(57) 319 2930843

(57) 318 3269478

 ReVista OjOs.com     OCTUBRE DE 2013

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

MANIQUÍES (1.955)

 

Para Augusto Gabriel Pinilla Vargas.

 

 

Carlos Armando Tabares Pineda, dado a luz bajo la luz solar del día a día en los cafetales arábigos, nutridos y aromados de los suburbios de Pensilvania, Caldas, y por su baja estatura corporal, que no moral, alias Poca Cosa, vendía mudos, sordos y ciegos maniquíes femeninos al por mayor en todos los almacenes de ropa fina para damas elegantes, no tanto, poco o nada, quienes, a como les diesen lugar y alas y dinero en abundancia tuvieran ellas y sus esposos o amantes, deseaban, con todas las fuerzas de su corazón y de y de sus piernas, llegar, por la puerta de atrás o por la calle de en medio y abriéndose paso a codazos, a lucir sofisticadas, eclécticas y eternamente jóvenes y lozanas y cuando el vendedor de maniquíes, cada mes tras mes, arribaba de improviso al Hotel De Siempre, siempre en sábados mañaneros y sin avisar, porque tenía la maldita manía de caerles a todos y todas por sorpresa y por la espalda, había que ofrecerle de inmediato la alcoba más grande, numerada en arábigos 22 y en romanos XXII y con la extraordinaria ventaja extra y ventajosa de tener puerta particular, libre, franca y privada sobre la misma calle 37, sacar dos de las tres camas sencillas con sus respectivas mesitas de noche, taburetes, tapetes y lámparas para ganar área y espacio, armar con tablones, trípodes y cuñas varias superficies planas para que sobre ellas alineasen botones y camareras las ocho inanimadas figuras empelotas y además demostrar, asunto ya de por sí difícil, el tener jobiana y paciente paciencia con los dos baúles pesados que se deslizaban sobre rodachines, redondos artefactos que otros individuos más pulidos con papel de lija, sujetos ortográficos de cuellos blancos y acartonados académicos de industria, llaman rodamientos, en que ellas vivían muertas una vida muerta y encarceladas, vivas o muertas, mientras de viaje estaban, de una ciudad capital a otra ciudad intermedia de mi patria. Doña Sixta, de derecha a izquierda, a diestra y siniestra, meneaba la cabeza y su cabellera atada en cola de caballo de fina estampa como desaprobatoria señal negativa porque se le hacía injusto y denigrante el tratamiento de que eran objeto por parte de quien fungía, mal, muy mal, como su patrón obligatorio. No hay ningún derecho, ni siquiera torcido, para que sean blancos fáciles de tales abandonos, ellas, precisamente ellas, quienes nutren y engordan con su esbelta presencia las comisiones y regalías del bolsillo trasero de don Carlos. Ojalá de alguna inexplicable manera se rebelen, le armen un motín y se sacudan de encima el yugo que las tiene muertas en vida. ¿Cómo es posible, pienso yo cuando estoy a solas conmigo misma, que vivan llenas de polvo y ácaros y él, desacomedido, no las despercuda ni un tris, y que además las trate a las patadas, como si monigotes de pacotilla, aunque lo sean, fueran?. ¡Rebelión, rebelión!, soñaba ella que de vez en vez gritaba dormida cuando se despertaba sudorosa e irritada, con don Pedro a su derecha y bajo las cobijas y el señor monsieur Larousse del otro lado y empeloto, sin los forros. Le dijo a Tía, no en chacota, cuanto sí con toda la seriedad del caso que para el caso fuese menester, que ofreciera de hinojos y en ayunas una manda a cualquiera de las no sabía ella cuántas vírgenes hay en el santoral femenino para que, a través de rigurosos pagos con rosarios diarios y específicos, ellas lograsen ablandar las durezas del Señor Poca Cosa Tabares Pineda. Y, bromas aparte, Tía, o las virgencitas, tres o dos a lo sumo, que los rosarios de Tía eran casi estériles, a fe mía y nuestra que lo consiguieron. Pero al revés: no fue su dueño quien cambió conducta mala por buena: fueron, para estupefacción de doña Tulia, ellas, quienes, de sumisas que eran, pasaron a independientes. He aquí como: un sábado nocturno, tímido y juliano de 1.955, su dueño Tabares dormido y borracho hasta el otro día al medio día, su esposo Pedro marchado en el Packard y beodo en el puesto de monta caballar de su lejana finca El Roble, bajísima ocupación en las alcobas del hotel, a duras penas apenas sí dos o tres sonsos huéspedes pacíficos, pocos comensales externos en el comedor y el personal, por tanto, reducido a un quinto, doña Tulia, parada en el portón y casi ahogada por el asombro y la incredulidad, las vio salir en fila sospechosa de la habitación 22, rumbo a la complaciente noche celestina. Antes de abrir la boquita, maniatada y muda por tan mayúscula sorpresa, para preguntar qué estaban haciendo ahí, una dellas, a quien le faltaban sus brazos desde el codo hasta la mugre de las uñas, habló primero:

