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 ReVista OjOs.com     FEBRERO DE 2015

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

HOMBRE GATO (1.944)

 

Para Donaldo Ortiz La Torre.

 

 

Si en el inverosímil hotel de don Pedro nunca durante casi un año hubo gatos en los tejados calientes ni en el solar, ello es debido a la felina presencia del señor Félix Orlando a secas, que sus cuatro apellidos omitiré para no abochornar a su familia, si es que acaso alguna tuvo. En julio de 1.944, cuando la plena invasión aliada a Normandía coronaba el éxito y hacía retroceder al mariscal de campo y del reich Erwin Rommel hasta el interior francés, este sorprendente individuo arribó al Hotel De Siempre de mi erosionada patria y cuna chica contratado como auditor interno de una ladina compañía leonina, monopolística y pionera que se había especializado en encubrir y disfrazar incipientes delitos fiscales y prediales, sobrecostos, maquillaje de balances, testaferratos, adulteraciones y falsificaciones de los torcidos derechos de propiedad de fincas, casas, lotes de engorde y baldíos, solares y otros activos, quebrantamientos escasos pero evasores para la época en cuestión, bien fuese por el consabido desinterés estatal o por el criminal amangualamiento genético de nuestras ¿poderosas autoridades? con los hampones de cuellos de todos los colores del arco iris y sus flechas. Su trabajo, auditar las artimañas que sus patrones ofrecían a sus clientes, quienes a su vez también urdían patrañas, era suave y distendido. Tan solo debía, sentado en un sillón y echándose aire frío con abanicos andaluces, dar el visto bueno a trampas que encubrían trampas, mal que nos viene acosando desde las remotas épocas aciagas de la cochina colonia. No bien se hubo tomado confianza en el hotel, y con el paso del tiempo por fuera de él, empezó a vérsele disfrazado de gato y bajo la excusa de que iba a bailes de disfraces organizados por sus patrones y sus clientes, fue perdiendo la timidez y se atrevía a deambular por los pasillos a la caza de ratas y ratones y en un pronto después por las calles en busca de asombrar peatones, le explicaba a don Pedro, quien, beodo a fondo y repudiablo incorregible y repudiable, le gritó que se dejara de payasadas, que se volviera un gato de verdad verdad y no uno de pacotilla y que si acaso caso le hacía, él lo soportaría, lo pensaría, lo recompensaría y no le pondría tate quietos ni vade retros. Sin saberse cómo, y después de esta charla permisiva que con el dueño del hotel tuvo, Félix se apareció con veinte garras de gato postizas hechas usando la queratina alfa de los cuernos de los toros, bajo su aplastada nariz un fino y longo bigotillo de delgadas cerdas llamadas vibrisas, sobre sus achinados ojos verdes de gato seis largas cejas delgadas apuntando hacia arriba como flexibles antenas lineales y bajo la lampiña axila un copioso libro que detallaba razas y comportamientos de estos elásticos, ágiles e independientes animales que él quería imitar.

 

Una intrigante noche sin el acné de Selene ni el titilar de estrellas y luceros en el cielo, don Pedro de buenas a segundas se topó con él acurrucado y muy concentrado leyendo con sus ojos redondos y brillantes en el corredor de los pensamientos inconfesables y a obscuras uno de sus numerosos libros sobre gatos.

 

-¿Qué hace usted ahí en medio de esta oscurana?-, con sorpresa preguntó, al tiempo que intentaba encender un yesquero de emergencia.

 

-Pues, don Pedrito, lo que ve, leyendo y no encienda ese mechero, por favor-.

 

-Eso trato de medio ver, pero ¿cómo?, si este pasillo está más obscuro que mi conciencia-.

 

-Con mis poderosos ojos-.

 

-¿Poderosos, qué tienen de poderosos?-.

 

-Mire, este libro dice que mis ojos de gato doméstico poseen un lente curvo situado detrás de la retina, entre conos y bastones, y un tejido refrescante llamado tapetum lucidum que nos facilitan brillar entre lo obscuro, ver lo que ustedes los humanos no pueden y amedrentar a nuestros enemigos e hipnotizar a nuestras víctimas-.

 

Don Pedro encendió la yesca, leyó el texto que Félix le señalaba y tuvo que creérselo, aunque se prometió preguntarle al otro día a su tocayo francés Pierre Larousse si ello era o no verdad. Larousse dijo que sí, que todo era cierto y que mejor anduviera con pies de plomo que pisa huevo crudo.

