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 ReVista OjOs.com     FEBRERO DE 2013

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

POPÓLÍTICO  (1.999)

 

Para la madre que lo parió.

 

 

Este cuento corto o largo y torvo y vero se ha escrito con el único propósito, que ojalá cunda entre los votantes todos, de tirar, como estiércol que son y serán hasta cuando los electores lo permitan, a las sucias alcantarillas y desagües de las aguas pútridas a la totalidad y a cada uno de los popólíticos, quienes, ladinos, miserables y rastreros, haciendo uso indebido y apátrida de alambicados dolos y timos tramposos y demagogias y peroratas vomitadas desde cuando el más olvidadizo amnésico lo recuerde, han logrado treparse como depredadores carroñeros a los inmundos escaños del poder robar, matar y salir inmunes e impunes. Se trata de un perro miserable al que -y no a quien- se llamará sin apellidos, para que ustedes, lectores, no escupan sobre los rostros de sus hijos, el dotor Melquisedec a secas, quien convencido de la efectividad de su palabrerío torticero llegó desde Curití al Hotel De Siempre en busca de albergue durante todo el tiempo maldito y sucio que durase su rastrera campaña en pos de una silleta en la desastrosa -por lo vil y ratera- duma departamental. Primero quiso un descuento glotón del treinta y cinco o treinta y seis por ciento, asegurándole con cara de maluco palo a doña Tulia que de ahoritica en adelante él la describiría en sus babosos discursos y en sus deschavetadas arengas como una de las más eficaces y ejecutivas miembras -y así lo dijo el hijuepuerca- del personal de su campaña. Doña Sixta Tulia, antes de que transcurriera segundo y medio dijo reseca que no. Después, inútilmente posando de tonto sordo y aparentando no oír la negativa de la dueña, le pidió que le guardase en la caja fuerte y Fonrodona de su despacho gerencial un fino y embustero maletín Samsonite que había, mentiras totales, comprado en su antepenúltimo viaje al extranjero más lontano del mapamundi, el Atlas y la geografía universal. Doña Tulia le dijo que con mucho gusto y poco susto siempre y cuandoél lo abriese en presencia de su busto para poder verificar por sí misma el voluminoso contenido que ella intuía ominoso. El dotor Melquisedec a secas, sin inmutarse y antes por el contrario muy roñoso, taimado, condescendiente y pegajoso, la miró con ojos de víctima gratuita o de cordero degollado y le susurró que ella no debía desconfiar así de duro de un individuo pulcro como él, quien frente a cualquier oportunidad dolosa anteponía primero, segundo, tercero y cuarto la lucha por la democracia y nunca antes en su pasado impoluto había tratado de apoderarse, como hacen mis ladrones rivales, de los sacros dineros intocables del erario público. En oyéndole este pleonasmo petulante, el cáustico señor monsieur Larousse no pudo contener su furia y empezó a toser y carraspear de asco, como si se hubiese atragantadocon el estiércol verbal que los popólíticos hideputas vomitan cada vez que hablan putrefacta mierda fresca por sus inmundas y asquerosas fauces desdentadas y cariadas.

 

-Entonces ¿en qué quedamos, mi dotor Melqui, lo abrimos o no lo abrimos?-, inquirió doña Sixta Tulia, sus brazos en retadoras jarras y en sus carnosos labios  húmedos la mejor y más espléndida, despampanante y apaciguadora sonrisa mentirosa que jamás había diseñado antes para ablandar y engañar estúpidos como ese tal vergajo manteco que tenía en su puerco y repulsivo enfrente.

 

-No, por ahoritica dejémoslo así quietico, mi muy señora mía. Prefiero esperar para después poder demostrarle a plenitud y sin revire posible que yo soy tan pulcro como Jesús, el de Nazaret, lo fue en su agonía del empinado Gólgota, cuando bello y benemérito absolvía, perdonaba e indultaba a todo el mundo pecador.

 

-Claro, cómo no, usted, dotor, tiene a la completa razón de su parte y le cabe por tanto todo derecho-, contestó doña Tulia, muy molesta consigo misma y con su prudente cobardía, porque a cambio quería decirle habla usted mucha caca, viejo dotor huevón y ladrón.

