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 ReVista OjOs.com     MARZO DE 2014

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

AVIADOR (1.962)

 

Para nuestro capitán Arturo Niño Morales. (QEPD)

 

 

Diez y siete años después de finalizar la segunda guerra mundial, a dormir, soñar, roncar, comer y eructar en el reputado Hotel De Siempre la BIP trajo al británico, y casi sir de la reina, Arthur “Boy” Collins, para que desde el aire, con binóculos y a bordo de una avioneta mono motora radial De Havilland Beaver vigilase sus depredadoras torres de perforación y extracción, oleoductos y cañerías del Catatumbo. Los diez y seis años aún no cumplidos que a la sazón tenía el adolescente Jacinto en sus costillas falsas y verdaderas quedaron sin reversa alguna hechizados y lelos por la cinematográfica presencia de este caballero del aire que con sus chaquetas de peludos cuellos blancos, chamarras en cuero de becerro legítimo, lustrosas botas negras media caña y ovoides antiparras deportivas parecía encarnar dentro de su gallardo porte todas las aventuras y piruetas que tan solo podían ser vistas en el celuloide del mentiroso Hollywood, California. Obsequioso y sumiso como era frente a todos los extranjeros que se le pusiesen a tiro de as, se le presentó sin su permiso como el hijo primogénito de la propietaria del hotel y le dijo, guiñándole un ojo pícaro, que cualquier cosilla que le fuera menester se la dijera y él, presto, se la conseguiría en un dos por tres que para sorpresa de las tablas de multiplicar darían siete y pico. Pero como todo ser humano británico flemático e impasible que se respete, este garboso aviador, vigilante de tuberías aptas para que a través dellas se deslizase el contaminante oro negro, se hacía bobo distante, sordo, pingo, distraído y desentendido y aun sabiendo hablar regularmente bien el castellano, le contestaba en cockney, el más difícil de entender entre los dialectos de los bajos y altos fondos londinenses. Jacinto no se rendía, le cargaba a tuche sus maletas, le sobaba las chaquetas y le lambía las solapas, le buscaba taxis y le compraba cigarrillos Pall Mall, en acto de vil abyección rastrera embolaba sus botas, botines, zapatos y mocasines, sin ser mesero ni cocinero de profesión pero si de ocasión, le servía batidos, refrescos, galletas, emparedados, zumos naturales, le calentaba tintos excitadores y le tibiaba digestivas aguas aromáticas, tisanas, tés y consomés contra el trasnocho y, en el colmo de la lambonería más rastrera que imaginarse puedan, le traía desde las librerías Iris y Lima arrumes de catálogos de cazas y bombarderos de la segunda guerra mundial que el inglés nunca quiso leer porque le dijo a Jacinto, con áspera pedantería y subiéndole la admiracción que ya por él sentía: yo ya he volado en ellos, chino marrica. Jacinto, para poder ponerse a su altura de hombre sin plumas de los aires y tener temas de qué hablar con el inglés, quien se le quería hacer el inglés, empezó a leer en sus ratos libres, que muchos eran, los catálogos despreciados por Arthur y en poco tiempo se puso al día y al tanto en todo lo relacionado con los aeroplanos Bayerische Flugzeuwerke Bf-109, mejor conocido como Messerschmitt Me-109, Focke Wulf Fw-190, Vickers Supermarine Spitfire, Hawker Hurricane, Mitsubishi A6M Zero Zen Seke, North American P-51 Mustang y B-25 Mitchell, Boeing B-17 Flying Fortress y B-29 Superfortress, Consolidated B-24 Liberator y PBY Catalina, los fermosos Lockheed P-38 Lightning, los contrahechos Junker Ju-87 Stuka, los suicidas aviones kamikazes y muchos otros aviones más que aquí no se detallan por aparente modestia, hasta lograr en algo ablandar las seriedades del británico, quien terminó por confesarle que él había sido a todo lo largo de la segunda guerra mundial un hábil y mortal piloto de los esbeltos cazas Vickers Supemarine Spitfire y Hawker Hurricane y que tenía en su invicto palmarés más de treinta y cinco, casi cuarenta aviones enemigos derribados y comprobados, el primero dellos sobre la campiña francesa recién invadida por los pardos en Mayo de 1940, un contrahecho y jorobado Junker 87 Stuka o Sturzkampfflugzeug y el último, un FW-190 en las congeladas orillas del bajo Rhin por los primeros días de Mayo de 1.945. Jacinto brincaba de la mucha dicha y se tornó más servil y obsequioso con el as y con el héroe, ahora venido a menos porque de eficaz defensor de las nubes de su patria había devenido en un simple cuidandero desarmado de tubos contaminantes y ladrones.