 

En el zooilógico del solar solía vérsele todas las tardes sabatinas, dominicales y feriadas decidido y dedicado a realizar arduos y largos ejercicios calisténicos y de estiramientos con el felino propósito de adquirir elasticidad, plasticidad y súbita agilidad de que los gatos hacen gala cuando para escapar de algún peligro o para sorprender a sus víctimas con asaltos inesperados realizan saltos, giros y piruetas inverosímiles. Empezó a rechazar de a poco, y luego de a mucho, la ingesta de verduras, frutas, granos, cereales y jugos naturales y en su lugar tragaba al principio carne cocida y ya desatado su fanatismo y ligeramente alterado y soberbio, exigía que fuese cruda y sangrante. Don Pedro pedía calma y obediencia en cocina y comedor y que no le pararan bolas. Estaba tan de cabeza dura metido en su utopía impracticable que decidió no volver a consultas médicas y a partir de un severo esguince de tobillo que sin querer se ganó al trompicarse bajando unas escaleras, iba de continuo y de afán al no animal pero sí humano despacho del pionero de todos los veterinarios bucaramangraciosos: el atentísimo y agradabilísimo doctor Borrás, quien sin inmutarse lo auscultaba, diagnosticaba y recetaba. No volvió a entrar a casas ni oficinas a través de la puerta o el portón: prefería como los gatos trepar al techo y sin romper las tejas ni ruido hacer se aparecía risueño y de repente presto a darle cabal cumplimiento a sus citas. Y cuando caía, entrando, por supuesto, por el tejado, en la caza de citas de la señora del Busto, solicitaba que la meretriz que él escogiese para follársela se disfrazase de gata, ojalá siamesa. Rehúye también el volver a ducharse y en lugar dello opta por curvar sucuello y casi que la espina dorsal toda a fin de con su carrasposa lengua lamberse de cabo a rabo. Las camareras que lo atendían, algunas dellas cortejadas con éxito variable por el patrón, empezaron a cuchichear a carcajadas entre sí. Don Pedro, quien en el trato con los demás era un sujeto demasiado inesperado y muy poco inspirado, intrigado con tanto imprevisto murmullo cargado de risotadas, las llamó a su despacho y sin invitarlas a sentarse en los taburetes les pidió que abriesen el pico o las echaba sin indemnizacción a la calle 37.

 

-Duerme y sueña desnudo y patas arriba-, murmuró una.

 

-Y eso qué importa, yo también y usted lo sabe y no se queja-, la sonrojó don Pedro, satisfecho.

 

-Pero es que parece un gato viejo, con garras, cejas y bigote nuevos, acabados de comprar-, explicó otra.

 

-¿Lo han oído maullar?-.

 

-No señor-, contestó la tercera-.

 

-¿Ronronear?-.

 

-A veces-, contestó la primera, sonrojada aún.

 

-¿Echar ajises?-.

 

-¿Eso qué es?-, preguntó la primera, que era bien mensa.

 

-Nada, nada. Bien muchachas, hablaré con él a solas y ya veremos-.

 

-Sí señor, como usted diga-, aceptó el trío al unísono.

 

La mansa tarde en que la señorita doña Emperatriz del Busto y sus torneados senos de torneo sin sostén, jovencísima a la sazón, se presentaron erguidos en la curtida recepción del Hotel De Siempre a contarle a don Pedro, uno de los mejores y más asiduos clientes de su burdel, que el señor Félix, entrando por los laterales del tejado caliente y no por la puerta principal tan de todos conocida y haciendo gala retadora y descarada de libidinosos, extravagantes, pornográficos e indecorosos comportamientos, con un pene de gato de hule erecto en la entrepierna y dispuesto a penetrar y rebullir con él a sus pupilas, había armado un merequetengue sin igual en su serrallo, palabra esta que le había enseñado el señor monsieur de marras la noche en que don Pedro se lo llevó de fanfarrona farra a la casa de citas que ella regentaba, porque con sus garras de queratina vacuna había rasgado la piel de los muslos de varias de sus meretrices al pretender capturarlas, su interlocutor, a dos manos agarrándose las quijadas para que no se le desencajaran de la risa, le dijo que lo mejor era que algunas de las chicas del burdel se atrevieran y sin disgusto le dieran gusto encima de las tejas cálidas que hay cerca del buitrón de la chimenea.

