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 ReVista OjOs.com     SEPTIEMBRE DE 2014

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

LA VÉRTEBRA (1.966-1.973)

 

 

Para Eduardo Alcides Pilonieta Pinilla.

 

 

Allá por los primeros años sesentas del siglo que se volvió pasado, era alumno del colegio jesuita de San Pedro Clavar un hijo de antioqueños de pura cepa, insípida arepa y carriel al cinto, y escribo que de pura cepa porque habían engendrado en quince años trece retoños de diferentes sexos. Y más abajo se leerá el porqué de diferentes sexos. Este alumno, más y mejor conocido bajo el grecobarroco remoquete de Ulises Tráquea, con el tiempo llegó a ser uno de los mejores amigos de Jacinto Calibre y ora almorzaban y cenaban en la casa del uno, ora cenaban y almorzaban en la casa del otro y el uno se quedaba a dormir en la casa del otro y el otro se quedaba a dormir también en el hotel del uno. De igual manera y modo, domingos y fiestas de guardar cama se embriagaban en las tardes con manzanilla barata y no de la ¿madre? patria cuando iban a corridas de toros criollos en las que el arte de Cúchares era dejado por los suelos del redondel para darle paso a una ridícula carnicería en la que el cornúpeta, enloquecido y con las astas aserradas, no embestía según han de hacer los toros de trapío y el torero matarife se lucía como un completo cobarde que salía de un burladero para guarecerse en otro, el más cercano. También, cómo no, cómo sí, ¿cómo así?, dos o tres días por semana leían en alta voz, enmarihuanados, los cuentos de los hermanitos Grimm en versión para adultos y se sorprendían de la censura literaria que editaba versiones suaves para evitar que los niños supieran antes de tiempo lo que de uno u otro modo siempre terminarán por saber de mala manera equívoca y a destiempo. Con el paso de los días rumbo al futuro imperfecto, fue claro, o claroscuro, para muchos de nosotros el que Tráquea arrastraba consigo una homosexualidad encubierta y no activa, porque jamás se le conoció pareja masculina con quien practicara la sodomía, la horadacción inversa, el sexo contra natura.  Besuqueos, magreos, arrumacos, toques, caricias manuales, apretones, carantoñas, abejorreos, intercambios de salivas y caries dentales, posiblemente felaciones y otras actividades previas a la penetracción contraria sí que debió haber. Además era pasivo, nunca acosaba a persona alguna de su mismo sexo y se le veía triste, distraído. No era fácil, en esos tiempos tan jurásicos, salir a la calle y exponer oídos y lomos a comentarios hirientes contra maricas potenciales. Todos nosotros, y que me pudra en vida y despacio si miento, lo respetábamos y a menos que él pusiera sobre el tapete el tema, jamás nuestras conversaciones chismosas giraron sobre el estigma que poco a poco nuestra sucia sociedad pretendía endilgarle. Si Alejandro el Glande tuvo su Hefestión, Nerón a Dioforo, Onán su hoyo terrícola, Calígula a Marco Emilio Lépido, Eurípides, septuagenario, al cuarentón Agatón y el divino Aquiles su Patroclo, ¿por qué diantres Ulises Tráquea no podía tener el suyo, propio y particular? Terminado el bachillerato, Tráquea dijo en diciembre a sus padres que deseaba estudiar medicina en Medellín y pese a ser el primogénito, su petición no fue atendida porque no había en casa ni en los bancos dineros suficientes para pagar una carrera tan costosa, mentían sus padres. Soportó esta negativa con dignidad y un tanto de estoicismo forzado y resignado de dientes para afuera firmó entonces contrato de trabajo con una compañía extranjera que comercializaba productos farmacéuticos para curar los males del cuerpo, que los del alma aún no se sabe bien quien los sana ni mucho menos quien los vende garantizados. Le dieron un campero japonés cero kilómetros, con el consumo de combustible a voluntad razonable y tracción cuatro por cuatro para que en él, dentro de él, al comando de él, se desplazara raudo y seguro por las carreteras incoherentes y suicidas de nuestro departamento y poco a poco y con desparpajo digno de peor causa se hizo amigo un tanto distante aunque elegante de numerosos propietarios de droguerías, farmacias, boticas y dispensarios de los bucólicos municipios santandereanos del sur. Pero la negativa paisa y paterna que le impidió ser doctor en medicina alopática lo castigaba día a día, impidiéndole el dormir a pierna suelta y el soñar sin pesadillas. Rentó pequeño apartamento en el último piso de un edificio situado al costado oriental de la catedral de La Familia Sangrada y empezó a ser nuestro anfitrión generoso, amplio y manirroto en confusas y difusas tenidas etílicocanábicoliterarias que empezaban con las primeras estrellas y luceros del anochecer y terminaban con las segundas luces de la aurora. Faulkner, London, Cervantes, Melville, Conrad, De Quevedo y Villegas, Sterne, Proust y otros magos y alquimistas de la palabra escrita -bien escrita- fueron testigos mudos y sordos de nuestras contravenciones al código no escrito de los buenos comportamientos. Nos importaba un culo, nada más queríamos romper todas las reglas, violar todas las normas, abandonar la decencia y descubrir lo inexistente, lo que hay más allá del más allá. Algunos perdieron el tiempo en ello y algotros aún lo estamos intentando. Al cabo de dos años, Tráquea de veinte, cuando tropezaba con sus amigotes -yo metido de cabeza como cuña entrellos- empezaba a baladronear, chicanear y prometer -amenazar- que pronto se suicidaría tragándose sin agua, soda o aguardiente una pastilla de cianuro potásico comprada por veinte pesos oro -o al menos así rezaba