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 ReVista OjOs.com    MAYO DE 2013

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

TITO CHAPUZA Y GATO ALBINO (1.987 - 1.988)



Para Manuel Hernández Ven a vides.

 

 

Estos dos caballeros del volante audaz y del pedal sereno fueron también, en cierto modo incierto y bajo sospechosa y tuerta óptica, huéspedes del Hotel De Siempre durante un próspero quinquenio con altos índices de ocupación en las alcobas. Jacinto, en sus alocadas épocas, ya por fortuna idas para donde sea o por ahí cerca, de pésimo ingeniero industrial y mientras se desempeñaba, de regular manera hacia abajo, como gerente de la Embotelladora del Fonce, en San Gil, Santander del Sur, había trabado amistad comercial con Tito, quien, a bordo de un camión de estacas de su propiedad, le llevaba y le traía envases vacíos y llenos de gaseosas Hipinto desde tiendas, graneros y y misceláneas de las poblaciones vecinas, hasta cuando renunció irreversiblemente de repente en el verano para buscar su futuro incierto en las mal iluminadas calles, algunas sin pavimentar, de nuestra Bucaramangracia tan graciosa y sin gracia. Volvieron a verse cuerpo, cara y ojos una década después, Jacinto Calibre bajo su menguada condición inútil de vago administrador mediocre del hotel y Chapuza como acucioso taxista que le llevaba y le traía huéspedes, como en el antaño gaseosas, desde y hasta el campo aéreo y el terminal de los buses. Gato Albino, el otro conductor y sus garras no retráctiles pero afiladas fueron traídos casi que de las mechas obligatorias por su colega para que le ayudara en el arduo trasteo de pasajeros, maletas, dudas e ilusiones, la mayoría de las veces de muy mala gana y con peores maneras descomedidas, porque era súbito e ilógico cascarrabias.

 

Doña Sixta Tulia, y Tía también, quienes conocían muy bien a fondo blanco y desde hacía rato a Culo de Génova, su taxista particular, aseguraban que entre Chapuza y el gato al vino no sumaban ni multiplicaban lo suficiente como para llegarle a los huesudos tobillos o a los líquidos sinoviales de las rodillas de su chofer de plena confianza, quien sin esfuerzo ni sudor delator los superaba en cortesía, agilidad y truculencia  para eludir nudos de la circulacción del tránsito, hundía el pie de seda en el acelerador, el de hierro en el freno y con los ojos cerrados conocía al dedillo y al revés atajos, contravías y metederos.

 

Como compensación equilibrante, Jacinto les permitía, algunos fines de semana con baja ocupación, quedarse gratis, sin llenar ni firmar el registro de ingreso y durante toda la noche, con sus parejas ocasionales de amor pago en la más pequeña pero no por ello menos cómoda alcoba de cama doble, baño privado, mentiroso aire acondicionado y televisión en colores con control remoto.

 

