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 ReVista OjOs.com     AGOSTO DE 2013

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

EL ATLETA Y SU DOBLE (1.992 - 1.999)

 

Para John Gilbert, Adriana y mi madrina.

 

 

Jacinto, con a cuestas cuarenta y seis años perdidos y su fermosa mujer de curvas sin peraltes y con once menos, pero ganados, han caído de cabeza dura y cuerpo entero más duro aún en los angostísimos túneles de la agotadora práctica espantosa del triatlón a campo abierto. Nadan estilo libre, el único que saben, dos mil metros planos, ochenta u ochenta y cinco mil ondulados montan en bicicleta y más o menos quince mil en subida y bajada trotan todas las santas mañanas, desde las cuatro horas hasta las once y media o doce. Han obviado amistades peligrosas y viciosas, que las tenían en gran número cercano a treinta y tres, con rigor de faquir evitado comidas grasosas, bebidas espirituosas y cigarros peligrosos, de tajo inmediato y tajante suspendido etílicas y canábicas trasnochadas prolongadas, mantenido sanas costumbres espartanas, pagado un médico deportólogo para que los asista, corrija, dirija, entrene y dope y ya sin remedio acaballados en el peor colmo, viajado en bicicleta y por consecutivas y alternadas etapas, desde nuestra ciudad Bucaramangracia, Santander del Sur, hasta la capital Santa Fué de Bogotá, Cundinamarca, y al sorprendido día siguiente viceversa. A las cuatro en punto final de la perezosa madrugada y desde el portón del Hotel De Siempre partían, Jacinto en la cabrilla del Chevrolet Monza IDB-024, su parrilla portabiciletas en el techo, las luces encendidas en el frente, atrás las de parqueo titilando y adelante su bella mujer en bicicleta Vitus rumbo al Socorro, en cuyo parque principal la pareja cambiaba de vehículo para que Jacinto hiciera sudando el tramo hasta Barbosa, en donde volvían a intercambiar de labor, Janeth a sensuales horcajadas en su bicicleta hasta Tunja, desde cuya esquina de la pulmonía su marido realizaba bien abrigado el último trayecto, aquel que lo llevaría hasta la capital de la res pública cuando el reloj marcara las extenuantes veinte horas. Los cinco, el Monza, las dos finas bicicletas livianas y la atlética pareja terminaban el periplo vueltos pedazos y trocitos, justo como para ser recogidos a cuentagotas en cucharitas dulceras o tinteras, tal el agotamiento sin toxinas que traían. Y de increíble ñapa, al incrédulo día siguiente hacían el trayecto en extenuante contravía. Deschavetados, desperdiciadores, locos, inconsecuentes, botaratas, despilfarradores, manirrotos, avaros con sus espermas y ovarios, amonestadora y gruñona les decía su respectiva madre y suegra, mejor concentren sus energías y sudores en darme uno o dos nietecitos. ¿Pero qué maldito caso le iban a hacer si los dos estaban obnubilados con su bárbaro deporte altivo hasta un poco más allá de la pared de enfrente, en donde daba clases de primaria y de otras asignaturas el ya veintisiete veces aquí mentado colegio del Niño Divino?

 

Por estas mañanas, que en las tardes nunca entrenaban porque dormían a pierna suelta o entreverada, se registró en el hotel, según él mismo escribió, el maduro joven Tomás Valdivia sin segundo apellido, quien era hijo natural y reconocido ante notario del riquísimo en la cama y en los bancos señor don muy bogotano Ezequiel Valdivia Dueñas, padre de muchos otros hijos, naturales todos, por supuesto, que nada artificial le gustaba al ricachón. Su papito, al finalizar la quincena le giraba a doña Sixta Tulia, vía Telecom, los dineros suficientes con qué cubrir los gastos, incluidas, vaya generosidad en cuerpo ajeno, las onerosas propinas en que Tomás y sus necesidades incurrían manirrotos. Los comportamientos del muchachón eran correctos, tal y como lo exige y aconseja el señor Carroño en su clásico texto de urbanidad urbana y de maneras: cursaba en la Unab el segundo semestre de periodismo, los sábados iba a vespertina o a la biblioteca municipal, los domingos, y sin comulgar en ayunas, a la triste misa, cuyas homilías escupidas por el párroco y su bonete le hacían bostezar con retadora grosería, leía cuanto magazín, periódico o panfleto caía en sus manos y en sus ojos y nunca pretendió llevar meretrices a la alcoba. Pedir más sería tener huevo de avión presidencial, sin ser preguntada opinaba Tía, así nadie atención le prestase. Era intachable, el hijo que toda madre anheló parir sin anestesias, dilatadores vaginales ni obstetras, el pausado yerno que toda suegra casamentera quiso cazar para su hija casadera, el alumno atento que todo preceptor imaginó dirigir sin férula y el opulento bolsillo en el que todos los gotereros pretendían introducir sus afiladas y afanadas garras, zarpas y codicias. Según el casi siempre correcto parecer de doña Tulia, Tomasillo Valdivia carecía de novias, amantes, damiselas de ocasión o condones. Y nunca bebía, fumaba, pedía a doña Sixta dinero prestado, se masturbaba, olía a feo y a agrio, maldecía, eructaba, peía o hacía conejo en la U. Ante semejante hoja de vida tan pulida y pulcra, a doña Sixta, alebrestando los celos de su hijo Jacinto, no le quedó más camino pavimentado y bien señalizado que mostrárselo a su primogénito como el ejemplo a seguir, imitar y lueguito emular y derrotar. A Jacinto estas comparaciones le caían y recaían como pedrada en ojo cojo, como patada en salva sea la parte pudenda, no como anillo de bisutería barata al dedo amputado y sí como espejo invertido, cuyas imágenes trocadas no quería copiar ni aun haciendo tramposa copia. Además y para que no se sople como pavo real y chicanee ante mi madre, yo soy triatleta de alta competición y Tomás ni siquiera trata de trotar, trataba él de justificarse.

