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 ReVista OjOs.com     SEPTIEMBRE DE 2013

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

POPÓLICÍA  MUNICIPAL (1.994)

 

Para Alberto José López Bautista.

 

 

En una noche trasnochada, ojerosa y muy cansada del tosco y rudo mes de septiembre de 1.994 desciende del taxi de Tito Chapuza la mujer más desvalida y delgada que doña Sixta haya visto jamás nunca en su vida, portando en sus manos amarillas y anémicas un afligido par de maletones en total estado de inanición e indefensión y con un hilillo podrido de voz sobresaturada de halitosis pide albergue no muy costoso en el Hotel De Siempre por mensualidades que cancelará cada quince días vencidos al exacto brinco de la pulga. Plata en mano y culo en tierra, escupió y sumó Chapuza de puro lambón entrometido. La viuda dueña del hotel, oscilando entre el sí maternal y el no militar de sus setenta y tres años de edad, se tomó dos segundos para decidir que sí, que con mucho gusto y poco susto. La al parecer bulímica mujercita llenó con asustada mano derecha y mala letra el indispensable registro de ingreso, pagó por adelantado quince días en sucios y ajados billetes viejos de baja denominación y mucha moneda fraccionaria a punto de la oxidación, le sonrió milímetros dentales y cariados a doña Sixta y por ella fue amistosamente conducida por el puntiagudo codo enflaquecido hasta la habitación número siete, una más entre las feas y baratas que conformaban el bien y mal llamado Barrio Obrero. Isolina Monroy Rubio, casi como el cristal traslúcida por el hambre acumulado en su famélico estómago, escribió, afirmó y firmó llamarse y desempleada ejecutiva de ventas ser su profesión. En un par de días se ganó afectos y carantoñas de doña Sixta, quien, según le contaba ella al borde incierto del sollozo y del gemido, le recordaba a su madre, muerta en un salvaje y de chiripa frustrado atraco bancario repelido a plomo por la popólicía de Fusagasugá, Cundinamarca. Aseveró trabajar ocho horas diarias como secretaria recepcionista en la oficina de un usurero antioqueño, cuya dirección no supo, pudo o quiso detallar, alegando estar confundida con la nomenclatura inconexa de nuestras calles y callejuelas. Doña Sixta y su genético escepticismo, que de tantos avatares y embrollos la había salvado del engaño y la derrota, le creían algunas mentirijillas y dudaban de ciertas verdades trabajosas de tragar enteras, pero nunca la puso contra el muro de la verdad a punta de preguntas urticantes. Apenas deje de pagar a tiempo la pongo contra el paredón y ante la espada y según sea la respuesta a continuación de patitas prestas en la calle 37, pensaba, molesta consigo misma, doña Sixta, la viuda menos viuda alegre de todas.

 