En el día final de 1.987, con todos los habitantes de la ciudad nerviosos, impacientes, inquietos, eufóricos, presurosos, alicorados, acezantes, en fin, chapaleando sobre un coctel de urgencias y aceleres, un autodidacta semiólogo bogotano, a quien Jacinto conocía desde años atrás cuando fungía como juez de aduanas, este último y su mujer de finas pero rotundas curvaturas de piel de almíbar, cerca de las veintiuna horas y media y a bordo plácido de un Chevrolet Monza con placas IDB-024, quedaron detenidos justo frente al semáforo en prohibitivo rojo de la calle 56, que en ángulo de noventa grados, y por tanto pintado de verde permisivo, daba paso libre a los afanados vehículos que transitaban perpendiculares  al trío y por la carrera 27. Todos estos automotores arrancaron de inmediato, excepto dos que permanecieron detenidos: un amarillo taxi y sus dos pasajeros acomodados en el asiento posterior y un Renault seis con matrimonio adentro, embarazada ella. El semiólogo, siempre alerta desde cuando nadaba en el líquido amniótico del útero materno y nutricio, observó, y de inmediato nos informó por señas, que del carro particular, armado con un revólver de al parecer seis tiros en su tambor, se bajaba raudo y furioso su conductor, pasaba por delante de su Renault con el motor en ralentí y frente a la trompa del taxi y fijamente y sin temblores con el arma apuntaba al justo e injusto centro del chofer. El taxista, al verse en peligro de muerte, con ladino disimulo entreabrió la puerta, sacó presto una macheta rural y cuando tuvo en frente a su armado rival, lo tiró de un súbito portazo en el estómago al pavimento en el preciso momento en que recibía de él un balazo en la cara externa del muslo izquierdo. Apenas el agresor tocó el pavimento con su espalda, el semáforo cambió a verde esperanza, pero ninguno de nosotros, y de nuestros vecinos de carril, se movió una pulgada o menos, sorprendidos como estábamos por el estrépito estruendoso del disparo, calibre 32 corto, aseguraron con total entereza, no sabemos bajo qué raciocinio, la esposa de Jacinto y sus muy múltiples curvas sin peraltes ni señales de peligro. El herido taxista, con su cachucha de beisbolista de ligas menores calada hasta las cejas arqueadas de la furia y la ira desnuda en todos sus poros y costados, brincó como felino depredador sobre los gritos y aullidos de sus dos pasajeros y de la embarazada esposa de su agresor caído, se le sentó a horcajadas sobre el tórax sudoroso, en menos de un dácame acá esas pajas le asestó con brutalidad sendos y precisos machetazos a diestra y siniestra en las cercanías del cuello, sobre los huesos de clavículas y omóplatos, tasajeándole músculos y tendones e inmovilizándolo de facto. Lleno de soberbia casi sólida y acicateado por su propia sangre que huía a borbotones de la manga izquierda de su pantalón hasta las medias, arrojó lejos de sí la macheta, le arrebató el revólver y le descerrajó a quemarropa homicida un balazo en pleno rostro atónito, quitándole la vida que debía durarle treinta y tres años más y a su viuda novata la esperanza y la posibilidad de ser madre nutritiva de otros dos hijos. El invisible y paralizante desconcierto de todos nosotros, estáticos, atolondrados y mudos mirones y testigos de la sangre derramada, permitió que el taxista recuperara el arma blanca con que había cercenado la movilidad del energúmeno, botara el revólver al pavimento ensangrentado, se trepara casi cayéndose a su vehículo, arrancara, con el par de histéricos pasajeros aún atornillados a su asiento trasero y la reciente viuda al suyo y delantero y se dirigiera raudo y sordo a cumplir el servicio hasta el barrio de la Victoria, sin parar mientes en el asesinado ni en su novel viuda, quien gritaba, lloraba y señalaba con el tembloroso mentón y el acusador índice derecho al homicida que huía a todo gas ensangrentado con rumbo hacia Girón. A todas estas y aquellas, los vehículos que permanecían en fila india detrás del nuestro y cuyos conductores no habían visto los hechos que nosotros sí, movidos por la prisa alcohólica de la noche vieja hundieron a fondo la bocina para obligarnos a arrancar. Obedecimos en medio de la barahúnda humana y del estrépito automotor y nos alejamos del lugar, aún en nuestros oídos la gritería de la viuda y la histeria de la pareja de pasajeros y en la nariz el aroma fatal de la hemoglobina y sus plaquetas. Imposible nos fue después, en la cabaña campestre que el semiólogo había rentado, beber siquiera un trago sencillo o doble de anisado pichón, comer al menos dos bocados del muslo de un pavo sacrificado borracho, ponerse del revés los amarillos pantaloncillos, tragar las no sé cuántas uvas de la ¿buena? suerte, dar vueltas estúpidas y más vueltas idiotas a la manzana con las maletas taqueadas de ropa vieja o prometer mentiras impías para el año entrante. ¿Para qué negarlo entonces?: dormimos incómodos, mal y muy poco porque las pesadillas nos atormentaron. Al día siguiente, el primero de 1.988, y como ya es costumbre, la Retaguardia Liberal y sus noticias, editoriales, fáciles crucigramas y avisos clasificados no circularon con la noticia y los tres días siguientes con sus noches los pasamos en franca recuperación etílica y canábica atrincherados en la cabaña hasta cuando regresamos, aún curiosos por saber el final del sanguinario altercado. Dos semanas más tarde, y casi con el recuerdo cubierto por otros nuevos, Tito Chapuza parqueó su taxi y cabizbajo entró al hotel. Venía de luto riguroso y con el caminar lento, propio de los entristecidos. Sin que Jacinto o su mujer de ancas poderosas de potranca fina y fulminante preguntaran ni con los ojos, el taxista soltó su retahíla: vengo a contarle doctor Calibre que el treinta y uno del mes pasado y por la noche Gato Albino y un particular borracho venían discutiendo insultándose y cerrándose el paso por la carrera 27 y desde la calle 36 hasta la 56 y cuando el semáforo se puso en rojo el hijueputa que conducía el carro particular se bajó armado con un revólver de su Renault seis se acercó a mi amigo que alcanzó a tumbarlo con un golpe de la puerta y el otro cayéndose logró darle un tiro a Gato Albino en la pierna izquierda quien herido y todo se le tiró encima le asestó dos machetazos a los lados del cuello le arrebató el arma y con la misma y de inmediato le soltó un plomazo en la frente dejándolo tieso y después mucho arrecho ese gato al vino ¿no? se encaramó al taxi cumplidor de su deber llevó el servicio hasta la Victoria se vino volando a toda mierda para la Clínica Bucaramangracia pero justo en la puerta de urgencias se murió como un chivo desangrado, a cuentagotas.

 

-Ya, ya, pare, Tito, yo estaba ahí, en las narices y no pude reconocer al Gato Albino por lana y salió trasquilado porque tenía la gorra escasquetada hasta las cejas-.

 

-Pues eso no es nada, doctor Calibre, imagínese que la señora que iba en el taxi de Gato Albino apenas se bajó murió de un infarto agudo y masivo en la puerta estupefacta y cerrada de su casa del barrio de la Victoria y para más pior la esposa de la víctima abortó un feto de tres meses y también en la puerta del quirófano se murió desangrada como gato al vino-.

 

-Pues al perro sí que lo capan cuatro veces de los mismos testículos y en la puerta del horno donde el pan se quema: el energúmeno murió en la puerta del vehículo de su enemigo, Gato Albino murió desangrado en la puerta de la la clínica, su pasajera en la puerta de su casa y la viuda de la víctima en la puerta del quirófano-, sardonizó Jacinto.

 

-¡Ay juepuerta, qué sal tan salada la de esos cuatro!-, resumió Tito Chapuza.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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