Divino, apenas Jacinto lo vio llegar jorobado, sediento, hambriento y maltrecho, a las cinco en punto de la tarde le cayó en gracia, lo cual será su desgracia, como luego leerán. Para escribirlo sin ambages, se hicieron amigos, no íntimos aún, desde el primer puntual atardecer en que vieron y olieron sus hocicos. Jacinto se juró, no de rodillas, que arrodillado jamás fue, consentirlo, alimentarlo, apapacharlo, restañarle con mercurio cromo y yodo las llagas abiertas que incomodaban sus lomos con piquiñas imposibles de rascar por sí mismo o por sus cascos mal herrados y además, lo más importante: tratarlo con la debida, mayor y mejor consideración que todas las jornadas le escamoteaba su malnacido propietario. Usando un cepillo dental y viejo de su padre viejo y muriéndose, Jacinto le restregaba, con brusquedad propia de adolescentes, morro, remos y hocico; a manotazo limpio o sucio ahuyentaba moscas verdes y moscardones grises que zumbaban en las cercanías de su ano color caca; con biberón tamaño teterón le calmaba sus sedes con agua helada y cunchos de cerveza Chivo Clausen tipo exportación y sus hambres con zanahorias, remolachas, arracachas y cucharadas dulceras o cuencas de las manos llenas de azúcar sulfitada, que de la refinada su madre le tenía prohibido regalar. Por si aquello fuera poco, aparte dello, Jacinto Calibre, cuando tiempo disponible había, casi siempre los jueves, con un par de tijeras jardineras le recomponía el capul y le suavizaba las crines, que muy rebeldes, hirsutas, piojosas y enhiestas lucían; con una áspera lima de carpintería que le pidió en calidad de préstamo sin fiadores, mentiras diciéndole respecto al uso que le iba a dar, al propietario de la muebleria La Rada, le equilibró las huellas torcidas y retorcidas de sus cascos sin pedicurar;  con la consabida manguera a presión de última generación lo lavó de rabo a cabo hasta lograr que su color, tordillo sucio, ascendiera a tordillo puro y, en un colmo de hípica vanidad no vista ni en concursos de equitacción y salto de obstáculos y bajo la opaca luz de una noche quebradiza sin los cráteres de Selene, le pidió a doña Tulia que al día siguiente le ayudase a anudar sus crines en cola de caballo amanerado. Esta antropohípica amistad no tenía aún quince días de nacida cuando Jacinto soñó en colores que su amigo, corriendo para y por el Stud Las Palomas Veloces y con los verticales colores granate, sepia y bermellón de las Haras El Trébol de Cuatro Ojos en el tórax del jinete y en su cachucha, sobrado ganaba por dos cuerpos y medio de ventaja inalcanzable la triple corona en las gramas y arenas del muy fino y bogotano Hipódromo de Techo. Por ello decidió llamarlo Triple, porque lo consideraba superlativo, vencedor de sus rivales y coronado de laureles, pero no se lo contó a nadie, ni a su almohada ni al espejo, con quienes dos objetos conversaba de continuo sin que ellos respondiesen.

 

Jajamelgo le correspondía con igual o mayor cariño, le permitía encaramarse a horcajadas sobre sus ya sanados lomos y palmotear sus grupas y sus ancas, relinchaba y se encabritaba en viéndolo y, así como Mas Que Digan le daba su garra diestra a don Pedro Calibre, él le daba el casco del mismo costado al hijo de aquel. Era una amistad que doña Sixta no se atrevió a torpedear. Comprendía la vacía soledad peligrosa de su hijo porque vecinos ni amigos tenía, no vivía en barrios residenciales y se veía por tanto en la necesidad obligatoria de entablar relaciones amigables con los hijos e hijas de empleados, proveedores y huéspedes del Hotel De Siempre. Pero esas tales amistades temporales y poco sólidas y macizas eran efímeras y crueles. Así que no se interpuso entrellos, que ambos muy solitarios eran. Y como bien dicen, trocados, dos refranes, agua que no has de beber no le mires el colmillo y a caballo regalado déjalo correr. Así, felices y contentos, animal y humano pasaron seis meses de amistad creciente, hasta cuando el maldito progreso depredador derrotó a Jajamelgo y sin compasión ni reato lo reemplazó por una vieja camioneta DeSoto con platón trasero y tos en el exhosto. El contratista anterior y anciano decidió ir por aguamasas a otros hoteles en donde se las venderían más baratas y grasosas, aunque mucho menos sabrosas y substanciosas. Jacinto, desesperado y con malas notas colegiales y mensuales, le pidió a Abelardo, encaramado siempre sobre sus zancos, que lo acompañara en su pesquisa caballar por la tarde y por todos los hoteles de Bucaramangracia a ver si entre los dos, su amigo desde arriba y con mejor panorama y él a pie en tierra y casi inútil, podían por azar topárselo. Abelardo, ya un tanto verdoso por la acción inclemente e incesante de la clorofila invasora, accedió, y al feliz décimo nono día de afanosa búsqueda, divisado primero por Abelardo, tal como lo suponía su amigo Jacinto,  lo encontraron a las cinco cero cero en punto exacto de la mustia tarde, parqueado y triste frente al portoncito del Hotel Zulima. Un par de lágrimas acres rodaban hocico abajo, hacia sus ollares, pero con ágil lengüetazo se las quitó del camino de la tristeza.