el billete- al boticario más codicioso y avieso de Zapatoca, Santander del Sur. La guardaba en la relojera -que nunca guardó relojes- de sus pantalones y cuando estaba ebrio o bajo el efecto benefactor de los humos de la yerba bendita la exhibía retador frente a nuestras caras en las que se dibujaban, no rectas pero sí claras, las líneas de la incredulidad burlona. Mero chicaneo, decíamos. Nos equivocamos: una noche del julio florecido llegó en su campero japonés y cuatro por cuatro ocho hasta la casa paterna, allá arriba, hacia el oriente de la aurora, por el barrio de la Cabecera del Llano, vestido con piyama amarilla y le dijo a su tacaño padre que iba a llevarse al hermano menor a chupar y sorber helados de cono, que a continuación lo traería de vuelta y que esa noche la pasaría en casa con toda la familia. El padre, a quien nosotros llamábamos Perra Flaca sin que él lo supiera, quizás arrepentido por no haberle apoyado en sus estudios universitarios le dijo que sí, pero que no se demorara porque al siguiente día su hermanito menor tenía un examen de biología que de seguro perdería. Después de prometer obediencia, asidos de la mano, se marcharon, llegaron a la heladería yerta del hotel Bucarica, rival derrotado del de siempre, mudos, sin musitar palabra alguna durante el trayecto. Tráquea descendió sin prisas del vehículo y no importándole el que el recinto estuviese lleno y él en piyama amarilla, trepó de dos peldaños en dos escalones las escaleras, miró con fijeza al dependiente y compró dos helados de barquillo, uno de coco, para su hermano, y otro de vainilla. Sentados dentro del campero, en un silencio que los ciegos verían, los sordos oirían y los mudos describirían, frente al aviso de neón de la heladería que tenía una letra fundida y sin decir esta boca es mía se engulleron los conos, más rápido que él su hermanito. Una vez, bajo y entre un estruendoso silencio que debió parecerle incómodo a su hermano, regresados a la casa de la Cabecera del Llano, guardó el vehículo en el garaje, se despidió de madre y padre con sendos besos no espontáneos, despeinó la melena rebelde color miel del su hermano menor, dijo buenas noches a la familia restante y se metió a su aposento. La piyama amarilla, a la altura del esternón, estaba manchada con la vainilla del helado. La alcoba de Tráquea era contigua a la de Perra Flaca y su esposa. La pared que los separaba no llegaba hasta el techo, error arquitectónico imperdonable porque, mientras crecía, Ulises hubo de oír e imaginar noche tras noche cómo su padre -en prolífico y ciego afán reproductor y machista- coitaba con su madre, la mayoría de las veces a juro,  puesto -¿supuesto?- que los gemidos de ella no eran de placer cuanto sí de fastidio.  Helo ahí, -aventuro yo, fungiendo ¿fingiendo? de psiquiatra- quizás el origen de su apetencia por la sexualidad incorrecta, por la carne del mismo género. Serían las dos tres cuatro de la madrugada cuando, a través de la pared incompleta, Perra Flaca oyó gemidos provenientes de la alcoba de su primogénito. Salido de la ropa y de casillas, abandonó la alcoba matrimonial, penetró en la de su hijo y lo encontró revolcándose, desnudo de la piyama amarilla, sobre el piso, babaza en boca y estertores roncos en garganta. Lo levantó con ira del suelo y con la misma le gritó que si había ido a drogarse a la casa era mejor que se largara y con un par sonoro y fuerte de bofetones lo tiró abajo de nuevo. Antes de caer, Tráquea ya era otro cadáver más de los muchos que en el mundo han sido. Se había engullido la pastilla del cianuro potásico y nada era posible hacer para reversar el suicidio. Esa mismísima mañana, con el sol abandonando su escondite oriental y después del cantarín despertar de las aves madrugadoras, a toda prisa y a la chita callando, sus padres y sus hermanos todos y todas aterrorizados, no tanto, pero también, con la muerte atroz de su primogénito cuanto sí por los comentarios de vecinos, colegas y amigos, corrieron a enterrarlo en el camposanto que la mala interpretacción del libre albedrío había destinado para suicidas, presbiterianos, masones, anglicanos, protestantes, mormones, luteranos, francmasones, ateos sin reversa, anatematizados, calvinistas, nadaístas, troskistas, amancebados, anglicanos, comunistas, excomulgados, apóstatas, librepensadores, anabaptistas y otros sujetos de baja ralea y peor estofa. Lápida no hubo. Ningún cura, sacerdote o padre quiso hacerse responsable de los responsos, así que Tráquea se fue quién sabe para dónde sin el pasaporte católico, apostólico y romano, tal y como debe ser, así me sindiquen desde el púlpito de lo que se les dé la gana sindicarme. Amén. Para que fuese posible, en el futuro, saber la ubicación de la tumba de Tráquea, Perra Flaca, sobre el cemento fresco y con un gajo de guayacán joven que estaba a punto de su primera floración amarilla, escribió las iniciales del fiambre y la fecha del insuceso. A renglón seguido y casi sin interrupción, acobardados, tristes y acongojados, toda la familia sobreviviente, excepto el descastado padre, quien deambuló perdido en los alcoholes durante muchos años por las calles y avenidas de mi patria chica que grande es pero quién sabe si será, se largaron con sus cutes, corotos, baúles y pesares, vía aérea y en Douglas DC3, rumbo a la bella villa a hablar y soñar en antioqueño. Rumores decían que el finado, por propia voluntad, había dejado entre las sábanas dos cartas manuscritas: una para Magnífico Varoxa, común amigo no común, y otra para mí. Nunca las recibimos, nunca las leímos, nunca las guardamos. Siempre las añoramos.

