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 ReVista OjOs.com     JUNIO DE 2014

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

HIPOCONDRÍACO (1.975)

 

Para Camilo Umagna Valdivieso

 

 

Los hermanos Alcázar Toledo, opitas engendrados y nacidos en los extramuros de un pequeño poblado llamado Gigante, Huila, eran tres, ordenados por edad, a saber: Rudesindo, Godofredo y Matías, solteros los dos últimos y solterón sin redención a la vista el primero, quien ya de sal y pimienta encanecía en las sienes, largas y rectas como de prócer. Aquí, en donde yo nací y vivo y ojalá muera, Bucaramangracia, los conocíamos como el trío no musical de los Alcázares, vendían telas y trapos nacioanales e importados al por mayor, que no al detal, porque quita tiempo y se gana menos, en los dos Santanderes, Boyacá y la costa atlántica y de seguro malhirió a confianza debían ganar lo suficiente y necesario como para poder arrendar sin fiadores ni letras de pago el mejor apartamento del segundo edificio más alto que por ese añejo entonces rompía con su triangular terraza singular y a cielo abierto las nubes bucaramangraciosas sin provocar lluvias, lloviznas, tormentas ni aguaceros, como muchos temieron cuando construir lo vieron. Y se alimentaban tres veces diarias en el afamado comedor del Hotel De Siempre, en cuyos taburetes y manteles y servilletas de telas surtidas y colores varios a los comensales les eran permitidos el eructar en voz baja y hurgar sus dientes con palillos. Y también allí les lavaban y planchaban la ropa exterior e interior y la lencería toda y completa, les tomaban por escrito y buena letra Palmer los recados, discaban el teléfono, que ya no era de manivela, para llamadas de corta, media y larga distancia y les prestaban las máquinas manuales de escribir Remington o Underwood para que con sus teclas ellas diligenciasen los informes de sus ventas opulentas y veloces. A veces utilizaban el bar para beber y emborracharse a medias o la sala para jugar bajas apuestas al dominó, parqués y tute. Nunca se pelearon entre sí, ni mucho menos contra otros. Sábados, domingos y fiestas patrias o de guardar cama, madre les facilitaba una alcoba gratis de tres camas sencillas y baño privado para que descabezaran la siesta y orquestaran ronquidos. Y nunca metieron ni sacaron meretrices. Y de contera, si andaban cortos y angostos de fondos, algún dinerillo, sin firmar vales ni endosar chequecillos, les prestaba la otrora inculta, pero ahora culta por obra y gracia del espíritu no santo del señor monsieur Larousse, señora Sixta Tulia. Pagaban justo a tiempo en efectivo contante y sonante y queja alguna jamás hubo contra ellos. Parecían ser los huéspedes ideales para un hotel familiar como el de marras. Pero, ni aun hablando popó, la perfección total existe en los humanos: Matías, el menor, desde cuando llegó al hotel todos los días iba hasta donde mi madre y, lastimero y lastimador en veces, se le quejaba por y de todo. Que tengo taquicardia, doña Sixta Tulia, licúe un puñado de mastrante en un poco de agua lluvia hervida de madrugada y antes de cantar el gallo más insomne del gallinero cuele y bébase tres vasos diarios; que tengo la ciática de cruel visita lumbar, pues entonces restriéguese en los lomos un sinapismo de polvos de mostaza o aplíquese cataplasmas tibias de antiplogestina; que me rasca un riñón, trague pitahaya cada vez que pueda o más seguido; que anoche no soñé en colores, jarte agua de panela negra con hojas de lechuga bien lavadas y hervidas a fuego lento diez minutos; que ¿por qué a veces orino blanco puro y a veces amarillo turbio, consuma cola de caballo de ajedrez a punto de dar mate hervida cinco minutos en agua de tubo y no mire cuando mee; que a veces los pedos me salen por la boca y los bostezos por el ano, párese de cabeza sobre las manos, camine dos cuadras así y no joda más. Y tal como lo leen, doña Tulia, paciente, lo recetaba con cualquier bebedizo casero y vernáculo, con ungüentos y menjunjes y con invenciones jocosas de su propio caletre. Y dado que al día siguiente tenía otra dolencia y no la anterior, todos creíamos que madre era muy acertada en lo que a diagnosticar, recetar, inventar y curar se refiere. Y de ñapa gratuita, ¿cómo les parece?, no le cobraba un peso, ni siquiera medio, decían -gemían- los codiciosos corroídos por la envidia. Después de cuarenta y siete días de oírle cuarenta y siete quejas y más quejas y de doña Sixta aconsejarle cuarenta y siete o más remedios y mentiras, ella se reunió con los otros dos hermanos para simular una junta médica y les dijo que ya estaba hasta la coronilla y aun hasta más arriba della con tanta joda, que hicieran algo, que lo llevaran al doctor o al burdel de doña Emperatriz del Busto, a ver si el uno o el otro, por distintas vías, lo sanaban. En sus consultorios los médicos concluían que sí estaba enfermo, pero de la cabeza, es hipocondríaco sin remedio. Doña Sixta, que así se llama mamá, aunque prefería que le dijeran Tulia, nadie obedeciéndola, fue al diccionario Larousse de su marido para averiguar el significado de esa palabra tan sonora y extraña y cuando lo supo concluyó que el problema era mayúsculo. Y en el burdel, las hembras mal maquilladas, empelotas y promiscuas dijeron sonrientes que Matías sufría de disfunción eréctil severa. El señor monsieur Larousse de nuevo le aclaró las cosas para que se tornaran más turbias. El problema no es entonces mayúsculo, corrigióse, es gigantesco. Pero se juró, no ante la Biblia, ayudarlo, aunque por ahora no sabía cómo, con qué ni con quiénes. Ya lo resolveré, mi almohada de plumas de oca es la mejor consejera que tengo, sobre todo ahora que mi esposo ha muerto y no me contesta palabra alguna cuando a su tumba voy a preguntarle sin hablarle.

