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 ReVista OjOs.com      NOVIEMBRE DE 2014

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

HIPNOTIZADOR  (1.951-1.971)

 

Para Mandrake.

 

 

Bernardo Escobar de la Ossa, creo mal recordar, se llamaba este no doctor sí señor caldense de Dosquebradas, cuasi semicalvo a lo Beethoven y quien me hipnoidiotizó dos veces durante los veinte años -cuatro bisiestos entrellos- en que fue huésped ameno del Hotel De Siempre, allá por los cincuenta y algo, cuando nuestros, y de nadie más, amaneceres y auroras eran aún prístinos y plácidos y esdrújulos. Que no, negaba madre, que se llamaba Gerardo y no era de la Ossa sino de la Reina. Bernardo Escobar de la Ossa o Gerardo Escobar de la Reina, lo mismo da, la misma joda es, igual hipnoidiotizaba a crédulos e incautos como yo. Y como profesión principal de la cual sacaba su sustento y el de los suyos, al por mayor vendía zapatos nuevos sobre medidas para hombres jóvenes, maduros y viejos que se dejaran tomar por la vendedora las dimensiones de sus patas. Pero con las medias puestas para no equivocar la talla y malbaratar así la venta, decía el sarcasmo irónico de mi madre viuda.

 

La primera vez que me idiohipnotizó fue por las pirotécnicas vacaciones decembrinas, el segundo día -noche, a decir verdad- de la novena navideña y ridícula. Dado que tedio y aburrimiento se hospedaban como pareja incestuosa en una cama doble del Hotel De Siempre y siempre en el último mes del año, así fuera bisiesto, a mi madre se le ocurrió, je, je, que una vez terminada de rezar y cantar la novena y sus idiotas villanchicos y de apagar sus quemas de botafuegos, rodachines y martinicas, yo me ofreciera como voluntario obligado para una sesión de hipnoidiotismo. Al escuchar y oír tal orden, mimetizada como petición, no me pude negar, temeroso de que madre me escamoteara el regalo del niño ese, de Papá Noel y de la Santa Claus -¿Claus es hombre, mujer, hermafrodita?-, que tres sabrosas oportunidades para ello había en mi casa y ojalá en las otras. ¿Verdad que sí? Tía no estaba ni poquito de acuerdo con el que hipnoidiotizaran a su sobrino favorito y quiso por tanto argumentar en contrario, pero mi madre le replicó que si seguía jodiendo con los misterios gozosos y dolorosos le diría al señor de la Ossa o de la Reina que con algún truco mágico le quitara esa manía del rosario y se dispuso a seguir con el espectáculo. Don Gerardo, o don Bernardo, mirándome a los ojos castaños míos, preguntó si yo sabía los números romanos hasta diez y como le dije que sí, me pidió que con ellos contara despacio y en voz clara hasta la decena. -¡Qué mierda más loca, dizque contar en números romanos!-, quise opinar, pero me contuve porque el señor de la Ossa o de la Reina, su calvicie lo decía, debía ser muy peligroso con la piedra afuera y la rabia adentro. Conté, y antes de llegar a X, cuando iba por VII u VIII, me quedé dormido sin tener sueño, o al menos eso me dijeron cuando desperté minutos más tarde con ligero mareíllo. Pidió le trajeran un rojo toallón para gordos gordos y que el botones, con dos trinches puestos a la manera de cuernos tridentes sobre la frente de su dudosa cabeza nerviosa, simulase un toro Miura ser por un ratito. Con suavidad, y por el codo derecho asido, me llevó hasta el centro del patio principal, le dijo al botones que, antes de convertirse por petición suya en toro de lidia, pusiera a girar y sonar en el gramófono de la RCA Victor un pasodoble bien cañí y a buen volumen. Dicen, quienes me vieron y juran en vano saber de corridas, que aquella noche toreé como Joaquín Bernardó en sus mejores tardes o como uno de los hermanos Girón -¿César?- al comienzo de su carrera. Ayudados por alto, por bajo y por mitad, manoletinas, verónicas, chicuelinas, banderillas en el morro exacto de la cruz y un exacto volapié con la mitad inferior y calva del palo de la escoba fueron mis mejores faenas, entre muchas más otras. El público, y dentro de él mi madre y mis dos chiquirriquiticas hermanas, para que el botones que oficiaba de o como Miura no se acobardara, le concedió el indulto al toro, petición muy escasa en la tauromaquia. Y a mí, torero -¿torerillo, novillero?- de postín, las dos orejas virtuales, que el peludo rabo me lo escamotearon. Espontáneos borrachos no hubo: ni madre ni mastín permitirían el que me saboteasen así como así de fácil sabotean a los diestros de postín o del montón. Terminadas con buen suceso mis maniobras bajo el sueño inducido por los números romanos, retirado el toro vivo y su trapío muerto a los corrales que lo esperaban en la bodega de los cutes y bajo la lluvia seca de los aplausos y los bises, don Gerardo Bernardo se acercó al oído izquierdo y me susurró que ahora contara en reversa, como en cuenta regresiva, de diez a uno y no a cero, que los romanos para tal número no hallaron un símbolo, por más que lo buscaran y por menos que pusieran sus esclavos más despiertos y matemáticos a pensar la solución. Recuperé la conciencia plena y la vertical parcial, que pretendía, sin mi permiso, horizontalizarse. Interrogado sobre la faena que representó para mí dos orejas virtuales como premio e innumerables aplausos y bises reales como ribete, no recordé nada, ni siquiera el pasodoble ni lo cañí que era, y creo que no lo recordaré, así en el futuro cercano me hipnoidioticen de nuevo para recordallo.

