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 ReVista OjOs.com     NOVIEMBRE DE 2013

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

LAS FOTOS DE LA NOSTALGIA (1.948 - 2.012)

 

Para Oscar Martínez Vásquez.

 

 

Por recónditas razones que nuestros historiadores comarcanos, así lo hayan intentado con vehemencia, lupa y secretarias, no han logrado esclarecer con contundencia, Bucaramangracia, desde muchos calendarios Brístol atrás fue elegida como el sitio preferido por gran cantidad ¿aria? de inmigrantes alemanes para establecer en estos mañosos terruños sus hogares, negocios, amoríos pasajeros, fincas, concubinatos, amantazgos, sociedades comerciales y aventuras variopintas, sangrientas y sanguinarias algunas dellas. Los sonoros y pedregosos apellidos Hederich, Reger, Gölkel, Riesenschnauzer, Alphinguer, Streithorst, Kopp, Schneider, Müller, Lengerke, Kümmer, Lundi, Kramanski, Von Kesserling, Von Halle, Bergschneider, Meyer, Meisel, Wessel, Mayer, Stünkel, Koppel, Schloss, Lorent, Scheneppenhorst Schicklgruber und Schultze-Kraft y otros más, muchos dellos amigotes y enemigazos de barajas, banquetes y licores de Pedro Calibre, son la mejor prueba dello, amén de los sucesos de sangre atribuidos a la Culebra Pico de Oro y a la creacción y fundacción del consulado y el banco alemanes. Así que cuando a mediados de 1.948 llegó desde Chía, Cundinamarca, al Hotel De Siempre una espigada mujer germana, doña Sixta Tulia y su esposo don Pedrote -quien creía ser todo un padrote chafarote y grandotote- no se mostraron alertas, sorprendidos, alarmados ni nerviosos con esta nueva y recién aparecida teutona de ciento setenta y cuatro centímetros lineales y medio de estatura torneada como palmera de oasis. Ya estaban acostumbrados a lidiar ojos azules, violetas y verdes, cabelleras rubias y castañas suaves, roncos y rudos acentos pedregosos, finos paladares exigentes y complejas personalidades. Don Pedro le dio la bienvenida con cordialidad escasa en él, siempre dado a la resequedad en el trato, a la mirada torva y fija, al rudo comentario salvaje y humillador, a la brusquedad en el saludo y a las frases duras, cortantes y monosilábicas. Se comportaba, en realidad, como lobo estepario con piel de lobo estepario.

 

Gertrude Tostmann era experta en el arte de la fotografía y el daguerrotipismo, correcta discípula de Leni Riefenstahl y otrora su asistente personal y ayuda de cámara cuando su preceptora y magistral maestra dirigió la filmacción de “El triunfo de la voluntad”, extravagante panegírico nazi que de nada, al cabo de los años, le sirvió al cabo del bigotillo. A los dueños del hotel les explicó, modulando muy bien y con calma los sonidos de las palabras españolas, que había sido requerida con mucha insistencia epistolar, telegráfica y telefónica por los más encumbrados miembros de la suciedad local para que con su sabiduría y sus cámaras suizas se acercase hasta sus espléndidas mansiones, ostentosas casaquintas y lujosos palacetes y allí los fotografiase junto a sus familias, alimentos y posesiones, que las tenían por montón en los barrios altos y exclusivos, en la Mesa de los Santos, del Ruiz Toque y en las suculentas cuentas bancarias comunes y corrientes. Ella, continuó explicándonos con claridad rayana al milímetro en la perfección germana característica, siempre se había hecho cargo de la totalidad de sus trabajos, así que le era necesario el que le rentasen una habitación amplia para permitirse armar un cuarto obscuro en donde haría todas las tareas y labores de revelado, secado, coloreado, retocado, edición y demás operaciones que concluirían en fotografías impecables, tal como su emérita profesora Riefenstahl se lo había inculcado otrora y allende el Atlántico oceano.

 

Don Pedro, rascándose incómodo su calva cabecidura, y doña Sixta, estoica mirándolo tropezar en indecisiones, no supieron, durante algunos segundos que a la germana le parecieron minutos, qué responder. Gertrude, como alemana terca que era, volvió a la carga y dijo que, si se trataba de dinero, ella lo tenía de sobra y por tanto y sin baladronear ni pretender ofenderlos, estaba en plena capacidad de pagar los sobrecostos que sus plausibles y perfeccionistas exigencias técnicas requerían. Don Pedro, a puntos suspensivos de contestar que con un exagerado veinte por ciento de sobretasa tenía más que suficiente, fue interrumpido al comienzo de su respuesta por su esposa con un cortante y tajante no se preocupe, doña Gertrudis, que no es menester el pago extra, la alcoba número 16 está que ni pintada calva, venga conmigo y se la muestro. Don Pedro, con los chisperos del fracaso flotando risueños en su derredor, metió el amoscado rabo entre las hirsutas piernas, la lengua bífida sobre y bajo las caries de sus dientes, las manos vacías en los bolsillos descosidos y rotos, el cuello derrotado entre los menguados hombros y mohíno se retiró a catar un brandy de Orleans, mientras mascullaba qué par de viejas tan tan tan.