 

-Nos vamos de farra-.

 

-¡¿…?!-.

 

-Que nos vamos de farra-, duplicó otra que carecía de piernas a partir de las ingles.

 

-¡¿…?!-.

 

-Diga algo-, triplicó quien había duplicado antes.

 

-¡No…sé…qué…decir, ampárame, señor mío y dios mío!-, se oyó decir doña Tulia.

 

-Bueno, ya dijo algo, ¿si ve?-, masculló entre muelas, dientes e incisivos la maniquí decapitada.

 

-Esperen tantico a que yo me siente, porque creo que me voy a derrumbar del mareo tan arrecho-, y doña Sixta se sentó sobre el andén de la solitaria calle 37, andén que, según opinión de sus nalgas nacaradas, estaba frío, incómodo y sorprendido.

 

Desde allí, desde abajo mirándolas de reojo y calmándose al paso de los segundos por los relojes de arena, pudo observarlas una por una: esta, la más cercana a ella, calva, había perdido los torneados brazos en un rudimentario trasteo; aquella, calva también y desdentada, las apetitosas piernas largas extravió en un malhadado accidente automotor; la de más allá, decapitada de fábrica, pero no por ello, ni mucho menos, menos parlanchina, alegrona y extrovertida que sus compañeras de prisión nocturna; esotra era negra azabache con peluca rubia y crespa, no tenía las uñas pintadas ni prótesis para suplirlas y estaba que se bailaba entero un cimbreante mapalé de la Costa Pacífica; la más desgraciada de todas las ocho era puro busto, tórax y nada más y siempre andaba al tuche de las otras; la última de la fila, allá atrás, detrás de sus siete colegas, sin manos ni pies, tímida pero resuelta, le sonreía sin dientes; acullá la excepción de la regla: un maniquí completo con todo su andamiaje correcto, en buen estado de locomoción y diferente, por tanto y sin discusión, del resto de la manada, y por fin, ¡qué pandilla!, la última de todas, quien, teniendo el inexpresivo rostro de la Esfinge, carecía de ojos, nariz, oídos y boca, pero que, aun así, sin parar ni respirar, hablaba hasta por los codos caca. Ocho, en desconcertante y apabullante total inexplicable, siete dellas inhumanos adefesios humanos y una incorrecta correcta, quien al parecer era la líder del jolgorio y la manada.

 

-¿Y a qué tipo de farra van a ir?-. oyose doña Tulia preguntar contra su voluntad.

 

-Pues a un baile de disfraz, allá por el barrio del Campo Fermoso, ¿usted conoce o sabe dónde queda?-, dijeron todas, parlantes y no parlantes, en unísono corro aterrador.

 

-Ja, ¿y de qué se van a disfrazar?-.

 

-Pues de maniquíes, obvio-, explicó, sin sonreír, la líder.

 

-Bueno, así la cosa varela-.

 

-¿No le apetece ir con nosotras al baile, doña Tulia?-, quiso saber la rubia negra, mientras tarareaba el pacífico mapalé que quería bailar y que de seguro bailaría.

 

-No, gracias, no por ahora-.

 

-¿Y en después qué?-, mamó gallo la que siempre andaba al tuche voluntario de las demás.

 

-Ya veré, ya veré-.