 

Dos años más tarde, y yo ya con vello en pubis y axilas, el señor de la Ossa, o de la Reina, que nunca supimos bien cuál era su segundo apellido y por ende quién su madre, fue contratado por el amo, dueño, en veces, pocas veces, locutor estrella, propietario, afortunado redactor de textos, amo cariñoso y malcriador de una mastinesa napolitana que en el pasado reciente fue la ninfomaníaca amante de Mas Que Digan, el mastín, también napolitano, de mi padre y por fin gerente y subgerente de la renombrada Radio Bucaramangafónica -sita dos cuadras abajo del Hotel De Siempre, como quien va por accidente hacia occidente-, fue contratado, vuelvo y escribo, para que en sus estudios, y a través de las ondas hertzianas y radiales, hipnoidiotizase al sobremanera gentil público radioyente si se ubicaba en el dial correspondiente. Avisados que fuimos por Bernardo Gerardo, todos en el Hotel De Siempre nos pusimos a la escucha, hasta el perro perro. La voz que emergía de la radiola no parecía ser la suya, pero cuando le envió saludos cariñosos y lambones a mi madre y propagandísticas alabanzas a sus servicios -madre, como  justa y merecida contraprestacción a estos lambones halagos radiales no le volvió a cobrar servicio de lavandería y de ahora en adelante lo eximió de dejar a los botones propinas superiores, tampoco inferiores, a los diez centavillos de cobre- lo reconocimos de inmediato. Dijo que cerráramos bien los ojos abiertos y pensáramos en algo agradable. Pensé, entonces, en mi querido Lunes, el elefantillo aquel amigo que ayudamos a destetar. Apenas estuvimos todos listos y prestos, su ronqueta voz de hombre cuasi semicalvo a lo Beethoven le pidió por favor a la expectante audiencia que entrelazara los dedos de las manos, contara de uno a diez en números -no romanos, por favor, no, no otra vez- arábigos, abriera los cerrados ojos, a continuación intentara separarlas y que quienes no lo lograran, a través de la emisora él se encargaría de regresar todo a la normalidad anterior. Descrestados, en el hotel todos pudieron, excepto, claro, el hijo de mi madre, quien se quedó perplejo y casi parapléjico al ver sus manos enlazadas sin reversa ni despegues posibles. Ella, afanosa y afanada, le pidió a un par de fornidos pasajeros a mi lado que con suavidad intentaran desunirlas. No pudieron. Entonces háganle duro, porque ¿qué tal que se quede así pegado para siempre, qué será de él y de mí?. Tampoco lo lograron, aunque sí, y mucho, me alcanzaron a doler las muñecas y falanges tironeadas. El pánico a continuacción quiso cundir cuando la luz se fue quién sabe para dónde, quizás para casa del señor don Apagón y la radiola enmudeció entre toses de repente, perplejos quedándonos. Un tanto asustado ante la obscuridad recién llegada, no lo puedo negar, dije que por el teléfono de disco y de corta distancia llamaran ya pero ya a don Gerardo Bernardo para avisarle y que me llevaran de inmediato y de una maldita vez y caminando hacia y hasta la emisora, que quedaba cerquita, a cuadra y media. El botones trajo una de las tantas lámparas Coleman, la encendió y bajo esa luz de artificio se pudo hacer la llamada y advertir al mago. Para allá nos largamos mi madre y otros más. Un séquito intranquilo, formado por mi madre cabizbaja y meditabunda, en sus manos la luminosa lámpara Coleman; un botones que fumaba y fumaba sin parar mientes al daño que se hacía; la cocinera mayor y la despensera menor, quienes sollozaban y se mesaban los cabellos; los dos pasajeros que intentaron separar mis manos y querían saber o descubrir el truco para despegarlas por si acaso en el futuro y en sus correrías por todo el país se les presentaba un caso parecido y al final de la cola o fila india, el mastín que Engelbert Schicklgruber