 

El botones, con maletas y tulas, la germana, con sus cámaras, trípodes, rollos y reactivos químicos y doña Sixta, con su genética bondad, se dirigieron a la alcoba de marras, que una vez vista, revista y revisada hasta el óptico cansancio por la Tostmann, fue aceptada como su hogar y laboratorio transitorios.

 

Cada semestre muy puntual llegaba desde Chía, Cundinamarca, permanecía una quincena metida de lleno en sus labores y lejana y distante, no socializaba con nadie.

 

Su cráneo era redondo y duro como el coco recién caído del árbol, azules marinos, intensos y abisales los ojos y el caminar airoso, como si clásica bailarina de ballet hubiera sido en su niñez y adolescencia germánicas. Y en cuanto a su vestuario y accesorios, ni qué decir tiene que era la obvia comidilla permanente en los cotilleos envidiosos que se cruzaban entre sí y sin rubor sus fotografiadas. Era impecable, elegante, esbelta como palmera o cuello de jirafa adolescente, serena y cuidadosa con el aseo de sus ojos, cejas, párpados y pestañas, de cuya buena salud y mejor mirar dependía la diáfana calidad legendaria de sus trabajos.

 

 Con ayuda gratuita de doña Tulia, de Tía y de trapos negros y gruesos, el baño de su habitación fue acondicionado como pasable cuarto obscuro en donde daría terminación impecable a sus trabajos. Solicitó que una única camarera le llevase los alimentos, la ropa recién lavada y planchada, los recados, si los había, y le limpiase, lavase y trapease la alcoba, excepto el improvisado laboratorio, de cuyo aseo y cuidado ella misma, y nadie más, recalcó, se haría cargo. Tía, después de cordial y parca entrevista, fue elegida como tal.

 

Todos los días, aun sábados, domingos y feriados, un flamante y nuevecito coche norteamericano la esperaba con el motor en ralentí frente al portón, se la llevaba para los barrios altos y la traía de regreso en los primeros, segundos o terceros segundos del anochecer. Descendía cansada y somnolienta, enrojecidos los ojos sedientos de colirios,  desordenada la blonda cabellera y con veraz y voraz apetito masculino y glotón. Pasado al papayo casi un año desde su arribo, la rutina de sus visitas sufrió una pequeña alteración: el último de los sábados de cada quincena el erudito en callejuelas taxi de Culo de Génova la recogía cerca de las nueve de la noche con todos sus aperos fotográficos y la traía de regreso, silenciosa, ojerosa y cansagotada, en el feriado y festivo atardecer del plácido domingo siguiente. Interrogado y acorralado al respecto por doña Tulia, al Culo no le quedó otra salida diferente que no fuera el explicarle la verdad monda y lironda. Y ella era que un personaje misterioso y anónimo lo había contratado para que la subiera con sus aperos y su arte hasta una cabaña en la Mesa del Ruiz Toque.

 

-Más no puedo decirle porque no sé qué sucede cuando ella entra, se lo juro por quien quiera, doña Tulita-.

 

-No se preocupe, mi culito querido, que ya me daré mis mañas para averiguarlo de la misma fuente original-, le contestó, al tiempo que le daba un suave palmadón en los ijares.

 

Pero la teutona, flemática como si británica fuese, le contestaba que a tomarle fotos a un matrimonio cuyos nombres nunca supo y hablemos, doña Tulia, de otros temas.

 

Doña Tulia, preguntada por su inquisidor primogénito, contestaba que lo único claro que tenía era el número de visitas nocturnas, trece mal contadas, que la Tostmann realizó en casi seis años a la cabaña misteriosa. Durante siete años, nueve meses y nueve días - hasta el fatídico martes 28 de febrero de 1.956, cuando por azar fue hallada casi desnuda en un despoblado zanjón de las afueras, sin su matalotaje operacional ni sus papeles de identidad, muerta de un certero y a quemarropa balazo en el occipital y casi devorada de afán por gallinazos y hormigas culonas- Gertrude tomó diversas fotografías en blanco y negro y en colores a todos aquellos personajotes que tuvieran billetes y monedas suficientes con qué poder pagarlas. Y quienes -la crema y la nata- tenían la bolsa repleta, contante y sonante eran demasiados como para contarlos con dedos de pies y manos.