 

Doña Tulia, para tratar de atraerlo y conquistarlo sin trotar ni un centímetro, empezó a mostrase deferente con él y muy obsequiosa, pero digna, le ofrecía doble postre de natas o de lecha asada y triple pan Trillos con vendaje, le corregía, buscando el centro, hacia la derecha el torcido hacia la izquierda nudo de sus corbatas, le regaló una subscripción anual de la revista Semana y otra semestral de Cambio 16 y de cuando en vez, por la exigente época de los exámenes finales de su facultad, le facilitaba las páginas manoseadas y desaseadas del señor monsieur Larousse, a la sazón viejísimo y prostático, para que en leyéndolas con atención mejorase su dicción y su escritura. De mucho le sirvió a Tomás este amable préstamo gratuito: descrestaba por igual a profesores y alumnos de la facultad de periodismo cuando discreto, pero seguro, disertaba y peroraba sobre cacofonía, retruécano, sinéresis, sinalefa, aféresis, oxímoron, eufemismo, metonimia, paráfrasis, símil, sinécdoque, silepsis, mixtura verborum, hipérbaton, hipérbole y otras rarezas lingüísticas de estrambóticas palabras casi que impronunciables para las trabadas bocas de tataretos, tartamudos, tartajos, gagos y boquinetos de paladar hendido.

 

Después de un agradable mes de atenciones y atrapado por y agradecido con doña Tulia, el buenazo del Tomás Valdivia sin segundo apellido le abrió casi que de par en impar las puertas de sus intimidades y le contó tal vez todo lo que ella quiso saber sin apretar clavijas ni exigir respuestas. Hasta se atrevió de repente a preguntarle por qué su hijo Jacinto lo miraba de mal modo.

 

-Pues porque hace mucho ejercicio y ha perdido sus amigos-, le respondió su anfitriona.

 

A mitad del año, por junio o julio, que ya no lo recuerdo, Tomás le dijo que estaba enamorado sin reversas ni vades retros de Dioselina Manrique y de sus suaves dieciocho abriles, mayos y junios, la camarera que atendía su alcoba y conocía a fondo sus calzoncillos y el cepillo de dientes, pero que, para su dolor del alma, no sabía por qué ella lo rechazaba de tal modo artero sin dar explicaciones.

 

-¿Quiere que hable con ella?-.

 

-No, usted verá, en realidad no sé, usted decida-.

 

Y doña Tulia decidió hablar. Y Dioselina también.

 

-Es que no se le para-.

 

-Ah, entonces no hay nada qué hacer, a menos que tome afrodisíacos o se deje clavar por algún acupunturista-, concluyó doña Tulia y no quiso hablar más, ni siquiera con Tomás, a quien nunca le habló de su impotencia.

 

Cuando la camarera decidió tomar en un bus municipal las de Villadiego, vale decir marcharse para el campo, a casa de sus padres, allá por Barichara y sus aledaños de tierras amarillas, Tomás el impotente casi se vade retro y de culo ladera abajo.

 

-Corra-, le dijo doña Tulia.

 

-¿Detrás de ella?-.

 

-No, cómo se le ocurre mijito, no ruegue por amor, que es tiempo y esfuerzo perdidos-.

 

-¿Entonces…?-.

 

-Trote-.

 

-¿Con quién?-.

 

-Con mi hijo y su esposa-.

 

-¿Por qué?-.

 

-Ellos son triatletas-.

 

-¿Y…?-.

 

-Entrene con ellos-.

