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 ReVista OjOs.com       ABRIL  DE 2015

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

GROENLANDÉS (1.959)

 

Para Raquel Bretón Ramírez

 

 

En el 1.959, año del señor, ¿de cuál señor?, las carreteras del departamento de Santander del Sur estaban en pésimo y muy mal estado de salud, azarosas, arenosas, peligrosas, polvorientas, sin peraltes, bermas o drenajes, resbalosas, inconclusas y era osadía extrema el recorrerlas porque al conductor le iba la vida y le venía la muerte en ello. Para remediar estos problemas llegó desde el viejo continente, allende el mar Atlántico, una compañía especializada en la construcción y el diseño de vías carreteables, cualquiera  fuese la dificultad. La Morrinson-Knudsen se llamaba, y de inmediato se dio a la tarea de contratar personal nacional de combate para  trabajos sucios, labores bajas y oficios peligrosos y peliagudos. Ingenieros, topógrafos, auditores, geólogos, agrimensores, contadores y revisores fiscales, dibujantes a mano alzada y con pantógrafos, diseñadores, capataces, expertos en demolición y dinamitacción de rocas y demás funcionarios de alto nivel y rango y con magníficos opíparos salarios eran todos extranjeros casi albinos que soñaban otros sueños: escoceses, daneses, noruegos, islandeses, suecos, irlandeses, finlandeses, británicos, galeses y en general europeos del norte más norteño del viejo continente. Se anticipaba en corrillos de vagos y desocupados que el calor tropical y húmedo de mi amada ciudad natal, mi patria chica, Bucaramangracia, terminaría sin mucho empeño ni esfuerzo por demolerlos, derretirlos y ahuyentarlos. El tiempo lo dirá.  El Hotel De Siempre, fundado por un extravagante caballero ventrudo en el año del señor -¿de cuál señor?- del 1.937,  escogido fue no por azar por las directivas extranjeras para hospedar a toda esa manada rubia, casi albina, de europeos invasores que vendrían a dirigir con dura mano y a pagar con blandos sueldos las obras. Madre decía que ellos habían venido a arreglar el mal estado de las vías y a facilitarnos el transporte de carga y que no era como decían por ahí: que por el camino se arreglan las cargas sino al revés: que por las cargas se arreglan los caminos.  En los primeros días del delgadito mes de febrero arribaron por vía aérea, en Douglas DC-3 y desde la Santa Fué de Bogotá, cinco monos del norte de la Europa y de inmediato comenzaron a sudar cataratas, mares, ríos, lagos y lagunas, a sentirse  incómodos por y con nuestras altas y candentes temperaturas, desconocidas y ni siquiera sospechadas por ellos y a demandar agua helada en botellones. Trabajaban bajo un sol de castigo en la apertura de la carretera a Florida la blanca desde las seis de la mañana hasta las dos de la tarde, lunes a viernes. Una buseta criolla y ruda, de pésima amortiguación y frenos desobedientes los recogía, muy bien desayunados con caldo de costilla, arepa de maíz pelado, huevos al gusto o al disgusto, pan de los Trillos con vendaje, mantequilla vacuna, que caprina también hay, queso de Chitagá, Norte de Santander del Sur, café con leche, café sin leche, chocolate con leche, chocolate sin leche, té McCormick en agua, en leche, con limón o sin él, jugo de naranja o de piña, -les era permitido el eructar-, servilletas de lino almidonadas con extractos de la yuca, duras y ásperas para la sensibilidad bucal, lingual y dental de los comensales y -finalmente-, mondadientes de fina madera para escarbar los resquicios dentales y evitar caries y halitosis. La misma buseta criolla que los recogía al amanecer los traía de regreso pasadas las dos y media de la tarde. Se les podía ver y oír descender del vehículo, sin prisas, agotados y sudorosos, con un genio de los mil y más demonios, anhelantes de duchas frías, largas y reconfortantes y dispuestos a devorar el almuerzo en un dos por tres que resultaba en ocho. Pues bien, las especulaciones callejeras de vagos y desocupados dieron en el blanco. Muy pronto los bípedos monos noreuropeos dieron muestras claras y oscuras de estar muy aburridos y hastiados con los altos grados Celsius y no Reaumur, Fahrenheit ni Kelvin, que se leían en nuestros termómetros de mercurio, así que las directivas de la compañía optaron por rotarlos una vez pasados seis meses de laborar en estas tierras aptas para cabras y escorpiones, de modo y manera que cada medio año una nueva manada de extranjeros invasores era depositada en las alcobas del Hotel De Siempre a experimentar en carne propia los mismos rigores térmicos que sus antecesores ya habían padecido y del que no estaban informados. Pocos, poquísimos, parlaban el español, pero manejaban muy bien las señas y a trancas y mochas se hacían entender o malentender. Al cabo y al rabo de dos años, un groenlandés, topógrafo, casi albino, de ojos azules y bellísimos, digno de mejorar nuestros genes -aseguraban casamenteras y celestinas-, piel blanca en extremo y de casi dos metros lineales de estatura vertical llegó a pasar sus seis meses de castigo en la habitación número cinco. Por los datos del registro de ingreso vínose a saber que había nacido en Qeqqata, un poblado al norte de Nuuk, la capital de esta gigantesca isla descubierta por Erik El Rojo y que desde entonces practica porque sí una creencia cristiana- evangélica-luterana. Pero a este nuevo representante de las invasoras hordas nórdicas el calor de inmediato lo puso patas arriba y muy muy de mal mal genio. Sudaba hasta por las plantas de los pies y las yemas de los dedos y muy pronto, autodidacta, aprendió a maldecir en castellano no castizo y propio de verduleras y arrieros de mulas, a mandar a la puta mierda nuestras temperaturas y a caminar casi empeloto por los amplios, largos y venteados corredores cargados de macetas y materos sembrados de pensamientos inconfesables del Hotel De Siempre.