 

-Bueno, adiós, mamita, adiós, que nos coge el tarde para regresar temprano. Es que debemos dormir bien dormidas para mañana estar frescas y así poder engañar a nuestras clientas que quieren parecerse a nosotras cuando estamos vestidas y aderezadas según el mandar y el compás de la moda-, dijo cariñosa la que hablaba caca hasta por los codos que no tenía.

 

-Adiós pues, que les vaya bien, que bailen bastante sin perder compás ni ritmo, no les abran las piernas a los piropos sucios porque detrás dellos vienen los penes y  cuidadito no vayan a beber mucho ron cubano sin coca cola gringa ni limón santandereano del sur, que después pierden la ruta y ¿yo qué le digo a don Carlos Armando?-, sarcastizó doña Sixta, ya un tanto repuesta de la sorpresa y más contempladora con ellas que hace un rato.

 

Les estaba ofreciendo papaya madura y gratis, pero ni un bledo le importó. Una vez idas a pie descalzo, cojas, a tuche, amputadas, ciegas, mudas, sordas, negras rubias, decapitadas y felices para el esperpéntico baile de disfraz en el barrio del Campo Fermoso, doña Sixta Tulia, con la copia de la llave de la puerta de la habitación XXII tibia y radiante entre el corpiño talla 34D, ordenó al celador del hotel, con la mejor y más seria voz que pudo exigirle a su boquita dulce de grana, que le trajera su catre de lona y tijeras en equis, que ella y su insomnio pasarían la noche entera y parte de la madrugada en duermevela entre el portón y que se tomara la noche libre.

Es decir, quiero decir, que se vaya a dormir sin roncar en el sofá en el que siempre lo hace sin roncar, hasta cuando yo vaya y lo despierte bien despierto, allá por la madrugada y cúbrase con la ruana esa vieja de lana de ovejas más viejas aún que usted. A las dos y media de la mañana en punto las oyó arribar en silencio, saltó del catre, extrajo la copia de la llave, les hizo la señal de chito con el índice derecho, abrió la puerta de la habitación de Tabares, les dio las buenas noches y se fue a despertar al dormilón celador, quien se ganaba el recargo nocturno de ley sin merecerlo porque dormía y roncaba como recalentada válvula de escape del vapor en horas de trabajo noctámbulo. Las siguientes noches del resto de la semana las pasaron muy puestas en razón dentro de los baúles y, sin decirle a doña Sixta esta boca es nuestra, se marcharon con las luces del alba y con Tabares Pineda para el casi siempre cerrado aeródromo Gómez Niño, rumbo sin escalas a Medellín, Antioquia, a seguir tramando mujeres veleidosas, tramposas y vanidosas.

 

-Don Carlitos, ¿usted vuelve el próximo mes?-.

 

-Sí, doña Sixtica, claro que sí, como siempre, pero no sé en qué sábado-.

 

-Pues mire a ver y si puede mándeme un marconigramita cortico, por favor, que no que no nos gusta que nos caiga por detrás y nos coja por delante por sorpresa-.

 

-Veré qué puedo hacer-, y se subió con baúles y equipaje personal al taxi del amanecido y peor dormido Culo de Génova.

 

Pues Poca Cosa sí que se permitió hacer algo: un mes después mandó seis días antes de su arribo un telegrama lacónico y parco que decía “próximo sábado esa, Tabares.”. Avisada y samaritana, la dueña del hotel decide reemplazar el tuche de la tullida por un carrito de balineras que le encargó de urgencia manifiesta al compinche de su marido, el ya sabido, resabido y resabiado ebanista beodo de La Rada y una vez con él en su poder, lo envuelve en papel de fantasía para regalárselo luego junto a un beso y un abrazo y un mordisco en el pescuezo no correspondidos a aquella  que es mero y puro tórax solitario.

 

Era agosto tardío cuando llegaron de nuevo las maniquíes bailarinas y su carcelero. Cada vez que el señor Tabares Pineda salía con ellas rumbo derecho a los almacenes y boutiques de modas femeninas, doña Sixta notaba que la negra rubia le guiñaba los ojos que no tenía, como si quisiera decirle algún secreto. Pues sí, por debajo de la puerta de su alcoba matrimonial, aquella que era tórax y nada más que tórax, una vez se cercioró a ciencia cierta de que el señor Calibre estaba ausente y beodo en la Mesa de los Santos, montada en el carrito de balineras y con suavidad le deslizó un perfumado sobrecito con secreta esquela que presentaba la invitación formal para que ella las acompañara al baile sabatino de disfraces, allá en el barrio del Campo Fermoso, junto con una postdata que decía nos vemos esta noche en la solitaria y cómplice calle 37 y le explicamos. Intrigada, y casi a punto de reventar en esquirlas a causa de la curiosidad, se apareció en levantadora a la hora y sitio convenidos y les contestó que sí podría ir si su marido estaba ausente y les pidió que le dijeran de qué se disfrazaría.

