(57) 319 2930843

(57) 318 3269478

 ReVista OjOs.com     OCTUBRE DE 2014

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

LOS INFORMANTES DEL ALMIRANTE CANARIS (1.938-1.941)

 

Para Pablito Serrano Acevedo.

 

 

Por las fechas en que estos hechos son aquí narrados, sobre el mapa popólítico de Colombobia había dos bandos cuyas opiniones acerca de la situación europea eran desiguales y opuestas por el vértice. Uno, el escabroso nazi-fascista protegido y auspiciado por la Falange española y otro, el apoyado y financiado por los bellacos estados desunidos del norte de la américa del sur y central y la Gran Bretaña, y frente a la ambigüedad del gobierno nacioanal, quien, por tener miradas enclenques al respecto, no mostraba sus taimadas bazas a favor de ninguno, combatían entre sí en su afán por lograr conseguir fieles adeptos para labores encubiertas de espionaje, proselitismo, propaganda, terrorismo y contraespionaje. El presidente de nuestra patria, te adoro en mi silencio mudo y temo profanar tu nombre santo, por ti he sufrido y padecido tanto como lengua mortal decir no pudo, era el exce lentísimo señor doctor don Eduardo Santos Montejo y su canciller otro exce lentísimo: el ¿sabio? señor doctor don Luis López de Mesa, quien, sin pelos en la lengua ni en la servil conciencia y muy decorado y condecorado su tórax con los latones y cobres oxidados de la minúscula cruz de boyacá, aseveraba que el gobierno del cual él hacía parte vital no debería propender por activar la educacción pública de los menos favorecidos pues ellos, una vez educados, se volverían en motín muy desagradecidos y bien armados de sabios conocimientos contra el benemérito establecimiento que los había desasnado y podrían derrocarlo.

 

A principios del prebélico 1.938, los científicos teutones Werner Heisenberg, Otto von Weizsacker, Lise Meitner y Hans Geiger, el inventor del célebre contador, financiados por el tercer Reich, estaban dando los primeros gateos peligrosos en busca de la fisión nuclear y sus radicales conclusiones giraban en torno a la carencia de uranio en tierras alemanas o vecinas, así que la Abwehr tomó para sí el iniciar las búsquedas e indagaciones de tales yacimientos allende las fronteras germanas.

 

Cuando el enano cabo austríaco Schicklgruber, después canciller alemán Hitler, distendido y relajado gracias a los escasos artilugios de Evita Braun, en el nido sin huevos del águila germana le ordenaba, que solicitar no sabía ni quería, al almirante Wilhem Canaris que organizase una red de espionaje en Colombobia porque quería adueñarse manu propria et militari y por sorpresa del canal de Panamá y de sus básculas y esclusas, jamás creyó que en el mundo que se juró conquistar había una ciudad llamada Bucaramangracia y menos aún que en ella existiese con éxito un Hotel de erróneas características como lo es el Hotel De Siempre y dado el arduo trabajo y la furia militar y prusiana que le causaba el intentar pronunciar tal palabreja tan extensa y cargada de vocales, golpeaba la mesa donde extendía los mapas del orbe entero y terminaba por llamarla Búcara.

 

