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 ReVista OjOs.com     MARZO  DE 2015

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

UN ELEFANTE EN EL HOTEL  (1.958)

 

Para Alejandra Bretón-McCormick

 

 

Al hotel de siempre siempre llegaban en busca de albergue cálido y plácido, aseo intachable, tapetes, colchas, alfombras, sábanas, sobresábanas, fundas, toallas, cobijas y cobertores de suave tacto, y también a caza y pesca de alimentación hogareña y balanceada, jabones para oler a rico pero de olor a pobre y finas, abundantes, nutritivas y no muy costosas atenciones, algunos huéspedes asaz extravagantes que muy de seguro mató a confianza no serían recibidos -ni bien ni mal, regular o peor- por la competencia, así que nadie en él se extrañó cuando por su amplio portón, sin telaraña alguna que lo afease, entró bulliciosa e indisciplinada una veintena o más de seres humanos que se salían todos de los cánones tradicionales. Eran ellos los dignos integrantes de un circo pequeño, pueblerino y no capitalino: payasos de risa forzada y émulos de Garrick; mujer barbuda que se afeitaba con brocha, espuma y Gillette de doble hoja en pú-blico; enanos calvos que crecían hacia abajo y malcriaban a sus hijos, enanos también; excéntrico musical con fusas y semifusas muy difusas y confusas y poco sostenidas; saltimbanqui que oficiaba de equilibrista, así a veces -pocas- tropezara, trompicara y se cayera de bruces o de espaldas; equilibrista que también oficiaba de saltimbanqui, incluso en las caídas; certeros músicos no excéntricos y que nunca equivocaron la nota ni cayeron en ella; mago con bigote a lo Dalí que a veces -pocas- fungía como hipnotizador e hipnotizador que posaba de cuando en vez como mago con surrealista mostacho a lo Dalí; domador, carente de látigo y con pistola de juguete, de jocosas fieras felinas y leoninas africanas dentadas y desdentadas, sin zarpas o sin colmillos, garras desgarradas, o rugidos; un tragador de ardientes flamas que tenía los labios horizontales y parte de la lengua cubiertos de aftas; una extraña mujer con un tercer seno de incipiente pezón clavado en mitad del esternón y que no parecía afectada por esta ayuda extra que natura regalárale para regocijo propio y de su amante; prestidigitador embaucador que solía no pagar sus deudas y promesas; hombre flaco y alegre con veinticuatro desconcertantes dedos que no paraba de reír; un tragasables tragaldabas con las amígdalas faríngeas inflamadas y que no se pudo curar por más que doña Sixta intentó con tizanas saladas y tinturas yodadas; un hombre hirsuto con sus dos manos izquierdas a quien se le caían los vasos de continuo, partiendo diez y seis, de los cuales la dueña le cobró veinte porque su hijo Jacinto -quien juraba ser testigo- le dio la idea, y un sinfín de maletas, baúles, arcas, cofres, tulas y maletones. En resumen, un completo matalotaje puesto al revés. Eran veintidós y querían hospedarse, alimentarse y bañarse con agua caliente durante toda la temporada bucaramangraciosa, cuarenta días, más o menos.  La viuda propietaria los acogió con beneplácito y ellos, en dos días con sus noches en vela y en vilo, levantaron la carpa que no era impermeable y rotitos exhibía, acondicionaron la silletería que no era cómoda y sí coja, y armaron las jaulas endebles que no eran seguras y en las que encarcelarían los ¿felinos?. Además, por si poco fuera, una elefanta asiática con la memoria en buen estado de salud y su cría parida en Cartagena de Indias después de seiscientos cuarenta y tres días de embarazo y doscientas seis barritadas, dos leones sin dientes, muelas, incisivos, colmillos ni melena, un tigre cuyas rayas desteñidas ya no eran de Bengala ni de Malasia ni de verdad y una sorprendente y aplaudida jirafa macho que jugaba baloncesto con éxito superlativo conformaban la plantilla animal de este paupérrimo zoo. Una boa constrictora y tailandesa había muerto de nostalgia, tristeza y carencia de amor ofídico -aunque ellos decían en baja voz que de sed- en los alrededores de la puerta del sol, en la entrada de Bucaramangracia. Era -y no había dudas razonables o irrazonables al respecto- un circo decadente en decadencia, pero, aun así, la joven viuda los acogió en su seno sin acariciar por nadie, excepto ella misma, desde la muerte por paro cardíaco de su marido.

