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 ReVista OjOs.com     FEBRERO DE 2014

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

MASTÍN NAPOLITANO (1.946)

 

Para Jorge Alberto Arenas Silva

 

En los antepenúltimos días soleados y calientes del mes de noviembre del año no bisiesto de 1.946 y contando yo con nueve almanaques Brístol sobre mis anchos lomos, a través de los reconocidos por todos portón y zaguán del Hotel De Siempre penetró, erguida, altanera y caminando como augustos nobles de las cortes españolas de ultramar y de antaño, una pareja muy elegante, postiza y pitiflorita en orgullosa demanda de -¡cómo no!- la mejor y más barata y amplia alcoba de cama doble de roble y demás comodidades inherentes a una pareja de nuestra altura social, para emplear los mismos engreídos términos que usaron cuando se dirigieron a doña Sixta Tulia. Mi nombre es, y no lo repetiré, Isabella Alcázar de Toledo, el de mi consorte, y tampoco lo repetiré, Benedictus Toledo, somos trillonarios y eso sí lo repetiré cuantas veces sea menester, de fino y costoso paladar y nos asquea sudar y usted verá si quiere o no que se lo repitamos. Y los dedos añejos y preartríticos de la mano femenina que estrecharon con sobradora prepotencia los de doña Tulia estaban sobrecargados de amatistas opacas, perlas orientales artificiales, aguamarinas de agua sucia, rosados rubíes y pálidos ónices. Parecían, o pretendían parecer, el desordenado mostrador de una ferretería elegante, si es que las hay, parqueada en un mal sitio, que de estos sí hay en todas partes. En realidad de verdad verdad y en deshonor a su mentirosa verdad ellos se llamaban Isabel y no Isabella y le decían Chaba y Benedicto y no Benedictus y le llamaban Benedo y claro que lo repetiré, así no me lo pregunten. ¡Guau, guau! Y no eran trillonarios, como afirmaban sin que se les preguntase nada al respecto. Millonarios sí, pero esto no lo repetiré. Y con la altisonante expresión de fino y costoso paladar se referían a dos protectoras prótesis que ellos se habían mandado incrustar en la zona superior de sus bocas parlanchinas cuando la moda odontoilógica así se lo había dictaminado a sus exclusivas y finas amistades botaratas y ridículas solo con el despropósito de sacarles el dinero a cambio de la vanidad. Y en cuanto a su gratuita y barata aseveracción de que les asqueaba sudar, mejor cierro mis fauces malolientes en serrucho y no digo ni guau ni muchísimo menos pío. Yo, perro que no come perro, pero sí perras alcohólicas y en calor y que tampoco se traga enteros los perros calientes, desde cuando les eché la vista y el olfato encima y por los lados, supe que nosotros tres no nos llevaríamos bien cuanto peor. Y cuando observé con la conjuntivitis recurrente de mis ojazos que Chaba traía, dormido en el más ridículo cochecillo para bebés humanos que yo jamás hubiera visto, un amanerado perro de la raza Espagneul Bretón y manto color marrón y blanco, las uñitas de sus garritas pintaditas de esmaltito rojo prostitutita y enfundadillo en un suetercillo amarillo con cuellillo de tortuguilla, ya no me quedaron dudillas qué apagar porque la batalla ya no sería entre nosotros tres cuanto sí entre cuatro. A decir verdad hubiese preferido al perro de la RCA Victor, un pit bull terrier americano contra quien muy bien me podría entender en todos los terrenos y circunstancias agravantes o atenuantes porque ladramos y gruñimos el mismo belicoso lenguaje de los canes de lid y de batalla. Pero este espantapájaros payaso parecía perrito de peluche y de poltrona y de sofá de pacotilla. Yo, perro que soy muy capaz de distinguir a las claras y sin verlos la raza o la bastardía de mis congéneres con tan solo oírlos ladrar o latir en la distancia, presto y un tanto molesto me acerqué a husmearle sus humores como un simple gozque chismoso carente de urbanidad y seguro estoy ahora de que mi gris tamaño descomunal, las espesas babas que cuelgan verticales de mis comisuras y la aguda y severa conjuntivitis, propia de mis enrojecidos ojos grises de mastín napolitano, le descompusieron a la pareja del Alcázar de Toledo toda la tramoya social con que pretendían desarmarnos, precisamente a nosotros, los desarmados de todo mal, y ponernos de hinojos obligatorios ante sus pies muy bien calzados pero acaso con pecueca, sabañones o pie de atleta.