Afanada y casi al borde de un patatús paralizante por la imprevista y súbita desaparición de Gertrude Tostmann y su parafernalia, doña Tulia y su esposogro dieron aviso a las ¿autoridades? para que iniciasen las pesquisas y ordenó a Tía que limpiase a fondo la habitación completa, el cuarto de baño incluido, depositara ropa y artículos de aseo en las maletas y tulas correspondientes y escondiese entre el seno la llave de la cerradura de la puerta de la alcoba hasta cuando los sabuesos vinieran e iniciaran las pesquisas. Queriendo saber más sobre las clandestinas visitas, doña Sixta mandó llamar al Culo de Génova, lo arrinconó en un recodo del solar y con zarandeos y miradas turbias lo conminó a que le contara si Gertrude iba a otros lugares diferentes al de la Mesa del Ruiz  Toque. No pudiendo escurrir el bulto ni la verdad y casi al borde del derrumbe, bañado en lágrimas de vergüenza, el taxista le confiesa que sí, que sí la ha llevado a otros sitios, los pajonales de la Mesa de Los Santos no tan santos, el frío Alto de los Padres, los alrededores pausados del Río Negro, los anegados valles de Menzulí y Huati Huará y los espinosos suburbios del Pie de la Cuesta y Florida la Blanca.

 

Una vez encontrado el mutilado cadáver, reconocido por doña llorosa Sixta como el de la germana y advertida la ausencia de los papeles de identidad y de sus instrumentos, se dio epistolar aviso a funcionarios y burócratas de la embajada alemana occidental para que la trasteasen en un huacal hasta la capital de la res pública y desde ahí, si aparecían dolientes, la remitiesen a Barranquilla, Atlántico, y después embarcasen su fiambre en la pútrida sentina de un veterano carguero de la Flota Mercante Grancolombobiana que la llevaría a los muelles, todavía en reconstrucción, del puerto de Hamburgo, en su patria. No se supo nada más della, si está inhumada aquí o allá, excepto que nunca fue encontrado el o la culpable ni supuestos los motivos del asesinato y el robo de sus implementos. Sin embargo, no todo lo que cae en el olvido permanece en él por siempre, pues para probar lo contrario están las poco leídas y recordadas demoledoras páginas de la historia universal de la infamia.

 

Muchisísimas décadas después, para ser precisos justo el 28 de diciembre de 2.011, día de los ¿santos inocentes?, Jacinto fue a visitar a Tía, octogenaria, maniatada por la artritis y la diabetes mellitus, encadenada a su rosario y siempre amable y la charla derivó en recuerdos y estos en la escocesa, la cantonesa, el joven Prince, el hombre gato, D. W. y los animalejos del solar, hasta llegar a la fotógrafa. Tía, escarbando con sus uñas sin pintar en los ayeres más recónditos y abisales de su memoria, recordó que todos los días ella le hacía en horas matutinas y frescas el mantenimiento a la habitación de la alemana y que en varias ocasiones furtivas y veloces se había metido sin permiso al cuarto obscuro y recogido gran cantidad de negativos desechados por la rigidez perfeccionista de la Tostmann.

 

-¿Y tú los tienes por ahí guardados?-, me contó Jacinto que le había preguntado.

 

-Sí, claro, en ese cajón-.

 

-¿Los puedo ver?-.

 

-Sí, mijito, mírelos a contraluz, pero no le permito que se los lleve para afuera-.

 

Entonces los más importantes, notorios y espeluznantes miembros activos de nuestra bucaramangraciosa suciedad, entrellos su propio padre Pedro y sus borsalinos, tirabotas, polainas, levitas, leontinas y calzonarias, empezaron a aparecer en colores diversos y en blanco, gris y negro, unos tendidos desgonzados a la bartola en camas aparatosas y dobles que parecían triples, en tibias hamacas cachacas y en refrescantes chinchorros corronchos; otros bien sentados sobre otomanas, sillones, sofás, poltronas extravagantes y divanes  reconfortantes; unos y otros abrazados con sus esposas, rodeados de cayenos, rosos, bromelias, orquídeas, lirios y trinitarios; algunos con timidez y de la cintura para arriba asomados en ventanas, claraboyas y balcones; los elegantes vestidos a la usanza inglesa con levitas, smokings, tuxedos, monóculos, bastones y trajes de gala; aquellos que ingenuos y fatuos se creían o se sentían mundanos, envarados y enfundados en chaquetas informales, atuendos y atavíos deportivos, camisillas de lana virgen y parciales remedos de ropas diplomáticas o militares, pero todos sonrientes, nerviosos, pedantes, torvos, agresivos, adustos, maquillados, semidesnudos y atléticos en sus piscinas y saunas, bebiendo y catando licores importados y mistelas antiguas, jugando tute, ping pong, bridge y bádminton; los más beatos y píos postrados e hipócritas frente al sangrado corazón de Jesús en voz baja confío; los extrovertidos y chistosos disfrazados de ridículos para la noche de las brujas de Salem y los paternales acariciando a sus vástagos los días blancos de la primera, segunda y tercera comuniones, que luego se aburrieron.