 

Jajamelgo, otra vez en mal estado de salud, apenas vio venir la pareja hacia sí, relinchó como nunca antes Jacinto había oído, se encabritó sobre sus cuartos traseros y quiso salir en caótica estampida. Jacinto creyó que se comportaba de tal irregular manera impulsado por la alegría de volver a verlo. Pues no, no había tal. Jajamelgo estaba aterrorizado con la elevada presencia verde de Abelardo encima de sus varillas de roble. Cuando entendió su error de apreciación Jacinto pidió a su amigo que reculara y se alejara y este lo hizo a la perfección, caminando de para atrás sin perder compás ni compostura. Admirable el equilibrio del que hacía franca gala este casi ya arbóreo muchachón verde pálido. Una buena vez que húbose alejado sin caer ni trastrabillar, Jacinto empezó a llamar a su animal amigo con gritos como relinchos que no pude entender con claridad. ¡Briple, Briple!, me pareció que los relinchos de Jacinto le decían. Jajamelgo se calmó al instante, cerró el hocico, irguió las sucias orejas, sus remos traseros guardaron la debida compostura y se aconductó como si caballo de fina estampa y equitacción de altura fuese. Le pidió a Abelardo, quien estaba fisgoneando amores prohibidos a través de ventanas de segundos pisos abiertas de par en par, que se marchara caminando de para atrás, en reversa, si era tan arrecho como presumía ser, al Hotel De Siempre y que él llegaría un ratico más tarde, enseguida de cuadrar dos asuntos caballares. Su verdoso y forzoso amigo aceptó esta sugerencia-reto y se marchó, minutos más tarde, sano y salvo, llegó sin contratiempos, y sin voltear la cabeza para no equivocar la ruta y caerse de ridículas espaldas, al Hotel De Siempre, en cuya sala su dictadora madre impía, su terca hipermetropía y su hipotético y patético padre mudo lo recibieron con desgano. Otra vez usted por aquí, le dijo su apestosa madre, mientras el padre asentía, que permiso para hablar no había.

 

-Vaya, Abelardo, sacúdase las ramas, que los azulejos le están armando un nido entre los gajos-, escupió la anti madre.

 

Pocos momentos antes de que aparecieran desde el portoncillo estrecho del Zulima las apetitosas para marranos y gallinazos aguamasas y el viejo conductor del carromato de mala gana trayéndolas sudando sin ayuda en una zorra, Jajamelgo pudo decirle, yo no sé cómo, que quería retirarse a descansar en un potrero geriátrico y que su aparatoso aparato fálico, bélico y jamás nunca ortopédico de cuarenta y siete centímetros lineales y medio de pasión desbordada necesitaba una yegüita o dos burritas para calmar sus erectos ardores, así fuese una merita vez. Con esta no descabellada pero sí hípica petición no solicitada, el equino y su insatisfecho pene no saciado introdujeron, entrambos y despacio, sendas piedras triangulares lacerantes en cada uno de los zapatos de Jacinto.

 

-¿Usted por qué cojea, mijito?-.

 

-No sé, no sé-, le contestó a su madre.

 

Pero sí sabía. Envalentonado por la ausencia de su padre, casi siempre beodo en los pajonales del Roble y en los paisajes de La Mesa de Los Santos, Jacinto se atrevió a pedirle a su madre que recibiera y diera albergue, sombra, heno, alfalfa y paz a Triple en el solar.

 

-¿Usted va a meter otro animal en el solar, es que está chiflada o qué?-, a todo dar arremetieron Tía y sus rosarios contra su hermana mayor.