 

El excéntrico, obeso propietario y fundador del mentado hotel había muerto meses atrás, cuando la primera ronda de extranjeros viajaba recalentada de regreso a Europa, y de inmediato su viuda asió con manos firmes y fuertes, aunque las tenía de seda, las riendas del manejo del hotel. Ella, conmovida hasta sus entrañas ambarinas y rosadas, preocupada hasta sus tuétanos más vitales, quiso remediar el suplicio calórico del groenlandés y le obsequió una china de las utilizadas para avivar llamas de chimeneas y brasas de asaderos de carne y pollo que ella misma, de noche y en los insomnios de la viudez temprana había tejido con la milimétrica precisión de los nonios. El obsequiado agradeció el gesto de la novata viuda con otro suyo de complacencia y de inmediato empezó a abanicarse el rostro y el resto de su corpachón mientras sonreía. Pero este remedio criollo y casero no dio la talla triple equis que se requería para mantener la sonrisa en sus labios y el sufriente y no paciente extranjero siguió sudando océanos llenos de toxinas. Ella, dispuesta a ayudarlo a fondo, con unas tijeras de costurera casera le amputó mangas a camisas, camisillas y camisetas de algodón trenzado, le recortó el largo y el tiro a los pantalones, que de lino eran, los transformó en bermudas y también por señas le aconsejó que no usara ropa interior ni arriba ni abajo y que caminara descalzo y despacio. Pero tampoco, el calor continuaba su acoso y el sudor su ataque. ¿Qué hacer, por dios, dios mío?, preguntábase, mientras daba vueltas y revueltas en su viejo lecho de viuda joven, hasta cuando una mañana de aurora impoluta y refrescante creyó hallar la solución: compraría todos los días un bloque de hielo de un metro cúbico de volumen. Fue hasta la única fábrica de hielo que por ese remoto entonces operaba en Bucaramangracia, allá en el barrio San Francisco y con el propietario de la fábrica, llamada según registro de la novel Cámara de Comercio, El Oso Blanco, cerró un contrato verbal por cinco meses para que le suministrara todos y cada uno de los santos y pecadores días, hasta cuando ella dijera basta, el anhelado metro cúbico de hielo.

 

-¿Se lo llevo picado en cubitos?- preguntó el vendedor.

 

-No, ni se le ocurra, señor Mantilla, tráigamelo enteritiquitico, sin picar-, respondió la viuda.