Todo todo en el Hotel De Siempre marchaba sobre ruedas y rieles: nadie alzaba la voz, eran pulcros con su aseo personal, excepto la mujer barbuda, quien dejaba pelos y rizos tirados donde quiera se sentare a remedar afeitarse; el hombre de los veinticuatro dedos, quien, por estar riendo a toda hora, todos los días olvidaba depositar el papel higiénico de hoja sencilla en la papelera respectiva; el sujeto que era zurdo dos veces y mil veces torpe y los enanos, a quienes se hubo de asignar a dedo un muchachón adolescente y paciente para que les alcanzase todo aquello que estuviese a más de metro y medio de altura y los trepara en y sobre y los bajara de los taburetes del comedor y de las tazas de los inodoros. Todos nos reímos cuando nos enteramos de que el menor dellos casi se va por el remolino del sanitario de no haber sido por la oportuna presencia rápida y fortuita del muchachón, quien, aferrándolo por el cuello con sus dos manos, logró evitar que la succión se lo tragase junto con sus heces. Débese aclarar que los enanos engullían la misma cantidad de alimentos que el resto de los comensales normales y por ello sus defecaciones y micciones eran similares en tamaño, color y aroma, pero, a cambio de ello, sus duchas resultaban cortas y algo de agua se ahorraba, y de contera, dormían de a dos o tres en cada cama, abaratando costos de lavandería y gastos de jabonería.

 

La viuda advirtió, a quien quiso oírla, que de ahora en adelante deberían tener mucho cuidado con sus mascotas caninas porque sabido es que para alimentar sus fieras felinas, de noche, silenciosas brigadas circenses recorren las calles calle arriba y calle abajo, prestos a atrapar a cuanto can sin dueño se les cruzara en el camino; con los gatos no hay problema, concluía socarrona, vayan y traten de capturar un gato -pardo o de cualquier manto- de noche y verán que a gatas se verán.

 

 En la tercera noche, una vez concluida con buen suceso y aplausos a granel y detal la función inaugural y con la McCormick-Orange sentada en primera fila, el director del circo, con cara de preocupacción, entró de repente pisando largos pasos rápidos a la oficina austera y somera de la viuda propietaria. No la tomó por sorpresa: ella siempre alerta estaba, hasta en sueños y pesadillas.

 

-Mi querida señora-, dijo con la misma afectación verbal de que hacía franca gala en sus presentaciones, -¿cómo le parece que nuestra gran elefanta debe ser retirada de su crío pues ha llegado el triste momento del destete y aunque nosotros anoche quisimos separarlos por medio de una empalizada no lo logramos porque la madre, barritando furiosa, arremetió con trompa y patas delanteras hasta derribar el obstáculo que se interponía entre su ubre y su hijo? Pues bien, -pues mal, aquí hay más de un tigre encerrado, pensó la viuda, quien poco o nada se dejaba joder-, anoche, mientras trataba de conciliar el sueño, con calma he pensado que usted, queridísima, respetabilísima y nobilísima damísima, pudiera ayudarnos, concluyó, segurísimo de sí mismo.

 

 -¿Ah, sí, y eso cómo?, si ustedes no lo lograron, ¿qué puedo hacer yo, que apenas si a duras penas sé atender humanísimos?- preguntó ella, fingiéndose incapaz, a la par que cavilaba sobre qué hacer para ayudar a resolver este impasse alimenticio entre proboscídeos.