 

Pero como doña Tulia nunca ha tragado entero y posee un invisible pero efectivo radar para detectar truculencias, después de ordenarle a su hijo que apenas ella le hiciera una seña veloz con las zurdas pestañas del ojo derecho se metiera a hurtadillas en la alcoba del miserable hampón, con una ganzúa invicta abriera el impostor Samsonite y mirara qué carajos o diablos había en su interior corrompido, coqueta y regalada invita a Melqui a cenar con ella en su despacho que a veces funge de comedor y así y a medida que los dos prueben las viandas y caten los vinillos él bien puede explicarle, pero no con esas palabras tan bonitas e ilustres que usted pronuncia con tanta claridad, cuál es su estrategia a seguir y cuáles sus triunfadores planes cuando sea por abrumadora mayoría elegido como el más querido y limpio diputado del Santander del Sur todo. Terminada la cena, que más parecía decadente banquete romano por lo cuantioso y veloz con que Melquisedec tragaba y mascaba y en cuyo transcurso el desgraciado glotón no le explicó nada y sí trató de, como torpe galán de vereda, cortejarla mientras ella, dispuesta de mala gana a ganar simpatía y puntos a su favor, le permitía algunos avances que se extralimitaron hasta llegar al borde del sostén y a un jeme del pezón y que la incomodaron e indispusieron y para salir del embrollo se excusó y alegando que tenía la regla más espantosa y abundante que recordara y que además sentía unos dolorosos cólicos menstruales que no la dejaban gozar a plenitud de su varonil compañía, le pidió permiso para retirarse a su aposento y beber allí un genérico analgésico llamado Buscapina y asearse la entrepierna.

 

Asombrada hasta tres cuadras más allá del infinito porque no podía comprender la estúpida capacidad de los popólíticos para ser incapaces de entender que una señora como ella, con más de setenta y cinco años a cuestas veteranas y sabias, aún menstruase y sufriese cólicos, quiso mirarlo con dos puñales, pero, así el dotorcico Melqui a secas fuese tan ingenuamente bruto y tan brutamente ingenuo, se contuvo, pues su propósito patriota era de largos y demoledores alcances destructores. El tipejo, mejor rata infecciosa de aguas negras o gargajo desahuciado de tísico, goloso y tragón se tragó el anzuelo y su carnada y le dijo, a la par que le apretaba con terceras intenciones la mano derecha y sus nudillos y ella se dejaba y respondía con coquetas apretaduritas, que era muy muchisísimo lo que le agradecía esta tremenda muestra de íntima confianza que, estaba seguro, más tarde los convertiría en íntimos amigos eternos con espléndido y alentador futuro hipotético y promisorio por delante.  Camino a su alcoba austera, y después de sacudírselo de encima y de los lados porque el cerdo pretendía irse en su compañía hasta el borde mismo de la puerta y ayudarla con el cambio de las toallas higiénicas, entró sin golpear a la habitación de Jacinto y le preguntó qué tenía ese hijuepuerca de mala madre y peor leche entre el maletín.

 

-Para empezar te diré que el maletín es chiviado porque con la ganzúa y dos giros lo pude abrir con suma facilidad y no como si fuera un Samsonite-.

 

-Me lo temía, pero vuelvo y le repito ¿qué encontró adentro?-.

 

-¿A que no adivinas, madre?-.

 

-Votos falsos-.

 

-No-.

 

-Fotografías de viejas empelotas-.

 

-Ojalá, pero no-.

 

-Un cartapacio de firmas ficticias-.

 

-Tampoco-.

 

-Billetes falsificados de veinte mil pesos-.

 

-Tampoco-.

 

-Discursos que otros pecuecos le escriben a este analfabestia-.

 

-Menos-.

 

-Cajas y cajas de condones chinos-.

 

-No seas tan exagerada-.

 

-¡Ah, ya sé!-.

 

-¿Qué?-.

 

Las direcciones y los teléfonos de todos los jurados de votación-.

 

-Menos-.

 

-Entonces me rindo-.

 

-No, piensa un poco con maldad-.

 

-No soy capaz, mijito-.

 

-Tenía, o tiene porque no se las robé, pero lo haré si tú me lo pides, por lo menos trescientas cédulas de ciudadanía, no sé si falsas o verdaderas.

 

-Para el caso es lo mismo.

 

-Ese cabrón con cuernos de cartón lo que quiere es hacer trampa y ganar como sea-.

