(57) 319 2930843

(57) 318 3269478

 ReVista OjOs.com     ABRIL DE 2013

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

PEPINO COHOMBRO (1.996)

 


Para mi peor enemigo, inexistente aún y ojalá siempre.

 

A las seis y media en punto suspensivo de la tarde adormecida de un día miércoles cualquiera de 1.996, cuando las abejas son ahora africanas e importadas y no angelitas y silvestres, aparece en la recepción del nuevo Hotel De Siempre -cuyas puertas de las alcobas también están numeradas en arábigos y romanos- como salido de una revista de modas masculinas un esbelto personaje cuarentón o poco menos, muy bien vestido y con seguridad también muy bien desvestido, peinado a la juvenil moda americana del norte, de ademanes finos aunque no amanerados, envuelto en aromas de Acqua di Parma o Calvin Klein, que mi esposa y su nariz no pudieron identificar, portando en su mano derecha fino maletín Louis Vuitton, seguramente importado de las Europas trasatlánticas, erguido, guapo, viril y nos dijo a mi esposa, al recepcionista y a mí, que había llegado por vía aérea esta mañana temprano desde la Santa Fué de Bogotá con la intención de retornar esta misma noche a la capital nacioanal, pero que para su mala fortuna había perdido el vuelo del regreso y que necesitaba una habitación con cama doble, aire acondicionado y ventana a la calle. Supuse, yo siempre pensando mal -¿o bien?-, que el alto ejecutivo de uno ochenta de estatura, pues eso parecía ser, solicitaba una cama doble para en después traer de contrabando una dama de compañía y follar con ella bajo y sobre la seda del aire enfriado con artificio. No importa, pensé, se lo merece, es tan guapo y viril. Pidió, suave pero tajantemente, que le despertaran a las cinco de la mañana siguiente, le buscaran un taxi media hora después y aclaró que no quería cenar. Llenó con mano firme, letra Palmer y nítidos perfiles y palotes -señal inequívoca de una magnífica educacción infantil- el registro de ingreso al Hotel De Siempre con sus datos personales, como son nombres, apellidos, profesión, fecha de nacimiento, números arábigos de cédula de ciudadanía y de identificación tributaria, estado civil, incivil o vil, señas particulares, y con sus datos inútiles e impersonales, como procedencia, destino, filiación política, forma de pago, dirección residencial, motivo del viaje y demás carajadas burocráticas y tontas, canceló la cuenta en efectivo, no recogió los vueltos, que fueron a parar sin ser contados a un fondo común repartido cada fin de mes entre todos los empleados y el botones lo condujo a la alcoba solicitada, que estaba situada en el segundo piso, calle de por medio frente a una garita en la que dormitaba -en vez de vigilar el parqueadero de la panadería Trillos, como era su deber- un celador santandereano del sur y ruana boyacense, radio transistor -alimentada su voz con pilas Eveready-, escopeta de perdigones, cachucha de gala de sargento viceprimero y sueño permanente. Se trata de un huésped normal, un tanto más elegante que el promedio de los habituales, dijo más tarde mi mujer que había pensado.

 