 

Arthur “Boy” Collins, un tanto misógino y distante con nuestras féminas criollas, a quienes no cortejaba porque quizás las creía genéticamente inferiores y muy lejanas de su altura inalcanzable de divo de los aires o porque seguro era un flojón para cortejar y requebrar con éxito, junto al mortificante correr de los días de noches solitarias sobre su cama doble y solitaria, empezó a sentirse atraído por la magnífica estructura ósea y curvilínea aún de doña Tulia, viuda reciente y sorprendente, y empezó sin tapujos a tratar de cortejarla, primero con ramos de rosas rojas a las que les amputaba con cortaúñas las espinas, después con enlatados ultramarinos, luego con libros de cocina inglesa que él se ofrecía a traducirle de noche en su compañía y finalmente invitándola a dar un paseo aéreo para que observara la lejana curvatura del horizonte terrícola.

 

Ella, halagada pero retrechera, decíale que tal vez, que quizás sí a las rosas, que puede que a los enlatados y acaso al libro de cocina si él lo traducía en solitario, pero que volar por ahora no, que de tardío pronto la semana entrante o que un día de estos u ojalá de los otros.

 

El as de la Royal Air Force, ahora simple piloto de observacción aérea, malicioso recordó que en los primeros días Jacinto le había dicho con picardía que en un dos por tres que darían siete y pico le conseguiría cualquier cosa y sin pensárselo dos o tres veces -que ahora sí resultaron en perfecto seis- le dijo de súbito que si lo ayudaba con éxito en los cortejos a su madre, él lo llevaría a volar en una doble comando Piper PA-18 de enseñanza. Jacinto, quien ha debido pensarlo mejor, entusiasmado con la posibilidad de emular a los pájaros y derrotar a las nubes, le dijo que con mucho gusto y empezó a asediar a su madre con comentarios benevolentes sobre el héroe británico, que no bebía ni gota de licor, que con seguridad era casto pero no virgen, que debía tener muchas libras esterlinas, chelines y peniques en los bancos de la isla de Man y que a él le hacía falta un padre que lo llevara a los cielos en avioneta, ya que Pedro Calibre cuando volaba lo hacía solo, en tierra, ebrio y sin compañía alguna. Doña Tulia, con excusas traídas de los cabellos de los más insignes mentirosos, le daba anchas largas al coqueto asunto aéreo, posponía encuentros y aplazaba tiempos. Arthur Collins, en consecuencia, le apretaba la chancleta del acelerador al bobo Jacinto e intentaba día tras día convencerlo de convencer a doña Tulia con el sobornador argumento ablandador de que entonces y para hacer entrar en confianza a su reacia madre, primero lo llevaría a los ignotos, celestes e inéditos cielos de pájaros y nubarrones a intranquilo bordo de una endeble avionetilla de instrucción y doble comando. Jacinto, quien ya para entonces había con absoluta claridad comprendido que ahora, merced a la aún tentadora pero no tentada belleza de su madre, tenía la hirviente sartén por el mango y de desnudas y huesudas rodillas al as británico, le dijo, elevando tono y voz, que de inmediato y por lo menos una hora. Fueron entonces un sábado al aeródromo Gómez Niño, Arthur alquiló, sin trabas por su condición de extranjero, el aparato, una traqueteada Piper PA-18, carretearon y despegaron mientras las manos de Jacinto empezaban pálidas a sudar, tal vez de la emoción, quizás del miedo. Espeluznante fue: el británico, despojado de su flemática condición genética, rizó el rizo, dibujó con precisión el ocho, como sacacorchos voló en tirabuzón, puso a la aeronave cabeza abajo y abrió la carlinga para el frío aire acelerado los despeinase y refrescase el fuselaje, hizo escalofriantes olas y olas sobre los desconcertados pajonales tostados de las Mesas de los Santos y del Ruiz Toque, en vertical trepó hacia el ígneo astro rey que con sus rayos los enceguecía hasta cuando el motor, por