 

-Pues precisamente eso, atender al bebecito paquidermo, que ya va para los ocho meses de edad- ripostó el director, agarrando el toro por los cuernos o el rábano por las hojas.

 

-Humm, humm, a ver, a ver- pretendió ella defenderse, sospechando una celada que la envolvería. En realidad era la curiosidad quien la estaba envolviendo.

 

-Sí, sí, reciba al elefantico en su hotel durante los días que le restan a nuestras presentaciones- dijo muy convincente y convencido, a la par que enderezaba su corbatín policromado y chillón, incómodo su nudo ante tanta cháchara barata que oía.

 

-¡¿Que qué?!- casi gritó ella.

 

-Le pagaremos día a día todo lo que trague y  beba, más un dinerillo extra por concepto de habitación-

 

-¿Y quién lo va a cuidar, si yo a trancas y a mochas solo sé cuidar bebés humanos, caninos, felinos domésticos y avícolas?

 

-Pues mi propio hijo, quien ya da muestras de llegar a ser en el futuro cercano excelente domador de fieras indomeñadas-, dijo muy claro, sin toser ni carraspear, el engreído de bajo precio.

 

Súbitamente, como tromba marina y sin solicitar permiso verbal o escrito, penetra al despacho de la madre viuda su hijo Jacinto, colorado el rostro, como siempre ha sido, agitado el pecho y sin saludar a la madre ni al propietario del remedo de circo de sopetón pregunta:

 

-¿Qué, qué, de qué se trata?-, con un brinco de gacela se sienta sobre el regazo tibio de su madre y con su roce le sube un tantillo el taimado ruedo de la falda.

 

Las maternas piernas parecen de pulido alabastro ser. Ni asomo de vellos y si los hubiera bellos serían. Y del resto de la estantería corporal de la viuda madre mejor es no meneallo. Jacinto, su ansia, su pre adolescencia, su prisa, su curiosidad y su agitacción pulmonar venían corriendo, a regular velocidad descendente, ochocientos veintinueve metros planos y con obstáculos desde el circo de marras, en donde, después de traspasar, gateando no como gato, reptando sí como reptil, la cerca de púas que prohibía con sangre la entrada de curiosos y metiches, había visto muy de cerca cerquita a la elefanta con su cría. Se acercó a ellos tanto tanto, que sin dificultad alguna de ninguna índole pudo observar cómo el cruel desaseo de madre e hijo era notorio y permitía el que una capa de tierra cubriera el lomo materno y diera vida triste a unas florecillas diminutas, espontáneas, apáticas, atípicas, amarillas, casi mustias, con pétalos, pistilos y pedúnculos al borde del derrumbe, muy parecidas o quizás iguales a las que brotan del maní forrajero perenne. Enterado que fue de los detalles de la charla, Jacinto de inmediato rogó a su madre para que no hiciera caso omiso a su solicitud.

 

-Recíbelo, recíbelo, por favor-, imploraba en voz cada vez más alta.

 

¿Dónde carajos, a qué horas, por qué razones y con quién diablos aprendió mi hijo a tutear así de bien?, se preguntaba su madre sin hallar respuesta.

 

La madre se rindió, cedió y se dio a la tarea de complacer hijo y propietario del irremediable remedo de circo.

 

-Está bien, está bien, ¿cuándo lo traen y cómo se llama?-

 

-Mañana tempranito, después del alba y se llama Lunes porque nació ese día-, respondió la alegría de la voz del malparido que no cuidaba sus animales como es debido, con amor.