 

-Mire, Tía, ese caballito ahí donde lo ve es tan manso y tiernito que bien puede irse a dar unas cuantas vueltas cuadradas a la manzana montada en él sin ningún problema-.

 

-No, qué va, yo no me abro de piernas así de fácil y además es muy peligroso para mí porque siendo Triple más pequeño que el elefante aquel que usted engordó hace unos meses atrás en el solar lo tiene más grande-.

 

-Ja, ja, boba tolaca, encarámesele de chaflán y enrédele el rosario en las crines y permiso, que lo voy a pensar sin su ayuda-, cortó madre la perorata de su hermana menor, al mismo tiempo que le daba la espalda y se dirigía a discutir el asunto con Jacinto, quien la esperaba, molesto, a que se zafara de las impertinencias de Tía.

 

-No-, le martilló a Jacinto, -ni se le ocurra pedírmelo una vez más, ¿es que usted no adivina ni presiente que estoy harta, aburrida y mamada con tanto indisciplinado zooilógico aquí en casa? Acuérdese, por favor-.

 

-Es que no es en casa, es en el solar, ¿no entiendes o qué?-, contraatacó su primogénito.

 

-La misma vaina es el solar o la casa, que no, le digo-.

 

Pero, como siempre fue, tanto y tan de continuo insistió el hijo que a la madre no le quedó otro recurso distinto a dar el sí.

 

-Entonces dame dinero-.

 

-¿Y eso como para qué?, si aquí comerá, como todos los animales anteriores, sobras de comensales, hortalizas revenidas y frutas pasadas de maduración-.

 

-No, madre, que no. Es para poder comprarlo-.

 

-¿Comprarlo, comprarlo a quién?, ¡no me diga que a Triple, sería el colmo al cuadrado!-.

 

-Pues claro, dígame, al caballo, ¿a quién otro crees?-.

 

-Pero ¿con qué plata?-.

 

-¿Mi padre no se ganó la lotería acaso?, pues con esa, él no se dará cuenta, el trago lo tiene jodido y olvidadizo-.

-Ay Dios, ay Dios, con su merced no puede ni el diablo con ayuda mía. Lo pensaré, pero eso de robar a Pedro no me parece-.

 

-¿No te parece bien o no te parece mal?-.

 

-No me acose, ya lo pensaré esta noche y ahora, ¡pero ya ya!, lárguese pronto a hacer tareas, planas y tablas de multiplicar y después a dormir bien arropado, que va a hacer frío-, dijo doña Tulia cerrando el diálogo.

 

Esa noche Jacinto no hizo tareas, planas ni tablas, pero sí doña Tulia, quien, ya próxima y rosada la aurora, y luego de mucho sopesar contras y pros en la imparcial y salomónica balanza cerebral de sus entendederas, decidió ponerse del lado de su hijo, con robo al padre incluido. Llamó al señor monsieur Larousse y le pidió que abriese sus páginas en donde apareciese la palabra caballo. El sabihondo francés le hizo caso, desplegó su página 47 y ella de inmediato le contó a doña Sixta que los colores más comunes de los caballos son zaino, palomo, castaño, bayo, moro, overo, negro, tordillo y alazán, que hay que peinar crines y colas con frecuencia y peine suave, que los corvejones son muy delicados y el maslo es la zona anal donde nace la cabellera de la cola, en un dibujo anexo le mostró grupa, alzada y cruz, le explicó que los adultos tienen cuarenta dientes, que el estado dellos puede dar pistas sobre la edad aproximada, que debe tomar tres comidas diarias no muy abundantes porque su estómago es pequeño en comparación con su masa corporal y que bebe casi cuarenta litros de agua al día. También le dijo, sonriendo a la francesa, que era falso el cuento ese de que a caballo regalado no se le mira el colmillo.

 

-¿Cuánto es el precio?-, le preguntó a Jacinto, antes de que se fuera para el colegio en la maderable compañía de Abelardo-.

 

-Veinte pesitos-.

 

-Dile al dueño de Triple que se los pago con una habitación para él durante un mes-.

 

-Ya yo se lo dije ayer y no quiere. Quiere platica y en billetes de a peso-.

 

-Bueno, pues aquí tiene entonces-, y del tibio y erguido aún seno se sacó un puñado de billetes arrugados que le había escamoteado a la mesa de noche de su marido, dormido a esa hora en el establo de las vacas, allá en El Roble.