 

-¿Cómo se le ocurre tamaña barbaridad, Pedrito mío y de otras, no ve que cuando termine la faena y lo saque, con toda seguridad la desgarrará con sus púas en reversa y qué le digo yo después a los socorranos, curiteños, veleños o sangileños papáes y mamáes de la pobre?-, preguntó, sin tener conciencia plena de que maltrataba el castellano.

 

-Pues que se ponga en los arpones de su pene un condón de cuero, como dice Pierre Larousse que hacían los trogloditas en las cuevas de Altamira-.

 

-Volvete serio, Pedrucho que vas pa cucho, vos bien sabés que esos condones no existen, decile más bien que por mis predios ni se asome-, dijo en paisa doña Emperatriz antes de marcharse sin despedirse.

 

Don Pedro, con paciencia redomada extraña en él, esperó a que llegara el sábado siguiente y por la tarde y estrenando traidora sonrisa de verdugo encubierto invitó a Félix para que en su compañía se zamparan unos once o doce tragos dobles del aguardiente local. Antes de iniciar la bebeta y la urrusca le advirtió sobre la cortante prohibición de la señorita del Busto y cuando el presunto gato y sus garras no se podían tener en pie de guerra, tanto el alcohol bebido, el socarrón propietario del hotel, blandiendo las alabardas de sus palabras y tendiéndole una celada jocosa, dijo que le pagaría dos centavitos por cada rata o ratón que trajese muertos. Para su sorpresa, el embriagado invitado dijo miau dos veces.

 

-Perdón, ¿cómo dijo?-.

 

Félix, encadenado a su propio y felino yo, tomó la oferta como un desesperado náufrago ase el salvavidas y aceptó la oferta del señor Calibre, quien al oírlo se creyó importontísimo.

 

-Que sí, don Pedrito, nada me gustaría más, pues esa labor contribuiría a cimentar mi nueva personalidad y al mismo tiempo engordo mi bolsillo-.

 

-Bueno, pero cace únicamente en noches muy nubladas o de luna nueva y no en plenilunio porque si los huéspedes se enteran de sus maromas se me van en tropel para el Savoy o el Granada y yo y usted nos jodemos y ahora que ya entramos en calor y en materia y después de tomarse el último dígame otra cosa ¿cómo le dio la ventolera de convertirse en gato?-.

 

-Mamá era una tigresa-.

 

-¿Cómo así que tigresa?-.

 

-Sí, eso decía mi padre y también los amantes que tuvo antes y después de casada-.

 

-Ah, ya veo-, dijo don Pedro, cuando ha debido decir ah, ya oigo.

 

Contó también Félix, ya beodo, que su madre, la tigresa, había tenido muchos gatos como amantes: un par de fermosos amarillos persas, dos gozques callejeros recogidos en callejones, un romano que le regaló su vigésimo quinto amante humano y otro de Angora que se ganó en una rifa de bazar después de coquetear con el organizador, todos machos y que también en la sala y el comedor tenía colgados en desorden afiches, dibujos y pinturas y sobre las mesas de centro y comedor porcelanas, cerámicas, reproducciones y libros del gato con botas, de la audaz Cat Ballou, del gato encerrado, del otro difícil de encontrar con solamente tres patas, de un desvarador gato hidráulico, de su primo el mecánico y del increíble y doloroso gato que a músculos de bíceps y tríceps les sacan a traición los bromistas. Pues de tal madre tal astilla, ahora sí que me lo explico, pensaba don Pedro antes de caer dormido de la perra que don Félix preferiría fuese gata.  El erudito y letrado señor monsieur Pierre Athanase Larousse, su tocayo francés, queriendo meter baza y opinar al respecto, abrió sus lampiñas páginas en la correspondiente a la letra pe de peligro, pero don Pedro, embalado con la broma que le estaba urdiendo al feliz e infeliz Félix, lo ignoró por completo.

 

El ahora sí bien llamado gato Félix, para no desmerecer ni un ápice en el correcto desempeño de sus innegables funciones como cazador, satisfacer el insano e incorrecto desdoblamiento animal de su voluble personalidad y de contera ganarse algunos pesos extras, se dedicó con determinacción férrea a leer ahora sí con profunda atención  y tomando notas cuanto libro relacionado con el comportamiento, manías y la particular psicología gatuna encontrase en estantes y arrumes de librerías y bibliotecas.

