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 ReVista OjOs.com      MAYO  DE 2015

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

MEMENTOS MOMENTÁNEOS ( 1.926 - 2.012)

 

Para Álvaro Navas Cadena.

 

 

1.953. Ya con sus tres hijos creciditos, padre le dice a madre me quiero casar contigo y ella, sus ojos entornados, dice sí. Entonces nos vemos mañana bien temprano y en ayunas en el atrio de la iglesia de San Laureano y sale a la calle 37. Madre lo deja ir y se rasca la cabellera, que atada la tiene en cola de caballo de carreras. Al día siguiente, como padre no aparece, madre se va a pie para cumplir la cita y cuando llega, él, muy orondo y con cara de no pero sí, la está esperando. Me vine en el taxi del Culo de Génova, dice y sonríe. Ella no, pero lo agarra del brazo y lo lleva hasta el altar. El padre Jaimes y sus astigmáticas gafas los miran. ¿Qué quieren ustedes?, preguntan las gafas. Casarnos. El cura y sus gafas, que conocen, por separado, a padre y madre, dicen que no los casan porque son pareja dispareja. No importa, dicen en dúo, nos amamos y basta y se abrazan en seco, se manosean húmedos y se besan empapadísimos. Las gafas, arrebatándole de nuevo la palabra al cura, les dice está bien ¿dónde están las argollas? No trajimos. ¿Y los padrinos? Menos. No importa, dice ahora el inmutable cura, quien, no queriendo perder protagonismo ante sus gafas, se voltea y ordena en latín al monaguillo que vaya a la sacristía y les quite a dos llaveros nuevos los aros de meter las llaves. El monaguillo obedece en español, va, rompe, tuerce y daña los llaveros, regresa con los aros y se los entrega a las gafas. Estos serán sus anillos de bodas. Pero el que le corresponde al anular derecho del señor Calibre pasa por la falangeta, se atasca en la falangina y no llega a la falange. Déjelo ahí, señor padre Jaimes, que me duele mucho y apúrese que tengo prisa. Las gafas asienten con la cabeza y dejan de empujar el aro que es argolla ahora por obra y gracia del espíritu jocoso del cura. ¿Y qué de los padrinos? Pues ustedes dos verán, señor padre Jaimes y sus gafas. Madre le da un codazo a padre en el tríceps. Cura y gafas miran la feligresía expectante, a quien ya conocen de memoria por sus nombres y apellidos, y dicen Honorio Antolínez y doña Flor Guevara acérquense, vengan pacá y oficien de padrinos. Y gafas y cura Jaimes los unen con el sagrado vínculo del matrimonio. Una vez en el atrio, padre aborda el taxi del Culo de Génova y desde la ventanilla le dice a madre nos vemos en el Hotel De Siempre y se aleja el hideputa.

 

2.012 Anoche vi al fantasma que jodía a Tía y ya tiene que usar espejuelos, bastón y pañal. Pobrecito, a veces me arrepiento. No, que no se arrepienta, si casi me hace suicidar, le responde Tía en medio de carcajadas lagrimosas.

 

1.988. El profesor de literatura, quien asfixió sin culpa a su bebecita, le cuenta a madre, mientras catan un vinillo de los viñedos de la plácida y suave Zapatoca, Santander del Sur, que Esquilo murió de improviso y descalabrado cuando un águila rapaz, hipermétrope, tuerta o hemianóptica, confundió su calva cabeza con una roca y le lanzó desde cincuenta y dos metros lineales de altura una tortuga de trece kilogramos de peso a fin de romper su caparazón. Madre ni se inmuta y el sabihondo profesor se emputa.

 

1.975 Por fin se largó para París ese maldito pintor Archimedes, ¿cierto, Jacinto, que era un corrompido peligroso?

 

Jacinto le responde que a él no le parece, que tal vez un poquitín deschavetado, pero que no más.

 

-Hum…-, murmura ella.

 

-¿Qué?-.

 

-Que hum…-, remurmura.

 

2.010. Un caballero muy adinerado y que pasa sus días enteros de pie y frente a la caja registradora de su rentable negocio contando con la memoria y con el índice derecho humedecido en su propia saliva fajos de billetes sucios le dice a doña Sixta, en silla de ruedas, casi tullida pero aún invicta, que un hongo maldito y rebelde le ha salido en el dedo y se le ha pasado a la lengua y se la muestra. ¿Qué debo hacer para salir de este lío, señora mía? Vuélvase pobre y no soy suya.