 

Jacinto creyó reconocer a muchos personajes, sobre todo a sus hijos e hijas, contemporáneos todos y algunos después compañeros suyos de pupitre y aulas. Tres negativos escalofriaron a mi amigo. Se mal trataba de acaso el mejor, más mentado, preclaro, manso y adinerado exponente de la pulcritud comercial y social de por aquí y sus alrededores, acompañado por insinuante  mujer más joven que él, ambos, juntos, revueltos y desnudos en múltiples, provocativas y provocadoras posiciones y poses eróticas y pornográficas. Jacinto, con lengua más larga que la propia de las jirafas, continuó anteayer contándome, no los pudo reconocer en viéndolos, pero mal pensó que taimado bien podría escamoteárselos a Tía en un descuido posterior della y mirarlos con atención, más calma y lupa. En la siguiente visita a Tía, distraída y absorta en sus rezos marianos e inútiles, con manos y velocidad de raterillo rapaz, Jacinto se los echó presto al bolsillo, los llevó a su alcoba, se comunicó con Oscar Martínez Vásquez, estupendo fotógrafo magistral, y en su orate compañía lograron, con la lupa que el señor joyero Covelli le había regalado a doña Sixta, identificar al sujeto y a su juvenil amante.

 

-Los dos ya están muertos-, aseveraron boca y bigote de su amigo y compinche.

 

-Pero este hombrecillo pillo tiene hijos, ¿verdad?-, preguntó malicioso y socarrón quien fuera ladroncillo de negativos por un día.

 

-Claro, uno. Y es miembro honorario de cuanta junta directiva se reúne en el Club o la Cámara del Comercio. Lo reconozco porque fue pretendiente frustrado de mi prima Rosalbita Vásquez un par de años atrás-.

 

Jacinto Calibre, sospechando que el fotografiado pudiera ser el asesino material o intelectual de Gertrude y ya con un malicioso plan rondando sus neuronas, le pidió a Oscar que hoy mismo, en su laboratorio particular y campestre, los revelase y ampliase lo mejor y más claro que pudiera y así retornárselos a Tía con la mayor prontitud posible. Oscar, en extremo acucioso, le trajo cuatro copias de cada negativo. En agradecimiento, Jacinto, con las comisuras de sus labios, le besó las manos. Una vez las fotos en su poder verlas con claridad, Jacinto, a Oscar Martínez y a mí nos invitó a compartir en el restaurante del Hotel De Siempre una humeante cazuela de fríjoles negros con pezuña de marrano y sorbete de fresas salvajes. A la distendida hora de tintos y aromáticas, en baja voz clara nos preguntó que si nosotros lo acompañaríamos en el chantaje que pensaba hacerle al hijo legítimo del legítimo infiel. Dijimos que sí. Oscar y yo siempre hemos sido pésimos en lo que a buenos comportamientos se refiere y de Jacinto, mejor es no meneallo. Cuando ya habíamos bebido las consabidas tisanas aromáticas, Oscar le preguntó a Jacinto si de casualidad Tía no tendría más negativos delatores escondidos en el cajón.

 

-Lo averiguaré-, oí que Jacinto, malicioso, le respondía.

 

Y vaya que muy pronto y con sus mañas lo averiguó. Tía tenía, como siempre sin saberlo ni sospecharlo, guardado durante más de medio siglo un tesoro tan peligroso y destructor, si por azar o alevosía se le abría, como la desprotegida caja de Pandora. La verdad, que doña Sixta ya le había sonsacado con amenazas y zanahorias al Culo de Génova, era que Gertrude iba también a otros sitios, fincas, chalets, casas campestres y cabañas, dormía en ellas, comía y departía con sus dueños y los fotografiaba desnudos en sus gimnasias sexuales, bucaramangraciosos poderosos de esos antaños, todos con queridas y todos pornográficos. Y la teutona los complacía, los capturaba con sus cámaras suizas y les cobrara bien duro, y a algunos en dólares y no en marcos o pesos, sus favores.