 

El dotor Melqui, pensando con el carnal deseo y engañado por la permisividad aparente con que doña Sixta consentía sus avances y manoseos, dio en seguirla a todas partes y procedió a meterse de cansón continuo en la cocina con el taimado propósito de aconsejarla en la escogencia de las salsas y las especias, a proponerle que cambiara de modista para que una nueva y más moderna le cosiese las blusas con más descotes y mangas sisas, a acompañarla y a cargarle a tuche la catabra mientras ella, muy de mañanita, iba a mercar a la plaza central y a insinuarle que, si ella se lo permitía, él le podría conseguir, gratis, un revisor fiscal muy alerta y estudiado, quien, una vez revisada su declaración de renta y patrimonio, mal sumados sus activos, bien restados sus pasivos y estudiados sus extractos bancarios, la asesoraría en todo lo concerniente a cómo poder birlarle sin problemas los impuestos al fisco. Doña Tulia, resignada, aceptó con invisible asco su repugnante presencia en la cocina y en la plaza del mercado central, prometió buscar una nueva costurera pero le dijo, serísima, que ella no cambiaría jamás, así estuviera frente al pelotón de fusilamiento, el garrote español, la horca inglesa o la guillotina francesa, los consejos fiscales y contables de su compadre del alma, el pulcro señor don Abraham Serrano.

 

La campaña de ese cochino marrano que ni siquiera sabía usar los cubiertos ni las servilletas y se limpiaba mal cuando se levantaba del bizcocho del sanitario le llevó a doña Tulia dos largos meses de angustia económica porque el malandrín de Curití se hacía el bobarrón con los pagos y siempre que ella le cobraba con mesuradas palabras, él se defendía con el falaz argumento de que cuando fuera elegido como el diputado con el mayor número de votantes en los anales de la historia republicana le daría a Jacinto un puesto suculento como su secretario privado y con jurisdicción de horca y cuchillo para entrar a saco en el presupuesto departamental. Doña Tulia dice que lo pensaría pero que mientras tanto le fuera dando abonos y si son grandecitos, le dice con picardía, yo hablo con unos amigotes que tengo y les pido que me ayuden a conseguir más cédulas. El bobo zoquete, pero que se cree Catón el Viejo o Catilina, tose, retrocede, se sonroja, vuelve a toser, mira sin ver para todas partes, menos dentro de sí porque se vomitaría si pizca de decencia tuviere, lo cual se duda, se ajusta el nudo de su chillona corbata que no hace juego con ninguno de sus ternos mal cortados, esboza una sonrisa que aun el más tuerto de los ciegos consideraría falsa e impostada y le dice que esa recolección de cédulas bien pudiera ser una posibilidad rentable más adelante, cuando sean amigos de verdad verdadera o algo más mentiroso aún y él aspire al senado o a la cámara.

 

-¿Cómo dice, dotor Melqui, que mentiras verdaderas o verdades mentirosas?, se me hace que se está contradiciendo-.

 

-No, perdón, qué bruto soy, es que usted me turba y me conturba y casi que me masturba y no puedo manejar mi castiza e imparable verborrea y siempre creo que estoy erguido en las plazas públicas hipnotizando a las maleables masas-.

 

-Se la perdono porque lo quiero ayudar a conseguir su curul, pero mucho cuidadito con lo que me va a decir diora pabajo-.

 

-Sí, doña Sixta Tulita de mi alma, se lo agradezco con todo mi corazoncito enamorado-, e intenta, y ella se deja, darle un besamanos, así el animal este mal encorbatado y peor acicalado no sepa qué quiere esa palabra decir.

 

A lo largo de toda la semana anterior al domingo de elecciones, el embaucador dotor Melqui a secas y su baja estofa, cada vez más convencidos de que en las urnas ganarían con amplia ventaja, hipnotizados a centenares de cretinos copartidarios hambrientos y futuros votantes a su favor trajeron a desayunar a crédito bajo la promesa de que pagaría tan pronto tuviera entre sus hambrientos y golosos bolsillos la credencial que le aseguraría el permiso de meter las sucias garras de sus inmundas manos en el gordo y desprotegido presupuesto del departamento.