 

Meros rumores, aunque del rumor algo queda. Queda la duda. Y, ante ella, no hay Descartes ni descartes que sirvan.

 

En el 1.973, siete años después, la separada esposa de Perra Flaca llegó sin previo aviso al Hotel De Siempre en busca de posada. Vengo por los restos de mi adorado hijo, explicó a mi madre, y quiero que el suyo me acompañe en todas las diligencias que debo hacer: certificado de defunción, dictamen del médico legista, permiso de exhumacción, franquicia aérea para llevar los restos en avión hasta Medellín, Antioquia, y otros más papeles que alcahuetean la existencia maldita de la burocracia. Encantado dije que sí y esperanzado pregunté cuándo será ese cuándo. Mañana tempranito, respondió la madre, doña Aura Maya, con agradecimiento húmedo y llanto seco en las pupilas. A las siete y media de la mañana del día siguiente, la madre, en pie de paz, y yo, en pie de guerra, desayunamos huevos revueltos -juntos y no revueltos- como suelen hacerlo quienes van a laborar largas jornadas tristes: opíparamente. Antes de acompañar a la madre de Tráquea me escabullí hasta el solar en cuyas gramas y pasturas años atrás un elefantico llamado Lunes había pasado una temporada edénica y fumé marihuana samaria sobre el mismo punto en que el paquidermillo defecaba kilogramos. Luego de muchas vueltas y revueltas, firmas, sellos, estampillas, autenticaciones o autentificaciones, permisos y papeleos inútiles, y yo cansado y aburrido de cargar la caja en que la madre guardaría los restos de Ulises, nos dimos a la tarea de buscar y encontrar al guardián del cementerio de los malditos para que nos permitiera entrar y rompiera la pared de cemento en donde aún se podían ver las iniciales del suicida y la fecha aciaga del deceso.