 

2.011. Wenceslaa le dice a su madre que se pase del diccionario del señor monsieur Larousse a Google y ella le contesta no mija, si apenas a duras penas puedo pronunciar el nombre del señor del diccionario ese, cómo me iría de mal si me meto con el otro, que ni siquiera tiene páginas de dónde agarrarme para no caerme de la sorpresa.

 

1.962. Siete u ocho semestres después de la historia del elefante en el solar, arriba un circo nunca antes venido por aquí y que por referencias decidió pedir cupo en el Hotel De Siempre. ¿Tienen ustedes animales de gran tamaño?, le preguntó doña Sixta al empresario, sí, sí tenemos, ¿y con crías?, sí señora, ¿qué animales?, hipopótamos, entonces tome, tenga esta tarjetita, vaya al Bucarica y dígales que es de parte mía.

 

1.999. El historiador Rangel Consuegra le pregunta a una socarrona doña Tulia si es verdad que el doctor en derecho Sierrano Albo murió en la habitación XVIII de sobredosis y ella le contesta que sí pero no le dice de qué. Sergio agradece y se marcha hijueputeando despacio y pasito.

 

1.926. Con tan solo cinco añitos a cuestas, doña Sixtita, hastiada de la penuria municipal del Socorro, Santander del Sur, y de la rencilla familiar en su propio hogar, sin decírselo a nadie, que la detendrían de hacerlo, se larga con media libra de carne seca, dos totumadas cerreras de guarapillo, una bola de queso azulado de cabra, dos tarritos de cebollas cabezonas en salmuera y un par nuevo de alpargatas metidos en una mochila, junto a quince desconocidos más, a pie y en cotizas, para Bucaramangracia. Pasan muchos días, que la niña perdió la cuenta cruzando vados, desfiladeros, cañadas y tarabitas, en la travesía hasta que llegan, exánimes y exhaustos, a la puerta del sol, ella con dos kilogramos menos de grasa en el cuerpo y cincuenta y dos neuronas más en el cerebro. Fue la primera victoria de una larga serie.

 

1.992. En medio de una trifulca verbal que con Tía tiene por algún motivo baladí, le grita, ofendiéndola, que mejor hubiera sido el que escogiera como hipotético galán al señor don Antonio Roma, el arquero titular de Ferrocarril Oeste y no a ese esperpento de cucaracho. Agradezca, no joda, ripostó Tía, que si no hubiera sido por él, hoy estaríamos invadidas de cucarachas. Pues no, reviró la hermana mayor, mejor que usted con mañita hubiera conquistado a ese arquerazo tan bello y hoy estaríamos invadidas usted de sus hijos y yo de mis sobrinos. Tía se largó a llorar.

 

2.011. El psiquiatra Umagna le pregunta a doña Sixta si Jacinto quedó muy afectado con las hostias que la coleccionista D.W. le dejó entreveradas en un cuaderno el día en que se marchó para el Amazonas y ella le dice que para nada porque dos años más tarde, en el internado salesiano de Zapatoca, mi hijo hizo la misma joda y se guardó entre el texto de Preceptiva Literaria treinta y tres hostias que de puro mierda retador no quiso comulgar.

2.011. El historiador Rangel Consuegra, obstinado, pone a doña Sixta a escoger entre Ki Tiang y la McCormick-Orange y ella, con medio susurro de voz y medio de ironía le dice que le responderá esa pregunta después de muerta. Pobre Sergio, no entiende que con doña Tulia mejor es no meneallo.

 

1.944 Los amangualados y ventajeros Aliados desembarcan en Normandía. Su futuro esposo se emborracha hasta el ridículo, no se sabe si de la alegría que le causa este triunfo por muchos esperado, de la tristeza al saber que muchos alemanes, con quienes sostenía magníficas relaciones etílicas habían perdido la vida o la razón o por la semisuma de las dos encontradas sensaciones.

 

1.957 La escocesa le ofrece en los Lagos del Cacique, mientras el bote está con ellas dentro y al pairo, un cigarrón de maracachafa. Doña Sixta Tulia acepta, chupa dos veces dos bocanadas, tose, escupe y regurgita sobre el regazo de la pelirroja. Jeanette le aconseja un chapuzón, le da un empujón muy fuerte, se resbala sobre ella y ambas caen rodando hasta entrar en el agua con la suavidad sin fricción de las lágrimas conscientes. Cuando emergen a la orilla están húmedas de la risa.

 

1.958. Invitada a Italia, no va.

 

1.958. Invitada al Perú, no va, y eso que queda cerquita.

 

1.958. Invitada por su esposo como viaje tardío de bodas al décimo quinto festival en Guararé, acepta, pero al llegar al río Mucho, que está crecido, no lo pueden vadear y el motor del bus se avería en el intento. Terminan nadando de espaldas a la realidad.