 

Entusiasmadas, dijeron que de maniquí, obviamente, porque ¿de qué más, mi doña Tulia querida?. Así que ella debería hacer el papel inverso: pasar de humana a maniquí. Compincheras y zalameras se ofrecieron a entrenarla para que se mantuviera quieta, sin pestañear, hablar o reírse. ¿Y cómo respiro? Pues con suavidad, ritmo, sigilo, poquito a poco y por la boca. A regañadientes aceptó y en tres noches secretas la pusieron al hilo y al tanto, la pintaron de blanco de pies a cabeza y le clavaron dos topos en los lóbulos. Aprendió a representar la inmutabilidad, la inexpresividad, la sordera, la ceguera, la impavidez y la mudez. El sábado, por fortuna con don Pedro jalado en el burdel equino de la Mesa de Los Santos en la etílica compañía del doctor en derecho abogado Sierrano Albo y luego de haber sedado al señor Tabares Pineda, alias Poca Cosa, con unas gotitas de hidrato de cloral que dejó caer en la taza del consomé, se largó con ellas de jarana bailable al barrio del Campo Fermoso. Pero no le gustó ni cinco: se le apareció adelantada y rojo punzó la menstruacción al final de la jornada, le dio tortícolis e hipo al mismo tiempo cruel, estuvo dos veces a punto suspensivo de encalambrar en los muslos, casi se asfixia al respirar mal por la boca, estuvo a un tris de mear medias veladas y pantaletas, a dos de estornudar, toser y bostezar y a tres de carraspear y vomitar, y por último, durante toda la santa noche se ganó gratis, pero mereciéndolo sin duda, que muy fermosa se veía y se intuía, el acoso inclemente de un camionero costeño, mal hablado y con halitosis, quien quería apercollarla y como fuese emborracharla con copas y más copas del sabrosón anisado Pichón y la activa persecución alcohólica de un sinvergüenza disfrazado sin necesidad de payaso porque ya lo era. Sin embargo le fascinó el que la negra rubia negra fuese declarada por apabullante unanimidad unísona como la mejor bailarina del mapalé y otros sones de la velada, ganándose una medalla de latón y liviana. Les juró que jamás volvería por allá, no al menos disfrazada de maniquí.

 