falta de oxígeno, se apagó, momento en el cual dejó caer la aeronave dando botes y giros asesinos, con mano experta la estabilizó y usando la misma maniobra necesaria para encender cuesta abajo un apagado carro rodado y casi a punto de estrellarse contra el atónito planeta tierra logró poner la maquinaria en funcionamiento y salir así de esta voluntaria condena a muerte que obligó a Jacinto, mientras pedía clemencia, a vomitar en la carlinga, justo en las barbas de las guerreras botas de su héroe. Cuando aterrizaron, Jacinto llorando y berreando a moco tendido y cobarde, una radiopatrulla municipal, alertada por campesinos que habían visto maniobrar como loca a la avioneta, los esperaba al final de la pista, cerca de los hangares y talleres. Como siempre pasa en nuestro servil paisito con los extranjeros de todos los talantes, bastó el que Arthur Collins mostrara con suficiencia de colonizador su brevet internacional de piloto para que el asunto no pasara a mayores. Inclusive, atérrense, le ofrecieron disculpas cipayas y bañar al vomitado a manguerazos, ofertas ambas que fueron aceptadas. El aterrado hijo de doña Sixta Tulia permaneció en cama dos días completos, sudando terrores y miedos pero en el fondo convencido de que mientras su madre no le diera el sí al piloto, él estaría al mando de la situación y podría a su antojo manipular al británico, nacido en Maxton, cerca de las rocosas cercanías de los acantilados de Dover. Empezó a jugar ping pong con el iluso británico, a llevarle recados mentirosos de su pretendida cortejada a cambio de informacción aeronáutica: a mi mamá le gustaron las rosas rojas sin espinas pero ahora quiere anturios, bromelias y tulipanes de Holanda; explíqueme cuál es la función del tubo pitot y por qué se llama así; dice mi madre que prefiere tiernos salmones canadienses y no resecos arenques o bacalaos ahumados; por qué razones un mismo aeroplano tiene patín de cola por las tardes y rueda trasera en la mañana; que mami ya casi, cuando se le vaya un dolor de oídos, se decide a subirse con él en un avión; cuál es la diferencia entre un hidroavión y un acuaplano; que si usted ya ha probado el caviar del mar Negro entonces que le regale un frasco a mami; dime, Arthur, ¿qué sentiste cuando derribaste el primer avión enemigo, orgullo o culillo? El ilusionado británico, alejado de la tentadora madre de Jacinto y de las calles de Bucaramangracia desde lunes hasta jueves porque tenía que vigilar los oleoductos por donde los hidrocarburos fluían y desesperado su falo por la falta de resultados a su romántico favor, perdió poco a poco la paciencia y lanzó un ultimátum que sonó destemplado y grosero.

 

-Dile a Tulita que si de aquí a ocho días no se sube conmigo a la avioneta, entonces empezarrré a cortejarrr a Tía-, dijo y baladroneó el muy bestia, porque si la hermana mayor era reacia, la menor era muy tímida y pacata y no se encaramaba ni a los lomos de un caballo viejo y estropeado como lo fue en su momento, allá por 1.958, un jamelgo llamado Triple.

 

Doña Tulia, a medio camino triple entre las urgencias de su endometrio que le decían que sí, el juramento de amor eterno a su marido muerto que le sugería que no y la curiosidad por experimentar el paso del viento a gran altura que ambiguo le aconsejaba que tal vez quién sabe, optó por ir al cementerio católico, contarle al cadáver de don Pedro el brete en que estaba metida y decidir según el consejo que su finado le diese. Pero, consultado, el fiambre se hizo el sordo, desdeñoso giró ciento ochenta grados de ultratumba, se tendió boca abajo, como hacen los cadáveres cuando están con la piedra afuera y no abrió la boca, como hacen los mismos cuando están bien muertos. Su silencio quiere decir entonces que sí, que no le importa y que me trepe con el pobrecito Arthurcito en el avioncito, se auto justificó.

