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 ReVista OjOs.com      ABRIL DE 2014

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

STEPHEN ANDREW PRINCE (1.959)

 

Para él.

 

 

No bien, y mal para Jacinto y su libido juvenil, se hubo marchado con sus padres de curiosos nombres y apellidos la pecosa rubia Demetria Wallflower, coleccionista de consagradas hostias, hacia el oxígeno de la jungla amazónica y salvaje, arribó al Hotel De Siempre, por vía aérea y desde la paramuna y aterida de frío Santa Fue de Bogotá, Cundinamarca, mal llamada La Apenas Sudamericana, una turística familia bronceada y californiana, de Fresno o Sacramento, se entreveía para más señas obscuras en el confuso registro del ingreso, conformada por tres miembros, dos masculinos y otro no, el de la madre. Y dos bilingües, papá y mamá. Pa y Ma. Robert “Bob” Prince -Pa- había sido candidato republicano y perdedor en los caucus de California, allá por los finales años mil novecientos cuarenta y también vecino de barrio del escritor Raymond Chandler, quien había escrito la otra pequeña hermana de Pablus Gallinazo. El páter familias tenía entre su ejecutivo maletín un suculento contrato escrito, autentificado y leonino en dólares americanos y verdes del Banco de la Reserva Federal por tres meses de onerosa duracción para, a su acomodo y en castellano mondo y lirondo, establecer, organizar y tarifar el valor de las matrículas del departamento de inglés de la recién estrenada Universidad Industrial de Santander, UIS apocopada.

 

 Al chico Stephen Andrew Prince, díscolo, repostero, de facciones agradables, perfil griego, respingada naricilla y ojos de pantera al acecho, sin saber ni pío ni pizca de español o de la jerga local, lo embutieron, a la brava porque no quería, en las jaulas como aulas del inefable colegio del Niño Divino, sui generis institución académica que dictaba clases de primaria justo, e injusto en demasía para Jacinto, quien no podía eludir su asistencia dada la cercanía, al otro lado del hotel, mal pavimentada calle 37 de por medio. Sentado sin argumentos en contra el sólido y macizo precedente irrebatible de su analfabestialismo castellano y grotesco, el californiano fue enviado degradado al primer curso de la educacción primaria, que el kínder aún no había llegado desde el moderno norte a estas lomas en donde la erosión cunde descalza y libre, para que allí se sentase y se sintiese como Gulliver ante sus boquiabiertos paisanos de menor estatura. Marchaban, pues, juntos, él y Jacinto, muy madrugados y recién bañados, peinados y desayunados hasta el colegio y regresaban, de igual manera juntos pero despeinados, para el hotel al fin de la jornada escolar. Fue en este incesante y trimestral ir y venir académicos cuando el uno empezó a barritar en inglés y el otro a rebuznar en castellano. Nos volvimos bery bery frens, tartamudeaba Jacinto, iluso, muy orondo y ¿bilingüe?. Esta fortuita aparición levantó en inglés norteamericano el alicaído ánimo del hijo de doña Sixta, quien creyó hallar en el recién llegado el sucedáneo, casi exacto, porque era de sexo contrario, que tomaría el lugar abandonado por la sacrílega pecosa Openmouth Fastsmile, quien lo había dejado patidifuso y con los crespos púbicos desechos, así que sin saber hablar sus mutuos y contrarios idiomas, por señas y gestos en amigos novatos creyéronse convertir. Jacinto se sentía frente a todos sus contemporáneos un privilegiado que conocía de platos extranjeros, de diferentes acentos para hablar el castellano, de otros idiomas diferentes al suyo y de ver muy de cerca animales extraños a una edad en que sus compañeros escolares apenas si atinaban a chupar colombinas y dedos pulgares y no tenían de quién o con quién aprender otros idiomas y costumbres. Pero para pesar y fastidio del imberbe Jacinto, los intereses altos y bajos del joven Prince apuntaban a otros blancos menos masculinos y más gratificantes. Al blanco de la falda larga o de la vaporosa blusa de manga sisa o del pequeño sutián acostumbrador de su silente hermana Wenceslaíta, de cuyos labios, lóbulos y rizos, apenas la vio al día siguiente de su llegada, morenita clara y menuda como él, se encaprichó con la perseverancia de los ególatras que se creen seductores y con la terquedad de los seductores que se creen ególatras, sin ser, para su propio descrédito, ni lo uno ni lo otro. Jacinto maldijo su pésima mala suerte, encarnada ahora en su hermana menor Wenceslaa, quien siempre le había escamoteado las posibilidades de entablar amistades fuertes con adolescentes de su mismo sexo masculino y birlado las contadas oportunidades para requebrar y de pronto hasta manosear, besar y morder adolescentes de su contrario sexo femenino. Y ahora, de roñosa ñapa, resulta que mi propia hermanita es quien me roba la atención de Stephen y la posibilidad de engrosar mi listado de amistades. Acusó este golpe bajo, lo envolvió con fallidas esperanzas de mejores futuros hipotéticos, se lo tragó sin babas en dos días de mucha sed de amistades, decidió que mejor cuidaría de su hermana y se dispuso a oficiar de vigía, no fuese que a Stephen Andrew el lujurioso calor cupídico del Trópico de Cáncer le arrebatase la prudencia y la castidad no pudiese vencer a su lujuria. Apenas llegado sudoroso del colegio, el californiano, después de extra rápida ducha sin jabón, se hacía con Wenceslaa el pendejo encontradizo, le sonreía sin motivos y le obsequiaba cajas y cajas de chicles Clarks para que, mascándolos, ella mejorase el aliento y los besos le supieran a rico mentol, pensaba celoso Jacinto Calibre. Y no se equivocaba porque su madre, suspicaz como si pitonisa o sibila fuese, ya estaba tras el humo sospechoso y espeso que despedía la encaprichada y cabecidura cabeza de Prince.