 

Que tengo hipo, pues, sin atragantarse, que se puede vomitar, métase un vaso grande de agua de un solo trago y no respire ni parpadee; que el insomnio me ha marcado la parte inferior de mis ojos con ojeras, búsquese un acupunturista versado en esta ciencia milenaria que con tan buen suceso me aplicó años ha la chinita Ki Tiang.

Como se ya ha escrito en estas páginas -y también en otras anteriores-, al Hotel De Siempre llegaban por montones y de continuo, por vía aérea, terrestre y férrea, agentes vendedores de cualquier cosa y representantes de laboratorios farmacéuticos nacioanales y extranjeros, entrellos uno salido en extremo del molde tradicional, Alcides Galofre Duque, por sus cuatro costados cartagenero de Indias y muy estrambótico y colorido en el vestir -que en el desvestir ya lo averiguaremos más tarde-, sobre cuya humanidad toda doña Sixta posó sus ojos de gavilán pollero, negros y certeros pero no astigmáticos. Este me servirá para sacarme del lío caudaloso de Matías, se dijo.

 

Me parece que sufro de pterigio en mis tres ojos, sáquele el jugo a una uchuva verde, aplíquese dos gotitas en cada uno y váyase a jugar al tute con Rudesindo y Godofredo, pero masotes, eso sí.

 

A la hora en punto del almuerzo, doña Sixta -pocos le decían Tulia, como ella pedía- se sentó aparte a manteles y servilletas con el tal Galofre Duque, vestido hoy y siempre de colorines opuestos y chillones, le contó el rollo y le dijo que le daba dos días de plazo para que encontrara una solución, que de no, le subiría la tarifa. Pasando saliva y sopa al mismo tiempo rápido, el cartagenero de Indias le pidió que no le subiera la tarifa sino el plazo.

Está bien, dos días y medio, ni un segundo más y se levantó del taburete con velocidad de paloma al levantar vuelo después de expulsar los huevos en el nido.

 

¿Y porporqué cuculos hoy esestoy sufrifriendo dede tartamumudez? Yo quequé voy a sasasaber, sáquequele el jujugo a una zazábila (¿sasábila?) pepequeña y embubútase de uuuuuna vez un bubuen vavasado totodos los días en ayuyunas, en ayuyunas ususted, nono los didías.

 

Al didía sisiguiente (¡coño, se me prendió el hihipo!), cuando vinieron a desayunar huevos revueltos a la mantequilla vacuna y jugo de badea y miel, conferenció con los dos hermanos mayores y les dijo que le había dado un plazo perentorio y largo al doctor Galleta para que encontrara una solución. ¿Y quién es ese doctor Galleta?, preguntó Godofredo. Es el agente viajero de los laboratorios Organón, respondió ella. Ah, sí, ya, ya sé, el estrafalario para vestirse, ¿verdad?, dijo y preguntó Rudesindo. El mismo mismo, replicó doña Sixta Tulia. Bueno, esperemos a ver qué pasa. Sí, esperemos. Y esperaron, no dos días y medio sino dos, que el avaro temor de tener que pagar más por la alcoba le aceleró a Galofre Duque las entendederas.