Herr Jurgen Schlubach, controversial representante de la empresa petrolera norteamericana Penzoil y supuesto espía de la Gestapo y otros altos empleados de la I. G. Farben Industrie de Frankfurt, alias la Casa Bayer, la fábrica de máquinas de coser Pfaff, la Casa Helda y acaso la Scadta se alineaban en pro de los nazis y distribuían a diestra y siniestra, eso se decía sin sólidas pruebas en los mentideros popólíticos y diplomáticos de la capital, propaganda y publicidad a favor de los pardos, mientras que del otro lado, el contrario bando aliado, presumiblemente democrático, cuando a partir del diez de junio de 1.940 Italia entró en la guerra, contrató agitadores encubiertos para que promovieran múltiples ataques soterrados, actos de sabotaje, violencia mental, económica y física y apedreos descarados contra la legación alemana y las propiedades teutonas, así fuesen de viejo cuño. Agréguese el que por las calles bogotanas se empezó a vocear casi que por la misma fecha, septiembre de 1.940, la venta a bajo costo, casi gratuita, de La Nueva Colombobia, periodicucho pro nazi y el que también empezaran a escucharse rumores sobre la existencia de posibles campos de aterrizaje secretos en cercanías y alrededores del canal de Panamá, en especial sobre la costa occidental atlántica, todos ellos situados en terrenos baldíos que eran propiedad de prestantes y honestos ciudadanos germanos residenciados desde tiempos remotos en nuestra patria, para comprender que el clima popólítico y diploproblemático de Colombobia era bastante complejo y contradictorio. Puestas sobre la mesa así las cartas no muy desnudas y habida cuenta de que Bucaramangracia ha sido siempre un imán que atrae, como miel abejas y tominejos, a los alemanes, no debe hacérsenos raro el que a finales de 1.938, procedentes por vía terrestre y peligrosa desde la villa de Pamplona, Norte de Santander del Sur, un trío macizo, borrachín y corpulento de alemanes coloretos por el calor agobiante entrara ruidoso, extrovertido y acaso beodo al Hotel De Siempre en busca de aposento, tres servicios alimenticios, lavado de ropa y consumos telefónicos, periodísticos y etílicos incluidos. Don Pedro Calibre, quien a la sazón no había tenido el placer, la dicha, la chance y la sorpresa de toparse con doña Sixta Tulia y creía pertenecer a un ejéjéjército de un solo miembro: el fálico suyo, amigo que siempre fue de los teutones, de inmediato les dijo que sí y los alojó en una habitación, la 22 o XXII, con puerta privada por la calle 37, esperanzado en hacer buenas migas con ellos, tan amigos de la cerveza y el salchichón. Pero estos tres recién llegados eran huraños, secos, silenciosos, no confraternizaban con persona alguna y siempre hablaban entre sí con apagados cuchicheos alemanes y pedregosos, comportamiento no muy del agrado de don Pedro, quien se sintió ignorado. Dijeron pertenecer a la nómina de la Bayer y que estaban en la ciudad porque querían investigar, descubrir, abrir y establecer nuevos y rentables mercados entre los droguistas locales y de las poblaciones vecinas.

 

-¿Pero tres tipos grandototes para una simple cosita de tan poca monta?-, hubiérase preguntado la desconfianza innata de doña Sixta si acaso sentada allí estuviera en las peludas piernas de don Pedro, su futuro esposo. Pero como no lo estaba, su ingenuo y propenso a la bebida marido se tragó la carnada, el anzuelo, el sedal y la caña de pescar idiotas que le ofrecían los germanos.

 