Doña Sixta sueña, con el señor monsieur Larousse metido entre sus piernas sin várices, que le espetaba a Prince ¿usted qué es lo que se trae entre manos y entre piernas con respecto a Wenceslaíta? y como el aludido, abochornado, bobalicón y con cara de yo no fui pero sí, no decía mu ni en castellano ni wow en inglés, lo volvió a requerir: no queme tiempo, pendejo, conteste a ver y ahí, de repente, se acabó el sueño y si hubo más, no lo recuerda.

 

Para quitarle al californiano tiempo libre que pudiese mal emplear bien en sus regulares avances de conquista, Jacinto Calibre se lo llevaba, por las buenas o por las malas, para las cercanas Chorreras de don Juan García, de cuyas mansas aguas puras capturaban, a mano limpia o con de mocos sucios pañuelos, peces gupis en cantidades multitudinarias para luego encarcelarlos en olletas, baldes, toneles y palanganas. No tuvo éxito con  esta estratagema y la recompensa fue al revés. Aunque sí alejaba al gringo de la tentacción de tentar a su tentadora hermana, no era por mucho tiempo porque Prince la buscaba, aun con lupa y por todos los hoteleros recovecos para obsequiarle más chicles Clarks y los pejecillos capturados, en especial machos jóvenes, mucho más fermosos y coloridos que sus consortes grises, apáticas y sin donaire.

 

Wenceslaíta tenía un terco eczema en el pliegue derecho del antebrazo, un broto, decía su madre, que la atormentaba con frecuentes piquiñas inoportunas rascadas por  Stephen con las yemas de los dedos, los pómulos, mejillas y punta de su nariz. Tal fue lo máximo que sus cuerpos se acercaron, creemos, porque, aunque la pipía del gringuito se erectaba, jamás pasaron a mayores dislates.

 

Un día domingo que se estaba anocheciendo a doña Tulia le corrieron a avisar que Stephen Andrew se había aparecido con un acuario de regular tamaño, el primero que toda la familia Calibre Guane había visto en su vida, y se lo entregó envuelto en papel regalo de fantasía al blanco de sus apetitos, a quien, solícito, acompañó ese mismo día para decorarlo con arenilla y plantas acuáticas y dotarlo de un filtro riguroso que oxigenase, vía agallas, las branquias de los gupis. A partir de ese maldito día se les veía juntos y arrobados mirar cómo los peces parecían volar y planear, no flotar, en el agua, cómo el arrebatado y colorido macho arqueado mordisqueaba los asexuados costados de sus hembras bailando un embarazador ballet y cómo salían, vivos y del vientre, nutridas hordas de diminutos pececillos más feos que gusarapos y ajolotes, más cabezones que las cebollas incapaces de hacer berrear a doña Sixta y más ojones que las piñas de Lebrija, Santander del Sur. Esto va mal, casi que requetequemal, pensaba doña Tulia, mirando, sin ver, a su Jacinto. Esto va peor, casi que pésimo, aseguraba su hijo, viendo, sin mirar, a su madre. Los dos daban, sin apuntar, mirar o ver, en el blanco.