 

Cuando al final de la tarde, después de eludir el acoso de un gitano traficante de caballos viejos que pretendía venderles a bajo precio un niple de bicicleta para que se lo insertaran con cremita por el ano y poder meterle aire con una bomba de inflar neumáticos para que se viera más gordo y más robusto, su antiguo propietario y el nuevo lo trajeron del cabestro, muy sonrientes él, sus caries y las incipientes de Jacinto, quien no se lavaba muy bien los dientes ni las muelas, los animales todos del solar con alharacas se amotinaron. ¿Pero cómo se les ocurre, grandísimos animales, es que no recuerdan que ha poco se fue Lunes ya hecho hombre hecho y derecho y hace cuatro años Duda, la boa enamorada?, dijeron -o eso creímos entender nosotros, los humanos- los rebeldes en desafinado coro de siete o más voces.  Además, agregaron, sus micciones eternas, sonoras, visibles, burbujeantes, copiosas, nitrogenadas, estruendosas, chispeantes champañas asquerosas, duraderos y espumeantes aguaceros amarillos van a afectar nuestras narices. Madre tuvo que firmar de puño propio y mala letra un documento en el que se comprometía a doblar raciones, tapar goteras del cobertizo, mejorar nidales, construir una caseta privada para el alcaraván llanero, cambiar el agua cada seis horas si ellos aceptaban el ingreso del caballo y luchar contra la terquedad de Tía, quien quería de rojo carmesí pintar los cascos del jamelgo. La promesa de doña Sixta Tulia se cumplió en menos de una semana, en cuyo final bajó desde su refugio alcohólico el padre de su hijo y apenas lo vio, menos triste ahora, dijo que pobre caballo, tan solitario que se ve, dejémonos de una vez y por todas de perendengues y maricadas, tráiganle un herrero experto, en la sarna y en las costras échenle creolina y agua sal y que mucho mejor se lo llevaría para los promiscuos potreros y establos del Roble, a follar con burras y yeguas para que lo abandonase la tristeza y lo visitase la virilidad. Los animales, según unánime decisión, en especial el alcaraván, apoyaron esta propuesta porque así ganarían casi gratis todas las mejoras. Jajamelgo, sonriente, aplaudió con los cascos mal herrados de sus remos delanteros por un instante, que si más se demora, hubiésese de jeta ido, de hocico contra la grama del solar.

 

La ironía, moviendo los hilos a su acomodo, a su leal saber y entender, obligó a que la misma camioneta DeSoto, reemplazo del carromato páginas y días atrás, fuese quien ahora trastease a Jajamelgo del solar casero a los establos como burdeles del Roble. Llegó, por culpa de las curvas de la destapada y polvorienta carretera, mejor camino de herradura, envueltos pescuezo, hocico, pecho y remos delanteros en vómitos, lleno de esperanzas su corazón y el cavernoso falo de cuarenta y siete centímetros y medio cargado de sangre caliente en ebullición. He llegado al paraíso, relinchó con suavidad, después de que los peones le lavaran a baldados los vómitos, le dieran a rumiar heno, alfalfa y otros forrajes que nunca había probado antes y, pasadas dos largas horas, a tragar granos de maíz amarillo tiernito y diminutos de sorgo y millo que tampoco conocía. Jajamelgo y sus escasas neuronas comprendieron entonces, porque nunca antes tuvieron la oportunidad de hacerlo, que la digestión de los granos se hacía en el estómago y la del forraje en su largo intestino delgado. Terminados, postrado a la bartola sobre su ijar derecho y casi amodorrado, los lentos rumiares y digestiones, don Pedro Calibre y Ruiz primero le presentó por desorden alfabético y caótico todas y cada una de las coquetas yeguas, vírgenes potrancas, yeguas burreras y burras resabiadas de lo que a continuación su harem, no privado, sí compartido, sería. Después de este acto protocolario e introductorio, le señaló, con el pulgar y de espaldas a ellos, burros yegüerizos, caballos burreros, caballos y burros de buen comportamiento, potros indómitos y asnos orejones y le advirtió que de ahora para adelante ellos serían sus rivales mas no sus enemigos y que de aquellos, burros o caballos, que estuviesen capados, fuesen invertidos o seniles, se olvidara.

 

-Triple se comportó como todo un caballero caballar a carta cabal-, le decía, ebrio y no sé qué otras cosas más, don Pedro a su mujer, mientras rebuscaba en la vagina della el anillo que se le había perdido antes, en los prefacios del amor.