 

Y así fue. Al día siguiente, a las diez cero cero, hora militar y maldita, un camión Ford de cinco toneladas métricas de capacidad, y rodando muy bien gracias a sus seis llantas Bridgestone originales, aparcó portón adentro y ¿para qué les cuento las peripecias verdes y maduras que hubieron de soportar, maromas que inventaron y artimañas que utilizaron todos los empleados masculinos mayores de veinte años -que los femeninos de cualquier edad en cocina y despensa estaban- del hotel, su patrona, Jacinto, quien bailaba en una pata -la zurda-, la mitad de los cirqueros, el propietario y su hijo, y mientras la McCormick-Orange, el chofer del camión y su ayudante impávidos observaban, hasta lograr que el tiernísimo Lunes -quien barritaba en voz baja, muy nervioso- por fin y al fin atravesara la puerta sin romperla ni tumbarla y llegara hasta el solar? A las catorce cero cero, hora militar y maldita, Lunes ya estaba bien instalado y con un grillete encadenado al tronco del ciruelo real de Ocaña, Norte de Santander del Sur, mismo que recibió como abono la vértebra de alias Ulises Tráquea. Pero gallinas y gallos, piscos y piscas, patas y patos, un alcaraván solitario de sexo indefinido y quizás virgen, las hormigas culonas que estaban prestas y prontas a levantar el vertical vuelo que les traería la muerte horizontal por asamiento en cacerolas y los habituales chulos, gallinazos o goleros que revoloteaban en busca de sobras qué comer lo recibieron con desagrado, pues sentían invadido su terreno, amén de que les raparía las sobras del restaurante, que eran la sabrosura, así estuviesen a punto de la pudrición. El alcaraván intentó dos veces picotear las pantorrillas, pero al verlo tan grande reculó; las hormigas culonas, en horda, se abalanzaron sobre sus patas con las tenazas en alerta amarilla e inútil una vez comprobado que la piel era muy dura, casi coraza; las gallinas cloqueaban en vano; los gallos, cobardes, huyeron al gallinero con la cresta pálida entre las piernas y la espuela roma y timorata; piscas y piscos embistieron sin éxito y muy pronto cerraron alas y desistieron; patas y patos pequineses graznaron hasta la ronquera y la tos y los gallinazos, chulos o goleros bombardearon su lomo con proyectiles de estiércol que no dieron en el blanco porque los soltaron de prisa y sin cálculo, tino ni puntería -acobardados- desde muy arriba. El mastín, rudo pero noble can que la viuda sin testamento abierto o cerrado había heredado al morir casi de súbito y chuchumeco, prostático e impotente su extravagante esposo, por el contrario, no dio muestras de fastidio y permanecía, inmutable, echado a la bartola sobre la grama, alerta, pero sin ladrar esta jeta es mía. Para fortuna de Lunes, Jacinto y el hijo del propietario del circo, hijoputa que no cuidaba sus animales como dictan corazones y neuronas nobles, hicieron buenas migas con presteza y muy pronto terminaron como amigotes cercanos, como amigazos íntimos, cuchicheando y riendo entre sí. Trajeron dos mangueras a presión de última generación y a la par que bañaban al paquidermo asustaban y alejaban con chorros a los moradores per se del solar. Lo alimentaron, al principio con dificultad porque su estómago añoraba las leches maternas, con sobras de la sopa del día anterior, lechugas batavias, coliflores y repollos podridos, pegapega del arroz con coco, cáscaras de frutas -de piña no, ni de coco, que le pueden raspar el gaznate, a voz en cuello vociferaba la madre, enhiesta y seria desde la cocina- y, en general, con cualquier líchigo al borde fétido de la podredumbre. Y de beber, con las dos mangueras a presión de última generación, le metían garganta abajo y adentro agua suficiente. Nadie, excepto Tía y su rosario eterno, quienes para su fortuna cerraron bien cerrado el pico, porque de abrirlo y contar lo que habían descubierto sin querer, ¡cómo sería de áspera la andanada de su hermana mayor!, supo que los pilluelos también le daban a escondidas totales cerveza Chivo Clausen helada y una que otra copita de vino blanco y barato, que no rojo y costoso.

 

-¡Que no, que no, que a presión no, mejor en un balde, que me lo pueden ahogar!-, adivinen quién decía.