 

-Pues claro que sí, mami, súbete, pero en ayunas, porque a mí me fue muy mal por treparme con el buche lleno.

Doña Tulia citó a Collins a su despacho, le ofreció una copa de anisado, le permitió que se fumase un pitillo rubio siempre y cuando expeliese el humo en aros y anillos y le dijo que después de tres meses y medio de mucho pensarlo ella estaba dispuesta a dar el prometido paseo el domingo siguiente bien temprano en la mañana y no por más de media hora.

 

-Perro mi Tulita herrrmosa, los domingos la escuela de aviación no abrrre sus hangarrres y además media horra no es suficiente ni parra calentarrr mis motorres.

 

-¿No es suficiente para calentar qué motores suyos?-.

 

-Lo que yo querrer decirrle es que nuestrros motorres se deben conocerr a grran alturra-, intentó hacerr el pobrre tonto inglés un chiste muscularmente flojo.

 

-No, usted no está ni tibio ni frío y si no es el domingo próximo y por media hora, entonces puye el burro, no amenace tanto, atrévase con mi hermana menor y después me cuenta cómo le fue de bien o de mal-.

 

El así retado aviador atrapó al vuelo la sugerencia y con la mucama que le atendía la alcoba le envió un perfumado recado escrito a Tía y ella, al leer esta inusual e intempestiva invitación aérea, se entusiasma hasta el frenesí y el frenenó, lo piensa tres veces y media y en la cuarta acepta encaramarse en la avioneta. Pero Tía, un poco antes de lograr decolar a muchos kilómetros por hora, también, como antes Jacinto mal hizo, trasboca sobre el ex militar regazo del asombrado británico. Aún cubierta por sus propios vómitos, sostiene con su hermana mayor una contienda verbal y pública en la que se dijeron de todo, desde cobarde hasta aculillada, desde puta hasta regalada y desde aquí hasta acullá. Intentan mechonearse y arañarse. Gimen, lloran y babean. El por las dos maduras hermanas disputado británico se enrojece hasta la raíz de sus cabellos amarillos y hasta la vergüenza, los empleados, huéspedes y moradores del zooilógico solariego se tapan ojos y oídos, Mas Que Griten las Sorzanas aprende nuevas palabrotas, las flores se tornan mustias, pálidos los pájaros y Jacinto se frota las manos porque ya sabe lo suficiente acerca de los aviones de la segunda guerra mundial y en consecuencia ya no le es necesario el seguir extorsionando a este extranjero bobo de la yuca para sonsacarle más informacción aeronáutica. Asesoradas y apaciguadas por la labia de su respectivo hijo y sobrino y después de una semana de conciliábulos que casi se salieron de madre, doña Sixta y Tía hacen las paces y concluyen que la única manera de mantener la concordia entre ellas es que Arthur “Boy” Collins se largue con su flema y su erguido falo cuarentón para las lujosas dependencias del Hotel Bucarica. Enrojecido por la ira, el desprecio de que es objeto y el despecho al verse rechazado por partida doble, triple porque Jacinto tampoco lo quiere ver más, agacha su calenturienta cabeza y con el rabo entre las piernas lanza una última y desesperada oferta: yo pagarr porr adelantado el doble de la tarrifa si usted, Tulita me obedece y nos vamos a darr una vuelta corrtita en la avioneta, porr favorr, please.

 

Oquey-, le dice Jacinto, a la par que codea con suavidad a su madre, -pero que el pago sea retroactivo o si no no-, termina el descarado por apretar más aún la tuerca. Doña Sixta Tulia, resignada en su codicia, le exige el pago inmediato, Arthur vacía su billetera y como no le alcanza el dinero va al banco, retira el faltante y con una venia que sus paisanos maldecirían por considerarla vil y rastrera paga. Jacinto ríe con el afilado descaro de sus muelas, dientes, colmillos, caries dentales e incisivos, el apagado rostro de Tía se ve inmutable y enigmático y su hermana mayor, balbuceando entre sus carnosos y colorados labios una insípida jaculatoria, se signa, santigua, persigna, se cala unas antiparras prestadas por Arthur y de mala y desconfiada gana se trepa insegura a la cabina.

