(57) 319 2930843

(57) 318 3269478

 ReVista OjOs.com     JULIO DE 2014

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

TURISTA ACUPUNTURISTA (1.945)

 

Para mi madrina María Luisa y su juvenil sonrisa.

 

 

Por la época cuando ocurre esta suave historia de amistad, que hará llorar a más de una, octubre de 1.945, la sanguinaria segunda guerra mundial, y ojalá última, había terminado y la China, partida en dos hermanas pero fratricidas porciones no exactas por la confrontacción civil, incivil, vil y armada que ocurría entre los partidarios proletarios y comunistas del iluminado Mao Tse Tung y los seguidores nacionalistas del Kuomintang de Chiang Kai Shek, figuraba ahora, al lado incómodo de los Aliados contra el Eje, como uno de los países vencedores merced a su desaforado y esforzado triunfo sobre el derrotado imperio japonés encabezado por Hiro Hito, su esposa Nagako y el sol naciente y a la colaboración logística que permitió a bombarderos gringos, tipo B-17, tapizar de metralla y fuego a las ciudades japonesas, así que la hipócrita y taimada diplomacia internacioanal permitía a los ciudadanos de ese oriental y lejano país viajar por casi todo el mundo entonces conocido sin muchas trabas burocráticas ni papeleos aduaneros o migratorios.

 

Quizás, y debido a estas facilidades que irritarían hasta enrojecer aún más las rubicundas teces de los señorones secretarios de estado de los estados desunidos de la américa del norte en minúsculas bien pequeñas, en su orden Cordell Hull, Edward Reilly Stettinius y James Francis Byrnes, fue como desde Cantón y a bordo de un brioso lunes llegó al Hotel De Siempre una delicada turista llamada Ki Tiang, quien no parlaba nuestra lengua ni dándole con qué.

 

Observada, de cabo a rabo, de pe a pa y desde la a inicial, pasando por la eme intermedia hasta arribar a la zeta final, por la afilada sierra mental y automática que gobernaba los ojos negros de doña Tulia, la graciosa y menudita chinita le cayó en muchísima gracia. Era tan frágil, tibia, transparente e inocente, tan en extremo cortés, bondadosa, sonriente y amable, tan misteriosos y soñadores sus negros ojillos rasgados y tan pequeña la talla de sus zapatitos de madera tierna, que su anfitriona no gratuita se dijo que no la podía dejar ni un instante sola y al garete, desamparada. Decidió, pues, que ella misma, y no camareras, meseras o botones, la atendería en lo relacionado con el aseo de la alcoba, el suministro de la alimentación, el lavado de la ropa, el acompañarla cuando saliera de paseo o de compras, el advertirle no prestar atención a los piropos porque detrás dellos venían los penes enhiestos, el prohibirle que hablara con extraños, así le sonriesen de mentiras y el convencerla de no regalar propinas inmerecidas ni mucho menos suculentas, todos estos consejos, deferencias y atenciones hasta cuando se marchara, maldito día, una quincena más tarde, para las arenas de las en ese entonces desconocidas y no violadas ni holladas playas del municipio de Taganga, situadas en el borde más norteño y caliente del departamento, no cercenado aún y a la sazón, del Magdalena.

 

En esas épocas remotas los días eran plácidos y suaves, y apacibles y tranquilas las noches, sin vehículos, pitos, gritos ni semáforos. Sí robustos árboles en floracción nutritiva y nidos pletóricos de huevecillos posados en equilibrio inestable sobre sus ramas. Volaban las aves, libaban pólenes y néctares las abejas angelitas, sin compás chirriaban las dicharacheras chicharras, el arco iris, muy bien tensado pero no tenso, carecía de timidez y la tormenta lejana era occidental y clara y nos hablaba con relámpagos y truenos.

 

Cuando, en uno de tales días añorables, el segundo de Ki  en el hotel, muy tempranito y en silencio, le llevó a su alcoba un desayuno frugal con pan integral, huevo duro bajo de sal, un par de granadillas, jugo de tamarindo con miel de abejas angelitas y un tazón, esmaltado y sin asas, de agua de panela rubia, doña Sixta y su sorpresa la sorprendieron parada, absorta, fresca y semidesnuda frente al espejo de la pared, con delicadeza suma y exacta precisión clavándose en cuello y antebrazos diminutas agujetas que no la hacían sangrar ni parpadear. La dama china no se inmutó y antes, por el sorpresivo y sorprendente contrario, le sonrió al espejo, que de rebote le remitió el gesto a la estupefacta doña Sixta, a quien ningún otro camino diferente le quedó que no fuera el devolverle la sonrisa. Al espejo, por supuesto. Intercambiaron dos o tres sonrisas extras, siempre con la ayuda de quien nos muestra, sin mentir y a la inversa, cómo nos vemos nosotros y nos ven ellos.