 

En balde, y no de balde, le daban el vino y la cerveza. Los problemas aparecieron en nuestros oídos y narices cuando con estruendos y gases cagó una rara caca por vez primera. Nadie nunca antes en Bucaramangracia toda, ni en sus derredores aledaños, había visto plasta de tal diámetro y altura. Y ni qué decir del aroma. Y ni qué opinar de sus meadas como cataratas. Y apenas llegue la cuenta del acueducto, con tanto desperdicio de la manguera de presión de última generación, a gatas me veré para pagarla, pensó la viuda. Pero lo peor peor llegó cuando, al final del día, ella comprobó que Lunes tragaba y bebía más que todos los huéspedes del hotel juntos y revueltos y que con los pesos de estiércol y orina sucedía lo mismo.

 

 -No, no, el acabose, esto no puede seguir así, ni que ese Lunes fuese hijo lampiño y no peludo de mamut y mastodonta, ya extinguidos ambos, según me susurra al oído el señor monsieur Pierre Larousse-, mascullaba para sí la viuda, sentada en su taburete privado, bajo el dintel de la puerta del zoológico del solar.

-Recuerde que yo le pagaré todo, menos las sobras con que lo alimentan-.

-En dos o tres días no nos va a alcanzar con las sobras y tendré que comprar más zanahorias, coles, repollos, remolachas, papayas, patillas, plátanos, manzanas, bananos, ahuyamas, yucas, arracachas y quién sabe qué otras jodas o tubérculos o frutas más-.

-Que no importa, yo pago, el circo paga-.

-Usted verá, cuidadito y me falla, mejor deme un anticipo-, y se lo dio, cincuenta pesos oro de los de antes de que naciera el Banco de la República.

-Con esto no alcanza ni para semana y media, así sea la santa-.

Le dio entonces, un tanto malhumorado, cien pesos más y la viuda cerró su boquita dulce de grana, que siempre olía a suave menta, aun cuando mentare la madre a sus enemigos. Recursiva como era, madre ordenó recoger caca y orina de Lunes y así, mezcladas con viruta, aserrín y aserrán de madera de la ebanistería y mueblería La Rada, producir abonos naturales para sus matas, flores, árboles y arbustos, que en adelante más robustos, floridos, fermosos y fructíferos parecieron ser, estar y permanecer. Pero la producción excedía el consumo interno, así que el mastín, en un inesperado rapto de canina inteligencia, le aconsejó, creemos que con las señas del alfabeto de los canes sordomudos, que vendiera el sobrante a sus amigas floricultoras de ocasión, más adinerada tornándose y más envidia generando. Madre, maternal hasta con animales que nunca había conocido, le cortaba a Lunes todos los lunes las gulliverdaderas uñas con un par de tenaces tenazas para prevenir inconación y enquistación; se trepaba de dos peldaños en dos peldaños por la escalera de bambú arriba para refregar y restregar su lomito con un enorme cepillo de mango de madera y cerdas de pecarí que mandó fabricar en la susodicha Rada, no fuese y viniese que por herencia también allí germinasen aquellas tímidas florecillas amarillas de su madre; a los incipientes colmillillos que asomaban sus prudentes puntas, con odontoilógica dedicacción los pulía y brillaba usando otro cepillazo de dientes de blandas cerdas crin de potrillo, armado también por el beodo y recursivo ebanista de La Rada, a fin de que sus colmillos luciesen espontáneos, genuinos, brillantes y sin sarro, y sin morbo le auscultaba en acción retardatoria el escrotito escrotote con los cariñosos meñiques, misma operacción que hacíale, con morbo y dedos todos, al arrugado que colgaba bajo el falo de su marido y que le traía frente al asombrado elefantito las lágrimas ácidas y básicas de los recuerdos que no se quieren olvidar ni queriendo. Lunes, entonces, en viéndola, con su versátil y sutil moco las succionaba, sorbía y tragaba. Doña Sixta Tulia agradecía y con rasca rasca le frotaba el esternón.  El empresario circense, para evitar que la viuda siguiera jodiendo por dinero, le aconsejó que cobrara un centavillo de cobre para que la gente de a pie, descalza o en chocatas, pudiera ir a ver crecer todos los días a Lunes. Pero el problema surgió ahora con los otros huéspedes, quienes en manada vociferante  comenzaron a protestar por la fetidez penetrante que les hacía estornudar de continuo y por la abundancia de moscos, moscas y moscardones que les hacía maldecir más de continuo aún. Para mantenerlos a raya, les dijo que con los ingresos que recibiría por las entradas de los curiosos, aumentaría tamaño a raciones de carne y pondría en alcobas papel higiénico de doble hoja y en colores. Envalentonados, pidieron también que el servicio de agua caliente se alargara hasta las ocho cero cero, hora militar y maldita.