Scheneppenhorst und Schultze-Kraft le había dado como pago total de una deuda a mi padre ya muerto, con las orejas levantadas en alerta roja, me seguía. Mi séquito y yo llegamos de primeros y de inmediato a madre y a mí nos condujeron al estudio donde el señor de la Ossa o de la Reina, ya informado, nos esperaba con una ladina sonrisa a flor de jeta. A ver, mijo, cuenta de para atrás, de diez a uno y cuando yo chasquee mi pulgar e índice izquierdos serás libre. Para mamarlo del gallo y tomarlo del pelo empecé mi cuenta regresiva en números romanos: X, IX, VIII, VII pero apenas iba a decir VI, el hipnoidiotizador me interrumpió y dijo volvete serio, que de seguro hay más personas en Bucaramangracia con las manos pegadas y no puedo perder el tiempo en huevonadas. Conté, entonces, como es debido, el mago chasqueó los dedos que había dicho chasquearía y colorín colorao, este cuento casi se ha acabao. Quedé libre. Bueno, mis manos, sus respectivos dedos, yemas, pulpejos, huellas dactilares, uñas y el mugre que dentro dellas había. Madre abrazó al brujo y me besó con humedad de saliva alegre las palmas de las manos, que por instantes prometí no volverlas a lavar con jabón de la tierra, justo antes de que el obeso fantasma desnudo y grotesco de mi padre apareciese de cúbito dorsal y de súbito irreal con una pistola austríaca y semiautomática de catorce balas calibre nueve milímetros dentro del cargador en la mano diestra. ¡Deje quietas esas manos, Pedro, le gritó mi madre, que de no, le digo a don Bernardo Gerardo que le haga el truquito que sabemos y se las pegue para que no joda más! Al oír esta amonestacción amenazante de su viuda, el fantasma se elevó y abandonó volando el estudio de la emisora, escabulléndose a través del vidrio de una ventana que estaba cerrada de par en impar. No se preocupe ni se asuste, doña Sixta, le dijo el brujo, este es uno de mis trucos favoritos: hacer creer a los cristianos que los fantasmas existen. Ah, ¿sí?, siga haciéndome estas bromitas de pésimo mal gusto y le trozo ya ya con tijeras de cortar papel de lija y papel cartón sus privilegios en mi hotel, le dijo madre, entre asombrada y contenta. Estábamos ya en la puerta de salida, que la de entrada era otra (el fantasma de mi padre, con la pistola en la cartuchera o chapuza metida en la pretina, nos miraba desde el techo, sonreía y nos sacaba la lengua, que llena de sarro estaba), listos para marcharnos de regreso cuando en un taxi llegó la segunda asustada persona idiohipnotizada. Era una niña de mi misma edad, quien junto a sus padres lloraba de angustia y casi de terror. Le enseñé mis manos libres y la tranquilicé. Muchos calendarios después, cuando conté esta historia frente a amigos, vine a saber que ella era la hermana mayor de alias Ulises Tráquea, en cuya casa también, el día de marras, se había largado la luz para donde sabemos. El destino es increíble y sorpresas te da de vez en vez. ¿Ves?. Cuando de la Ossa, o de la que sea, llegó, junto con la luz eléctrica, después de medianoche al Hotel De Siempre en busca de su cena fría, le dijo a mi madre que tuvo que liberar cuarenta y ocho manos de veinticuatro embrujados, uno de los cuales, un niño de tres años, no sabía contar y que por eso, mientras le enseñaba los diez primeros números arábigos, llegaba a esta hora tan tardía de la noche. No hable mierda, ¿y cómo sí supo contar cuando le pegó las manos?, lo atropelló mi madre al mago. ¡Eh ave maría hombre -mujer, le corrigió mi madre de inmediato-, usted sí que no se deja tumbar de nadie!, y la abrazó. Calculo ahora, en el 2.012, que el corte eléctrico hubo de afectar a por lo menos un tercio del área de mi ciudad. Y eso fue todo, aunque aún, de rato en rato, sueñe, pesadillee, que las tengo pegadas.