 

1.961. Invitada con todo pago por doctor Archer a Dover, Inglaterra, no va.

 

1.964. Invitada por Jacinto a su grado de bachiller en las suaves atmósferas de Zapatoca, Santander del Sur, va, por primera y única vez en su vida por vía aérea, en avioneta DeHavilland Beaver. Después de casi vomitar viendo la Chica Mocha, sus meandros y remolinos, al intentar aterrizar en el rústico campo aéreo, una vaca terca, senil, con el mal de Alzheimer, achacosa, achacada y echada sobre su vieja barriga, obstruye la pista. Regresó por carretera destapada y no probó carne de res durante un mes.

 

1.966. Invitada en bus a Barquisimeto, Venezuela, por una dama muy altiva, Frías de apellido, no va. Después, mucho después, se arrepiente: era la madre del actual mandatario venezolano.

 

1.972. Invitada a Marsella, Francia, para que vea la casa donde nacieron los antepasados pescadores de su marido, no va. Está hasta la coronilla dellos.

 

1.973. Aburridos, los huéspedes no la vuelven a invitar a sitio alguno. Ella encoge hombros y relaja músculos.

1.954. Su esposo, arrepentido del desdén en el atrio, cuando la dejó tirada después del matrimonio, le dice empecemos de nuevo desde cero y ella dice no puedo aún, estoy muy sentida, empecemos desde cinco o seis.

2.008. Resulta mal operada de su rodilla izquierda. Queda tullida.

 

1.952. Intrigada por saber si es cierto o no el que los penitentes de la procesión del desande, el viernes santo, una vez terminado su suplicio frente al público, se encierran en la capilla de los dolores, en buena hora vecina de la casona familiar de los Navas y Cadenas, a darse unos a otros fuetazos en la espalda hasta sangrar, decide mandar a confeccionar, a su medida y en secreto, un hábito talar con su respectiva capucha cónica y el cilicio, igual al vestido por los nazarenos.

 

La costurera, atónita y avariciosa, le cobra el doble a cambio del secreto. Doña Sixta sonríe y paga.

 

Llega, por fin, la próxima semana santa y con ella el anhelado viernes, santo también, ¿cómo no?, ni más faltaba. Como lagartija de jardín se le escabulle por la noche a su marido, quien está chapoteando en el alcohol, viejo impío, se viste de nazarena, cinturón de castigo incluido, y en punta de silenciosos pies se entremezcla con ellos, hasta lograr penetrar al recinto en donde se van a dar azotainas y fuetazos. Se parapeta detrás de una columna pseudo colonial, presta a observar el suplicio y oír los ayayáes, cuando un perentorio dedo índice posado sobre su hombro y una voz socarrona, que pertenece al cura Jaimes y a sus gafas, le susurra al oído ¿usted que hace aquí, doña Tulia?, ¿cómo supo que yo soy yo, padrecito?, por sus zapatos tan delicados, pero no me distraiga, ¿qué hace usted aquí?, nada, padrecito, entonces vaya hágalo afuera, salga, por favor, la toma del codo y la acompaña hasta la puerta. Camino culebrero al Hotel De Siempre y asustada, mamagallistas le piden un autógrafo. Lo firma con nombre cambiado y rúbrica adulterada y acelera el paso. Es la una o la otra de la madrugada y la calle 37 está vacía. Sintiéndose a salvo y sudorosa, cruza el portón, solo para encontrase de repente con su marido, borracho perdido a más no poder sostenerse erguido, quien la agarra del castigador cilicio, la hala hacia sí y le dice vamos a hacer el amor sacrílego.

 

2.003. Madre dice que venganzas no vengadas generan tristezas insatisfechas. Yo ni mu digo. Asiento con la cabeza.

 

2.011. Alterna períodos largos de loca cordura con períodos cortos de cuerda locura. La geriatra que la atiende, tan vieja como ella, o más, queda patidifusa y renuncia verbalmente y sin revire. Jacinto, el primogénito, ríe para no llorar. Pero llora y ríe al mismo tiempo, cuerdo y loco, loco y cuerdo, tal como su madre.

 

2.012 (ayer). Tía, más artrítica que antier, le pregunta a su hermana mayor si para lograr de pie la redención es menester primero someterse de rodillas a la rendición de cuentas. Claro que sí, le responde, pero no a la rendición de cuentas del rosario, como usted, Tía, cree.