 

La madre de Prince, la señora Hope, muy a gusto su paladar extranjero con la sazón de los alimentos que golosa ingería tres puntuales veces diarias, para el cumpleaños de doña Sixta Tulia le regaló una espectacular, acerada, sin estrenar, transparente y novísima olla a presión Pyrex, fabricada en las instalaciones de la Corning Glass Works Inc. en 1.936 y diseñada el año anterior por míster Jesse Littieton y su ingenio termodinámico y vítreo para cocer, hornear y freír alimentos, según leía y traducía muy juiciosa la señora Hope en el catálogo adjunto. La cumplimentada doña Sixta Tulia, reacia a aceptar las truculencias de los gringos de popó, poco la usaba y pese a las constantes recriminaciones corteses de la señora madre de Prince, acabó por tirarla a la bartola en el cuarto cruel de los cutes moribundos, inservibles e inútiles, sin obstar el que la olla gozara de perfecto estado de culinaria salud.

 

Stephen cogió el rábano por los cuernos y el toro por las hojas, la rescató de la penitenciaría en donde purgaba una condena injusta y la usó para, en la dulce compañía de una lela e ilusionada Wenceslaa, hervir, en el fogón de la cocina y a fuego lento y vivos, a los peces, tantos y tantísimos que había en ollas, tinajas, chorotes, palanganas y toneles. El espectáculo era macabro y asqueroso. Los gupis se retorcían enloquecidos de calor y horror, se estrellaban de cabeza loca y dura contra las transparentes y herméticas paredes interiores del utensilio torturador e inútilmente brincaban cada vez más calientes y ardientes contra la tapa en búsqueda de un escape frío o tibio que les permitiera liberarse de este acuático holocausto. Mientras la tiernita parejita de tortolitos colomboboamericanos del norte, asida de las manos, miraba, los pececillos morían hervidos todos y sin excepción, unos más veloces que otros y otros menos lentos que unos, según el ajuste del termostato particular de cada quien. Dona Tulia, enterádose que hubo, de mala manera se arrechó primero contra su hija, después contra Stephen y viendo que los chicos no le paraban bolas ni cuadradas ni redondas y seguían con la masacre como si nada les importase un sieso o un comino, arremetió furiosa contra la distraída señora Hope, esperanzada en que su buen y sesudo juicio pondría fin a la matanza. Así fue: se fueron juntas para el solar y allí, bajo las atónitas miradas mudas del groenlandés, quien estaba a punto y coma de regresar a su madre patria y del alcaraván llanero, que también estaba próximo, pero no tanto, a retornar a la madre tierra, la olla a presión transparente volvieron añicos, flecos, astillas y esquirlas a golpes y maldiciones de boca, labios, lengua, pico, porra, barra y azadón. Ardidos hasta los tuétanos, Wenceslaa Calibre Guane y Stephen Andrew Prince empezaron a urdir y tramar un desquite que los resarciese de la desaparición forzada, súbita e injusta de la moderna olla a presión y transparente. Se les veía y oía cuchichear por rincones, corredores y pasillos y en momentos en que sus respectivas madres se hallaban ocupadas, la criolla en preparar la comida y la gringa en tragar las viandas que la criolla le servía. Tantos susurros, bisbiseos y cuchicheos los llevaron a ejecutar otra crudelísima acción contra las grisáceas hembras gupis que nadaban en embarazoso estado de preñez.

 

Conocedores de primera mano, en vivo y en directo, porque lo habían visto a un palmo de sus narices, de que esta variedad de pececillos es vivípara y no ovovivípara, durante toda una tarde sabatina se dedicaron a, con una recién comprada cuchilla Gillette de doble hoja, tasajear los vientres, apretarlos y hacer saltar entre una taza a los bebecillos recién nacidos, práctica abortiva y horripilante. Los así de mal modo paridos bajo este bárbaro método, que pretendía remedar las cesáreas más antiguas que el inmundo haya conocido, sobrevivían, no así sus madres, quienes, desangradas y atónitas, entraban en agonía frenética y mortal de veinte segundos de duracción casi instantánea y luego eran lanzadas como desdeñado desecho a las turbias alcantarillas y albañales. Las sendas azotainas, una en castellano y otra en inglés norteamericano, que, una vez descubiertos sus rastreros asesinatos, recibieron glúteos y muslos de estos vampiros piscícolas parecieron surtir los correctores efectos pretendidos porque jamás volvieron a arremeter de tales modos sanguinarios contra los gupis y sus acuáticas esposas preñadas.