Eran asaz rigurosos con sus horarios laborales y muy oyentes y atentos recibían las esporádicas, silenciosas, prolongadas y misteriosas visitas de alemanes, españoles e italianos aquí residenciados hogaño y antaño; todos los días, así las alemanas fuesen de mejor sabor y levadura, bebían cerveza agria; se escapaban por una semana o dos nadie sabía para dónde ni a hacer qué; leían atentos los episodios de los Nibelungos, escuchaban lelos y arrobados la viril y racial música de Richard Wagner, añoraban los raizales schnapps, las grasientas salchichas y los ahumados arenques y salmones del mar Báltico y sus afluentes; preguntaron por casas de lenocinio y así conocieron a la madama doñísima Emperatriz del Busto, sus pupilas, sus tetas y sus tretas; mensualmente recibían correspondencia diplomática, secreta y lacrada desde Baden-Baden, Nuremberg, Heidelberg, Munich, Hamburgo, Leipzig o Berlín; leían cuanto periódico o revista nacioanal cayese en sus garras y con las mismas y con soberbia rompían las ediciones del Noticiero Aliado y del Boletín Anti-nazi, escritas por don Pachito Archer, viejo amigo viejo del señor Calibre; compraban todos los mapas que les fuese posible sin levantar sospechas y trataron en vano de congraciarse con Mas Que Digan, nacido en la Selva Negra y bautizado allí mismo por orden expresa de herr Engelbert Scheneppenhorst Schicklgruber und Schultze-Kraft como Markus. Pronto, que en Bucaramangracia nada queda oculto merced al trabajo de zapa de los sapos, se supo que el fornido trío viajaba en carro expreso hasta Zapatoca, Santander del Sur, pues estaban tras la huella y la pista de presuntas y supuestas excavaciones arqueológicas rupestres. Allí, mintiendo y fungiendo de geólogos arqueólogos y so capa de recoger fósiles marinos y recuperar guacas indígenas, muy pronto se ganaron el aprecio y la hospitalidad zapatocas, en especial por parte de una juvenil damita rubia, huérfana de madre desde la edad temprana, quien les abrió no solo las puertas de su casa paterna cuanto sí a Bruno Manstein, el más guapo del trío, las largas piernas de su virginidad, hasta ahora invicta.

 

El dos de septiembre de 1.939 por la noche, un día después de la sorpresiva y exitosa invasión nazi a Polonia, Bruno Manstein, Alfred van Halle, quien sudaba mucho y de continuo y casi olía a ajo machacado y Wilfred Overath, ojibrotado y gafufo, en su alcoba escucharon la febril música frenética de El Anillo de los Nibelungos de Richard Wagner, cantaron a voz en cuello ebrio Deutschland Über Alles y se hartaron de de cerveza chivo Clausen tipo exportación y salchichas, bofes y salchichones hasta casi perder la conciencia y el equilibrio y permitir los eructos, mal y pésimo comportamiento del que hacían gala cada vez que un nuevo éxito nazi decoraba y condecoraba con la gamada cruz de hierro los pechos de los orgullosos miembros de la Wehrmacht, la Luftwaffe, las Waffen SS y la Kriegsmarine. En realidad ellos tres eran miembros activos de la misteriosa Abwehr y del peligroso NSDAP y ex miembros de las siniestras Waffen SS o Schutzstaffel y de la temible, temida y ominosa Geheime Staatspolizei, alias Gestapo, dependían sin intermediarios, estafetas ni mandos medios o intermedios directamente del ladino y sagaz almirante Wilhem Canaris, leían con retrasos cercanos al mes Der Angriff, Der Stürmer, Das Reich, Völkischer Beobachter y Berliner Illustrierte Zeitung y su secreta misión consistía en recabar informacción sobre el uranio que, según fuertes rumores y dimes y diretes, subyacía radioactivo en cantidades cercanas a las mil quinientas toneladas métricas en las entrañas de Zapatoca y aledaños, hasta llegar a Chima y Simacota y cuya consecución a como diera lugar les era necesario a los arios y pardos científicos nazis para fabricar la bomba atómica y dominar con ella en sus arsenales el mundo entero durante mil años. Ja, ja, ¿mil años?, ¡qué cabo tan deschavetado de cabo a rabo!

 

A Pedro Calibre, amigo arrodillado que siempre fue de los germanos, le costaba arduo trabajo el tener que tragarse entero y sin mascar ni masticar el desdén con el que el trío correspondía a sus serviles intentos de acercamiento. Y para empeorar y emporcar más aún sus tragos amargos, de su desesperado primogénito Louis Calibraix Hernández recibió una carta fechada y escrita en Colón, Panamá, en la que le decía, con mala letra y muy buena ortografía, que ahora era miembro activo de la mítica Legión Extranjera Francesa y que en contados días, agosto o noviembre de 1.940, partiría como recluta novato de la XIII Semi Brigada Ligera en desarmado paquebote rumbo incierto y peligroso a Liverpool, England, y luego, no sabía aún cómo, hasta Palmira, Siria, con el despropósito de enfrentar a bala y bayoneta a los traidores franceses del Vichy, que no querían devolverle a Charles De Gaulle esta colonia gala. Ganó, por estrecho margen, el amor por su hijo y no la servidumbre hacia los nazis, así que a partir de ese entonces se hizo el taimado y el huevón cuando ellos se le cruzaban por el camino, que en realidad muy pocas veces fueron y se juró que jamás se pondría de parte dellos, trío de engreídos malparidos.