 

Estaba en una tienducha llamada La Última Lágrima, casi ebrio, alegrón y locuaz. Voy, abro y rompo si me pagan, y si no, vuelvan mañana con el señor Plata en efectivo. ¿Cuánto cobra?, preguntó la mujer -que ya no era la mujer- de alias Perra Flaca. Un litro de barsalero. Listo, dije yo, impulsado por la yerba bendita. Listo, dijo ella, empujada por el amor filial hacia un cadáver. Listo, volví a decir, voy, compro el licor y ya regreso. Cuando le entregué el licor al sediento pedigüeño, muy orondo y campante, apareció de repente y sin menear el rabo, el mastín hijo del mastín de mi padre y de la mastinesa del señor Sorzano. Perro sapo, le dije, pero no me paró bolas. Entonces, con el litro de licor bajo el sobaco que sudaba a feo, abrió el oxidado candado de orín cubierto y entramos. Era un mediodía tremendo de agosto y el calor parecía de siderúrgica. Me sentía como todo un personaje de Sir Alfred Hitchcock o de Fritz Lang en pleno trópico sudamericano. El cuasi beodo empezó su labor: fue al cuarto de las herramientas y trajo punzón, martillo, escalera, guantes y un vaso de cristal quebradizo para beber barsalero de las rentas locales o de los alambiques clandestinos, que a veces, aquí en mi tierra, es, son, la misma vaina. Acomodó la escalera, trepó sus peldaños hasta quedar frente a la tumba de mi querido amigo Tráquea, cuyas cartas de despedida jamás Varoxa y yo leímos, y con punzón y martillo empezó a romper el cemento. Yo ya quería otro cigarrillo insano, pero ni modo. Abierta -rota- que fue la tumba, el ataúd apareció envuelto en fétidas brumas malolientes. Se le ve macizo aún, comentó el guardián desde arriba y sin voltear a mirarnos. Quiso atraerlo hacia sí con las manos, pero la humedad, el tiempo y esa atracción irresistible que siente la madera por la tierra y viceversa no lo permitían. La base del ataúd se había adherido con fiereza firme y fiera firmeza al piso de la tumba y era imposible que con la simple fuerza de manos y brazos el beodo lograra despegarlo. Bajó de dos en dos desde el octavo peldaño de la escalera de bambú, puso pie en tierra, se echó al coleto otro de barsalero y dijo voy por una cabuya gruesa, de esas de manear vacas cerreras en potreros. La madre empezó a llorar, yo a sudar. Ambos nos humedecimos. El hombre regresó, dibujando con sus pasos las eses diminutas de quienes están a punto de perder la vertical por culpa del maldito alcohol bendito. Se golpeó la cabeza con las manos, la sacudió y se recompuso. Volvió a trepar, enlazó con la cabuya el ataúd y empezó a halar hacia afuera, cada vez con más vigor y frecuencia, hasta cuando -¡válame dios o el diablo!- tierra y madera se separaron. Con el último y definitivo tirón, el cajón golpeó la quijada, en realidad el mentón, del borracho, lo lanzó desde dos metros lineales de altura al piso y le cayó encima, resquebrajado, abierto, roto. Ulises reapareció sin resucitar, ahora convertido en osamenta, cubierto de hormigas culonas que se abalanzaron sobre nosotros tres, hambrientas como debían estar después de tanta dieta soportar. La madre lloraba a moco tendido, el guardián, mientras restañaba una pequeña herida labial, maldecía su suerte y yo bendecía la mía, que me permitiría el ver a continuación una pesadilla jamás soñada por durmiente alguno antes. (Oí que alguien, a mi detrás, dijo que la pesadilla de otros durmientes es que un tren de alta velocidad les pase por encima y salgan ilesos). Cierre de bragueta, pisacorbatas, diente de oropel -que no de oro-, mancornas, ojales metálicos de zapatos, chapa de cinturón, reloj, que era de pacotilla y comprado a la carrera para que lo estrenara muerto, cadena argéntea con medalla de la Virgen del Agarradero y anillo de grado estaban intactos aunque oxidados. Lo demás, vestido de paño, camisa de algodón trenzado, zapatos de cuero, corbata de seda, medias de algodón, cordones de nylon, pañuelo de lágrimas y ropa interior inferior habíase, con el peso de los años, mudado en polvo y luego en tierra. Eran nada. Eran algo. Eran tierra. Abono, mejor, y del bueno. El hijo de Mas Que Digan, llamado Mas Que Griten las Sorzanas, se limitó a husmear y mear todos los restos. La ex esposa de Perra Flaca pegó un salto y un grito pidiendo de inmediato una manguera de última generación para lavar la orina. El administrador la trajo, y cuando el suelo quedó limpio y separado el oro y el trigo, los huesos de su hijo, de la escoria y de la paja, los orines de mi mastín, ella le acarició el morro al perro, agradecida y arrepentida. El animal, orgulloso, perdió el interés y se refugió bajo la sombreada umbra de un caracolí quebradizo y vejete que se vino abajo un año después de un intenso verano de diez meses y diez y ocho días con sus noches. Quien nos viera metidos en estos bretes jamás se lo creería: tres individuos, a cual más