 

-No creo tener fuerzas ni ganas, Dioselina me ha dejado desatendido y tendido en la lona lonera cascabelera dile a mi negrita por dios que me quiera-, dijo, recordando con subitez y risa las hondas y musicales enseñanzas del señor monsieur Larousse.

 

-Inténtelo. Si usted quiere, yo voy y hablo con ellos-.

 

-Lo dejo a su elección, que a mí ya nada me importa-.

 

Apenas Jacinto supo de las deportivas intensiones de su madre, de inmediato dijo que sí porque estaba seguro y muy requetequeseguro de poder sacarse el clavo y la espinita, la una después del otro, viceversa o al mismo tiempo, para que le arda más. Ese bobo tolaco no me llegará ni a las espinillas, sean de las piernas o de la cara, le sacaré la leche y la piedra y lo forzaré a rendirse, pensó desquitarse cuando le contó a su esposa. Tomás, al contrario del proceder de Augustus Müller Isaza, quien por esos mismos años se negó a acompañarlos en su trote, aceptó a regañadientes y empezó a madrugar con la pareja. Tal vez acicateado por la tusa difícil de tragar del despecho y antes de que trascurriesen veinte días de duro trajín, el joven Tomás los aventajaba cada vez más porque sus rivales derrotados eran cada vez más viejos. Jacinto, alegando un desgarro, una lesión severa y mentirosa en el isquiotibial derecho que su mujer no se tragó, aunque leal cerró el pico pico melorico, dijo que se tomaría un descanso, que consultaría a su médico deportólogo de cabecera y que después vería. Y lo que vio fue renunciar a correr detrás de él y en su vencedora compañía. Tomás no se inmutó ni pavoneó, apretó la marcha, los dientes y los puños, aumentó distancias, aceleraciones y velocidades, hidratose, de contado compró en Sanandresito todos los implementos deportivos de marca mayor y de contrabando que le fuesen necesarios y muy pronto los bucaramangraciosos callejeros lo vieron trotar sin menguar el paso hasta tres terribles horas y media consecutivas, matutinas, permanentes y sin pausas. Tanto trotó y trotó y trotó sin tratar de detener el trote, que descuidó sus estudios de periodismo y perdió el tercer semestre por acumulación de faltas sin excusa y por desastrosos resultados en previos y exámenes finales. Impertérrito e impávido y sin avisarle a nadie, de improviso una mañana pidió la cuenta, la pagó con dorado Credibanco y se marchó nadie sabe para dónde y sin avisarle a doña Tulia, quien apenas se enteró, por él lloró tres lágrimas que dejó rodar hasta sus añejos y otrora enhiestos senos nutricios y sensuales que ningún sostén lograba contener.

 

En tres sudorosos años trotó por todo el país: lo vieron en Oiba y le regalaron tamales, por Flandes pescado viudo, en Ipiales vítores, aplausos en Tumaco, en Girón confeti y aguardiente, una hamaca en Tamalameque y dos chinchorros en Mompox, pomarrosas comió y agradeció en las cercanías amables de Zapatoca, por extramuros de Cali y Medellín le dieron bala inútil y venteada, después e ileso, en Bello un carriel de desagravio le colgaron del pescuezo y comió culonas y génovas en Curití y el Socorro y langosta y pez sierra en el Cabo de la Vela, amén de dos tragos de anisado fuerte de Cepitá que en Bucaramangracia doña Sixta le convenció de beber fondo gris, que si se lo exige blanco lo totea y al otro día no corre ni trata. Periodistas, que con dificultad y cansancio trotaban a sus flancos invencibles, intentaron en vivo entrevistarlo, pero no quiso abrir la boca ni para respirar mejor. Nike, Adidas, Marlboro, Gatorade, Red Bull, Coca-Cola, Le Coq Sportif, el Hotel Hilton de Cartagena de Indias y las demagogas gobernaciones del Chocó, la Guajira, Bolívar y Cundinamarca le ofrecieron patrocinio en dinero y en especie, así como también armados y atléticos  guardaespaldas, ofertas malsanas que declinó meneando la cabeza de derecha a izquierda. Tampoco firmaba autógrafos ni permitía el ser fotografiado o filmado, así le pagasen más que a Amparo Grisales por mostrar un seno sin implantes.

 

Creyendo que nunca le volvería a ver ni en sueños ni en pintura, doña Tulia no pudo creer cuando, meses más tarde, Tomás reapareció, con longa barba que le llegaba casi hasta el ombligo nutricio y melena de similar longitud, vestido como todo un corredor de maratones, mochilla estudiantil en su espalda, canguro en la cintura y sudoroso hasta decir usted sí que hiede a feo, quítese de ahí. Se alojó en la más barata alcoba que el Hotel De Siempre ofrecía a los menguados de la bolsa y contó que su padre, para zafarse de su presencia, le había fiedicomisado una cantidad cercana a los mil millones de pesos no oro, sí oropel, para que no pasase trabajos, con la condición inexcusable de que no volviese por casa, caso contrario cancelaría la prebenda con que lo mantenía lejos de sus extensos predios.