 

1.939. La segunda guerra mundial abre de par en par sus puertas sangrientas al público sediento. Doña Sixta no compra boleto para este atroz espectáculo y se niega a entrar. Los Aliados y el Eje le ofrecen un pase de cortesía  y tampoco. Soy pacifista de armas tomar, le confesará unos años después al señor Calibre, contra quien aún no se ha casado.

 

2.000. Si a doña Tulia alguien le preguntase si fue verdad o no que un hijuenazi timó a su hijo Jacinto y casi le roba la mujer, ella respondería que no lo sabe porque su hijo jamás le habla de sus derrotas y apenas sí un poco de sus victorias.

 

2.012. Doña Tulia no recuerda, pero yo creo que miente, si de terror tuvo o no orgasmos cuando Arthur “Boy” Collins estaba carreteando la Piper 18 a bordo de la cual pretendió llevarla de paseo aéreo abortado por la histeria que la invadió al sentir que el vértigo de la velocidad uniformemente acelerada la iba a trepar, en vida, al cielo.

 

1.962. Doña Tulia, sin sonreír, le dice a Tía que el Vaticano, a través de su vocero, el cardenal que parece cotorra de tanta lora que da, ha instituido, vía encíclica, los nuevos y muy necesarios misterios cantaletosos, mentirosos, fogosos, tramposos, jocosos, escabrosos y aparatosos, porque con dolorosos, gloriosos, gozosos y otros osos no basta para mantener erguida y enhiesta la devoción mariana.

 

1.941. Mas Que Digan, el mastín nacido en Heidelberg, Germania nazi, a doña Sixta le pide por señas, pues aún no ha podido dominar el castellano, ni ella el alemán, que interceda para que su amo jamás lo lleve a correr a un rústico canódromo que en los alrededores de Florida, la blanca, un visionario ha construido a mano limpia y con dineros prestados por usureros. Ella, también por señas, y ya bien leído desde la a, pasando por la eñe hasta la zeta el Larousse de su marido, le responde pregunta ¿y al galgó dromo? Tampoco, dicen las señas caninas. ¿Y al lebréldromo? El mastín le hace pistola de un solo tiro, la más universal de las señales, y se aleja en busca de una perra alcoholizada cuya suerte no sea tan perra, así se comporte como tal.

 

1.998. Doña Emperatriz del Busto, la más conocida entre todas las propietarias, celestinas, alcahuetas y regentes de burdeles que en Bucaramangracia han sido exitosas, se presentó un domingo de ramos, pasado el medio día, encorvada por el cruel calendario Brístol que no rebaja ni un día y por el mentiroso maquillaje Elizabeth Arden que no estira ni una arruga, a presentar sus merecidos respetos a doña Tulia, mujer ejemplar como no hay dos, según le dijo al portero que le abrió el portón del Hotel De Siempre. Mas doña Sixta no la quiso recibir. Seguro ella se comió a mi marido o mi marido se la almorzó a ella o los dos se desayunaron juntos el uno al otro entrepiernados en cama doble.

 

1.967. Jacinto, media de manzanilla colombobiana entre pecho y espalda, le explica a su madre que justo enfrente del hipotético plantío que de marihuana tenía la escocesa en el parque Bolívar hay ahora un expendio de esa hierba y que a él, personalmente, se le hace esta coincidencia muy chistosa y extraña, como si la McCormick-Orange y su alazana y abundante cabellera fuesen visionarias.

 

-¿Y es que usted fuma de esa joda o cómo lo supo?-.

 

-Preguntando, madre mía, preguntando, como todo-.

 

-¿Preguntando qué?-.

 

-Si se acordaban de la escocesa-.

 

-¡Qué!, no me venga con ese cuento tan reforzado, usted fuma, júreme que no-.

 

-Lo juro-.

 

-¿Por quién?-.

 

-Por mi papá-.

 

-Ah bueno, así sí le creo. Pero ojo, que no le quitaré mi ojo de encima-.

 

1.970. -¿Los cuatro generales si se llamaban así?-.

 

-No, era otra identidad-.

 

-¿…?-.

 

-Labores de inteligencia para su propia seguridad. Temían por sus vidas-.  -¿Y quién los quería matar?-.

 

-Sus propios patrones-.

 

-¿Los otros generales, y eso por qué?-.

 

-Sin saberse, nunca les pregunté-.

 

-A mí no me engañaron, se me hace que tres dellos eran hermanos-.

 

-Pues se te hace bien-, concluyó su primogénito, ocultando una sonrisa.