 

Cuando entre los huéspedes había epidemia endémica de tedio, cundía la peste contagiosa del aburrimiento o la pandemia del no saber qué hacer, la madre mía le pedía que para sacudir el marasmo organizase una tenida mágica que los entretuviera.

 

-Pobrecitos, sabrá quién qué problemas tendrán en sus hogares o trabajos-, argumentaba madre en pos del sí de don Gerardo Bernardo.

 

-¿Gratis?-, preguntaba.

 

-No, gratis no, no le cobro las gaseosas-, ofreció mi madre, doña Sixta y doña Tulia, que por estos dos nombres de pila era conocida.

 

-Pero si yo no bebo gaseosa, doña Sixta-.

 

-Por eso le digo-, y se reía.

 

Obediente, pero sobre todo para no perder garantías y rebajas, el brujo se sentaba sobre uno de los taburetes del comedor y entretenía al comensalaje todo. Adivinaba las cartas tapadas de la baraja española, que con la inglesa nunca fue capaz porque no hablaba ese idioma; encendía -¿telepatía incendiaria acaso?- fósforos de palo a larga distancia y luego los apagaba soplando hacia adentro y de espaldas a ellos; perezosos y sentados a su alrededor, catorce huéspedes recién levantados de sus camas oyeron que el mago se ofrecía para, vendado, desatar desde lejos y acurrucado de espaldas los cordones de sus zapatos, acto seguido sacarlos de los respectivos ojales y ponerlos en el suelo, justo en frente dellos, pero cuando terminó el truco y pidió que quienes tuvieran los zapatos como él había prometido se pusiesen de pie, se desató un sainete: el primero dijo sonriente que calzaba mocasines, el segundo, burlón, que estaba descalzo, el siguiente en chancletas y malhumorado, el cuarto, furibundo por que  se sentía blanco de una afrenta pues tenía una pierna amputada desde la rótula y el quinto, un rudo ganadero de los llanos orientales que calzaba bigotón peludo y botas tejanas en piel de lagarto, destrozó la reunión diciéndole, como si a vacas cimarronas y desobedientes gritase a todo pulmón, usted es un farsante y a otros asombrados, sin tocarlos, bajábales el cierre de la bragueta, pero no les sacaba el falo, que no estaba para cucharas ni mucho menos para que le sacaran la comba; también, sin moverse del taburete y con los ojos vendados, reventaba huevos de gallina, pata o pisca, que madre, muy a su estilo ahorrador, recogía después en un platito hondo para revolver en ellos, separados de sus quebradas cáscaras y con poca sal y algo de mantequilla vacuna, los pericos del desayuno de mañana; un soleado y caliente mediodía, con el comedor repleto de hambrientos y acalorados comensales, y sin previo aviso de su parte, estiró dos elásticos metros lineales sus índice y pulgar derechos hasta asir en la mesa vecina un rollo de pan aliñado por los Trillos con vendaje y que luego, para mayor asombro y mientras retraía los dedos, transformó en una mestiza batida que se tragó en tres mordiscos y sin beber agua; era capaz, también, de hacer levitar canastones de fique en que la despensera mayor guardaba frutas, hasta cuando, el día en que de rosado floreció el amarillo arrayán de la esquina oriental, el truco le falló porque lo acometió un estornudo súbito, se le cayó el recipiente de mimbre trenzado y manzanas, ciruelas y peras salieron a perderse en desbandada y nosotros en su pos para atraparlas, pero ellas, superdotadas de un movimiento inexplicable, nos sacaban el quite hasta cuando las manos, suaves y callosas al mismo tiempo, de mi madre aparecieron con la atarraya que usaba para pescar incautos y pudo capturarlas al primer intento. Huimos dando botes de carnero y rodando como canicas porque, dijeron después, no queríamos ni poco que nos exprimieran e hicieran sorbetes con nuestras pulpas y jugos con nuestros líquidos, pero el mago explicaba que la inesperada velocidad huidiza de las frutas era un truco suyo de ilusionista para desquitarse del anterior fracaso de la levitacción frustrada por un estornudo en mala hora y lugar, sin aclarar qué lugar, si su nariz o la sala mayor del hotel. Con reiterada frecuencia metía en los distraídos bolsillos, así estuviesen rotos o abotonados, de las camisas objetos no muy grandes, como lapiceros, palillos, cucharitas dulceras y pepas de jugar a las maras; de repente, cuando veía que alguno de los espectadores se quedaba dormido del aburrimiento y roncaba sin aspaviento, él, señalándolo con el índice siniestro y murmurando un sordo galimatías de desconocido idioma o procedencia, a dos mil setecientos doce centímetros lineales de distancia en línea recta lo despertaba. En una ocasión, por las épocas de la feria ganadera de septiembre, pidió que le trajeran un serrucho y que él lo alisaría. Madre me envió a la mueblería que sabemos a traer uno, en vez de enviarme a la gobernación que también sabemos y en donde son graduados en serruchería, pero cuando se lo mostré, el público dijo que no, que ese tenía varios dientes mellados y así qué gracia. Hube de ir y volver con uno nuevo, que sí recibió el visto bueno de la audiencia mala. Vendados de nuevo sus ojos, pasó por una sola vez las yemas de los dedos derechos bajo los afilados dientes, mientras gotitas de sangre humana y de viruta metálica caían a sus pies. La hermana de mi madre, quien también algo, pero menos, de medicina casera sabía, roció las heridas con agua de caléndula y las envolvió por tres días en gasas de importación.