 

Pero doña Tulia, usando a fondo su olfato paranormal, que con claridad le señalaba que el torticero popólítico de marras sería derrotado y el éxito no coronaría su bastardo empeño,  se dio a la tarea de, con suavidad, mañita y salivita, hablar con los mensos que acababan de desayunar para lograr saber qué opinaban del dotorzuelo. Casi todos se mostraron reacios al inicio de las conversaciones, pero bastó el que doña Tulia opinara con seriedad falsificada que tal como ella veía las cosas claras era muy posible que Melqui fuera en las urnas derrotado para que sus interrogados soltaran la lengua y dijeran que ellos pensaban lo mismo, que sus diplomas de bachiller y profesional en abogacía eran fraudulentos y falsificados; que no revisaba las hojas de vida de las mujeres que querían trabajar para él y sí las piernas de las más bonitas; que no daba incorrecta puntada sucia sin dedal más sucio aún; que en el anciano y casi eterno burdel de la senil dama doña Emperatriz del Busto debía los pagos de veintisiete coitos mal echados por fuera y a la carrera y de catorce cortos pajazos secos; por si poco fuera, la espectacular Toyota Tacona Turbo 4x4 con amplio platón trasero, brillantes rines de magnesio, ruidosa sirena de ambulancia, homicidas mataburros, maleducadas, insoportables y enceguecedoras luces exploradoras, barra antivuelco, potentes, anaranjados, hirientes y titilantes faros antiniebla, vidrios polarizados, llantas anchas, asientos tapizados en terlenka rosada y atronador equipo de sonido tipo vallenato corroncho y que ese majadero manejaba como camaján sin frenos no tenía los papeles al día porque había sido gemeleada por un podrido director de tránsito municipal de provincia enrolado en sus asquerosas filas; que estaban muy molestos porque él y sus inmorales asesores de imagen y de mentiras les habían decomisado hacía rato las cédulas con el pretexto de que así se aseguraba el popólitico la fidelidad y la certeza de que votarían por él y para colmo, aún y hasta ahora no les había dado ni cinco de los veinte mil pesos no oro ni oropel prometidos.

 

-¿Y Melqui les da algún soporte que garantice que él tiene las cédulas en su poder y que más tarde se las devolverá?-.

 

-Pues sí, aquí tengo el papelito, firmado y sellado por él y además con su propia huella digital-, contestó quien parecía ser el líder de esta pobre caterva de manipulados.

 

Les obsequió a los veinte o veinticuatro sujetos que con ella habían hablado claro un vale con su propia firma estampada  que les garantizaría tintos gratis durante la quincena posterior al día de las elecciones y les pidió casi a juro que guardaran silencio absoluto porque estaba dispuesta a ir hasta las últimas consecuencias y más allá con tal de que esa musaraña infecciosa le pagara los dineros debidos, perdiera la contienda en las urnas y se tragara sus propias infectadas palabras.

 

Era viernes y faltaban tan solo dos días para que los votantes fueran a botar el voto a su favor cuando la cuenta del perro que en la pila bautismal de quién sabe qué remota y sobornada parroquia veredal llamaron Melquisedec, y a quien no aceptaban ni en las mesas del café de La Tríada, ascendía a un poco más de tres cuartos de millón de pesos, obviamente ninguno oro, así lo contrario se leyera en sus mentirosos bordes.

 