 

1.984. Madre contaba a quienes quisiesen escucharla que, como don Gerardo Bernardo, el mago hipnotizador, fue tan diestro para limpiamente partir un huevo crudo de gallina sin dejar pedazos diminutos de cáscaras sobre yemas y claras, le pidió que se pusiese de espaldas, trajo de la despensa dos sólidos, pecosos y crudos huevos de pisca y le dijo que tratara de romperlos. Pudo. Tornó a la despensa y trajo cuatro de pata pequinesa. También. Entonces le ofreció pagar todas las emboladas de sus zapatos si él de seis a seis y cuarto de la mañana se iba para la cocina a partir limpiamente, de espaldas y a pura fuerza mental los setenta u ochenta huevos que treinta y cinco o cuarenta comensales desayunarían. Es que la cocinera encargada los rompe mal, les deja cascaritas y luego vienen las quejas de quienes se atragantan con ellos. El mago aceptó sin pensárselo dos veces, que ahorrador y tacaño era, y la cocinera, emberriondada, se largó a trabajar en el Hotel Savoy. Allá le pagaron menos.

 

2.010. Oscilando entre cuerda y loca, entre loca y cuerda, doña Sixta Tulia a todo pulmón de no fumadora grita que la esperanza es la antesala de la derrota y la fe la derrota consumada, así que ¿para qué la caridad? Para pagar la derrota, digo yo.

 

2.006. El historiador Rangel Consuegra, más terco que una mula del Quindío, le pregunta a mi madre si la muchacha que poseyó el campesino asesinado por su suegro y sus cuñados parió o no parió. Ella, mirando de para adentro y simulando ser bizca, le contesta que ni a él ni a ella le importa, pero digamos que sí. Sergio agradece y se marcha a almorzar con Jacinto pero antes de traspasar el umbral ella, aún bizca, grita de repente digamos que no. Jacinto se ríe y aprieta el paso. Tiene hambre.

 

1.959. Jacinto se acaba de enterar que su madre, en los primeros días de la viudez temprana, utilizaba para exactitud de sus cuentas un ábaco cantonés que le regaló su marido cuando aún no era su marido y para ver la calidad de garbanzos, arvejas, lentejas, fríjoles, habas y granos de maíz un macroscopio sin estrenar que por Navidades y envuelto en papel chino le obsequió su vecino, el galante hijo de italiano y colombobiana, don Octavio Covelli y Rueda.

 

1.959. Una joven campesina y camarera se acerca temerosa y respetuosa a doña Sixta, sentada en la perezosa, y le dice, casi en susurros descendentes:

 

-Anoche vino su hijo y quiso metérmelo todo parado-.

 

-¿Y…?-.

 

-No me dejé-.


 -Ah, bueno-.

 

-Pero lo peor, y se sobaba las manos, es que su hijo es deforme de ahí-.

 

-¿De ahí, cómo que de ahí?-.

 

-Sí, tiene, y continuaba sobando sus manos, los pelos al revés-.

 

-¡¿Al re, y se levantó de la perezosa, vés?!-.

 

-Pues, ya a punto de llorar, claro-.

 

-¡¿Cómo que pu, y se sentó, es claro?!-.

 

-Es que no tiene los pelos en la punta de lo que me quería meter-.

 

-¿Dónde los tiene entonces?, y amagó ponerse en pie de nuevo-.

 

-Los tiene, casi llorando dijo, alrededor de las pelotas-.

 

-Pues ese es el sitio correcto, ¿o usted qué cree?, preguntó, sin importarle ya si estaba o no sentada, si estaba o no parada-.

 

-Pues no señora, dejó de llorar, mis taitas me enseñaron allá en la finca de Mogotes que los pelos estaban en la punta y que si se me aparecía uno que no los tuviera ahí pues que no me lo dejara meter porque era un engendro-.

 

Doña Sixta dedujo, y dedujo bien, que los padres querían evitar que su hija perdiera la virginidad con cualquier perico de los palotes y se guardó muy bien de traer al señor monsieur Larousse o a la Enciclopedia Británica para mostrarle con fotografías el error. Mejor que siga virgen hasta el día en que por sí misma caiga en cuenta de la trampa.

 

1.958. Un día y una noche después del sepelio tumultuoso de su Pedro esposo, doña Sixta Tulia ordena de palabra y por escrito que de ahora en adelante a los emboladores se les dirá lustrabotas y que quien la contradiga y no obedezca tendrá que embolarme gratis los zapatos a mí, su querido Jacinto de agua mansa.