 

El pobretón perro Bretón, en oliéndome primero y en viéndome después, se desperezó como si fuese el caniche preferido, consentido y chillón de la duquesa de Windsor en su luna de miel en el exilio. Para bajarlo de la nube estúpida y de poca altura en que él y su cochecillo de bebé humano flotaban, abrí mis fauces y les lancé con muy buen tino un vaho espeso y repelente de halitosis canina y nauseabunda. El cochecillo no se inmutó ni un ápice siquiera, pero el lerdo, apelotardado, blando como un flan y feminoide perrito estornudó, yo creo que en francés muy rococó, y de inmediato Benedo y Chaba, Chaba y Benedo, juntos y ambos,  sacaron sendos pañuelos de seda y en hilos de oro contramarcados con sus iniciales de solteros y le limpiaron los moquitos del hocico con la suavidad notoria de los farsantes y la repugnancia escondida de los cobardes. Luego su ama me dijo, en baja y asustada voz aflautada, ¡fúi!, término internacioanal que escupen los adiestradores caninos para alejarnos cuando mal nos comportamos con ellos y tendemos a desobedecer sus comandos. Fingí ser analfabeto y sordo, dupliqué la dosis de mi halitosis, esta vez contra ella y su vano orgullo de ricacha trepadora y me tendí sobre los pliegues de mi ecléctica barrigaza a esperar su reacción, que yo suponía cobarde. Trastabilló en español, yo creo que mejor en rolo del norte bogotano, estornudó, al igual que su amado perrito faldero, en francés rococó, y con el mismo pañuelo con que había limpiado la trufa delicada del Bretón, se aseó su respingada nariz de quirófano, ensuciándola más, para mi jolgorio y placer. Doña Tulia, la socarrona esposa de mi amo, me disparó una perdigonada de miradas reprobatorias de grueso calibre 38 largo y bajé, en consecuencia, la guardia de mis garras delanteras y ya no la jodí más. Voy a dejarlos en santa y pacífica paz para que se aclimaten a nuestro entorno arisco, pensé, y si el perrito ese Espagneul de mierda no desciende conciliador a mi vulgar altura de animal doméstico, pero no domesticado aún, entonces lo pondré como blanco de mi artillería pesada a ver qué se le ocurre como respuesta.

 

A mí me llamaban, según deseo expreso, formal y escrito de mi amo Engelbert Scheneppenhorst Schicklgruber und Schultze-Kraft en la Alemania nazi de ese entonces y que fue mi patria chica, Markus a secas, pero Pedro Calibre y Ruiz, mi amo de ahora en más, me dijo en español, que de alemán no sabía hablar ni mierda, que a partir de ahoritica mi nombre sería Mas Que Digan. Y bajo ese nombre burlón me conocen aquí todos hasta ahora y espero que ojalá hasta más tarde, cuando de mí y de mis hazañas tan solo quede un rescoldo de recuerdos y siete mastincillos napolitanos que con la mastinesa Yocasta Sorzano engendramos en noches de mucho placer y sudar.

 

La por sí misma encumbrada parejita y su delicada mascota llenaron a mano y garra el consabido registro del ingreso al hotel, abonaron una buena suma en efectivo para pagar por adelantado su semana de hospedaje y aclararon que en las tierras altas y feraces dondellos vivían a todo tren encerrados en un castillo del siglo XVIII era de pésima educacción y mal recibo el dar propinas. Quienes las dan lo hacen para así y asá ganar popularidad, que no es el caso nuestro ni de fundas, rebuznó Benedo con la afectada entonación nasal y verbal de quienes eran, sin entenderlo, oriundos del altiplano cundiboyacense. Mientras se alejaban, caminando como marqueses mal contramarcados hacia su alcoba matrimonial de baño privado (de comodidades), peor acompañados por el desanimado botones sin futuras propinas y su larga y pesada fila de maletas importadas e impostadas y con sellos turísticos de todas las capitales europeas adheridos en los costados, el maldito perrito Bretón y su coqueto suéter, desde la trincherilla de su cochecillo de bebé humano, me miraban con ambigua neutralidad, a la par impar que el cancito meneaba el rabo tal como dos perros los baten cuando quieren ser amigos de pilatunas y francachelas. Que se vayan a la mierda o ahí cerquita, les dije con la conjuntivitis de mis ojos, pero el ciego y su suéter mudo se hicieron los pendejos, porque en realidad lo eran, y en demasía. Perro cobarde, remaché entonces a ladridos, pero nada, cero al cociente, el pendejo animalejo no se atrevió a reaccionar, tal su absoluta carencia de persoanalidad.