 

Don Pedro, con extremada seriedad a bordo de sí mismo, le dijo tajante al recepcionista nocturno que a partir de esta noche el señor Félix saldría de madrugada convertido en gigantesco gato a caza de roedores y que si abría la jeta y contaba lo que veía, que se fuera buscando otro puesto bien lejos, ojalá en una población vecina. Todas las madrugadas que fuesen obscuras, entre una y dos y media, el gato Félix hacía sus rondas, olfateaba, acechaba, rodeaba, perseguía y atrapaba sus víctimas, jugaba con ellas hasta darles lenta muerte y antes de irse pletórico de satisfacción a dormir cansado las dejaba en una canasta al lado de la puerta de la alcoba del patrón, quien, esa misma temprana mañana y después de hecho a contable satisfacción el inventario, le pagaba hasta sesenta centavos diarios. Según sus exactas cuentas y eliminando las noches iluminadas, el inhumano gato Félix se embolsicaba cada mes por lo menos cuatrocientos cincuenta o quinientos centavos, es decir, cuatro y medio o cinco pesos oro de la época, suma nada despreciable. Persiguió, jugó, capturó y asesinó roedores en cocina, despensa, bodega, solar y alcobas que estaban desocupadas y pensó en renunciar a su trabajo de corrompido auditor de corruptos e ir a otros hoteles para ofrecer allí sus exitosos servicios de ratonesco safari nocturno.

 

Cuando don Pedro, hablando con sus competidores se enteró sin querer de estos planes, le dijo que ni por el putas, que mejor no le cobraría los gastos de lavandería si se quedaba. Y se quedó, cada vez más felino doméstico y cada vez menos humano salvaje. Se rumoraba, sin prueba alguna de sustentación, que el gato Félix también pretendía hacerles cacería a las aves que permanecían enjauladas, toches, mirlas y cotorras, a lo largo y ancho de pasillos y corredores. Para garantizar y avalar su supervivencia como felino carnicero la suerte hizo que a los oídos sucios de don Pedro jamás entraran chismes tales, que de sí, peor hubiera sido.

 

Don Félix Orlando, y casi que escribo sus cuatro apellidos, como todo un auditor milimétrico que era, ufano y bastante dicharachero se vanagloriaba de que en ocho meses y medio había dado caza y posterior muerte a por lo menos cuatro mil roedores que le representaban el doble de la misma suma en centavos, vale decir ochenta pesos. Con la economía nacioanal muy menguada a causa de las restricciones derivadas de la segunda guerra mundial e impuestas por el gobierno demócrata del señor doctor don Franklin Del Ano Roosevelt a nuestro arrodillado paisito, al gato Félix, con la bolsa repleta de por lo menos ocho mil centavos, así no fueran oro, no le faltarían admiradoras que le caerían prestas y muy dispuestas a devorárselo como inversas e irónicas ratas.

Una noche decembrina llena de estrellas, luceros, totes, martinicas, voladores, botafuegos y rodachinas, el infeliz gato Félix y sus felices garras, bigotes y cejas no vinieron a dormir ni a cazar y como al día y noche siguientes tampoco, don Pedro y los asustados patrones del desaparecido, preocupados por la secreta informacción tramposa que su asalariado auditor de chanchullos tenía en su poder joderlos y en su felina mollera, acudieron entonces a las ¿autoridades? a fin de que lo buscasen y, de no ser imposible, lo encontrasen. Al cabo de dos días de intensa y afanosa búsqueda por fin lo hallaron al filo de la media tarde mimetizado como gato viejo y casi senil, desnudo, muerto, al borde de la dulzona putrefacción y en el fondo maloliente del puente de la Cochera, sitio adonde había ido a cumplir una informal cita solicitada por el más avieso de los tramposos que con su encubierta ayuda le escamoteaban al fisco los impuestos, cubierto su disfraz de gato de leche y miel y atacado y roído por brigadas de ratas y ratones de tamaños varios y despellejado y carcomido por hordas nativas de hormigas culonas y bandadas de gallinazos extemporáneos y no invitados al festín. Don Pedro, arrepentido por no haber aceptado las advertencias de su tocayo Pierre Larousse y también porque se creía sumo culpable por haberle inducido a perseguir y masacrar roedores que luego con altos intereses de usura cobrarían venganza, en la taimada compañía de los patrones de Félix Orlando y ante la ausencia de parentela, pagaron por mitad el sepelio y los demás estipendios paralelos.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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