 

2.010 (8 de agosto). Una furibunda dama rosada pero ya muy gris por las canas y las ganas le espeta a doña Tulia que cómo es posible que Jacinto Calibre Guane vestido como sacerdote haya mancillado la inocencia religiosa de los moradores de la Mesa de los Santos y ella le replica a gritos que porque ella se lo ordenó ¡y qué! 2.010 (9 de agosto). Al día siguiente la misma dama rosada, quien ahora ha sucumbido a sus canas y no a sus ganas y es definitivamente gris, le recuerda que su hijo Jacinto debió haber dado muestras de mariquería para que en 1.958 don Ruiseñor Mancilla Dhör se hubiera atrevido a pedírselo.

 

Doña Tulia, rabiosa y milagrosamente, porque tullida está, se yergue rubicunda de soberbia y le lanza a la cara de la miserable todo el contenido urinario de su vieja mica esmaltada.

 

2.008. Un hijo del sefardita Dichi le pregunta a doña Sixta y Tía, quien está con ella de visita, a quien de entre Jehuda y Furman hubiese escogido para que siguiese como huésped de su hotel y ella, salomónica, le dice que a ambos.

 

2.010. Sin que a la geriatra que la atiende le interese ni mierda, doña Sixta Tulia, tal vez poseída por los endriagos de los sedantes, de sopetón le dice que al hipocondríaco de Gigante, Huila, le quedó gustando el examen de antígenos que el doctor Galleta le practicó de mentiras verdaderas.

 

1.954. Doña Sixta Tulia de sopetón se encontró con la alazana escocesa en el corredor de los eternos pensamientos inconfesables y  vio que lloraba a moco tendido. De inmediato, y a la par que sacaba de su tibio seno un fino pañuelito, le preguntó por la causa de sus llantos. Frida Kahlo is dead, le respondió. A ver, explíqueme en castellano. I’m sorry, es que Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón acaba de morir antier, el 13 de julio. Abrazadas, lloraron juntas. La escocesa quiso besarla, pero doña Tulia escurrió bulto y hombro.

 

2.006. Madre aclara con desparpajo a quien se lo pregunte que la exactitud de las horas cuando ocurrió el aborto alienígena en el solar se debió al contramarcado reloj suizo de catorce rubíes y diez quilates que la pelirroja McCormick-Orange de cumpleaños le regaló cuadrado según el meridiano de Greenwich, pero como nadie en Bucaramangracia y aledaños sabía la ubicación geográfica de esa población, se lo llevó enseguida al señor don Octavio Covelli y Rueda, quien lo puso a marcar las horas, minutos y segundos como es debido acá en mi tierra, no a la inglesa.

 

1.999. Doña Tulia le contó a Jacinto, y él a mí después, que le enviaba en bicicleta a don Elías Ananías, el iracundo y asesino boyacense del hipnotizador de Dos Quebradas, todos los domingos, feriados y fiestas de guardar cama, un surtido portacomidas con el almuerzo ejecutivo del día. Él lo recibía, comía y mandaba, junto al vacío recipiente, las gracias de regreso. Pero cuando personalmente quiso en 1.988 ir a verlo, él sin explicar su no olvidado fastidio porque no le quiso retornar la Beretta para suicidarse junto a su víctima, se negó a recibirla. Sin sentirse ofendida, continuó con el envío del almuerzo, pero le suprimió el postre. Para que aprenda y ahora se quede sin con qué endulzar su cítrica amargura.

 

2.011. -Mami, ¿tú que taxista prefieres, Tito Chapuza o Gato Albino?-, pregunta Wenceslaota.

 

-A Culo de Génova, mijita-.

 

1.989. Al día siguiente de que la preñada con el almohadón abandonara el hotel, doña Sixta le dice a Tía, que así ella no sea perro, no la caparán dos veces y ordena que de ahora en más, apenas un huésped pida la cuenta, la camarera correspondiente debe pulsear todos los electrodomésticos del menaje de la habitación en cuestión.

1.964. Con tantos animales, elefante adolescente, boa masturbadora, sapos de todas las especies -humanos, cómo no-, jajamelgo, alcaraván de sexo indefinido, patos y patas pequineses, cucarachas y cucarachos, salamandras alienígenas, piscos y piscas, musarañas, asesino fino gallo de pelea, mastín napolitano, gallos y gallinas piropas y no piropas, gallinazos, hormigas culonas, abejas angelitas, tortugas de carey, garrapatas, sapos, ratas y ratones, morrocoyes, lavaculos, mil pies, colibríes, escarabajos, ciempatas, abejorros, palomas abuelitas, avispas, chicharras, piojos, arañas peludas, calvas y lampiñas, ágiles lagartijas, lechugavilán extraterrestre, gatos y gatas sobre el tejado caliente, pejes sapos y otras etcéteras cuadrúpedas, bípedas, aladas, vivíparas, mamíferas y ovovivíparas, el solar del Hotel De Siempre parece que fuese un zooilógico enorme y jocoso, entre risas y seriedades le dice un griego y jacarandoso zooinvestigador estadístico llamado Eleuterius Gounaróupoulos a doña Sixta, quien, en nombre del solar, le agradece el piropo. Y no lo tomen a chacota, que pura e impura verdad fue.