 

A casi todo lo largo de las veinticinco horas de los siete prolongadísimos días y noches en que este encumbrado trío de petulantes permaneció activo y altivo, deslumbrando y humillando con su afectación a la servidumbre del hotel y a los huéspedes restantes, porque don Pedro, su mujer y yo, Mas Que Digan, no les prestamos atención, el Espagneul Bretón no mostró inútil conducta diferente a buscar mi solitaria compañía y aceptación. Falló por varios kilómetros lineales a la redonda, creía yo a la sazón.

 

Era insoportable e inaguantable, por no decir que inmamable. Se hacía el tonto amable, el despistado y el encontradizo. Ante mis notorios, francos y descorteses desdenes se tornaba imbécil, escudado tras bobaliconas sonrisas propias de monjas de clausura y sores de convento. Además olía a lavandas inglesas, lociones francesas, perfumes andaluces y talcos italianos desde el amanecer temprano hasta el posterior tardío anochecer. Era repugnante, asqueante, desesperante, contaminante y mi efectiva trufa, mal acostumbrada a otros efluvios menos europeos y finos pero harto más espontáneos y rudimentarios, se quejaba con estornudos de continuo. Solícita, doña Tulia cubrió la parte inferior de mi feroz rostro con un protector tapabocas de algodón trenzado. El remedio fue peor que la enfermedad: el afeminado can, como creyó que yo me estaba poniendo a su fina altura social, duplicó sus coqueteos y quintuplicó sus sonrisitas. Me quité el tapabocas de un malgeniado zarpazo y lo tiré a las amaneradas llantitas de su cochecillo cargado de cenefas y encajes de organdí, para ver qué respondía, pero, como siempre, silencio sin reacción. Un día de estos, o de los otros, les voy a morder en serrucho su canino cuellito y el de tortuga hasta decapitarlos, para que no me acosen más con sus devaneos y coqueteos, melifluos de estercolero. Cuando su rosada vejiga estaba llena de amarillos, iba al solar a desaguar con elegancia, en sus cuartos traseros escarpines de lana de oveja y en los delanteros mitones de paño escocés para prevenir que garrapatas y nuches lo emboscasen. Y si el sol estaba dando batalla y lata, serviles camareras lo acompañaban con en las manos un quitasol policromado para que los rayos ultravioleta no le mancillasen cutis ni epidermis.

 

Que quitasol no, el término exacto, justo y académico es parasol-, se ufanaba Chaba en su fallido intento por aparentar saber los secretos de la sintaxis y la correcta forma de la escritura.

 

Quería compartir conmigo comidas, bebidas y ratos ociosos y no obstante y a pesar de que yo le gruñía, ladraba y latía con las fuerzas todas de mis fauces, mi corazón y mi garganta, el cabrón no daba su bracito de marfil a torcer, hasta cuando doña Sixta Tulia, ladina, me aconsejó que le permitiera comer carne cruda de res de mi plato una vez que ella, malvada pero querida, la hubiese rociado con grandes cantidades del afamado, candente y urticante Ají Jueputa. El truco surtió efecto a mi favor durante dos días de paz porque el cretino cayó enfermo de soltura estomacal. Pero después de que llamaran a la pareja al salón principal del Club del Comercio para que de inmediato se apersonara de la diarrea inclemente de su hijo perro y de que, malhumorados, bajasen, para su fastidio a pie, hasta el hotel, llamasen de urgencia a un veterinario, le inyectaran suero, le cubrieran el esfínter delicado con pañales y lo pusieran noche y día al cuidado de una enfermera desconcertada, al malparido Bretón se le detuvo la diarrea y volvió a la carga y a cagarla. Rendido a mis garras, no manifestó rencor alguno y antes, por el contrario,  me sonreía con más veras y dientes.

 

Parecía querer decirme que la diarrea le hizo bajar de peso y afinar su esbeltez de concurso canino de belleza.

El señor monsieur Larousse, afectuoso, cortés y desde alguna de sus muy leídas páginas, a doña Sixta le informó en secreto, como casi siempre hacía, que tales canes se caracterizan por ser poco o casi nada agresivos con sus congéneres, se les reconoce como perro de muestra, con orejas colgantes, ancha trufa de ventanas bien abiertas, desarrollo sexual precoz, tímidos, apocados, de baja estatura corporal, apenas sí a lo sumo más o menos cincuenta centímetros lineales, pero magníficos en su mentecato rol de imbéciles mascotas acompañantes, sagaces perdigueros y estupendos y certeros para cazar liebres, gazapos y aves de corto vuelo en la campiña francesa.