Don Carlos, su maleta personal, el maletín de los negocios, sus muñecas muertas en vida y los baúles de rodamientos en que ellas vivían muertas de la rabia y del calor, regresaron por tercera vez en plena temporada de las septembrinas ferias ganaderas, en cuyo final sabatino se celebraría, bajo el techo poroso del coliseo de fiestas, ferias y espectáculos, un estrambótico concurso interdepartamental de disfraces de todo tipo. Vendrían delegaciones masculinas, femeninas y mixtas de los departamentos vecinos de Antioquia, Magdalena, Boyacá, Norte de Santander del Sur, Cundinamarca, así vecina no fuese y una internacional y nutrida del estado Táchira, Venezuela, a competir contra las comparsas locales. Será un espectáculo carnestoléndico a todo dar y muy vistoso, le decían en español clásico el señor monsieur  Larousse y su página 49 a doña Sixta. Y vaya si lo fue. Arrasaron con todos los premios: mejor comparsa, coherencia, sincronización, naturalidad, uniformidad, vestuario, maquillaje y versatilidad. No les cabían las medallas de latón y livianas en pechos y cuellos y el carrito de balineras fue decisivo y determinante a la hora de conceder el primer premio individual por la perfección y realismo del disfraz. En el colmo de la dicha, bajaron la guardia y bebieron anisado Pichón como si fuese agua helada. A la hora del té, es decir, a la hora de regresar al Hotel De Siempre, sin conciliábulo coincidieron en que volver a pie sería un desatino peor que el ya hecho antes cuando bebieron sin límites ni frenos. Contrataron y pagaron por adelantado un microbús alemán para que las llevara de regreso a su hotel. El viaje transcurría sin novedad en el frente, excepción hecha del chalado escándalo que armaban las vencedoras y sus medallas de latón y livianas sentadas borrachas en sus asientos, pero al llegar a la esquina oriental y vecina del hotel, la llanta delantera derecha del microbús se trepó al andén, le hizo dar una media voltereta de campana y lo dejó inmóvil sobre un charco de gasolina que salía del tanque fisurado por el impacto. Nadie resultó herido. Doña Sixta, a la espera dellas alerta y despierta desde las tres de la madrugada, oyó el escándalo y las sirenas de una patrulla de tránsito que se acercaba. Envuelta en un descocido chal que ya no iba a misa con ella porque por sus rotos se escapaban las oraciones, llegó de primera al sitio de los acontecimientos. Ayudó a salir de la cabina al sorprendido e ileso conductor y fue luego a revisar las maniquíes. Como lo esperaba, las ocho habían perdido su condición humana y yacían yertas, mudas e inmóviles, seguras de la cercana presencia y posterior aparición de la fuerza pública. Pero olían a licor desde lejos y a destilería desde cerca. Cuando arribó la patrulla les explicó a los guardas de circulación y tránsito que las presuntas víctimas venían de una exhibición de modas celebrada en las cercanías del coliseo de ferias, que estaban intactas, que el olor a licor se debía a que las modelos, borrachas y para agradecer los buenos servicios prestados por las maniquíes, las habían rociado con tragos de todas las marcas y que el chofer del microbús era el encargado de subirlas, sentarlas y bajarlas. Al oír tamaña mentira, el sorprendido conductor la contradijo de plano y de rabioso y aseguró que ellas mismas y con su propia voz y dinero lo habían contratado. Madre negó con la cabeza y dijo que la propia realidad le daba la razón a ella y que él era un mentiroso o un loco. Las ¿autoridades? le creyeron, no le pararon bolas a los gritos del pobre hombre que gemía que no estaba loco, que por dios y por la virgen le creyeran. Pero nada. Se llamó una grúa, cuyo servicio doña Sixta pagó de su bolsillo, para levantar el vehículo y llevarlo al taller y en la bodega de la patrulla llevaron las ilesas y calladas borrachas a sus respectivos baúles de rodachines carcelarios. Don Carlos aún dormía su consomé hidratado de cloral. El conductor arrancó con su microbús para la casa, jurando que lo que doña Sixta aseguraba era pura mierda y que él lo probaría porque estaba más cuerdo que cualquiera. Pero no, la realidad era tan apabullante que nadie le creyó. Ni en su casa ni en su  trabajo ni en su vecindad ni en la consulta del psiquiatra. Terminó con camisa de fuerza y altas dosis de barbitúricos y sedantes en un aposento austero, sucio y obscuro del Instituto Psiquiátrico de San Camilo. Todavía está allá, esmirriado, canijo, encanecido y sin posibilidad alguna de que le crean sus mentiras verdaderas. Y en cuanto a las ganadoras de todos los premios, inclusive el de la mejor mentira, fueron dadas de baja porque, por más que trataron, no lograron desprenderlas del olor etílico que las envolvía como niebla a los pantanos. Tajadas en pedacitos, adoloridas, mártires bailables de su propia libertad insospechada, incineradas, reutilizadas y recicladas para procrear nuevos reemplazos, fueron substituidas por otras carentes de personalidad explosiva. Y doña Sixta, al respecto, guarda un silencio absoluto porque, de hablar y contar la verdad de los hechos, acabaría con sus huesos en compañía del atolondrado conductor del microbús porque ¿quién le creería? Tan solo el conductor del microbús y las mañosas maniquíes de marras.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

VOLVER A COLABORADORES            

 © ReVista OjOs.com

Se prohíbe la reproducción de cualquiera de los contenidos de la ReVista, así como su traducción  a cualquier idioma sin autorización de su titular. Email: fernando.guinard@gmail.com / Teléfono: (57) 318 3269478 - 319 2930843 Bogotá, Colombia