 

2.007. El acostumbrado encuestador del Departamento Administrativo Nacional de Embustes, DANE por sus pobres siglas, le pregunta a doña Sixta Tulia, sin razones aparentes, solo por joderla, por qué carajos en el Hotel De Siempre siempre hay a la mano una manguera a presión de última generación y, sorprendido, escucha que porque a ella le gusta la punta de la tecnología y no la tecnología de punta. Punto a favor della, aunque parece que después la multaron por desacomedida.

 

2.000. Un lambón aceitoso y pegachento le pregunta a doña Sixta:

 

¿Tú no has ido a Betulia, mi tierrita?-.

 

-¿A Betulia, Antioquia?-.

 

-No, Tulita, a Betulia, Santander del Sur-.

 

 -Menos, y apúrele, cierre la puerta apenas salga de aquí ya-.

 

1.948. ¡Aquí no hay piezas, carajo y carambas!, le dijo, golpeado el tono de su voz, doña Sixta al atortolado que le preguntó por una. Las únicas piezas que yo conozco son musicales, dentales y ajedrecísticas y si acaso hay más pues averígüelo y me cuenta. El atortolado se marchó picado para el Savoy y empezó de noche a investigar. Al cabo de dos días regresó y dijo que también hay teatrales, piezas que son sinónimas de alcobas y habitaciones y por las que él preguntaba, esas en que uno se queda de una sola pieza, las de motor y cubiertería y las que cobra el perro. La dueña sonrió, le dijo que volviera al hotel y que no le cobraría durante una semana, todos los servicios incluidos. El atortolado se quedó de una sola pieza en una pieza sencilla del Barrio Obrero.

 

2.011. Acostados en su cama doble, frente a frente nuestros cuatro ojos y nuestras dos narices, veinte centímetros lineales separando nuestras bocas y envueltos en nuestras propias halitosis, le pregunto:

 

-¿Sueñas?-.

 

-Poco-, balbucea por encima del efecto del barbitúrico.

 

-Cuenta uno-.

 

-Uno-.

 

-No, un sueño-.

 

-Con su papá-.

 

-¿Qué soñó?-

 

-Que cada cabo de año venía de no sé dónde y me amaba-.

 

-¿Cómo los alienígenas?-.

 

-Alie… ¡¿qué?!-.

 

-Nígenas, maldita droga-.

 

-Hable clarito, como yo, mijo-.

 

-Pues los primos del abortado-.

 

-Ah…sí-.

 

-Compare-.

 

-Gana su papá y por goleada, resulta que ahora que está muerto se pandea mejor que cuando estaba vivo-.

 

-Ja, bendita droga-.

 

-¿Qué?-.

 

-No, nada-.

 

-¿Y cómo quiere que nade si nunca aprendí ni me enseñaron?-.

 

-Tú sí sabías nadar, pero de espaldas a la realidad-.

 

-Ah…eso sí, si no nadara de espaldas a la realidad me hubiera ahogado de frente-.

 

1.966 Pedro jamás me quiso decir cómo había logrado sacudirse la espantosa plaga de ratones que en 1.944, cuando yo lo conocí, había invadido casi todo el hotel. Por algo será.

 

2.000 A la vieja esa de Charta que compró de contrabando un televisor en negro y blanco y cien mogollas y cien mojicones Trillos con vendaje me pareció verla ayer dando vueltas por el solar. Díganle que me cae gorda y que mejor se marche. Sí mamá, le decían sus tres hijos, se lo diremos.

 

1.988 No vayan a dejar descongelar las lágrimas del groenlandés porque se me bajan las entradas y yo esa plata la necesito para comprar más aires acondicionados porque si no la competencia nos jode, le decía madre a Tía.

 

2.012 Doña Sixta le pedía a sus hijas que le escribieran una carta al señor míster Tom Hanks invitándolo a pasar una temporadita gratuita en el Hotel De Siempre, pero el creído nunca me responde, se le quejaba a Jacinto.

 

1.960. Su papá, anciano cismático como el que más, hubiese querido ser de ñapa anabaptista, me dijo madre con la subitez de un inesperado relámpago, a la par que abría el diccionario del señor monsieur Larousse en la página 646.