irritados, sudorosos, sorprendidos, mordisqueados, llorosos, incómodos, agitados, cansados, afligidos, ebrios y drogados, sentados en el piso bajo una resolana de suplicio, atacados por hormigas culonas y dados a la sorprendente tarea de inventariar los ¿cuántos? huesos de un esqueleto. ¿Dónde está el esternón, dónde los húmeros, ya aparecieron las rótulas, quién tiene los omóplatos, y cómo hacemos con todos los huesecillos de pies y manos, y esto qué es, una costilla falsa o verdadera, y el astrágalo, y quién encontró la pelvis?, llame Jacinto por favor y por teléfono público a su madre para que diga cuántas son las vértebras y cuántas las costillas y cuántas falsas y cuántas verdaderas, no, qué la voy a llamar, ella no lo sabe, mejor cojamos papel y lápiz y vamos anotando cada hueso que aparezca y le ponemos un chulito al frente, dije. Terminada esta macabra contabilidad que nos exigió repasar de la a a la zeta nuestros conocimientos de anatomía humana, la madre y yo, bajo la torcida mirada del borracho, procedimos a empacar el esqueleto desarmado de mi amigo, cuya calavera a veces parecía sonreírnos. Luego de preguntarnos si el esqueleto estaba completo y de aceptar nuestras sólidas dudas sobre el número de costillas reales y mentirosas, falsas y verdaderas, vértebras y huesecillos de pies y manos, lo óseo que quedaba de Ulises halló cupo fácil en la caja que yo llevaba, a excepción de los fémures, que no entraban ni en diagonal ni a la brava. Yo arreglo eso, preste a ver, dijo el casi ebrio total, y de súbito, arrebatándolos a la compungida madre, en un dos por tres que no daban seis, los partió en dos, golpeándolos contra un vertical de la escalera, para, acto seguido, embutirlos de chaflán entre la caja. La madre trató de llorar pero no pudo, ya estaba seca su bolsa lacrimal. Yo, en rapto extravagante del cual me ufano, aproveché la confusión de mis acompañantes y robé una vértebra, que con presteza escondí en el bolsillo delantero izquierdo de mi pantalón de lino barato y nos marchamos para el hotel. Creo que me merezco otra botella de barsalero, alcancé a oír que en la distancia parecía pedir lejano el guardián del campo no santo. Pero ya era tarde y lejos para cumplir su deseo. Cerca de las cinco casi en punto de la tarde, que pintaba fría, los cuatro llegamos al hotel y los dos humanos aún vivos procedimos a contar los huesos de ráquea. De doscientos seis que son, después de averiguar con el francés Larousse, tenemos doscientos tres, así que tan solo perdimos tres, dijo la antioqueña, a instantes de gemir después de nuevo. Nos dimos, por separado, una ducha rápida y tibia y fuimos al encuentro con mi madre. Su hijo se portó muy bien, pero el mío no, dijo la antioqueña y rompió a llorar. Mientras Tráquea descansaba de la muerte y se acostumbraba a su nuevo domicilio en la alcoba que su madre había rentado, ella y mi madre, afuera, en el patio principal, se aplastaron en sendas mecedoras y balancearon una charla que nunca las hizo reír, ni sonreír siquiera. A continuación, serias aún, fueron a cenar, pero ninguna de las dos casi probó bocado alguno. Su inapetencia era explicable y a continuación comprensible. Dado que ya no había nada sobre qué hablar, se separaron, la una a dormir junto a la osamenta de su hijo amado, descuadernado, con toda seguridad incompleto y mal partidos en dos sus fémures, y la otra a terca continuar con las labores domésticas que el buen servicio del hotel demandaba. Ni quince minutos habían pasado cuando la caja apareció en manos de la antioqueña. No puedo dormir con él adentro, explicó concisa y con algo de atolondramiento en la voz. Mire a ver dónde la pone por esta noche y mañana me la devuelve y se la entregó a mi madre, quien la llevó a una sala particular y privada a la que no tenían entrada los huéspedes y la depositó sobre la mesita de centro. La hermana de mi madre, solterona desde cuando era feto y partidaria del rosario desde un poco más tarde, a los pocos minutos entró, sin encender la luz, que allá en el hotel todos ahorraban desde esos entonces energía, a la sala, presta y dispuesta a rezar los dolorosos de ese día. Sentada Tía sobre su silla de espartano mimbre, rezado en silencio el primer misterio y ya con su visión acostumbrada a la penumbra, vio la caja. Movida por la curiosidad inútil, propia de las solteronas vírgenes, suspendió la cuenta misteriosa, se puso en pie, no de guerra, sí de curiosidad,  fue hasta la caja y, después de palparla, la abrió. Al descubrir al tacto y al ojo lo que en ella había, pegó un grito y cayó rendida al piso, atacada por un soponcio repentino. Su hermana, la madre mía, acudió en su ayuda, gritó pidiendo agua y amoníaco, le tiró un chorro de la primera y le puso bajo la nariz el segundo. Despertada que fue, a Tía la convencieron de salir al patio a rezar bajo la luz de la luna en menguante, pero ella no quería.

