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 ReVista OjOs.com     JUNIO DE 2013

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

UN DESQUICIADO PINTOR (1.975)

 

Para Gustavín, mi hermano gemelo no univitelino.

 

 

Un desquiciado pintor, sí, pero no de brochas gordas o delgadas, overoles, escaleras, guantes, tapabocas, limpiones, vinilos, lacas, esmaltes ni barnices, fue quien, en uno cualquiera de los tres prime- rísimos días prenavideños y bobos de noviembre de 1.975 apareció, pálido y cerúleo como los espectros asustados, recomendado y traído casi a juro y a rastras al Hotel De Siempre por el encorbatado director galo de la incipiente y casi que aún sin estrenar Alianza Colombo-Francesa para que pasase allí en el hotelun semestre completo, mientras dictaba conferencias y cursos artísticos en su lengua materna y con acento paterno. Archimedes LeClerc Merignac era su nombre de pila bautismal, según se leía en francés en el registro del ingreso, pero pero cuando, después de dos o tres diálogos enredados, Jacinto y él se hicieron amigotes de licor y de otras etcéteras yerbas, aquel optó por llamarlo Archi a secas. Nunca supo, ni le preguntó, si le gustaba o no ese apócope, porque su muda taciturnidez escueta lo había, desde su infancia en Bordeaux, tornado hombre de muy pocas palabras aunque sí de muchas palabrotas. Pero si era parco para hablar mas no para maldecir, en el actuar mal era lo opuesto y se extralimitaba sin fronteras, ya estas fuesen geográficas, económicas, éticas, políticas, morales, religiosas, sexuales o penales. Parecía tener tormentas borrascosas que relampagueaban y tronaban dentro de su agrio sí, sus comentarios eran ácidos y lapidarios y en regular español, que ya lo balbuceaba allá en la Normandía costera, denostaba a vozarrones contra todo, contra todos y sin tapujos.

 

Laboraba, de mala gana y sin mirar los ojos de sus alumnos, en la Alianza durante seis horas corridas, desde las nueve de la mañana azul hasta las tres de la amarilla tarde. Luego almorzaba o no en cualquier parte, casi siempre de pie y a las carreras. Tener prisa notoria y sudor-osa era su peor, entre otros muchos, defecto. También pintaba, negarlo fuera mentira, al menos una hora diaria sin faltar por las mañanas, borracho, amanecido, fino, cascarrabias, enguayabado, al borde del delirio tremendo y sano y salvo arriba y abajo. Una hermosa serie de catorce esbeltos cuadros suaves de tonos terracotas, concluidos en el semestre, que representaban primeros planos de los estoraques que circundan la Villa de los Caballeros de San Juan de Girón y llamados “Lienzos erosionados”, se llevó al final para París, Francia, y los colgó allá, bajo las luminosas sombras del más húmedo atelier de Montparnasse y por la tarde, frente al batir de palmas de un público versado en espátulas y cerdas, en luces y sombras, en tonos, matices y Matisses.

 

Cuando en la mitad de noviembre el primogénito de doña Sixta Tulia llegó, vía Copetrán y cansado, desde la capital de la res pública a pasar de agache sus vacaciones universitarias y su madre se lo presentó esa misma noche, sintió que el apretón con que estrechó su mano transmitía por ósmosis epidérmica mucho más que indiferencia. Además, acción que nunca lo caracterizó, lo miró con sus azules ojos muy abiertos, como queriéndole decir que entrara en ellos y se convirtieran en amigos. Así fue: muy amigos se volvieron en el veloz instante siguiente y muy al otro día, en su amarilla tarde que tendía hacia el lila pálido, empezaron sin aspavientos a fumar marihuana punto rojo, como si chimeneas de locomotora fueran, a envidiar el vuelo imposible e inimitable de las iridiscentes quinchas en reversa y a maravillarse hasta con lo irreal y lo invisible, tal como le sucedía a la ciclista McCormick-Orange es sus días de humo y rosas. Jacinto le presentó al ínclito poeta Federico Pinilla y sus libros incunables, al vago Bart Umagna y sus descabelladas propuestas y a un complaciente jíbaro caleño cuyo remoquete era El Tista. Conformaron, a partir de ese entonces benemérito, un sólido quinteto peligroso y desmesurado que puso en ascuas prietas a las autodenominadas gentes de bien. Sin comentarios. Sábados y domingos con mucho gusto y poco susto madrugaban sin acudir a los timbres de los relojes despertadores de los dormilones perezosos para largarse, pidiendo aventones y echando dedo, hasta una pobretona y escueta cabañuela de madera podrida, tejas de barro cocido en chircales, muros al pañete y al carburo, sita en los aledaños y alrededores del Pie de la Cuesta y cuyo propietario sin hipoteca era padre de Bart, el vago más vago de todos nosotros y de los otros, y allá se desmadraban sin control, medidas ni reglamentos, ilusos que se creían invictos.