Isolina salía todos los días laborales sin falta, tardanza ni pereza rumbo a su trabajo hasta cuando, de pura casualidad, de chiripa y por la tarde del quinto día, desde lejos doña Sixta Tulia la vio parada en la esquina del antiguo Hotel Bucarica, hoy barato antro ocasional y gratuito de hediondos popólíticos en trance ilegal de enriquecerse a como les dieran lugar y espacio y disfrazada como enfermera de la cruz roja, en su cabeza la cofia crucificada respectiva y en sus pálidas manos un tarro de galletas saltinas La Rosa que la timadora había arreglado hasta hacerle parecer una alcancía de amplia ranura benemérita. Se le acercó rápidamente y cuando estuvo frente a ella depositó en el embustero tarro un billete de diez mil pesos no oro. Después apuró el paso, haciéndose la distraída y engañándola de plano porque Isolina se dijo sin palabras doña Sixta no me reconoció, qué de buenas soy. Intrigada, no sabía aún si molesta, y decidida a dejar todo este obscuro asunto en claro, le pidió, propina de por medio, a Tito Chapuza que cuando él estuviese calle arriba y calle abajo echase ojo alerta para ver si se topaba con Isolina vestida de enfermera y que viera lo que viera cerrase el pico y que ella, mientras tanto, se pondría a averiguar si las otras aseveraciones de la flaca eran o no verdad, eran o no mentira. Para su asombro, no muy grande porque la intuición de que hacía gala ya le había hecho señas amarillas de inminente peligro, pronto descubrirá que todo era una mentira más grande que la misma torre de la iglesia del colegio jesuita de san Pedro Clavar: no trabajaba para ningún usurero de mierda, antioqueño o lo que fuera, la dirección que había escrito en el registro no existía y su madre, porque llamó a la estación de popólicía, no había muerto a bala en un atraco en Fusa, Cundinamarca, sino, según le dijeron por teléfono, de cirrosis hepática en Ambalema, Tolima, de donde ambas, madre e hija, eran oriundas. Y cuando Tito, con una kilométrica sonrisa que se mal escondía detrás de los lóbulos de sus orejotas sucias de cerumen, le contó sin respirar, como era su costumbre, que la Isolina esa malparida se disfrazaba no solo de enfermera de la cruz roja sino de dama rosada dama gris involuntaria voluntaria del instituto colombobiano del malestar familiar hermanita de la caridad de los pobres de la presentación girl scout secretaria de la congregación mariana socia honoraria de los clubes rotario de leones kiwanis y de recolectora oficial y departamental para los afectados por las lluvias y las salidas de madre de los ríos, a doña Tulia casi la acomete un soponcio sonso. Le metió entre el bolsillo de la camisa de Tito un billetazo de veinte mil pesos no oro y le dijo que si soltaba el chisme en algún bar o prostíbulo, de inmediato le prohibiría llevar y traer pasajeros, no solo a su hotel cuanto sí a los de la competencia. Pero además, doña Sixta Tulia, continuó Chapuza con su retahíla, la he visto en el parque de San Pido el barrio del Cañaveral el parque Bolívar la rotonda de la UIS la glorieta del mesón de los Búcaros el atrio de la Familia Sangrada los alrededores del estadio Alfonso López la plaza maloliente del mercado de san Francisco la cubierta cancha aficionada de baloncesto Edmundo Luna Santos y la entrada coqueta del puteadero de misia Emperatriz del Busto ¿cómo le parece la joyita esa, tan mansita que parece?. Doña Tulia agregó otro billetico a la propina anterior, esta vez de cinco mil pesitos no oro y le volvió a recalcar que no dijese mu ni pío o se vería obligada a cortarle el chorro y a buscar otro taxista que no fuera chismoso. Ya desenfrenada en sus pesquisas, habló largo y tendido con la camarera que le hacía el aseo a la alcoba y esta le dijo que toda la pieza -que pieza no, que habitación o alcoba- hedía a feo feo, a podrido dulzón y a mortecino picho.

 

Va la madre de mis hijos, o sea yo, si esta tipa no sopla bazuco todos los días y se lo paga con las estafas, se dijo la sabia doña Tulia y decidió frentearla sin rodeos ni aguas tibias esta misma noche, apenas llegara aparentemente cansada de la oficina del usurero inexistente. Mientras la esperaba a que llegase de estafar imbéciles y aconsejada por el francés Pierre Athanase Larousse, quien se abrió de páginas, que no de piernas, en la letra i de impunidad y de Isolina, fue hasta su oficina, sacó el registro de ingreso de la Monroy Rubio y adulteró, sin dejar huellas delatoras que la pudieran implicar más tarde, los datos numéricos de su cédula de ciudadanía, fecha de nacimiento, dirección habitual y permanente y número telefónico allí reportados, trocando el uno por cuatro o siete, el dos y el tres por ochos y el cero por un nueve gordo y paticortico, por si acaso alguien del sospechoso DAS venía a investigar.

 

Una vez sentadas frente a frente y cara a cara en la oficinita coqueta de doña Sixta, Isolina dijo de sopetón y de repente:

 

-Sí, doña Sixta Tulia, todo lo que yo le he dicho es mentira y todo lo que usted sospecha de mí es la pura verdad-, en descendente vocecita sollozó.

 

-Lo que yo sospecho no, lo que yo sé, porque lo sé todo-, le contestó con suave acento, -y no vaya a berrear, mijita, ni una lágrima, que las suyas son de mera cocodrila embustera-.

 

-Es que usted y su bondad me recuerdan a la madre que nunca tuve en mi solitaria niñez desamparada y tan triste que para suavizarla caí en las garras de esta mierda que soplo día y noche-.