 

Que hipnotice al perro, solicitó a gritos un guasón, pero nadie le hizo caso, excepto el aludido, quien lo miró de mal reojo y peor modo oblicuo.

 

Dónde y con quién aprendió magia negra blanca o gris nunca nos lo dijo, en Babia, España, y con los maltrechos crespos hechos deshechos, dejándonos.

 

Un día de 1.971, fatídico, como luego se leerá en otra historia posterior, nuestro Gerardo Bernardo tuvo un encontronazo verbal y casi físico con otro huésped del hotel, don Elías Ananías Toloza Toledo llamado. A la sabrosa hora vertical del almuerzo, con los ávidos comensales tensos a la espera, tal como caballos de carreras detrás del partidor automático antes de que el comisario dispare el pistoletazo de la largada en estampida, el comedor se llenó en seis o siete instantes y cuando tan solo quedaba un taburete disponible, por cada una de las dos abiertas puertas laterales aparecieron, hambrientos, los futuros rivales en pos del último cupo. El mago llegó primero, agarró el taburete y se sentó. El otro, don Ananías, llegó segundo y último porque su pie derecho y casi que chapín no le facilitaba el desplazarse con presteza. Se quedó parado como una estaca, amoscado, pero confiado en que su rival se pondría de pie y gentil le ofrecería el taburete. Pero no. Antes, por el contrario, algo le dijo en voz baja, algo tan bajo, creo yo, que el ofendido intentó agarrar un vaso de agua helada para tirárselo en la cara. El mesero y sus dos brazos y dos cercanos comensales con sus cuatro lo impidieron. Mi madre apareció, alertada y avisada por la algarabía y cuando se enteró del motivo de la reyerta propuso que los dos contrincantes se salieran y volvieran a empezar de nuevo la carrera por el taburete disponible, eso sí, dándole a don Elías Ananías la ventaja de un metro y medio lineal, dada su leve dificultad. En medio de las carcajadas, el brujo dijo que sí y el otro, con groserías, que no y explicó que de la Ossa o de la Reina, apenas lo vio entrar, lo había hipnotizado a fin de restarle velocidad a la poca que ya de por sí tenía y que eso le parecía una maldad inaudita y traidora, algo que no se debe hacer con los minusválidos y que a la menor oportunidad que tuviera…. Mi madre le cortó el chorro y para suavizar al burlado y a su desenfrenada perorata que no lo abandonaba, los invitó a que compartieran el almuerzo en su comedor privado y un tanto austero, como ella. Tampoco quiso y dijo que ayunaría de la rabia. Pero, en realidad, después de pagar la cuenta en efectivo, se marchó energúmeno y cojeando para Pamplona, Norte de Santander del Sur, en donde tenía dos clientes suculentos, como suculentos son los almuerzos en el comedor de mi madre. Pero ya se verán los dos rivales las caras. ¿Cuándo?. A continuación. ¿Y dónde?. En las páginas siguientes.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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