 

Federico, poeta socorrano y maldito, sus pómulos similares a los del ingenioso hidalgo en sus peores días de cordura, y a quien, como es de suponer en correcto, no le apetecían las rimas bien o mal rimadas, hablaba, con boca y alvéolos pulmonares repletos del humo bendito que todos sabemos, hasta por los codos, rodillas y tobillos de Luis Cernuda, Miguel Hernández, Jorge Manrique, Fernando Pessoa, el señorísimo Jorge Luis Borges, su tocayo García Lorca, el arcipreste de Hita, Píndaro, su Papá Noel Walt Whitman, Sylvia Plath y Virginia Woolf, quien, aunque escribía en prosa, era más poetisa que cualquier hombre poeta.

 

Por el opuesto, el vaguísimo del Umagna, así entendiera muy bien de qué cuernos y coños parlaba el poeta por sus codos, rodillas y tobillos, siempre sorprendía al cuarteto que le escuchaba cuando lo invitaba a contar los cráteres de la luna nueva o en menguante, a observar, hasta cuando se zafasen, los eternos coitos envidiables de los canes, a espetarles e irrespetar, de repente y sin aviso previo, a curas, obispos, cardenales, arzobispos monjas, abadesas, sacristanes, sores, abates, diáconos, seminaristas y monaguillos -invertidos todos- que la existencia de Dios fue, es y será un cuento más chimbo que los cheques sin fondos que él solía girar y, entre otras muchas más barrabasadas estupendas, geniales y contestatarias, a retarlos para que los cinco se disfrazaran de salesianos o dominicos confesores y así oír los pecados de la humanidad pecadora y doliente, según sus propias palabras no soeces, a comer sabroso en restaurantes y beber tramposo en bares sin pagar las cuentas ni menos propinas dar y a cantar villanchicos distorsionados como nana nanita nana nanita ea, su Jesús tiene sueño, se poposea, se poposea y los pastores de Belén vienen a dorar al niño, la virgen y yo no sé lo masturban con cariño.

 

El jíbaro Tista tan solo hablaba demasiado cuando la fumadera y la oportunidad se lo permitían sobre la concentración del tetrahidrocanabinol, precios, calidades y cualidades de la cannabis sativa, que la índica mucho y fuerte le hacía toser y flemas expectorar.

 

En cuanto a él, pobre de él, Jacinto Calibre, respecta, se pasaba el turno que le correspondía disertando, eso creía él, iluso, ingenuo, idiota, imbécil, estúpido, pendejo, mequetrefe, cretino, ridículo y otros adjetivos descalificativos y no benevolentes, sobre Faulkner, su padre putativo, Kafka, Conrad, Kazantzakis, Beckett, Homero, Gay Talese, la Woolf, para placer, contento y sonrisa del poeta Federico, Joyce, don muy don Miguel de Cervantes, Salgari, la Sagan, la Rochefort, Mailer, Miller y él mismo.

 

Archi LeClerc, con cara de palosanto que no ha fumado en meses ni siquiera tabaco rubio con filtro, los oía sin que en su normando rostro apareciesen signos de aprobación o de rechazo y cuando vencía por puntos suspensivos y no por nocaut fulminante o técnico a su taciturnitud se dedicaba con poco reato y vergüenza a perorar a gritos sobre los errores de Miró, Dalí, Bosch, El Greco, Frida Kahlo -Jacinto lo miraba con rabia entonces-, Goya, Obregón y Norman Mejía.

 

Y cuando los cuatro hablaban al tiempo y a gritos y sin que El Tista dijera esta boca es mía porque de música poco sabía, ora defendían y ora atacaban a Franz Zappa, Agustín Lara, Sibelius, Lennon, Pirela, Bach, el nacido en Tupelo, Mississippi, Sadel, Uriah Heep, la Callas, Garzón y Collazos, los Tolimensos, Bob Dylan, Orfeo y otros pentagramadores diversos, era menester echarles agua fría en los lomos para que se callaran y no se liaran a trompicones ni pescozones.

 

Y en cuanto al séptimo arte, la cine mató grafía, todos, excepto el Tista, que dello nada sabía, estaban

 extrañamente de acuerdo en que West Side Story, el extenso documental sobre el festival de Woodstock, Easy Rider, Zabriskie Point, El Rostro Impenetrable, In Cold Blood, Blow Up, El Acorazado Potemkim, Apocalypsis Now y La Dolce Vita eran las mejores cintas que habían visto sin tragar crispeta ni Coca Cola beber en vasos de cartón encerado.