 

1.949. La alazana escocesa, a punto de encender un raro cigarrillo, le enseñó a la madre de Jacinto Calibre la receta original para preparar como mandan los cánones de la gastronomía más culinaria la afamada y muy sabrosa y apetitosa y golosa cola de buey, que a manteles de percal y servilletas de lino se servía en los comedores del Hotel De Siempre, aquella que en su tierra natal, insular, lejana y extranjera, es uno de los ancestrales platos típicos más comidos, solicitados y alabados: the oxtail, que hoy todas las colonias que fueron inglesas aún degustan, comen y defecan.

 

2.012. -Jacinto, lo veo muy nervioso, como si temiera que lo fueran a matar por la espalda. ¿Es que tiene cuentas pendientes con alguien?-, inquiría doña Sixta. Y como Jacinto no podía decirle que con Oscar Martínez y conmigo se había metido en un bollo por chantajear a los ricos, le decía que los sedantes le ponían la imaginacción a mil, que él no tenía nada que le hiciese creer que atentarían contra su vida.

 

2.000 La señora Ámbar, la investigadora que me trajeron muerta seguro que descubrió con nombre propio al ladrón de los impuestos y me atrevo a jurar que era el mismísimo funcionario de la oficina de prensa que se apareció con dos quincones a llevársela a cenar.

 

1.947. Doña Sixta Tulia, su bella hija Wenceslaíta aún fetal en la placenta, aburrida con las continuas borracheras y derrotas de su marido cuando juega al póker, decide ir a la droguería Venecia en pos de algún remedio para hacerle odiar el licor. El señor don Ortiz Lozano le regala unos polvillos, le dice que los mezcle con el primer trago que su marido se beba y espere a que empiece a estornudar en consecutivas seguidillas. Ella, no se sabe si nerviosa o aviesa, opta por esparcir los polvillos en los primeros tragos de los rivales. El juego se acaba de inmediato entre una catarata de estornudos por física y absoluta substracción de materia gris. Pero su marido sospecha y al día siguiente, muy acomedido, la invita a un trago, aquel que no se había zampado fondo blanco uno de los estornudadores. Ella sospecha la encerrona y antes de beber el licor se arranca de súbito y a la tapada un pelo de la nariz y empieza a estornudar. Su marido, vencido sin apelación, de la soberbia se mete de un tirón todo el trago que a ella le tenía reservado. También, como ella, pero por motivos diferentes y trocados, empieza a estornudar. Lo hacen en dúo, hasta cuando los estornudos pasan y ascienden a carcajadas. Entonces se abrazan, se tocan y se besan. Si quiere jugar con fuego, le dice ella a él, mejor que sea con uno fatuo.

 

1.958 (a finales). Doña Sixta inicia en un rincón del solar un plantío de florecillas amarillas después de que recogiera las semillas del regalo en un almácigo.

 

2.011. Loca y delirante, me pregunta si ya regaron el plantío aquel y fermoso. Miento y digo sí.

 

1.988 Doña Sixta dice no acordarse del joven que no murió viendo West Side Story por la sencilla razón de que no sabe ni papa de inglés, así la escocesa le enseñara algunos vocablos.

 

2.012 (ayer, en las horas bajas de la alta noche). Cara a cara, acostados frente a frente, con sus narices a un palmo una de otra, ella espejo viejo del hijo y el hijo espejo no tan viejo della, así, juntos y casi revueltos, doña Sixta Tulia, con el haloperidol maldito adentro, a Jacinto le dice, mordisqueando las palabras, que le explique cara a cara lo de la otomana y la silla turca. Jacinto, pensando rápido, le dice que la otomana está en la sala y la silla turca en el cerebro, pero que solo se puede aplastar en la primera y que ambas sirven para pensar, que la una es de madera, tela y trapo y la otra de calcio y algunos alcalinos.

 

-Ah…-, dice ella sin mirarme cara a cara, se voltea y parece salir volando etérea por la ventana, pero no, solo parece, y empieza a pensar en otras vainas. Jacinto no la interrumpe y mira cómo ella se deja ir por la ventana afuera, hacia lo desconocido y recóndito. Ya volverá, piensa el hijo, y quizás entonces su inocencia me pregunte por poltronas, sofás, camillas, catres, canapés, sillones, otomanas, asoleadoras, sillines, esteras, colchonetas, mecedoras, perezosas, hamacas y tumbonas.

 

2.012 (hoy, temprano en la mañana fría). -A mí me gustaría aprender a pescar pejes sapos con atarraya-, me dice madre y yo le contesto que a mí sardinas con tarraya y a Tía rosarios con chinchorro.

 

-Ah…-, dice y se va otra vez por la ventana afuera.

 

Yo dije ayer que volvería.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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