 

 -Listo, también habrá agua caliente en horario extendido.

 

Todos asintieron con la cabeza y Lunes con su trompa, que cada día olfateaba mejor y desde más lejos. Jacinto y el niño que quería ser domador estrechaban su amistad con cada día que pasaba al ayer. Iban de continuo y a pie desde el Hotel De Siempre hasta el circo con el propósito de observar a la elefanta y a las florecillas amarillas de su lomo, que se enfurecía al captar en ellos el infantil aroma almizclado de Lunes todos los días. Temerosos, no volvieron por allí. De pronto nos ataca, decían, pujando para contener las lágrimas que pugnaban por salir. Una vez solucionados los problemas con Lunes, con el empresario circense y con los huéspedes, la rutinaria calma y la calmada rutina reaparecieron en el hotel. Nadie volvió a quejarse, el empresario pagaba a tiempo, Lunes se alimentaba con ahínco, los animales del solar se acostumbraron al extraño, el dogo estrafalario y lambón le lamía y lambía las patas, mientras batía la cola con complicidad animal y para rebajar la cuenta del acueducto, agua lluvia recogida en toneles de cincuenta y cinco galones y en garrafones y botellones de menor capacidad le era dada a beber. Lunes, con su jolgoriosa probóscide plena de agua lluvia y de sus propias salivas alcalinas, a través de su moco duchaba en días festivos y dominicales a todos y cada uno de los personajes habitantes y usuarios del zooilógico solar, Jacinto, su madre, Mas Que Digan, la escocesa de alazana cabellera y las ramas de Abelardo, el que lo tiene largo, entrellos, así como también, todos los días al amanecer, jardinero espontáneo y gratuito, con el mismo apéndice, pero con suavidad de seda, pana y raso, regaba pasto, macetas de flores, vid, ciruelo real y totumo criollo. El elefantito engordó a su gusto y placer arcas y cuentas comunes y corrientes de la joven viuda también, porque desde las poblaciones, veredas y corregimientos más cercanos romerías venían y pagaban el centavo de cobre que cobraba madre para verlo. Cuando la temporada circense, después de cuarenta y nueve días, llegó a su término, reaparecieron los problemas. Lunes ya es un hombre hecho y derecho, ironizó la viuda y de seguro no cabrá por la puerta que antes cruzó para entrar, advirtió también ella, esta vez sin ironía. Estaba en lo cierto, la puerta le quedaba estrecha y Lunes estaba satisfecho, complacido con la amistad que los otros animales le brindaban, con la baba del mastín que le masajeaba las patas y, claro, dígame, decía la madre, con la cerveza Chivo Clausen y el barato vino de marras. Había que oírlo cuando eructaba. Y olerlo cuando defecaba. Parecía un hediondo movimiento sísmico de baja intensidad telúrica.