Mi mujer, mi esposa, mi maga, mi bruja, mi brújula, mi báscula -de ancestros escoceses ya perdidos en la remoticidad de los tiempos pretéritos-, el botones y yo, nos fuimos a dormir, con Morfeo o con Oniris, ya entrada la noche. Soñé con avestruces, mi esposa conmigo y del botones no se supo qué soñó, porque nadie se lo preguntó, ni él le contó a persona alguna o no soñó nada o no recordaba haber soñado algo. Mis sospechas sobre la supuesta presencia de una dama de compañía, alias prostituta, resultaron erróneas. ¿Erradas? ¿Herradas? Así que eso de piensa mal y acertarás en veces resulta pura caca. Tal como el huésped lo había solicitado, fue llamado a la hora acordada, le buscaron, y lo hallaron, el taxi pintado ahora de amarillo hiriente y grotesco, se marchó para el aeropuerto que ya no era el Gómez Niño sino el Palo Negro y dejó en manos sucias y bolsillos limpios del recepcionista una suculenta propina para ser repartida entre todos. Cuando en mi sueño los avestruces estaban prestos a meter sus cabezas en los consabidoshoyos, el timbre del teléfono no permitió que lo hicieran. Me desperté, mitad sobresaltado y mitad malhumorado. Quería seguir con mi sueño africano para conocer la causa de la cobardía de los avestruces, pero, como dicen que dicen en Tijuana, pos ni modo. Contesté, pregunté la hora, las siete y cuarto, y del otro lado de la línea el telefonista me decía que el celador de la garita del frente preguntaba por mí, con algo de prisa, algo de risa y mucho de sorpresa. Me tranquilicé, pues creí que llamaban para informarme que un sujeto con quien tuve un altercado verbal había venido a desayunar y yo no estaba dispuesto a permitir que lo hiciera porque poco faltó para que en el pasado reciente nos liáramos a puñetazos por una tontería que no vale la pena mencionar. Asuntos genéticos del machismo santandereano del sur. Tranquilizado, me vestí con la misma ropa del día anterior y sin lavar mi dentadura bajé a la recepción para atender al celador del vecino. Allá estaban mi mujer, quien, además de madrugadora, fermosa es, el recepcionista nocturno que aún no había entregado el turno, una de las camareras matutinas y el susodicho garitero, quien apenas me vio aparecer al final de la escalera se me acercó veloz y de inmediato dijo, en voz alta: doctor don Jacinto, imagínese que a las tres o tres y media de la madrugada se encendieron las luces de la pieza que queda frente a mi garita, alguien corrió las cortinas, abrió la ventana y pude verlo: era un hombre desnudo y alto que de inmediato se aplastó de espaldas a mí sobre el marco de la ventana, en un equilibrio peligroso pues podía venirse abajo y se metió y se sacó catorce o quince veces, que no pude contar bien por el asombro, un pepino cohombro por el sieso, hasta que cayó, por suerte hacia adentro de la habitación. Me pareció que pujaba o gemía. Le juro, continuó, que creí era una pesadilla y me abandoné al sueño, pero dos horas después el mismitico tipo salió por la puerta principal, ya bien vestido, claro, y se metió en un taxi. De idiota, pues no lo podía creer, pensé que mi pesadilla continuaba y volví a dormir (a dormitar, pensé yo, venenoso), pero ahora quiero saber si es cierto o no es cierto que en esa pieza se quedó un pasajero.

 

Mi maga, mi sobre todo, mi sobretodo, mi casi todo, mi brújula y astrolabio, mi bastón, el recepcionista nocturno, muy impaciente por largarse a casa y descansar, una de las dos camareras matutinas y yo quedamos a tó ni tos, es tu pe fac tos, pa ra li za dos. No lo podíamos creer. Tardé en reaccionar y el chismoso celador parecía satisfecho con su relato y orgulloso de ser el centro de la atención centrada en él.

 

Si se trata de un exhibicionista, me es difícil entender el que no necesite público, es como un mirón empedernido que no espíe la desnudez o como un alcohólico que se embriague con agua. Me acordé de Onán. Cuando recuperé habla, oído, tacto, visión, gusto y olfato, dije a la camarera, que era costeña de costa seca, no marítima ni oceánica, parida en Patiño, Cesar, ve a la habitación y mira si en realidad de verdad o en ficción de mentira hay un pepino cohombro. Ella me miró desconcertada pero no desconcentrada y dijo: eche, doctó, yo lo traigo, pero si me dan guantes quirúrgicos hasta el codo. Nos reventamos de la risa y pensé -yo siempre pienso mal, luego existo bien-: ahora solo falta que el celador contorsionado de la risa apriete sin querer el gatillo y salga del cañón de su escopeta hechiza, envejecida y con seguridad oxidada una perdigonada. Pero no, mantuvo el índice derecho en su puesto. Mi maga, mi bruja mala y buena, le entregó, no un par de guantes quirúrgicos hasta el codo, pero sí de aquellos empleados para restregar sanitarios y orinales y le dijo ve, tráelo, por favor. Fue, volvió y lo trajo. En veinte segundos. A pesar de tener las manos enguantadas, el asco que sentía le inhibió el agarrar a plena mano el pepino cohombro. Lo sostenía con índice y pulgar derechos, a la par que con la mano izquierda se tapaba sus dos ventanas nasales. Y en ese instante, cuando ella tapaba su nariz, maquiné mi venganza. Fingiendo reconciliacción, invité a almorzar a mi enemigo a fin de firmar la paz y en la ensalada, con culinaria sabiduría preparada y aderezada por mi madre y por Tía, ordené servirle el pepino cohombro cortado por ellas en finas rodajas inocentes.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

VOLVER A COLABORADORES            

 © ReVista OjOs.com

Se prohíbe la reproducción de cualquiera de los contenidos de la ReVista, así como su traducción  a cualquier idioma sin autorización de su titular. Email: fernando.guinard@gmail.com / Teléfono: (57) 318 3269478 - 319 2930843 Bogotá, Colombia