 

La guerra europea, que no mundial a la sazón, era hasta ahora muy favorable para el cabo y sus pandilleros pardos: Francia, arrodillada y sumisa, colaboraba; la península escandinava, tomada por asalto, se había rendido y plegado; el Africa Korps entrado mecanizado y tajante en las arenas y oasis del África del Norte y de gratuita contera el poliomielítico presidente Franklin Del ano, ladino y expectante, aún no declaraba la guerra contra ellos.

Las soterradas, taimadas y subterráneas indagaciones de los tres nazis en Zapatoca no parecían ofrecer ni brindar alentadoras expectativas y cuando de allá regresaban se les veía, taciturnos y un tanto malhumorados, caminar calles arriba y calles abajo con las manos en la espalda o silbando pasito y despacio arias y tonadas militares por los alrededores del Hotel De Siempre.

 

En la décima quinta, de las veinte que en total hicieron, visita a la ciudad levítica, Bruno el guapo, su falo más guapo aún y sus guapísimos, veloces y acertados espermatozoides el catorce de julio de 1.941 embarazaron a la huérfana de madre rubiecita que le había abierto no solo las puertas de su casa paterna cuanto sus propias bellas piernas. La pareja se revolcaba y se amaba de continuo y de noche temprana en los potrerillos y pastizales del árido Espino, bajo el mudo permiso de su propietario, don Pablo Emilio Serrano Acevedo, quien, sagaz y suertudo, los había descubierto y calládose la boca, permisivo y gozón con el gozo ajeno y por supuesto con el suyo propio, como debe ser.

 

Enterado cuatro meses después, el catorce de noviembre, el padre de la embarazada, quien a su coincidencial vez, y ojo, era hijo no matrimonial de un alemán extraviado a principios del siglo en la villa con clima de seda, no pudo soportar este agravio que se le hacía a su linaje, y menos aún si provenía de un oriundo del país que era también el de su padre y abuelo de su hija y decidió primero tomar cartas verbales y después armadas de Colt 44 con el fin de, a través del gastado rito del matrimonio católico, apostólico y romano, llevarlos al altar con todo y la barriga de su hija y lavar así la afrenta que se les hacía a ambos. Pero Bruno, reacio y también armado de una Luger, se negó de plano y de frente y estuvo a pocos centímetros y palabrotas de cruzar balazos con el furibundo padre en el corredor de los pensamientos inconfesables el día en que los dos se encontraron para cuadrar sus cuentas atrasadas. Fue un intercambio soez y vulgar de imputaciones y explicaciones, de razones y sinrazones, de amenazas y contra amenazas, de insultos y bajas groserías. Como medida precautelativa, sus dos arios compañeros, Van Halle y Overath, decidieron que lo mejor sería que Bruno se trastease en secreto para otro hotel, el Savoy, que quedaba cerquita, y si alguien preguntase por él, dirían impávidos que se había marchado con sus bártulos y cutes para Hamburgo y no regresaría jamás. Pero el padre de la agraviada, con la colaboración nasal del dogo Mas Que Digan y la vengativa de su amo Pedro, deseoso a más no poder controlarse de desquitarse de las indiferencias germanas del trío, se dieron sus artimañas y descubrieron el paradero del juan tenorio irresponsable. Pactaron que atalayarían a sus dos compañeros cuando ellos saliesen a la calle. Le dieron a oler a Mas Que Digan los calzoncillos de Overath y Von Halle para que siguiera su rastro callejero cuando fueran a visitar al escondido y al cabo de tres días y tres noches de seguimiento taimado, los dos humanos y el mastín dieron con su paradero, a dos cuadras no más del Hotel De Siempre. Esperaron entonces a que la luna nueva del veintinueve de noviembre obscureciese la noche y sus estrellas, enmascarados y suavemente ebrios emboscaron al irresponsable teutón cuando desarmado salía en busca de cervezas chivo Clausen tipo exportación y sin previo aviso el padre de la rubia embarazada le atinó a traición y con puntería incompleta un balazo nocturno en el codo izquierdo, astillándoselo. Gran escándalo posterior a los hechos hubo. Detenidos o sospechosos no, porque el mastín fingió seguir con su trufa una ruta de escape mentirosa y contraria a la que tomaron su amo y el autor del disparo y logró confundir las pesquisas de los sabuesos humanos de las ¿autoridades? Asustados, porque los arios también se asustan, un día antes del traidor ataque nipón a Pearl Harbour, Manstein herido, Van Halle maloliente y Overath cegatón pagaron las cuentas de los dos hoteles, a la carrera empacaron sus pertenencias y sin dejar pistas ni rastros huyeron a gran velocidad hacia un Villadiego cobarde.