 

-No me venga con idiotas telenovelas mejicanas, venecas ni peruanas; a usted lo que le falta, y a canastadas, es voluntad para salir del hueco y lo que le sobra, también por canastones, es inteligencia para tramar incautos y tarados. Pero a mí usted no me tumba y si acaso me llega a pagar las cuentas con retraso, así sea mínimo, se me va, pero ya, de este hotelito-, sentenció doña Tulia, quien, cuando era taxativa, era taxativa en grado sumo.

-Pero, doña Tulia…-.

 

-¡Qué peros ni qué mierda!. No me importa ni diez sobre dos que siga estafando bobos tolacos ni soplando de esa vaina hedionda que llama bazuco. Usted se puede quedar en el hotel haciendo su real gana, que no la voy a sapear, pero apenas se me atrase con la quincena, usted ya sabe.

 

¿Estamos?-.

 

-Sí señora, estamos y muchas gracias-.

 

-Dígame una cosita así de chiquita: ¿dónde se cambia de ropa y quién le guarda los disfraces del engaño?-, la sorprendió doña Sixta.

 

-¿Yo?-, y se sobaba, nerviosa, el cabello.

 

-Sí, ¿quién más?-.

 

-Eh, pues… ¿cómo le digo?-.

 

-Pues en español y no se preocupe, que yo seré una callada tumba que nadie visitará-.

 

El Tista, mi jíbaro, allá en su olla de la calle cuarta-.

 

-Ah, yo creía que el malparido ese ya se había muerto y podrido sin dolientes ni sahumerios.

 

Al día siguiente, mientras despacio la noche amanecía, se fue con Chapuza a buscar al Tista, antiguo vendedor de alucinógenos y compinche zalamero del pintor normando Archimedes LeCrec, en los metederos y ollas de la peligrosa calle cuarta, también antro de prostitutas que por cinco pesos se dejaban vestidas pene entrar de pie en dos minutos. Perdió el tiempo y las miradas de sus ojos: no lo encuentra, los vecinos dicen, unos, que esa garulla y otros que esa coscorria se ha cambiado de domicilio y nadie en la vecindad sabe del nuevo, así que torna al hotel un tanto decepcionada pero no por ello menos obstinada en seguir adelante con las averiguaciones. Tal vez para ponerse a tono con la dueña del Hotel De Siempre, al maduro papayo del pasado imperfecto pasaron seis meses y trece días en los que la rocambolesca Isolina Monroy fue rebajando poco a poco la frecuencia de sus sopladas de bazuco y aumentando los recaudos de sus trampas. Subió siete kilogramos de peso, torpes curvas le tornearon con redondos errores las nalgas y los senos, un tímido rubor cubrió sus pómulos y mejillas y su casi podrida dentadura empezó a esquivar con buen suceso el amarillo químico que la cubría de manchas y corrosiones. Pero un fatídico martes trece la Monroy Rubio, al atardecer, se apareció feliz en el portón con entre las piernas una estrepitosa motocicleta Yamaha de doscientos cincuenta centímetros cúbicos de capacidad que a plazos había comprado nuevecita y por ello empezó a atrasarse con los pagos quincenales del hospedaje, asunto que la dueña del hotel no perdonaría. Doña Sixta, perentoria y terminante, le dio una semana de gracia para que se pusiera al día, pero como la viciosa continuaba con la deuda viva después de cumplido el plazo, con todo el dolor de su alma la echó a cuches del hotel, advirtiéndole que si alguna vez llegaba a sentir hambre y sed y no tuviere dineros con qué saciarlos, que se apareciese por el hotel y ella le daría un desayunito bien cargado, pero sin abusar de a mucho, mija. Con lento y cansino caminar se largó de inmediato, no se supo para dónde, y resuelta, digna y decidida, no lloró ni sollozó, estoicidad que satisfizo a doña Sixta Tulia. Al cabo de quince tranquilos días, utilizados para asear a fondo la habitación en que ella se drogaba, el comandante encargado, que el titular estaba de sospechosas vacaciones pagas en Envigado, Antioquia, de la ¿eficiente? popólicía municipal de Bucaramangracia entró pisando duro al hotel, seguido por dos tombos imbombos armados de bolillos y desarmados de rectitud y honradez, preguntó castrensemente por el paradero o ubicación de la individua apelada Isolina Monroy Rubio y con fingido desgano se aprestó a escuchar las respuestas. Doña Sixta les explicó que, en efecto, la susodicha sí había estado hospedada en el Hotel De Siempre durante ocho meses y que nunca se portó mal y ni siquiera regular, no metió hombres ni mujeres a la alcoba ni se embriagó, que trabajaba como cualquiera que no se respete de ocho a doce de la mañana y de dos a seis de la tarde y que de ñapa era muy cumplida con los pagos, muy aseada con su cuerpo y en extremo cuidadosa con su salud.