Doña Tulia, con su ágil pensamiento a gran velocidad creadora y con el fin de recuperar los dineros que el maldito le debía, maquinó darle al bastardo unas copas de su propia sucia medicina, con la camarera de turno le envió al roñoso y ruin popólítico una tierna y perfumada esquelita para invitarlo el sábado, víspera de las elecciones, a las ocho y media de la noche a compartir con ella una cena íntima y cálida en su despacho para por anticipado celebrar con confeti, velas, palitos de incienso, menta y palosanto, comilona, francachela, boleros ensordina, licores importados y papel picado su lógica y apabullante victoria y por último le dijo a su hijo que, mientras ella lo entretenía y embaucaba, se metiera de nuevo a la alcoba del malnacido ese, sustrajera todas las cédulas y en su lugar dejase como jocosos substitutos las tiras de dos o tres rollos del peor y más áspero y rudo papel higiénico del mercado, algunos tiznados con el popó blandito de los pajaritos enjaulados. El idiota, convencido de que en menos de cuarenta y ocho horas cosecharía dos trofeos más para agregar a su currículo: el primero la conquista de la anciana propietaria del Hotel De Siempre y quizás de sus riquezas y el segundo su muy amañado triunfo electoral, le respondió afirmativamente también con otra veloz y ridícula esquelita y le dijo que como presente le llevaría un botellón del sabroso sabajón de Florida, la blanca y una pasional rosa roja que compraría en el mejor vivero de Bucaramangracia cuando, en honor a la verdad que él nunca conoció ni por el forro, la había con regateo vergonzoso adquirido vieja y mustia en el parque del señor cura Romero. Comió, bebió y muy bien se  limpió con la servilleta dealgodón doña Tulia; tragó, jartó, escupió y eructó el miserable, quien a medida que se encendía de alcohol y de barata pasión  desabrochaba su descabellada y barata camisa morada; desataba los casi podridos cordones de sus puntiagudos zapatos de charol; torcía los ojos que nunca leyeron libros ni periódicos; a través de los bolsillos rotos de su pantalón de pana barata se rascaba el escroto; intentaba, con relativo éxito, acariciarle manos y codos a su adorada y recibía como si fuera agua del acueducto municipal tragos y más tragos de un ardiente brandy hasta cuando ya sin voluntad ni modos de defensa propia su ladina anfitriona dejó deslizar en la copa del licor francés cuatro o cinco gotitas de hidrato de coral que en un santiamén lo despacharon a dormir sentado el sueño de los injustos que se creen justos. Para que no se cayese del taburete y de la pea, lo amarró de pies y manos al espaldar y a las patas cojas del asiento; le embutió, después de esputarla con un rosado gargajillo, la barata y regateada rosa roja en uno de los bolsillos de su horrorosa camisa; le empapó las medias con transparentes chorros de sus propios orines delicados y con gotas y gotas del dulzón y hostigante sabajón sobrante; con sendos y decididos soplos apagó velas y palitos de olor, con los dedos largos de sus manos bellas la bombilla y el ventilador de tres aspas y con su férrea determinacción echó abajo y al cesto de la mísera basura la imposible posibilidad de ser por el bastardo y beodo perro mal cortejada y conquistada; con maligna fruición y paciencia suma se sobó las manos que nunca lo acariciarían y decidida a cambiar vítores, aplausos, sonrisas, hurras, palmas, confetis, coplas, fuertes y suaves apretones de manos y traidoras palmaditas en la espalda con que sus áulicos lo respaldaban por chiflidos, abucheos, nóes, abajos, su madre, rata, ladrón, asqueroso, cerdo, corrompido, corrupto y corruptor que sus futuros compañeros de celda le gritarían,  abandonó en punta de atractivos pies descalzos su despacho y a las frías tres y media exactas y en punto suspensivo de la madrugada dominical se marchó para acompañar a Jacinto en el truculento trueque de cédulas por el papel higiénico con popó de pájaros cagado.

 

Eran doscientas noventa y tres, muy pocas expedidas en Bucaramangracia y muy muchas en El Socorro, San Gil, Oiba, Cabrera, Mogotes, Guapotá, Charalá, Aratoca, El Vado Real y Guadalupe, guardadas todas con sigilo en una paca de fique, luego aseguradas tras el acero de su caja fuerte marca Fonrodona y para que no pudieran votar devueltas por Jacinto a sus propietarios al día siguiente, lunes, de la derrota de Melqui, quien, llevado en andas por dos fortachones botones hasta su alcoba y sedado al máximo, tan solo pudo por sus propios medios menguados levantarse de su cama cuando faltaban pocos minutos para el cierre de las urnas.

 

El domingo de elecciones, en vista de que no aparecía, sus paniaguados lo llaman por teléfono varias veces, doña Tulia dice que está fundido, tirado a la bartola sobre su cama y no responde ni por señas. Vienen entonces siete dellos furiosos a verlo, lo zarandean y rebullen su barriga pero ni siquiera así despierta. Y los votantes de las amarradas cédulas, aleccionados por su protectora, van a las urnas, lo esperan como si nada hubiese ocurrido y se hacen los pendejos.

 

-¿Qué pasó, mi agraciada señora Tulia?-, preguntó el tartufo con un tufo que espantaría a las hienas que se alimentan de carroña y a los gusanos que viven de cadáveres.

 

-Pues que usted, contentísimo y muy albiriscado porque yo me dejé besar las orejas y el cuello, empezó a beber sabajón y brandy a toda mecha y cerquita de las tres y media de la madrugada y como ya no se podía tener en pie abrió la boca y con su último aliento me suplicó que lo amarrara al taburete porque si noestaba seguro de que me lo pediría y de que yo se lo daría-.

 

-Yo recuerdo hasta cuando me puse de pie para ir a besarle las orejas, pero de ahí para adelante se me nubló la vista y no me acuerdo de nada más. Júreme que usted me permitió besarle las orejas y el cuello-.

 

-Lo juro, mi querido Melqui-.

 

-Bueno, Tulita, gracias, y ahora por favor acompáñeme, ojalá desnuda, a la ducha pues me voy a dar un baño con todas las de la ley y quiero que me restriegue la espalda con una tusa-.