 

Pero, ardido y deseoso de una anónima vindicta, el jovenzuelo Prince y su malsana inteligencia, en la solitaria compañía de sus respectivos sí mismos, de noche cerrada se dedicaron a esconder entre las pavesas y cenizas del fogón y del horno totes y martinicas Vaquero para que al día siguiente, en el frío y desconfiado amanecer, cuando doña Sixta o la cocinera mayor fuesen a encenderlos, el estallido de la pirotecnia escondida las asustase de repente y sin justa causa, a no ser que la venganza lo sea. Sin testigos visuales en su contra, Prince no pudo ser sindicado de esta pirotécnica broma, así todos los indicios lo señalasen como el único que albergaba en sus ventrículos y aurículas un desquite por cobrar en efectivo. Este bobarrón pasó de agache, le escupía doña Sixta al espejo de la alcoba, pero algún día caerá, va la madre si no, volvía a escupir, esta vez contra los inocentes baldosines.

 

El joven Prince invitó a Wenceslaíta y a Jacinto, su cuñado hipotético, para que en su compañía fueran al solar pues quería enseñarles allí y en secreto un infernal método para acabar con los alacranes que impedían a los pies caminar descalzos. Fueron y observaron cómo el gringuito con paciencia que Job envidiaría capturó uno de esos tales bichos tan venenosos, sin que le temblara el pulso ni la voluntad lo introdujo en una cajita de fósforos, sobre la grama levantó un cerrado cercado de palitos de paletas ya chupadas, con rostro de verdugo veterano lo roció con aguardiente, metió dentro del cercado al alacrán y le prendió fuego, sin importarle el que Wenceslaa berrease del terror y su hermano corcovease de la risa.

 