 

-Queremos ver el registro-, dijo ¿mi? comandante encargado.

 

-Claro, cómo no, ya se lo traigo y mientras tanto siéntense todos tres allá en los sofases, sofás, corrigió de inmediato porque el señor monsieur Larousse se acercaba, que les voy a mandar unos tinticos y la Retaguardia Liberal de hoy para que lean las páginas rojas y ya regreso-, dijo, mientras daba media vuelta, agarraba por el forro al sabio francés antes de que la interpelara y penetró a la oficina donde guardaba los registros de los pasajeros por desorden alfabético.

 

Al tornar con el retocado papel untado de mentiras numéricas y después de entregárselo con una venia incompleta al comandante encargado, le dijo que se le había olvidado contarle que la solicitada y requerida también iba a misa y además comulgaba todos los domingos a las cinco de la mañana con ella y a veces con Tía, la despensera, Jacinto y hasta el gato.

 

-¿De qué se trata esta investigacción, mi general?-.

 

-Coronel no más, gracias. Es que la indiciada está sindicada de estafar hace quizás diez días al banco Ganadero en casi cien millones de pesos-.

 

-Eso no puede ser, se debe tratar de un homónimo-, mintió, no por última ni antepenúltima vez, doña Tulita.

-Pues con los datos aquí consignados de su propio puño y letra y con su ayuda, señora Sixta, vamos a atraparla, a demostrar lo contrario y a cobrar la recompensa-, dijo el general de tres soles que en realidad era apenas coronel.

-Pues mucha suerte tengan ustedes, que no quiero recompensas ni nada por el estilo. ¿Les puedo servir en algo más, señores militares?-.

 

-Sí, señora, otros tres tinticos pintaditos de leche y El Tiempo, El Espectador y El Colombobiano de hoy, por favor-.

 

Se los trajo, los bebieron y leyeron con pésima ortograjía y una hora después, a bordo militar de una radiopatrulla, alias chota en los bajos fondos, se marcharon muy orondos los imbombos. Esa tarde, muy bien arreglada pero sin maquillaje, que no le era menester para albiriscar a los hombres, se dirigió a la gerencia del banco Ganadero, en donde el hotel tenía una cuenta común y corriente, a fin de corroborar la historia de ¿mi? general, perdón, coronel. Una vez que le explicó al alambicado gerente el propósito de su inesperada visita, recibió como respuesta la informacción contable de que la estafa ascendía a  veinte y no a casi cien millones de pesos.

 

-¿Y cuénteme, doctor, cómo hizo Isolina para engañarlo?-.

 

-Primero que todo, debo advertirle que lo que yo le diga a usted aquí sentado en mi despacho no lo sostendré ante nadie y será entonces su palabra contra la mía. Y, segundo, a mí no me engañó ella, pues soy bastante hábil y sicólogo y no me dejo caramelear. El que cayó por coqueto y pipiloco fue el jefe de créditos, quien no pudo evitar caer en las garras de una estafadora tan bien hablada y bella como era ella con ese descote tan invitador-.

 

-¿Y usted, doctor, por qué cree que las autoridades andan diciendo que se robó casi cien millones de pesos y no veinte?-.

 

-Eso, doña Tulita, se lo dejo a su imaginacción, que es tan fina y certera, pero le doy una pistica que usted no debe repetir: ¿qué tal que quieran lavar los ochenta restantes o cobrar una recompensa falsa?-.

 

Y no hablaron más del temita porque ¿para qué, cierto?. Los setenta y tres abriles, mejor octubres, con que contaba doña Sixta en el debe, que no en el haber, de su almanaque particular la llevaron a creer que Colombobia estaba a punto suspensivo de conocer una nueva modalidad de delito que será llamada por la amarrada y alquilada o vendida prensa mentirosa los verdaderos negativos, en contraposición a los falsos positivos que siguen ahora tan campantes.

 

Y en cuanto a la invicta Isolina, con avara frecuencia llama desde no se sabe dónde a doña Tulia y hablan, ríen y lloran por teléfono al menos noventa minutos.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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