 

Ojalá este afectado maniquí de perro no esté pensando que soy ave de corto vuelo, porque su mala sorpresa habrá de llevarse. Yo soy ave de mal agüero y de largo vuelo, así que vade retro. Y además, ¡aquí qué campiña francesa ni qué ocho cuartos ni qué culos!, aquí lo que hay, y de sobra, es chulamenta por montones, erosión, aridez y resequedades terrestres y humanas. Así que vade retro por segunda vez. Y que no me joda más, porque pegada a la tercera vade retro va la vencida y la puta madre. Y en cuanto a la aseveracción ligera del señor monsieur Larousse acerca de que son estupendos para cazar gazapos, yo no la acepto ni bajo amenazas porque dudo bastante que ese perrito de porcelana y de juguete sepa algo de ortografía. Pero el perro Bretón era terco en extremo y como sus atildados y fragantes propietarios habían para su buena suerte encontrado en Bucaramangracia algunas almas gemelas y se pasaban el día entero y parte de la noche, amanecer incluido, con ellas en los espléndidos salones versallescos del Club del Comercio y en los sombríos aposentos de la Logia Amazónica, a la vuelta de la esquina accidental y occidental del Hotel De Siempre, conspirando, quién sabe a favor o en contra de quiénes, catando, con finura y con sus ortopédicos paladares, cognacs franceses, jereces andaluces y navarros, ginebras escocesas, vodkas siberianos, oportos lusitanos, sodas y aguas tónicas de múltiples sabores, nacionalidades, viscosidades y tonalidades, elegantísimos libando pocillos y tazones de arrogantes tés ingleses, británicos, flemáticos e hindúes, así como también, ¡cómo no!, degustando y tragando chateaubriands, filetes mignones y gulashes, jugando masotes, canasta, bridge, parchís y billar pool e intercambiando surtidas y sesudas opiniones sobre joyas diversas, modas atrevidas, modernas y sofisticadas y sesudas especulaciones acerca de jugosos y tramposos negocionones y en fatal consecuencia no tenían por tanto oportunidad alguna para estar junto al maldito perro que me perseguía no sé con qué arteros propósitos de continuo. Se me hace que alguien acá en el hotel me dará algunas luces, así sean apagadas, que me señalen el camino correcto que debo seguir para por fin acabar con este canino acoso del Bretón y creo que nadie hay mejor para ello que mi segundo amo, a quien pretendo convertir en perro, pero me lleva ventaja, es más perro que yo. Por el opuesto, don Pedro, a su vez, y sin que Mas Que Digan lo supiese, aunque quizás sí lo intuyese, quería humanizar al perro, pero perderé el tiempo, sobrio pensaba él, porque es más humano que yo. Indeciso, le pregunté a don Pedro, quien ya había ileso regresado sin estrellarse a su hotel a bordo del Packard, su opinión al respecto. Y él, en la mitad exacta y precisa de su borrachera permanente, usual y estrambótica, me confundió aún más al decirme que el Espagneul Bretón estaba enamorado de mí, que era un perro marica y que no descansaría hasta que yo me lo llevase a rudas rastras para el solar y allí, bajo la anónima intemperie de la obscuridad nocturna y alcahueta, lo violase, penetrase y horadase al derecho revés y al revés derecho, tal como un can homosexual bien macho debe hacer. ¡Qué premonición tan descabellada la que me escupió este viejo cabrío y ebrio, mi querido e inútil amo! Recordé, entonces, mis antiguos amoríos con una cabra del Pescadero a quien embaracé contra natura y me aterró la certeza de que en este inmundo todo es posible en tratándose de sexo. Otro gallo cantaría en mis oídos y testículos si la celestina dama doña Emperatriz del Busto abriese un burdel canino y bien perro. Amoscado, pero movido y aupado por una curiosa curiosidad que me hacía cosquillas en el glande, me acerqué obsequioso a doña Tulia, quien lactaba a su primogénito Jacinto y eludía los reparadores coqueteos de la perezosa siesta vespertina enfrascada en tierna escaramuza contra un bordado punto de cruz y le comenté la opinión borracha de su esposo. Letal, como el gas grisú en minas y pulmones y sin suspender el tejemaneje de sus agujas de tejer, ella le contesta, ladrando casi, que don Pedro tiene toda la razón, bobo pendejo y majadero, arranque, ¿qué