Wenceslaa Calibre, confundida, irresoluta y ambigua o laxa en sus decisiones, se comportaba con Stephen Andrew según el enigmático vaivén de sus sentimientos encontrados, ora le prestaba atención y mano para que la sobase y ora siguiente inventaba jaquecas leves, migrañas tercas y malestares cobardes para que no, pero doña Sixta y su hijo estaban convencidos de que su hija y hermana estaba a punto suspensivo de bajar los puentes levadizos de su guardia desarmada, abrir la boca y los brazos y no cerrar las piernas, sin várices, como las maternas. Pero antes de que lo anterior sucediese y Wenceslaíta cediese ante los bilingües requerimientos y acosos de su galán californiano y abriese sus muslos para que él en ellos entrase a saco, los estudiantes de inglés matriculados en la UIS, maltratados los bolsillos de sus padres y madres por las altas tarifas que el padre de Prince, “Bob”, había ordenado cobrar, salieron un sábado en la tarde, embravecidos y desordenados, por las calles y carreras del centro de Bucaramangracia, prontos a manifestar su unánime rechazo con gritos y pedradas. La popólicía municipal a pie incoherente y dos solitarios remedos de carabineros acaballados a horcajadas en un par de caballitos, que más parecían hipocampos por su pobre alzada, los enfrentaron y les hicieron retroceder a las primeras de cambio. Un caótico corre corre llevó a los dos bandos opuestos hasta portón y zaguán del Hotel De Siempre y alertó a Jacinto, Wenceslaa y Stephen, quienes, curiosos, se asomaron a ver en qué terminaba todo este peligroso merequetengue tan bullicioso y aturdidor. Observado por el californiano el par de mustios caballitos de poca monta y nula enjundia y sin saber las causas ni los motivos de esta revuelta que ya iba para motín, en español mediocre y muy veloz les dijo a los hermanos Calibre Guane que lo esperaran un momentito o dos mientras él iba hasta la alcoba de sus padres en busca de la solución que acabaría con este batallar cuasi deportivo entre popólicías y estudiantes de los de antes. Cuando regresó traía en sus manos gran cantidad de canicas y pepones para jugar tres hoyitos, los repartió entre sus dos perplejos amigos colombobianos, dando mal ejemplo del bueno y en compañía de sus amiguillos lanzó las maras a los cascos de los rocines y ahí fue Troya: los minúsculos y torpes equinos las pisaron, pisotearon, resbalaron, trastabillaron y cayeron a tierra, trayéndose consigo y al suelo abajo a sus jinetes y a cinco o seis de sus compañeros de a pie y abriendo una creciente brecha por donde la juventud, que se quejaba con todo el derecho de su parte, arremetió a paso de carga y obligó a la tropa a recular hacia la derrota. Los muchachos alegres e invictos quedaron dueños del campo y algunos se acercaron agradecidos al hotel para felicitar a esos tres héroes que les habían dado una buena mano, suficiente para que se apropiaran de la victoria que siempre suya ha sido. Pero el internacional trío que con esta insólita estrategia había facilitado la risible huída de unos y el inesperado triunfo de otros ya no estaba presente: doña Sixta y la señora Hope, alertadas por el escándalo y las estridentes advertencias del botones y del portero del hotel, agarraron a sus sendos hijos y los arrastraron de las mechas hasta esconderlos en el cuarto de ropas, bajo sábanas, cubrelechos, toallas y cobijas. El esposo de la señora Hope, míster Robert “Bob” Prince, cuando por chismosa boca lambona del comandante de la popólicía municipal se enteró de que su propio hijo había sido el líder de la revuelta estudiantil que pretendía, y al final logró, echar abajo y al traste sus antieconómicas recomendaciones, no pudo soportar esta aleccionadora ironía, tomó a su hijo por el pescuezo, lo llevó de rastras hasta el totumo criollo del solar, le ató una cabuya gruesa en un tobillo, amarró la otra punta al tronco del árbol, trajo un parasol, un jarrón de agua al clima, dos bacinillas oxidadas para sólidos y líquidos, un cojo taburete rústico y un jergón desaliñado y en inglés californiano y rabioso que más parecía jerigonza le espetó a Stephen Andrew que ahí permanecería, a la intemperie, noche de luna y día de sol, hasta el martes próximo, feliz fecha en que la familia retornaría a Fresno o Sacramento. Stephen presentó resistencia física y verbal, se defendió como atrapado puma patas arriba, pretendió escaparse del agarrón paterno, le atizó en las canillas dos o tres inútiles patadas juveniles, puteó en vano, castellano, inglés y spanglish, escupió, chilló, contorsionó y lanzó llamaradas por los botafuegos de sus ojos negros de pantera. Atado como sin remedio estaba al tronco del árbol de totumo, Prince logró lo que no pudo en el pasado reciente, cuando con veloces patas, manos libres y lengua larga cortejaba a Wenceslaíta, tímido embrión de mujer que nunca se decidió a dar el triple salto no mortal de la sexualidad tomada por asalto. Hasta el día de su retorno a la siempre en verano vacacional California, la hermana de Jacinto, muy acomedida y solícita, en portacomidas y con puntualidad inglesa, o al menos bostoniana, esperanzada le llevaba al iracundo prisionero desayunos, almuerzos, comidas y tentempiés, con la manguera a presión de última generación y con la incómoda ayuda no solicitada de la señora Hope, por fin ahora su suegra momentánea, lo bañaban, para ahorrar agua, con la ropa interior puesta al revés, le leía con muy buena dicción las fábulas de Esopo, Rin Rin Renacuajo y Alicia en el país de las maravillas y del espejo, con crema dental Golgate y no Pepsodent ni Kolynos le cargaba el cepillo de los dientes, abría y cerraba el parasol según los vaivenes de lluvias y resolanas y por las noches, que parecían las de la iguana aquella ser, con retardadora fruición se acariciaban a tientas poros y epidermis hasta encallar, ambos, juntos y revueltos, en los sendos romos y yertos bordes afilados del orgasmo y la eyaculacción no consumados.  Nunca se supo si en efecto hubo o no penetracción táctil, manual, lingual o fálica y si doña Sixta, con sus mayéuticas tretas acaso pudo lograr que su hija soltara prenda y dijera la verdad y nada más que la verdad, así fuese mentira, jamás a nadie se lo confesó después. Jacinto cree que no hubo ruptura ni fisura del himen porque, desde cuando la familia Prince regresó a su patria chica, a su hermana, mientras lloraba agridulces lágrimas de amor y duda, se le veía el mismo rostro que muestran quienes, en la puerta del horno y sin candela, han dejado quemar su pan.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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