 

-No, ni de fundas, eso será después de que nos casemos por lo civil y ante notario, tal como usted anoche se comprometió a hacer bajo juramento-, mintió por quinta o sexta vez doña Tulia.

 

Bueno, dijo alegrísimo, se duchó, vistió y marchó a toda prisa enguayabada hasta su sede de campaña, en donde, una vez se sentó ojeroso en la silla ostentosa de su rastrero despacho, tuvo que soportar estoico una virulenta andanada de sus compinches que con alaridos y gruñidos le increpaban el no haber estado presente y vociferante para adoctrinar a sus seguidores, no acaudillar a sus fieles batallones de tarados y el no aparecerse con las cédulas de ciudadanía de sus amarrados votantes, todo ello por haber malgastado como cretino idiota su valioso tiempo en intentar conquistar inútilmente viejas pecuecas y adineradas y terminado a mal cambio borracho, burlado, birlada su victoria y derrotado. Cuando después de tres horas regresó al Hotel De Siempre era la estúpida tercera parte de lo quesiempre había pretendido ser. Pálido, desvencijado, jorobado y con los ojitos enrojecidos de tanto llorar su descalabro, le preguntó a doña Tulia que qué iban los dos a hacer de ahora en adelante.

 

-Yo esperar que pague lo que me debe y usted, pues usted verá qué hace porque tengo las casi trescientas cédulas e igual cantidad de recibos firmados por usted en mi poder que lo incriminan como ladrón, así jure usted que es retención preventiva, y si quiere llamo ya pero ya ya a los eximios doctores Eduardo Alcides Pilonieta Pinilla, Sergio Augusto Rangel Consuegra, Libardo León Guarín, Donaldo Ortiz La Torre, El Sapo Inquisidor, Orlando Pinilla Prada, Samuel F. Chalela Ortiz, Gustavo Galvis Arenas, Eduardo Hernando Muñoz Serpa, Puno Ardila Amaya, Ernesto Rueda Suárez, Jairo Puente Brugés, Eduardo Durán Gómez, Gustavo Galvis Hernández, Jairo Alfonso Martínez Gómez, Alfonso Gómez Gómez, Jaime Calderón Herrera, Gustavo Galvis Arenas, Rafael Gutiérrez Solano, Jaime Luis Gutiérrez Giraldo y Raúl Pacheco Blanco, todos afamados columnistas de afiladas plumas y lenguas, ácidos adjetivos y muy obedecidos y acatados por los quinientos diez y nueve mil setecientos treinta y tres lectores de la Retaguardia Liberal y grandes amigos de farras y letras de mi hijo y con sucios pelos suyos mal peinados y peor peluqueados y con señales mías más claras que el agua oxigenada les cuento todo lo que sé sobre usted, dotor Melqui, y hago armar un escándalo periodístico y radial tan tremendo y convincente que lo meterán enseguiditica a la guandoca local hasta cuándo será ese cuándo en que san Juan agache el dedo meñique, si es que no lo tiene amputado, en cuyo caso peor sería para usted y su dinastía-.

 

El derrotado corrompido, vuelto papilla desabrida, se largó a berrear a mocos venteados hasta por el ombligo, se hincó de rastreras rodillas, imploró, amenazó con el suicidio y no pudo convencer a doña Tulia de que cediera ni un décimo de milímetro lineal. Con mano temblorosa y ya sin garras ni zarpas firmó, como fiadores su iracunda esposa millonaria y agricultora y su furioso padre usurero prestamista, una letra cambiaria por ochocientos noventa y siete mil novecientos noventa y siete pesos con treinta y tres centavos, intereses blandos incluidos y a pagar a dos meses vista. Para su merecido terror, persona alguna, ni la rabiosa esposa en Curití, Santander del Sur, ni su ofendido padre en una vereda cercana y amable, le quisieron prestar ni siquiera la mitad del dinero; horrorizado y respirando mal en primer grado hipotecó un apartamentico mañé para solterones rabo verdes que poseía en los linderos sureños de la Cabecera del Llano; con un rostro bastante similar al que lucía Matusalén en sus años seniles y provectos y cubiertos sus ojos negros de ladrón con antiparras obscuras de hampón se acercó sigiloso y contrito hasta el hotel, pagó los consumos que debía, rompió en treinta y dos pedazos la maldita letra y casi sin voz le preguntó a doña Tulia que si ella alguna vez lo quiso.

 

-Sí señor, claro sí lo quise, pero joder, estúpido cajagón de vaca vieja con brucelosis y diarrea.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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