 

Pero ya la mala suerte del británico as está echada a rodar por el suelo de la deshonra y del ultraje: antes de que la avionetilla PA-18 haya con aceleracción creciente avanzado siquiera dos cuadras por la pista de despegue es cubierto de vómitos por tercera vez en su vida que de ahora en más irá en bajada.

 

-El destino es inapelable: nuestros tres estómagos no resisten más su latosa compañía y lo mejor y también lo único que usted, Arthur, puede hacer es largarse ya con la música de su trompeta para otra parte, quiero decir al Bucarica-, sentencia crudelísima la última estocada certera de doña Tulia. Ya con su dignidad pisoteada por el piso y con sus británicos blasones arrugados, este pobre diablo, ingresado al Hotel De Siempre como todo un divino divo del celuloide, ha de retirarse ahora alicaído, vencido, desvencijado y con el patín de cola escondido entre sus piernas y el tubo pitot en los sobacos. Está en el fango de la derrota: si antes compartió manteles y servilletas con sir Wiston Churchill y sus toscanos, estrechó la suprema mano de la reina madre de Inglaterra y la castrense del mariscal de campo Montgomery, en el 10 Downing Street recibió el aplauso del gabinete británico reunido en pleno para felicitarle y con mecánicos, capataces y operarios de mantenimiento se embriagó en hangares y talleres hasta cuando tuvieron que sacarlo en camilla rumbo a la enfermería, ahora para su baldón ha devenido en un simple y llano celador aéreo de ladrones oleoductos a quien los rústicos vientres de doña Sixta Tulia, Jacinto y Tía, en nada acostumbrados a conquistar las alturas, han mancillado con las arcadas y los vómitos del desprecio. Copas y copas de ginebra Tanqueray sin agua tónica bajan gaznate británico adentro, olvida en el fondo más obscuro de la mesita de noche las máquinas de afeitar sus barbas ralas y los peines de alisar sus amarillos cabellos que ya empiezan a encanecer, no por el tiempo cuanto sí por el desdén, no vuelve a lucir sobre el respingado puente de su nariz aquellas gafas que otrora le hacían lucir como un airoso galán del séptimo arte, descuida hasta las cercanías del mal olor su aseo y su aspecto personal pero continúa volando, cada vez más distraído y más ansioso por tornar, derrotado, mustio y macilento, a su Gran Bretaña, otrora tan imperial, imperativa y gloriosa. Confunde las rutas de vigilancia y olvida las de regreso; llega tarde a los hangares y talleres; bosteza, no de hambre estomacal, sí femenino; equivoca los comandos aéreos y no revisa el tren de aterrizaje, los niveles de combustible ni la obediencia sutil e invisible de los alerones. Va de nervioso culo para el estanco, diría doña Tulia si verlo pudiese.

 

Tres meses después de la bochornosa derrota que pulverizó su vomitado ego, al comienzo de la polvorienta pista de Tibú y suicida desobedeciendo las señales que con banderines le hacen desde tierra para que aborte el aterrizaje, la guerrilla lo derriba con varios impactos suertudos y de grueso calibre cuando se aprestaba a tocar la tierra apisonada y muere calcinado y sexualmente insatisfecho.

 

El chicharrón de sus restos es embutido aún humeante en un rústico costal de fique, remitido entre el mismo y ya tibio a la embajada de la Gran Bretaña y desde allí, aún frío entre el costal, que ahora está incómodo y molesto con tanto fúnebre manoseo, enviado con el flete por cobrar contra entrega a su patria a bordo bodeguero de un airoso y esbelto avión Vickers Viscount de la British Overseas Airways Corporation que, merced a los azares del diablo y de la meteorología, cae al mar derribado por los rayos de una tormenta jamaiquina.

 

Para su viril desmedro, el casi sir Arthur “Boy” Collins permaneció casto desde cuando llegó a Colombobia el 4 de enero de 1.962 hasta su deceso violento el primero de noviembre del mismo maldito año.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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