 

A Tía se le ocurrió que si el doctor Galleta tenía éxito con el hipocondríaco y lo curaba, ella le pediría una cita para que le revisara los dedos, le aceitase como fuese las articulaciones de las falanges y así ella podría pasar las cuentas de su rosario con más velocidad y por tanto ganar más indulgencias de las plenarias, que son las que ante san Pedro, tocayo absurdo de su cuñado, valen la pena.

 

Hoy amanecí con tortícolis. Pues coloque una toalla húmeda, pero no tanto, alrededor del cuello, agárrela por los extremos y frótese la nuca alternando giros bruscos y giros suaves y mañana hablamos; si quiere yo le ayudo y le humedezco la toalla.

 

Medio día antes del tajante plazo, so pena del aumento en la tarifa, el doctor Galleta se apareció en la gerencia con una ascendente sonrisa de sien a sien y de 1.000 a 1.000 y dijo que ya tenía la solución: pediría prestado al doctor Guillermo Calibre Mutis el maletín donde guardaba sus instrumentos, se haría pasar por médico general de vasta y basta experiencia, se encerraría con el tal Matías en una alcoba y allí, en solitario, lo sometería a una prolija auscultacción en la que le hurgaría todos los orificios, le preguntaría todas las preguntas, le mediría todo lo medible, le palparía todos los órganos, le olería todos los olores, aromas y sudores, le pediría que sacara la lengua, se la aplastaría con un palo de paleta lambido, usado y mal lavado y después dijera aaaa y luego eeee y enseguida y por orden alfabético las otras tres vocales restantes, que baboseara, escupiera, gargajeara, tosiera, expectorara, esputara, que se sonase los mocos y se extrajera lagañas y cera, que se arrancase un mechón de cabellos, cejas, pestañas y pelos de nariz para examinarlos con ojos de buen cubero, lupa y microscopio el día después, que orinase en una taza de cerámica de ancha boca y poposease, ojalá blando, en una mica esmaltada para llevar más tardecito las muestras al bacteriólogo de la esquina de abajo y cualquier otra joda más que se le ocurriese sobre la marcha, hasta llevarlo al borde de la humillacción y por ahí derecho a la curacción.

 

¿Aquí queda el páncreas? Sí, ahí mismo queda, ¿por qué, es que le duele? Sí, sí, y muchísimo. Entonces oiga bien: yo le consigo ahorita mismo en la cocina una yerba llamada pincelito, la meto por media hora en medio litro de agua hirviendo y luego sóplese cuatro tazones diarios. ¿El agua debe ser de tubo o de lluvia? ¡Ay, no joda tanto, de la que sea, agua de la que moja!

 

A doña Sixta le pareció genial este sainete médico y le dijo a Galofre Duque que le informaría a los hermanos mayores a ver que decidían y que luego, según fuese la respuesta, le avisaría para que el doctor Calibre Mutis, pariente de su marido, le prestara no solo el maletín sino una bata blanca, el talonario de recetas con el correspondiente lapicero y un vademécum abreviado. Informados que fueron por ella, el par de hermanos mayores asintieron y dijeron manos a la obra. Mi madre les preguntó que si querían ver cómo el doctor Galleta auscultaba a Matías. Sí, sí queremos, dijeron en coro, a la par que se reían. ¿Y cómo hacemos?, preguntaron curiosos a continuación. Eso déjenmelo a mí, que ya yo veré.

 

¿Y hoy qué le duele, Matías? Nada, hoy no me duele nada. Por fin, por fin, lo felicito, mijo. No me duele nada, doña Tulia, pero el espejo me dijo por señas esta mañana que tengo almorranas de las tercas. Mire, oiga, dijo rascándose la cabeza, deposite en una palangana de cobre agua lluvia hervida a cualquier hora, no espere a que se repose, eche luego sobre ella el picadillo de tres tabacos negros de las vegas del Río Girón, remueva con un cucharón de palo o con un molinillo para batir chocolate hasta que el agua absorba el humor de la picadura y antes de meterse a la cama y olvídese del espejo y mientras el agua esté caliente dese un baño de asiento pando. Y si quiere rompa el espejo y si quiere más, voy, le ayudo y de paso me presenta el jopo. O si no le sirve este remedio congele una tira de zábila del tamaño de un meñique adulto y apenas esté bien tiesa métasela por el ano, que yo le ayudo y la empujo con una porra envuelta en pañuelos o rebozos.