 

-Y eso ¿por qué?-, contestó ella, a la par que se quitaba la invasora mano de su entrepierna.

 

-Porque le dio el casco a todas cuando se las presenté en fila india-.

 

-Tiene la tímida caballerosidad del virgen. Mire, Pedrito, aquí está su anillo, cierre el pico y échese a roncar, que ya estoy bastante harta con tanta cháchara hípica-, cortó de un tajo sarraceno doña Tulia.

 

En menos de dos días de menos de veinticuatro horas, tan contento estaba, deslumbrado y descrestado con este provocativo futuro que le abriría las grupas todas a su falo que parecía de palo de tan duro, Jajamelgo se desentendió por completo de Jacinto, quien, amable, en múltiples oportunidades le había sacado los mocos de los ollares con una jeringa hipodérmica de grueso calibre que operaba al revés, succionando y no impeliendo, y jamás de los jamases volvió a recordarlo ni a sentir pena por ello. Él, por el opuesto, ¡y qué lástima!, no ha olvidado aún este bajo gambito de caballo traidor entre solitarios no solidarios.

 

-Los animales no piensan, hijo-, reconfortábalo su madre.

 

-No piensan, no, pero sí que olvidan-, y se largó a dormir en su alcoba y sin cobijas.

 

Jajamelgo pasó de piltrafa mediocre e impotente a percherón garañón y semental porque en menos de tres o cuatro meses se dio gustazos que jamás su pene extralargo de cuarenta y siete centímetros y medio imaginó existiesen. A don Pedro José Calibre y Ruiz le placía sobremanera ver cómo burros y caballos penetraban a sus consortes en el puesto de monta, prostíbulo equino, burdel hípico peor que el humano de Emperatriz del Busto, frente a seis rústicos taburetes de móncoro alrededor y en semicírculo, que para tales trabajillos -y son sus propias palabras- y menesteres -que son las mías propias- había ordenado construir en las abonadas cercanías de dos pequeños cultivos de tamarindo y achiote, lugar adonde llevaba sus amigotes más amigazos a bordo de su vehículo Packard de cuatro puertas para su propia diversión y contento. Pensó que como nunca él había visto a Jajamelgo en contenta acción, el próximo fin de semana invitaría al doctor en derecho Sierrano Albo, al doctor en medicina Pudiesse, quien no quiso ir porque odiaba -y era odiado por él- al leguleyo, a don Pacho Ben a Vides, quien no era pariente, ni siquiera lejano, de la extraterrestre aquella y a su esposa, doña Sixta o doña Tulia, para que los atendiera con tragos mientras ellos se divertían con el ejercicio sexual del más novato de la manada. Iniciada la sesión erótica y sabatina, asustado frente a tantos curiosos bajo la lluvia que comenzaba a arreciar hasta llegar a una precipitacción pluviométrica exagerada, acompañada de relámpagos, rayos y truenos,  Jajamelgo empezó a corcovear, bufar y relinchar, tímido y apocado ante el impúdico público vociferante y humano que le observaba y le gritaba hurras. Le trajeron en retahíla consecutiva y pizpireta varias damas en calor que expelían almizcles incitantes: burras y yeguas, todas bellísimas, algunas vírgenes y algotras coquetas y promiscuas, pero el caballo de marras, totalmente asustado y empapado de cabo a rabo bajo el tozudo aguacero que parecía aguamil, no se decidía por ninguna.

 

-Es un caballero caballete homosexual y misógino. O impotente, que castrado no, porque se lo veo-, comentó en muy pulido y castizo castellano el doctor en derecho Sierrano Albo, abriendo su paraguas inglés para evadir, en español, a la creciente lluvia torrencial y demencial que caía en todos los idiomas.

 

-No, señor doctor en derecho, el ladrón juzga por su condición, ¿cómo se le ocurre decir eso de Triple, espere tantico y verá, que yo conozco muy bien y a fondo a ese muchachón-, dijo muy seria doña Sixta, escampando bajo un cercano roble, a todas luces ebria en pequeñas cantidades.