 

La nerviosa camarera que hizo a fondo, como era su deber, la limpieza de la habitación 22 o XXII halló bajo las arrugadas sábanas dos fotografías sensuales y autografiadas de Marlene Dietrich fumando un puro, un ejemplar de los Protocolos de Sion escritos por los edomitas descendientes de Esaú y otro de Mein Kampf, redactado y escrito en la cárcel y al alimón por el cabo y su manteco ayudante Rudolf Hess, ambos subrayados a mano. Pedro Calibre, Mas Que Digan y el vengativo padre, ahora muy amigo del dueño del hotel, llevaron los libracos al solar, apilaron leña seca y en una pira, tal como nazis con judíos en hornos crematorios de Dachau y Treblinka, los incineraron mientras bebían fondo blanco y a tope, el dogo también, brandy cálido en copones, que para beber así tenían suficientes cojones. Las dos bellas y humeantes fotos de la Dietrich, el señor don muy borracho Pedro Calibre, en un descuido de sus compañeros, se las embolsicó para luego jactarse de su íntima amistad con la estrella frente a sus compañeros de juerga.

 

El fruto de los espinosos amoríos de Manstein y la rubiecita en El Espino nació femenino después de treinta y cinco semanas de solitario embarazo. Al final de la guerra Bruno es condenado por un tribunal secundario a cinco años de prisión en Berlín Occidental por haber contribuido al despojo cultural egipcio cuando el África Korps por allá se aparecía en el vaivén característico que fue durante tres años la campaña norteafricana y su joven amante rubia perece decapitada en un  accidente vial y bárbaro cuando iba rumbo a San Vicente de Chucurí en compañía de su padre. Pedro Calibre, Pablito Serrano y el dogo Mas Que Digan fueron los padrinos bautismales de la rozagante bebita y mensualmente colaboraban con pequeñas sumas para contribuir en su educacción. Hoy, en pleno 2.012, a sus setenta y un abriles, Helga Manstein Armin, filóloga graduada con honores y laureles en Heidelberg, con la identidad cambiada está concentrada escribiendo a mano alzada sus memorias y las de su cobarde y huidizo padre recluida en una casa colonial de Zapatoca, apenas a cuadra y media de la colonial pero restaurada residencia en que Sergio Augusto Rangel Consuegra debería escribir en computador o a mano alzada las suyas propias.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

VOLVER A COLABORADORES            

 © ReVista OjOs.com

Se prohíbe la reproducción de cualquiera de los contenidos de la ReVista, así como su traducción  a cualquier idioma sin autorización de su titular. Email: fernando.guinard@gmail.com / Teléfono: (57) 318 3269478 - 319 2930843 Bogotá, Colombia