 

Para poner las cartas desnudas sobre la mesa de madera sin pintar y el chocolate espeso entre el chorote de aluminio sin anodizar, debo escribir que también el quinteto probó ácido lisérgico, mezcalina, ajenjo, yagé, somníferos, trufas y hongos alucinógenos, peyote, cocaína, sedantes, anfetaminas, barbitúricos y licores de todo tipo y sabor, aun los clandestinos alambicados de alambique.

 

Una noche de magnífico plenilunio el quinteto se quedó sin dinero en la bolsa y decidió salir desnudo a retozar por los sorprendidos campos en búsqueda de gallinas qué cazar para comerlas luego hervidas y sin hogo, pero el estado descompuesto en que se hallaban los cinco les escamoteó el éxito. Cuando frustrados y cabizbajos los bárbaros sin nadita que comer regresaron al refugio roto pero amañador de la cabañuela del padre de Bart, el vago vago, Archi traía consigo y escondidos en el bolsillo trasero de su pantalón de pana gris obscuro, pétalos, estambres, pistilos, pedúnculos, tallos y hojas de una flor desconocida, por gestos les ordenó a sus cuatro amigazos sentarse alrededor del remedo de mesa que mal hacía de comedor y se marchó en trece pasos hasta la cocina. Al tornar de ella, esta vez en once pasos, con una olleta en la derecha y cinco tazones en la izquierda, el desnudo cuarteto pensó que se trataba de limonada rancia, sin azúcar ni panela. Se bebieron el grisáceo líquido de las tazas, repitieron, no supieron identificar lo que acababan de engullir, le preguntaron a Archi LeClerc que de qué se trataba toda esta joda y él, muy serio y orondo, les contestó que era té de lirio. Desnudos, tuvieron que aplaudirlo hasta con las plantas de los pies.

 

En la noche buena, que para muchos es mala o pésima, en contravía de los deseos expresos de doña Sixta, quien quería invitarlos, eso sí sin El Tista, a rezar la novena, cantar desafinados villanchicos, quemar martinicas, lanzar cohetones, abrir los regalos del niño ese, comer pavo, beber masato y eructar, se volaron para su refugio y luego de aspirar cigarros malsanos y beber licores con altos grados de alcohol etílico, Archi se apareció en la sala, desnudo de la cintura hacia abajo, con en sus manos una papaya aún verde a la que le había abierto el orificio lateral más sumiso que hubiérase visto nunca antes ni después, erecto del pene, muy borracho y peor drogado y, antes de que Bart, Federico, El Tista y Jacinto atinaran a pensar qué se traía entre manos o entre piernas o entre huevas, la penetró y poseyó durante seis escatológicos minutos y medio, como si de Ava Gardner o Jeanne Moureau se tratara. Eyaculado y sin limpiar su pubis, en quince pasos llevó la papaya con esperma tibio en su interior a la cocina, la introdujo en la nevera, regresó, también en quince mismos pasos, que estaba muy cansado, y les dijo que mañana, para conmemorar la Pascua Florida, se la comerían con las manos desnudas entre todos. Y para mi estupefacción y la vuestra, sin vomitar le obedecieron.

 

Cuando el día 26 por la tarde amarilla que tendía al lila pálido regresaron al Hotel De Siempre, sin El Tista, por supuesto, que doña Tulia no lo podía ni siquiera imaginar en pintura, ella no les permitió quedarse en la sala ni en el estrambótico corredor rectangular de los pensamientos inconfesables en floracción, tal el aspecto desastroso y rucio que lucían, y les llevó a empujones al solar, en donde, con potentes chorros de la manguera a presión de última generación, jabón de la tierra, estropajo y agua florida de Murray y Lanham, los bañó sobre la  ropa puesta y sucia con más intensidad que la rociada por el diluvio universal.

 

Pero lo peor de los peores, lo más horripilante y salvaje, la pesadilla que ni el marqués de Sade o Calígula pudieron soñar, ocurrió el día de los santos reyes. LeClerc, Archi, tal y como sucedió exactamente con la  violentada papaya de días aciagos atrás, irrumpió en la sala, en esta malhadada ocasión con una saraviada y frenética gallina en las manos, después de soplarle el ano para separar las plumas y abrir paso, la poseyó con ira y mientras el ave se meneaba, con un machete le cercenó la cabeza, de sangre y espermatozoides salpicándose él, la gallina y sus amigotes.

 

Una vez que se marchó del Hotel De Siempre y no se le volvió a ver ni soportar por estos lares, los críticos de arte, y Jacinto y yo con ellos, coincidimos en afirmar (al contrario de doña Sixta Tulia, quien jamás se enteró de sus hazañas, que de sí, ¿cómo hubiera sido su proceder?) que el burdo y deschavetado Archimedes LeClerc Merignac es un magnífico pintor  de delicados trazos y pinceles que tiene bien merecido su fenomenal éxito internacioanal y bancario.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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