 

A partir de ese día, a las dos y media de la tarde, minutos más, minutos menos, una rústica camioneta Fargo de platón trasero, exhosto contaminador y cabrilla desobediente descargaba frente al portón y contra portón del hotel el friísimo encargo que ya, acalorado, estaba empezando a gotear el sudor de su derretimiento. La viuda, juvenil y atractiva todavía, de inmediato se dio a la tarea de cubrir el voluminoso témpano cúbico con sacos de arpillera y fique para que sobre ellos el agobiado groenlandés depositara a plena satisfacción sus glúteos acalorados, su escroto incandescente y su casi albino falo que añoraba los mares del norte, la intimidad con su esposa y las gélidas temperaturas de los témpanos norteños y polares. El éxito fue total, el groenlandés tiró al cubo de la basura y a la mierda la china con que pretendía en vano aminorar su infernal y calórico suplicio; se aplastó sobre el hielo y de inmediato la sonrisa afloró y brilló de nuevo en sus labios; su frente cesó de estar fruncida, ceñida y ceñuda; acompasó respiracción, exhalacción e inhalacción; mejoró digestión, deposición y micción; intimó con doña Sixta Tulia, le mostró unas fotografías de su esposa y sus dos hijas, le confesó que las añoraba en las noches del menguante y que se debatía entre el deseo de renunciar para ir a verlas y la necesidad de quedarse porque la paga era substanciosa pero que mejor se quedaría sentado sobre el hielo y a partir de este desahogo el sudor decreció hasta llegar a los decentes límites normales de la humanidad toda. Desde ese fresco entonces empezó a sudar la misma cantidad que expulsaban los poros de los nacidos en estas breñas erosionadas. También la velocidad con que se largó a hablar claramente en español dejó atónitos a todos y estupefacto al resto. Y para sorpresa gastronómica del entorno, después de esta jocosa témpano terapia optó por consumir frutas pintonas y aceptó el que la atenta viuda le sirviese junto al pescado -arenque, corvina, bacalao, merluza, centollas- el mejor y más bravo ají de la comarca: uno traído del Socorro, Santander del Sur, llamado El Ají Jueputa. Y se lo engullía como si nada.

 

-Milagros que hace el hielo cuando no nada en el güisqui- socarrona musitaba la solícita propietaria del hotel.

La noticia -voz a voz y de vos a vos- de este espectáculo circense y jocoso corrió hasta y entró en los oídos -muy cargados de cerumen- de los nativos, quienes empezaron a menudear, curiosos, atónitos y risueños, en la entrada del hotel. El gentío crecía día a día. Periodistas locales iban y venían con plumas llenas de tinta negra y Parker y libretas de apuntes vírgenes todavía; fotógrafos callejeros en blanco y negro aparecieron expectantes con las cámaras ansiosas guindadas de sus cuellos; chismosos de lengua larga y frecuencia modulada se multiplicaron por tres o más; la pelirroja escocesa con discreción lo miraba sin intentar cruzar palabra, que nunca quiso relacionarse con los nórdicos, no así con los nacioanales, pues por lo menos tres dellos fueron sus amantes; gestos visibles de sorpresa abundaron y el tropel llegó a ser tan grande que el ingreso al hotel se convirtió en un problema de difícil solución. Pero la viuda joven se daba sus mañas y tenía sus artimañas, así que para solucionar este trancón humano e inhumano ordenó levantar en veloz santiamén una talanquera con palos de caña brava, contrató un hirsuto fortachón agreste de bíceps como tríceps y mirada de cuchillo capa ganado a fin de mantener no desordenado el orden y empezó a cobrar sin excepción alguna un centavo de cobre por el derecho a ver al groenlandés en su plácido reposo. La multitud disminuyó, pues la tacañería en mi patria cuna y chica siempre fue, ha sido, es y será endémica y genética. Aun así, la viuda recaudaba un peso o poco más cada día, suma abultada por esas fechas de tanta penuria y estrechez.

 