 

Sin que doña Sixta preguntara, la turista cesó de clavarse las misteriosas agujetas, por señas internacionales, manuales y faciales le dijo que tomara asiento en el taburete, que esperara un momentito y fue hasta su maleta de lona burda, de cuyo interior extranjero sacó el dibujo de un cuerpo humano sin sexo definido, atravesado por agujas y con muchas explicaciones escritas en los ideogramas con que los chinos se comunican entre sí y un cartón envejecido, casi papiro, parecido a un diploma que la acreditaba como doctora en la milenaria ciencia de la acupuntura que los occidentales no se tragaban en esos entonces tan edénicos. No con la velocidad de un parpadeo, que un milagro sería, pero sí con la rapidez espontánea de sus dendritas y neuronas sorprendentes y con la ayuda de los gestos y señas de la bonita chinita, doña Sixta empezó a comprender que ahí, en las agujas, había un misterio que bien la podía ayudar a calmar y derrotar algunas molestias musculares, estomacales y vaginales que la agobiaban con frecuencia desde cuando quiso quedar embarazada y no pudo.

 

Después de casi una hora de cruzar gestos, muecas, señales y sonrisas, las dos mujeres, casi contemporáneas, decidieron que la una clavaría y la otra se dejaría clavar. Determinaron que la mejor hora para iniciar las sesiones y sus clavadas sería temprano, en la mañana azul, en ayunas de ningún color y sobre un jergón de paja seca y amarilla que doña Sixta Tulia hizo llevar hasta la alcoba de la médica acupunturista. Ki Tiang trajo una bolsita de gamuza, extrajo dos docenas de agujas nuevas, las puso a hervir entre una olleta sin estrenar y a continuación y con suavidad muy propia en ella las introdujo, aún calientes, en una palangana sobre la cual roció algunas gotitas de aguardiente de alambique clandestino para, durante pocos y cortos segundos, prenderles fuego lento luego.

 

Apenas sintió el primer pinchazo benefactor penetrar en su occipital de hueso duro de roer, su graciosa musculatura se relajó de costumbres, la respiración se tornó cadenciosa, un sopor venido del cielo la arropó con nubes de algodón y de sonrisas, la leve irritación cutánea que la inhibía frente a su marido y al espejo cayó a sus pies y deterioró el baldosín sobre el que ella de pie estaba y porque sus heces no volvieron a encallar en los meandros del duodeno, su digestión y su defecacción fluyeron en adelante en calma. Creyó estar dormida o dopada, pero aún así oía los comentarios parecidos a trinos de jilguero que le susurraba la cantonesa en su idioma materno.

 

Y cuando Ki clavó la última aguja del día, doña Sixta, sonriendo hasta por las uñas, creyó haberse ganado el paraíso sin serpientes, adanes ni manzanas y todos los oasis que en el desierto han sido bienvenidos. Luego desayunaron, rieron, los mutuos brazos se rozaron, doña Sixta le enseñó palabras castellanas de una sola sílaba, le mostró una nueva y sorprendente variedad de margaritas, la margarita reacia, que no se deja deshojar por enamorados no correspondidos y le enseñó los platos de nuestra gastronomía ancestral y grasienta. Ninguno le gustó: son demasiado rudos para mis jugos gástricos, creyó ella que debió pensar su nueva amiga. Y la oriunda de Cantón, a su muy cortés vez, le mostró fotografías en blanco y negro de la comida cantonesa. Todos le gustaron: se ven muy delicados y precisos para mi saliva, creyó ella que debió pensar su nueva amiga. Y reventaron en carcajadas cuando doña Tulia le explicó como pudo, es decir, casi bien, que los patos que Ki  llamaba pequineses, ella y los suyos los llamaban pequeñeces.

 

Fue una suave quincena de veinte días, espectacular, agradable, recuperadora, que doña Tulia jamás olvidará nunca, ni siquiera cuando, malhaya sea, después de muerta y de nunca jamás, la gusanera se la haya devorado toda, excepto su sonrisa y su bondad.