 

Decididos a chantajear, el domingo 8 de enero de 2.012, con la mano zurda del diestro Martínez embutida en un guante para comer pollo frito, le ayudamos a redactar una anónima carta, acompañada por tres de las doce fotos que Jacinto tenía en su poder esconder, en la que con mala letra y peor ortografía le pedíamos al hijo del coqueto y finado infiel, y a nombre de la ficticia Asociación en pro de las buenas y sanas costumbres, una cifra que por decente indecencia no voy a revelar. La posdata ordenaba depositar la respuesta en horas de la medianoche y bajo una resquebrajada losa del monumento a Simón Bolívar en el parque que lleva su nombre.

 

-Bueno, Jacinto, ¿qué hay de los otros negativos, Tía tiene más?-, insistió Oscar.

 

-Claro que yes, por ahora aquí tienes estos cinco, revélalos, amplíalos y después los miramos y decidimos qué hacer.

 

Si con este chantaje nos va de rechupete, seguirán otros, dijo Oscar, y tú, Jacinto, solo debes preocuparte por sacar los negativos, que mi cuarto obscuro y yo nos encargaremos del resto. Seremos ricos si nos totean dos o tres y pagan bien, dijo Jacinto. A lo largo de una tensa y a su parecer alargada semana, le escamoteó a Tía una gran cantidad polvorienta de rentables negativos incriminadores que el buenazo, por lo maligno que era, del Oscar Martínez se encargó de llevar a buen término y tamaño. Reconocimos, fotografiados en esos antiguos y salaces ayeres y anteayeres, a un próspero, serio, bigotudo y patilludo urbanizador en el preciso instante en que le hacía con pornógrafa sabiduría el sesenta y nueve a una señorona de la Legión de María más vieja que él; a un masón encubierto y prolífico que se movía y pandeaba como pez en el agua salada de los negocios de importación de vehículos en el momento tremendo en que le estampaba un beso negro a su querida; a un avaricioso banquero de corbatín usurero y exitoso, presidente que fue del club Rotario, quien se dejaba calzar el condón por los dientes de la amante del momento y a una escuálida dama de rancios abolengos, disfrazada de morbosa momia viva haciéndose la muerta mientras un adolescente de perfil greco romano y muy bien armado en el pubis le escanciaba sobre las vendas Johnnie Walker sello negro en las rocas. Estas fotos y todo lo que ellas detallan nos van a enriquecer como dicen que Craso fue, musitaba Jacinto, a la par que se sobaba con fruición y ahínco las palmas de sus manos, mientras yo soñaba con viajar en trasatlántico y en primera clase hasta Corfú y bailar allí en las arenas de la playa como Anthony Quinn bailó a Zorba el griego, mientras que Oscar no decía nada porque permanecía febril y concentrado en su laboratorio, ocupado con el revelado de las fotos de la nostalgia y del chantaje.

 

Como la primera chantajeadora carta no nos había sido respondida, empezamos a bombardear a los otros implicados en las infidelidades de sus padres. Estos nuevos amenazados con la aciaga verdad de sus progenitores, y tal vez también el primero, el de la cabaña en Ruiz Toque, reaccionan, se comunican entre sí, se alborotan, se niegan a pagar y arman un batallón de letales mercenarios educados, finos y muy bien vestidos por sus propios sastres que van tras nuestros pasos y en pos de las condenadas fotos.  Si los padres -o alguno dellos- mataron o mandaron matar a Gertrude y robarle sus pertenencias profesionales, así también sus hijos podrían atentar contra nosotros tres. No solo se hereda la salacidad, también el sentimiento de venganza. Los chantajeados descendientes son hoy en día prohombres de mostrar y condecorar, adinerados al tope, con amantazgos, tal como sus padres fueron y serán los hijos de sus hijos. A Oscar, a Jacinto y a mí el asunto embrollado en que de cabeza loca nos metimos parece querer salírsenos de las manos. Y aunque hay que bailar con el diablo para poder salir del infierno, el culillo nos ronda de continuo y sin permiso: estamos en amenazador peligro de muerte si nos topan. ¿Acaso la teutona también intentó el chantaje?

 

Hoy, lunes febrero 13 de 2.012, yo, el porfiado y desconfiado escritor de estos cuentos, estoy sentado en la Casa del Libro Total con un nudo ciego y mudo en la garganta seca, acelerado el corazón y su bombeo, queriendo cambiar de identidad y de amigos, a la fatídica espera de los esbirros y de sus armas automáticas con silenciador.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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