 

-Y ahora, gracias a usted-, y le estampó un beso en el arrugado cachete, -no hago sino trotar y trotar veinte kilómetros diarios por lo menos y cuarenta por lo más-.

 

-Gracias a mí no. Por culpa mía más bien-.

 

-¿Cómo se le ocurre, señora?, si ahora me siento y me paro muy bien, como si fuera de aire comprimido, lleno de poder joder a los demás que tratan de joderme a mí-.

 

Doña Sixta Tulia lo felicitó y le ofreció un suculento almuerzo de cazuela de bagre, ensalada salvaje y silvestre, patacones pisados por un piedrón amaestrado en esos menesteres culinarios, arroz blanco espolvoreado con cacahuetes en polvo y jugo de mandarina sin azúcar. Apenas sí se bebió el jugo, lo demás fueron pastillas energéticas, y se fue a dormir durante ocho horas su enviciador, invisible e irresistible cansancio y mucho antes del amanecer, y en ayunas, se fue al trote con rumbo norte y atlántico. Su meta era Santa Marta, le dejó escrito a doña Tulia en una esquela, junto a los justos dineros para cancelar el valor de su estadía. Cada tres o cuatro meses regresaba, pernoctaba una noche y la pagaba en efectivo, soportaba el silente desprecio del envidioso Jacinto, hablaba con la cada vez más anciana doña Tulia y al día siguiente, apenas el gallo del solar abría el pico y quiquiriquiaba, se largaba a grandes zancadas de avestruz o de correcaminos. Pero corridos algunos días, a finales de 1.997, recuperado de la impotencia, rumbo a casa de su amada Dioselina Manrique, ya su himen de veinte años, y frente a las puertas sin cerradura ni pestillo de Barichara, Santander del Sur, malnacidos malandrines que no faltan, así sobren, tres veces en el mismo sitio del pulmón izquierdo lo acuchillaron para robar sus pertenencias o una tractomula Mack y borracha de gasolina venezolana de contrabando lo aplastó con sus ocho ruedas traseras, seis dellas sin frenos, que nunca sobre la culpa del autor hubo claridad. Doña Tulia, una vez lo supo, tardó en olvidarlo, no así su hijo, quien, irritando a su esposa, a sus senos sin gradientes ni tangentes que los dimensionasen y a sus glúteos sin peraltes ni señales de peligro que dijeran atención curvas peligrosas y sucesivas, bailó la danza de la muerte súbita en una sola pata izquierda, alegre y descalza.

 

El trece de mayo, día de la virgen, le recalcaba Tía, de 1.999 y en horas vespertinas, que en las matutinas aún trabajaba como mula o como hormiga, doña Sixta solitaria en su aposento se deleitaba mirando en la pantalla de su televisor de más de treinta y seis pulgadas una deliciosa película en colores musicales estrenada hacia 1.994, dirigida por Robert Zemeckis y basada en una novela escrita y publicada por Wiston Groom en los albores de 1.986, cuando de repente empezó a llamar a gritos casi histéricos a Jacinto. Acudido que este hubo, su madre, con el control remoto y llorando de la risa y de la mucha dicha, le señalaba a Tom Hanks, trotando por las asfaltadas carreteras secundarias de Alabama, sus barbas y su melena, tal como las de Tomás, ondeando al viento que venía salado del golfo de México. Y las narices eran igualiticas. Gemelas mellizas. Y ni qué decir del óvalo facial, los arcos superciliares, la disciplinada respiracción, la mirada inocente, la longa barba ensortijada, negra, vital.

 

-Es él, es Tomasito Valdivia que ha resucitado en inglés y ahora se llama Tom, ¡qué dicha tan grande volverlo a ver convertido en todo un actorzote de jólibud!-, gemía, sollozaba, aullaba y gritaba la doña Tulia más contenta que Jacinto recordase haber visto.

 

Su hijo, acatando las instrucciones que la médica geriatra recomendaba para no llevarle la contraria cuando su paciente divagase, no la contradijo y le llevó la cuerda y la corriente.

 

-Sí, mami, es él, solo que un poco más viejo-.

 

Hasta la fecha, doña Tulia y su cuerda locura senil y jocosa, cuando ella está obsesa, chuchumeca y nostálgica, han visto varias copias piratas de esta fantástica película llamada Forrest Gump por lo menos ciento dos o ciento tres veces a petición propia y veintitrés más de encime que le regaló Jacinto, quien jamás la reconvino en lo contrario. Aplaudámoslo por ello. Gracias.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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