 

No hubo poder humano ni inhumano que lograra convencer a Lunes de que se acercara a la puerta, ni muchisísimo menos que la atravesara, porque estaba tan grande y gordo que ya no cabía por ella. Habría que demoler el muro y eso cuesta, advertía la viuda, siempre en su mira el no desperdiciar dinero. Un chistoso dijo que contrataran una dietista veterinaria que lo pusiera a régimen, pero el tiempo no daba tiempo para ello. Lo cogieron a coscorrones. Otro imbécil, más chistoso y militar, y por ello menos inteligente, qué le vamos a hacer si así es, sugirió el que la Quinta Desabrigada de nuestro ejéjéjéjército nacional, con letras minúsculas, además, facilitase un helicóptero que había sido declarado chatarra el año pasado por the US Army. Lo enviaron a que hiciera cien flexiones de pecho, ¡carrera mar!. Cuando un tercer chistoso quiso abrir la jeta para opinar, de inmediato los demás le pidieron a gritos que se dejara de güevonadas y que pasaran a otra cosa, pero la viuda, para evitar que tumbaran el muro y la puerta, los frenó y permitió que el acallado a gritos hablase.

 

-De pronto una grúa de la Morrinson-Knudsen serviría-.

La viuda lo regañó de primera, de segunda y de tercera, Jacinto de cuarto y quinto y el último de la concurrencia le lanzó una cucharadita de agua fría que erró el blanco.

¡Insensato! ¿Cuánto cree que vale el alquiler de ese aparato, pendejo?- y amenazó con alebrestarle el mastín napolitano.

La McCormick-Orange, absorta y desentendida sobre el sillín de la Raleigh tan solo miraba y sonreía por mitad.

Perdida toda esperanza, demolieron el muro y Lunes abandonó el solar que fue su hogar por mucho más de treinta días. Al día siguiente, que era martes, después de las despedidas de rigor y de los consabidos regalos: la mujer barbuda le obsequió un rizo a la cocinera principal; el hombre de los veinticuatro dedos le entregó a Jacinto veinticuatro pedazos de uña que se había cortado ayer; los enanos, al muchachón que los alzaba, le obsequiaron una escalera en miniatura que ellos mismos habían elaborado; el hombre de las dos manos zurdas le dejó de austera propina, y entre un sobre, a la cocinera jefe un raído par de guantes izquierdos; el empresario circense su hórrido corbatín estridente regaló al mesero que le llevaba la sopa, el seco y el postre y el hijo del anterior le dio a Jacinto un látigo de juguete, el circo todo se largó con sus trucos y animales para Barranca, la bermeja. Jacinto y su madre, con sendos pañuelos, de pie triste en el portón y asidos de las manos, despedían a los viajeros y se limpiaban las lágrimas ácidas de los adioses no queridos. Lunes también lloraba decilitros. Esa noche, que tuvo luna en cuarto creciente, nuestro mastín napolitano, acongojado, no cesó de aullar hasta caer dormido. Al día siguiente me contó que había soñado con Hemingway en cacería de elefantes. Una perra pesadilla.

 

A mí no me regalaron nada, malparidos, se quejó en silencio mi madre. Atónito me quedé al escuchar improperio tal salir de la boca materna, pero me recompuse y la entendí y perdoné porque, cuando estaba iracunda, sus palabras emergían con púas y con espinas la voz. Al regresar al hotel hallaron en la mesa de centro un florerito repleto hasta el borde de florecillas amarillas, jorobadas, tristes, sedientas, sin pétalos ni pistilos, que el director del circo -ya sin su corbatín, que se lo había dado de regalo propina encime al mesero- había dejado allí como regalo que más parecía ofrenda. Eran las mismas que florecían mustias en el lomo de la elefanta y que brotaban espontáneas del maní forrajero y perenne.

 

Doña Sixta Tulia durante cincuenta y dos segundos caviló y sopesó opciones respecto a la procedencia de las florecillas amarillas y concluyó que la primera variante era suponer que el dueño del circo las había enviado. Pero la segunda le pareció mejor, más tierna e íntima: ¿y si tal vez fue la señora madre de Lunes como muestra animal de agradecimiento?

 

Sonrió y lloró. Lloró y sonrió.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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