 

El doctor Calibre Mutis, quien siempre le llevaba la cuerda a mi madre, loca a veces, dijo que claro, que dígame, que por supuesto y prestó lo pedido, dando de encime unos guantes esterilizados y un termómetro de punta aguda. Cuando el trío de los Alcázares llegó al día siguiente en busca del desayuno, mi madre los dejó que tragaran en paz, pero les dijo después que llegaran una hora antes del almuerzo porque el doctor Galleta, en un rapto de samaritanismo, le haría una inconsulta consulta gratis a Matías. Pero es que hoy tengo sordera y de pronto no oigo lo que el médico me diga. Venga le echo un par de gotas tibias de miel de abejas angelitas en cada oído y listo. Los espero a las once en punto. Y a las diez y tres cuartos o faltando un cuarto para las once llegaron. Matías, obvio, sin dolor de oídos, pero con cara de derrotado.

 

¿Qué le pasa hoy, mijo? Doña Tulia, es que no se me para ni siquiera para masturbarme. Pues muy de buenas. ¡¿Qué, ahora me va a mamar del gallo?! No, es que por suerte hoy el almuerzo es caldo de bocachico del bajo y hondo río Magdalena mezclado con brandy de las Españas o de las Francias y eso sí que alebresta, o si no pregúntele a mi querido marido cuando usted le rece a las ánimas benditas del purgatorio después de que ellas se hayan aplicado un supositorio.

 

Mi madre mandó llamar a Galofre Duque y se lo presentó a los tres como el doctor Galleta. Acto seguido tomó por y de los codos a paciente y médico y los llevó a la habitación XVIII. Pasó luego, sonriente, con los dos hermanos restantes a la habitación contigua, que estaba separada del consultorio de mentiras por un muro de adobe crudo que no llegaba hasta el techo y en donde tres escaleras de sólido bambú los esperaban con los peldaños listos para que subidos en ellos observasen sin reírse ni caerse las maniobras del médico impostor. No voy a escribir ahora todo lo que ocurrió en la habitación 18, que ya lo hice antes, ni tampoco escribiré cuántas veces los mirones de la habitación vecina estuvieron a puntos suspensivos de venirse escaleras de bambú abajo a causa de las carcajadas que pugnaban por salir de sus bocas. Pero mi madre, doña Sixta, que no tiene frenos de aire ni de mano en la lengua viperina que en veces es más mortífera que una bala dumdum, les ha contado a quienes se lo preguntaron que el doctor Galleta le introdujo el índice derecho, protegido por el guante aquel, ano arriba y empelota y dado el tamañón del pene de Matías lo puso en cuatro patas y media, le dijo que como fuera aguantara y mantuviera la respiracción detenida porque le iba a calibrar sus antígenos, a la par que le pedía pujar y decir oh oh oh y después ah ah ah y después sí sí sí pero él decía no no no; que con una penetrante linternita sorda y muda, pero no ciega, le hizo doler hasta el ayayay oídos y narices mientras los iluminaba; que lo volvió a poner en cuatro y medio y empeloto para que el falo le colgara y poder así medírselo con un cartabón de costurera que sobre la hora doña Sixta Tulia le prestó al falso médico; que con un palo de paleta lambido, usado, mordido y mal lavado le bajó la lengua hasta que se le vio la totalidad del muelerío y el sucio comienzo del triperío; que los escasos vómitos que devolvió enseguida se los hizo tragar de vuelta porque quería pesarlo de cuerpo entero después de la consulta en la báscula de la cocina con todo lo que había comido ese día adentro para ver si sufría de obesidad mórbida y morbosa; que con un mondadientes le hurgó el ombligo casi hasta el punto de la sangre y que entre otras muchas barrabasadas más y peores le echó media gota de limón ácido y verde en cada cuenca y con el estetoscopio prestado puesto sobre la espalda del tontuelo le oyó saltar la sístole y el diástole y le dijo que estaban haciendo trocado el trabajo. ¿Trocado, cómo así? Sí, la sístole brinca como diástole y viceversa. No entiendo. Pues mejor que no entienda, a ver, a ver, púyese la yema de un dedo con este alfiler de costurero para medirle el grado de coagulacción. Matías Alcázar Toledo se curó del todo y de todo, no volvió jamás a quejarse, estudió medicina en la Universidad Industrial de Santander y ahora ejerce la profesión de Esculapio, Galeno e Hipócrates con relativo éxito en la Cartagena de Indias. Ojalá el doctor Galleta y su senectud no vayan nunca a su consultorio en busca de ayuda porque su antaña víctima se especializó en proctología y uno nunca sabe, concluyó mi madre, doña Sixta, doña Tulia.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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