-Esta vieja miserable y viuda se va a enriquecer muy pronto por cuenta de nuestra propia curiosidad, no seamos tan pingos- quejábanse en coro y al unísono los envidiosos, quienes también abundan y pululan, abundaron y pulularon y abundarán y pulularán por siempre jamás en estas erosiones no envidiables. Pero, ¿bastaba un simple extranjero simplón pero fermoso, sin sal ni uratos en los orines ni malicia indígena en el cerebro, sentado como momia imbécil sobre un bloque de hielo mientras sonreía, para generar tanta jeta abierta, tanta curiosidad silvestre? Pues sí, sí bastaba y aun sobraba. La razón de tanta alharaca y cuchicheo descansaba en lo insólito y novedoso que resultaba comprobar el que mientras la tarde paulatinamente devenía en atardecer de arreboles y después en noche estrellada, el bloque de hielo, a la misma velocidad con que la tarde pasaba a noche, se derretía, de modo y manera que el satisfecho groenlandés empezaba la tarde aplastado a un metro lineal de altura sobre el piso de rústico baldosín, después a ochenta centímetros -también ellos lineales- y así sucesivamente, hasta terminar -a las seis cero cero de la tarde y bajo las primeras luces violetas del ocaso- sentado sobre un charco de agua helada que muchas veces Mas Que Digan, el mastín, amagó bebérselo, hasta cuando madre y yo se lo impedimos. Tía quiso también meter su lambona baza y su cucharada sopera y se apareció muy hacendosa con en las manos el trapero de mechas como cabellera de Medusa, presta a secar el reguero del helado charco. Pero mi madre, su hermana mayor, le dijo Tía deje así, es que no ve que eso es parte de la escenografía y si usted la seca el público que paga por ver este espectáculo se desestimularía, deje así, Tía, mejor vaya y dele al rosarito. Todos los mirones reían, reíamos, a mandíbula batiente mientras el impávido extranjero invasor los y nos miraba a través de sus espejuelos de lentes oscuros, livianos, importados, importantes, misteriosos y deportivos, perplejo preguntándose en su idioma vernáculo ¿de qué culos se reirán estos cabrones?. Pues bien, o pues mal, todo espectáculo, aun el de la vida misma, tiene su final. Llegó el día en que al groenlandés se le acabó el contrato de seis meses y hubo de regresar -muy a su pesar-, a sus témpanos, allá al norte del globo terráqueo, en la su Groenlandia natal que nadie en mi tierra conocía, ni siquiera en  mapamundis. El día del adiós, ¡qué ironía!, no salió el sol (por algo será, por algo será, aventuró de inmediato la viuda). Antes de abordar el taxi de Culo de Génova que lo llevaría al aeropuerto Gómez Niño, el extranjero de marras, en un castellano muy fluido mandó llamar a la dueña del hotel, le dio un  fuerte abrazo que casi quebrantó sus costillas falsas, le estampó en cada mejilla y en cada cachete y en cada sien y en cada oreja ocho sendos besos que llenaron de envidia corazones solitarios y púbises anhelantes de la gran mayoría de las mujeres de mi terruño que lograron enterarse del suceso y le entregó como regalo de despedida una brillante cubeta de acero inoxidable producido en lejanas siderúrgicas inglesas con una docena de compartimientos a la manera de cubitos repleta de agua congelada. -Aquí le dejo, queridísima señora, una docena de lágrimas de agradecimiento, congeladas y lloradas por mí esta madrugada. No permita jamás que se derritan-

 

Y así fue. Y así es. Hoy, en el año del señor -¿de cuál señor?- del 2.012, las doce lágrimas congeladas aún pueden ser vistas en el cuarto frío del Hotel De Siempre por todo aquel que lo solicite. Pero hay que pagar. Y pagaron, porque madre guardó la cubeta de las lágrimas en el mismo congelador donde también se mantenían bajo cero otras que se empleaban para enfriar sorbetes, jugos y demás bebidas refrescantes y muy pronto las cocineras notaron que una cubeta, esa particular cubeta que estaba contramarcada a punta de punzón con una equis nunca la utilizaban y empezaron a preguntarse que por qué y madre les contó la historia y ellas a su vez se la contaron a todo el mundo, o casi, y la noticia se desparramó hasta el punto suspensivo en que la gente del montón y turistas de todas las nacioanalidades pagaban y acudían a verla. Esta vieja está loca pero es gran negociante, decían tacaños los turistas nacioanales. Esta señora está cuerda pero es gran negociante, decían los generosos extranjeros. Aquí en estas cubetas tan solo hay agua, se quejaban los primeros para eludir el pago. Lo que pasa es que las lágrimas son del mismo color del agua y no se notan, pero ahí están mezcladas, ripostaba madre al contra ataque. Las lágrimas congeladas se volvieron un negociazo: hasta tres pesos oro diarios se embolsicaba. Cuando el racionamiento de energía dejó a obscuras los hogares, mi madre, por más que luchó, no pudo evitar que todas las cubetas se descongelaran y que las lágrimas del groenlandés desaparecieran. Iracunda se le vio, hasta cuando tuvo la mala idea buena de ofender a su hermana, mi tía, la solterona más soltera de toda la solteromanía, hasta obligarla a llorar lágrimas de rabia, doce de las cuales capturó para suplantar las perdidas. Y el negocio continuó con el viento a favor en la popa y el esperanzador horizonte en la proa. Es que la que no llora no mama, decía, queriendo zaherir a su hermana o explicar su truculencia innata, que con ella, socarrona como es, no se sabe.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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