 

Durmió mejor, durante más horas y sin cobijas, para placer de su marido y ¿por qué no? de Pierre Athanase; soñó con intensa nitidez policromada los mejores sueños de su vida futura; defecó perfectas heces sin estreñimiento, con suavidad y sin aromas; el cansancio, cansado de cansarla inútilmente hasta el cansancio, huyó en despavorida estampida de sus tendones, músculos y articulaciones; le reía y sonreía a todo el mundo, inclusive a sus tercos acreedores acosadores que jamás sonreían; cuando felacionaba a su marido y debía genuflexarse frente a él, sus corvas y rodillas no se quejaron más; su tupida cabellera negra se tornó más sedosa, manejable y brillante que en el pasado reciente fue y le facilitó el atársela en cola de caballo de exposición; su orina perdió el amarillo turbio y hosco de la enfermedad y ganó el blanco claro y limpio de la salud; los desayunos, almuerzos, comidas y otras viandas que preparaba y sazonaba les sabían ahora a los comensales a gloria celestial y bíblico maná; matas, flores, enredaderas, arbustos y árboles que abonaba con majada casera comenzaron a sonreírle por los tallos y a saludarla con los pelos absorbentes de sus raíces; la ropa y los corpiños le ceñían mejor las curvas sin peraltes del pecado capital de la lujuria; sudaba menos toxinas y cantaba más estribillos; logró, sin saber cómo, pero sí el porqué, acelerar la enseñanza del español a su benefactora; decidió no cobrarle ni un céntimo cuando para Taganga la chinita se marchara; le insinuó a Tía que se dejara clavar, pero ella, a la defensiva, le replicó, no muy convencida ni convincente, que con el rosario y sus pepitas tenía más que suficientes clavadas; pensó que de seguir así de repuesta, muy pronto, y como respuesta, quedaría embarazada, alegre asunto este en el que estaba empeñadísima desde hacía tres años; y viendo que a su marido Pedro José no le cuajaba el semen como exigen los cánones de la fertilidad ni como es debido para embarazar a las féminas ni los erráticos espermatozoides cabezones encontraban el culebrero camino correcto para llegar al hogar de los fértiles ovarios, le deslizó, empelota y enrollada sobre las piernas de don Pedro, la posibilidad de que Ki Tiang también lo clavara para mutuo beneficio de las partes y de la explosión demográfica que se acercaba a largos pasos gigantescos. Iracundo y ofendido hasta los testículos que reposaban furiosos en el escroto, el insinuado le rebuznó que a él, don Pedro José Calibre y Ruiz, no lo clavaba nadie de este mundo por la sencilla razón de que era él quien clavaba a todos, así fuesen inmundos de otros mundos inmundos.

 

Antes de iniciar la tercera sesión, se topó con Pedro y su guayabo perenne en el largo e iluminado corredor de los pensamientos inconfesables y este le dijo que el aliento della era ahora de alhelíes, si usted quiere mejorar el suyo, que es de ajos, yo le digo a Ki que lo clave, no, dijo Pedro José, ya le dije que no el primer día, así que no cancanee más, ¿no ha visto mi trago?, pues claro que lo había visto y se lo dio y se fue contenta y rauda a que Ki Tiang la clavara catorce veces en los hombros y siete a lo largo de la espina dorsal.

 

Acabada la corta y veloz quincena de placenteras clavadas diarias y sin que le quedase a doña Sixta Tulia ni un solo poro de su divina epidermis por conocer las delicias de los pinchazos milenarios, enjuagadas en lágrimas y lagrimones ácidos y básicos, cubiertas de caricias, abrazos y besos y discutiendo si la una debía pagarle a la otra o la otra a la una, debate que terminó en empate, Ki Tiang logró, con habilidad de judoka, zafarse de los apretones de su amiguísima del alma, meterse de cabeza, con equipaje y llanto y prisa no deseada, en el inefable taxi del señor Culo de Génova, quien, mirándola sollozar y llorar a moco tendido a través del espejo retrovisor, la llevó entre sollozos y frenazos hasta el terminal de los buses.

 

Al día siguiente de su partida, el 24 de octubre de 1.945, doña Tulia quedó embarazada y su esposo asaz orgulloso y más arrogante y orondo que brigadier general pero mucho menos que como comodoro. Y doscientos setenta días exactos después, el 24 de julio de 1.946, a las cinco cero cero horas y sin partera ni anestesia nació, con los pies por delante y el largo cordón umbilical enmarañado alrededor del pescuezo, y ese fue tal vez el único error de Ki Tiang, su primogénito Jacinto.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

VOLVER A COLABORADORES            

 © ReVista OjOs.com

Se prohíbe la reproducción de cualquiera de los contenidos de la ReVista, así como su traducción  a cualquier idioma sin autorización de su titular. Email: fernando.guinard@gmail.com / Teléfono: (57) 318 3269478 - 319 2930843 Bogotá, Colombia