 

-Mejor saquen esa cosa, porque, si no, vuelvo y me desmayo-, amenazó y dijo.

 

-¡Cómo así, Ulises se queda adentro! ¿No ve que es por una noche? Usted, Tía, en cambio, tiene todas las noches que le quedan hasta que muera de inanición sexual para venir aquí a rezar su bendito rosario-, gruñó mi madre, exasperada con la tontería de su hermana menor.

 

Así lo hizo, entre hipos terminó la rezadera afuera, en el patio, y todos nos fuimos a dormir, excepto Tráquea, quien no tenía sueño porque echaba de menos una vértebra. Aproveché la oscuridad, el silencio y el que todos estuviesen roncando para ir con sigilo a la cocina, meter la vértebra en una olla puesta a hervir y con rudo cepillo de cerdas metálicas le raspé todos y cada uno de los residuos de carne humana descompuesta y a continuación la guardé, no voy a decir dónde, pero sí entre algodones. La madre de Ulises, mal dormida y peor despertada, se largó de madrugada fresca, y a bordo del taxi de Culo de Génova, con la osamenta y los húmeros mal fracturados en dos y nunca jamás nunca la volvimos a ver. Si de casualidad aún vive y lee esta historia, quiero que sepa que no la olvidaré. Yo rotaba todos los días el escondite donde protegía la vértebra de los indiscretos durante tanto años, los suficientes para ser declarada huésped anónima del Hotel De Siempre e iba con ella metida y guardada en el bolsillo más grande de mi pantalón a todas partes y cuando de noche o de día nos embriagábamos o fumábamos de la yerba esa, sobre ella le asperjábamos, escupiendo, buches de licor o le soltábamos fumarolas de maracachafa. La vértebra asentía y agradecía con la cabeza. También la fotografiamos, borracha o drogada, pero nadie quiso nunca revelar los rollos. Y le presentamos nuevos amigos, quienes se negaron a estrechar manos y a dar nombres y apellidos. Cuando me casé -sí, por el rito católico, no me jodan-, cometí la torpeza de contarle a mi esposa la historieta de la vértebra y ella, de inmediato, me amonestó.

 

-¡No seas mierda!, ¿qué pasará con Ulises el día de la resurrección de los muertos, cómo podrá caminar si será parapléjico para siempre, y el día ese, en medio de semejante bololó, quién le prestará una silla de ruedas?

Frente a este ataque tan bíblico y rotundo, no pude responder nada, y ella continuó con su andanada.

 

-Si no se la envías por correo certificado a su madre, le contaré a la tuya para que te desherede-, amenazó cortante la mujer que me dio dos hijas bellas.

 

Mentí, aseguré que la enviaría, pero en lugar dello la enterré bajo el ciruelo criollo que crecía fructífero en el solar del Hotel De Siempre. Desde entonces, los dulces de ciruela no han tenido quien los venza en calidad, dulzura y sabrosura, para no hablar de palatabilidades. Yo, el día del bollo de la resurrección de los muertos, le conseguiré la silla de ruedas, lo prometo desde estas páginas que tantas mentiras rezuman.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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