está esperando?, mañana los Alcázar de Toledo y el mascotín regresan a su castillo de naipes del siglo no sé qué. Al oírla, me quedé de menos de una pieza y desconcertado al máximo, tal como cuando uno mete la mano al fuego fatuo por otro y no se quema lo suficiente sino lo necesario. Esa noche, la última del trío en el hotel, muy larga, larguísima, y sin estrellas por cierto, no pude dormir a pierna suelta, como me enseñó don Pedro José, ni dormitar siquiera, como me lo señaló la experiencia ni mucho menos preguntarle a la McCormick-Orange, quien con toda seguridad me ignoraría. Pero, amaneciendo, puse manos y falo a la obra. Lo atalayé detrás de unos arbustos y cuando vino con mitones y escarpines a vaciar su rosada y tierna vejiguita sobre la sedienta hierba del solar le caí por detrás, por sorpresa y a traición lo penetré una, seis, quince, veintisiete, treinta y tres, cuarenta y dos, cincuenta y nueve, setenta, setenta y ocho, noventa y dos y ciento siete veces hasta cuando me dolieron las ingles. No aulló, gimió o pidió clemencia. Después, porque no se pandeaba, eyaculé con tristeza. El Espagneul Bretón murió, desflorado y desangrado, entre mis garras y frente a mis ojos. Saqué mi falo dél, lo dejé tirado y frío sobre la atónita grama del solar, desperté a mi amo a lengüetazos, le narré sin pelos ni señales lo ocurrido y le pregunté ¿ahora qué hacemos? Enguayabado que don Pedro estaba, no me miró ni respondió palabra alguna, ni monosilábica al menos, de medio salto de canguro saltarín se levantó sin despertar a su esposa de la cama matrimonial y se fue haciendo eses y osos y tropezando de puntillas hasta el fatal sitio de los acontecimientos fatales. Allí, con frialdad aterradora, lo empaló a la brava, desflorándolo más, en una estaca de madera, preparó y arregló la escena del crimen pasional como si de un accidente fortuito se tratase, despertó a los Alcázar de Toledo y les dijo que había escuchado aullar a su perro un par de minutos, pero que, para infortunio y dolor dellos y vergüenza y baldón propios, había reaccionado con lentitud a causa de su guayabo terciario y en mortal consecuencia llegado tarde en su socorro. Vengan y les muestro, dijo. Y fueron y vieron y se espantaron. Atribulados, aterrorizados y llorosos como si hubiesen estado presentes y en primera fila cuando la guillotina revolucionaria descabezó de un solo tajo al rey Luis de los franceses, se tomaron de las manos sobrecargadas de bisutería barata, berrearon en francés rococó y se desmayaron en amorosa concordancia, asidos de las manos, pero en realidad enredados sus dedos en los respectivos anillos del otro. Doña Tulia acudió al rescate, les puso bajo las respingadas narices un frasquito con amoníaco, les dio el pésame y les dijo estamos a su entera disposición, ¿qué quieren que hagamos? Fríamente y sin remordimientos ni temblores lo incineraron en una pira que ambos encendieron en la esquina más reseca del atribulado solar y a manotadas enguantadas esparcieron luego sus cenizas sobre el pasto estupefacto.

 

-Al fin y al cabo nosotros dos tenemos billete verde suficiente como -¡cómo no!- para adquirir en dólares verdes y de contado en nuestro próximo viaje trasatlántico un dogue de Bordeaux o un Irish Wolfhound bien mechudo y pizpireto-, graznaron en bilingüe dúo.

 

Ese mismo día, al atardecer y de riguroso luto, Chaba y Benedo, que eran horros y no tenían descendencia humana, excepto el Espagneul Bretón, abandonaron entre llantos fingidos y mocos truculentos el hotel, rumbo aéreo y vía Taxader a su castillo bicentenario. Se nos fueron debiendo toditicos los consumos, se quejaba doña Sixta. Pero Tía, apenas la oyó, le recordó que los Alcázar de Toledo dejaron -¿olvidado o adrede?- el cochecillo para bebés humanos en la entrada del solar, así que véndalo o rífelo y usted quedará cero a cero.

 

Yo, Mas Que Digan, sonrojado y contrito, arrastraré esta pena conmigo hasta el final lejano de mis días y mis noches. Me volveré dipsómano y guárdense sus comentarios donde les venga en mala gana.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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