 

Era obvio y clarísimo que por primera vez en subida la esposa de don Pedro estaba medio borracha, porque en su ir y venir trayendo brandis, ella se zampaba un sorbito de contrabando, y como ya había ido y venido siete veces, pues juzguen cómo estaría ella, ella que nunca bebió en subida. Los dos invitados, su anfitrión y Jajamelgo se quedaron esperando a doña Sixta y a la solución que ella había prometido cuando interpeló al abogado doctor Sierrano Albo en derecho. Se apareció, sonriente, con una cebra de cabestro que de inmediato don Pedro Calibre reconoció como la burra más puta del potrero. Seguro que mi mujer la pintó a rayas con el barniz que yo guardo en el cobertizo de los cutes, ¡qué loca mujer la mía!. Era cierto, su bebida mujer, llena también de impaciencias eróticas e hípicas, distendida por la ingesta de alcohol y acicateada por la curiosidad un tanto animal y desconocida en ella, que pasaba por recatada y modosa y recordando cuando su marido le contaba que el puesto de monta era un burdel equino asnal muy bien mal organizado, un coge coge tremendo de todos contra y entre todas, la apoteosis de la erección hecha verdad en versión equina, había enlazado y maneado la burra contra la talanquera de la entrada y a continuación instantánea, pintádola, sin ayuda de nadie, con negras rayas verticales y transversales de variados grosores. Jajamelgo, en olisqueándola con su excitado hocico, sacó su aparato de cuarenta y siete centímetros y medio y se aprestó a batallar. La penetró y cuando, después de mucho meneallo para delirio de la concurrencia, y de doña Sixta Tulia también, estaba a punto de expulsar su semilla, los goterones espesos y numerosos del torrencial aguacero le borraron las rayas a la exaltada burra. Jajamelgo, sorprendido al descubrir el engaño de la beoda doña Sixta, extrajo su pene de cuarenta y siete centímetros y medio de largo; recibió una violenta coz de castigo injusto en pleno tórax por abandonar a su disfrazada de cebra hembra en el momento previo al clímax; al resbalar sus cuartos traseros en el lodazal perdió el equilibrio y rodó dando un bote; tan rápido -pero no tan caliente- como cohetón navideño, volador de onomásticos o efemérides, eyaculó sobre la grama, cerca del cuarteto mirón que bien pudo ser salpicado por los goterones del semen, en especial el atildado doctor Sierrano Albo, a quien, si la eyaculacción le hubiera acertado en pleno rostro daría con él en tierra y Jajamelgo, maldiciendo su suerte aciaga, murió de síncope cardiaco y rabioso junto a ellos, los ebrios espectadores, la ladina y ebria celestina equina y la burlada burra.

 

Como corolario acerca del disfraz de cebra que le sembró a la burra, doña Sixta, borracha aún, muy borracha, borrachísima, decía que su marido era indisfrazable porque ninguno le servía y aunque se esmerase, volvía, por sobre el disfraz, así perfecto fuera, a ser él mismo, disfrazado a la perfección de sí mismo, tal lo recio de su persoanalidad.

 

Al día siguiente, muy de madrugada y con don Pedro, su esposa doña Sixta, el doctor en derecho Sierrano Albo y el músico don Francisco “Pacho” Ben A Vides durmiendo mal la cuádruple resaca, cuatro amanecidos, ojerosos y malhumorados peones, armados con picos, barras y palas, lo enterraron a la vera vera del camino. Jacinto se enteró de este deceso de sainete por pura casualidad, cuando, sin quererlo y escondido tras un biombo, escuchó una conversacción entre su madre y el propietario de Hotel Zulima en la que aquella, con más pelos que señales, le relataba a este boquiabierto los pormenores del asunto. Luchó, y pudo lograrlo, para no dejar que sus sentimientos de despecho le desencajaran el rostro y suscitaran conmiseraciones ajenas no pedidas. Pero le era muy difícil olvidar este nuevo desengaño. En 1.971, trece años después, mal vendido en dos bicocas por su padre El Roble y con el diploma inútil de ingeniero industrial en el bolsillo, subió a la Mesa de los Santos, buscó el aciago lugar donde Jajamelgo estaba ya podrido y sobre un trozo de cartón escribió con letras mayúsculas de imprenta un tardío epitafio.

 

“Aquí yace Triple, flaco, rocín, piltrafa, caricatura, malagradecido, traidor, gerontoéquido, caballo viejo, no de Troya ni ajedrez, ni siquiera de vapor o tío vivo”. Después de esta parrafada se sintió levitar, flotar como medusa en aguas mansas, intemporal e incorpóreo, libre ahora de un malestar introvertido. Recordó a Triple con un odio en retroceso. A fin de cuentas, él mismo se lo había dicho a su madre: los animales no piensan. Y si no piensan, olvidan.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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