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 ReVista OjOs.com     DICIEMBRE DE 2012

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

TODO PARA SÍ (1.959)

 

 

Para  Claudia Llano.

 

 

Para ser franco y honesto con mis lectores, y con los demás que no lo son ni lo serán acaso, he de confesar contrito que no sé cómo diantres empezar esta narracción tan escabrosa, así que para pensarlo bien me tomaré una corta pausa no refrescante.

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Ya, señoras y señores, damas y no muy caballeros, se acabó la refrigerante pausa: la autofelación o para de erudito posar, autofellatio, es buena o mala práctica arqueoilógica que con la coja y manca modernidad actual ha devenido en barato mito urbano. Pero no, no hay tal, los mitos urbanos son solo eso: mitos y nada más que mitos, porque esta torva y turbia mala maña sexual existe desde la más añeja antigüedad en una proporción cercana al osado dos y cuarto por mil. La extrema flexibilidad muscular requerida para con buen suceso ejecutarla y no luxar el atlas ni las demás cervicales o ganarse una dorsolumbalgia es necesaria pero no suficiente y la sitúa lejos del alcance manual y táctil de la inmensa y mensa mayoría no mansa de los humanos inhumanos más mansos. Igual se puede aseverar sobre la longitud fálica: si ella no sobrepasa los treinta y siete centímetros lineales en erección ni la intenten porque se quedarán cortitos y  con los crespos púbicos deshechos en jirones. Posible es el que un gran y extremado entrenamiento mental, físico y gimnástico pueda ayudar con éxito al interesado, pero el masturbador es per se perezoso de marca mayor y carece de la paciencia y la terquedad que les es menester a sus desorbitadas y veladas intenciones de auto complacerse, aunque se ha sabido que algunos atrevidos y desesperados se han hecho extraer sus costillas falsas para mejorar el agache y el posterior alcance fálico propio.

 

Por los días no santos de la semana santa de 1.959, a doña Tulia, y también a sus neuronas y dendritas alertas, empezó sobremanera a intrigarle y fastidiarle el que una cuarentona de anodino aspecto y parca labia cada tres o cuatro días apareciese en la recepción del Hotel De Siempre con el propósito, que luego se tornará en despropósito, de entregarle a su hermano mayor, según decía ella cuando mucho hablaba, un sobre de manila con adentro lo que parecía ser una revista, cuaderno o legajo. Si su hermano cuarentón, cortés y cumplido huésped de la habitación número romano VI y arábigo 6, estaba presente, ella personalmente se lo entregaba y si no, lo dejaba en la recepción al cuidado del desabotonado botones de turno.

 

Don Roberto Jeremías Abello Piedra Ahíta se llamaba, así como lo leen, el tal fulano sin tocayos aparentes. En la casilla del registro de ingreso que correspondía a la profesión del huésped había escrito discapacitado mental, pero por más que doña Sixta Tulia, terca e incansable, le diese vueltas y revueltas y más vueltas al sospechoso asunto, por parte alguna lograba aceptar y creer a pies juntillos que tal declaracción no juramentada en su propia contra, pero aparentemente honesta, fuese una verdad creíble. Jamás este señor se ha salido de la ropa ni de las casillas, siempre ha dado muestras claras de cortesía y buen portar y lo único que me incomoda un poco es que cuando, muy rara vez, habla conmigo no mire mis ojos, como si quisiese ocultar algún secreto, decíale la novata viuda a Tía, su hermana menor y virginal, quien, como siempre desinteresada de todo lo que no fuese el rosario y sus malgastados y revenidos misterios, le respondía que no se preocupara ni poquito, que mejor le parara atención y hartas bolas a la preparacción, sazonamiento, cocción,  venta y cobro de mutes y capones. Muy despacio, casi que sigilosa reptando, la magistral madre -por inocente culpa de la cantonesa Ki Tiang y de sus benéficas y acupunturísticas agujetas milagrosas- de Jacinto Calibre intentó captar su atención y luego su amistad y para ello le sonreía con maternal dentadura, le obsequiaba tajadas de papaya rociada con gotitas de jugo de mandarina o lima, le corregía el nudo de la corbata o le prestaba el diccionario del señor tocayo de su marido muerto, el tal monsieur Pierre Larousse. Después de muchos y surtidos intentos infructuosos, el señor Abello Piedra Ahíta bajó sus puentes levadizos y le permitió a doña Sixta entrar, no como Pedro Calibre por su casa, en sus intimidades. En cortísimas y esporádicas tertulias, tenidas y paliques en torno a suaves bebetas de aguas y tisanas aromáticas de mora, cidrón o yerbabuena, porque el aparente discapacitado mental siempre blandía alguna excusa tonta para interrumpir la charla y largarse para su alcoba ¿a hacer qué?, ella logró enterarse de que el susodicho era el hijo mayor de un muy acaudalado, poderoso, cruel, autodidacta y viudo ganadero lechero residenciado en Ocaña, Norte de Santander del sur; que Jeremías de joven había intentado y fracasado estudiar medicina veterinaria en la Universidad Nacional de la Santa Fué de Bogotá, Cundinamarca; que en la actualidad era un mantenido paterno, así su padre lo despreciase de corazón y lo rechazase por huevón de sopetón; que se llevaba muy bien con su colaboradora hermana Josefina, solterona como él y que su padre, muy enfermo, ya había redactado ante notario un testamento abierto que legaba en dos mitades exactas toda su fortuna, sus vacas, potreros, cultivos, joyas, fiducias y dineros a la pareja de hermanos. Aunque el señor Abello ya le miraba con los suyos los ojos negros, doña Sixta no las tenía todas consigo: su huésped de vez en vez pasaba dos o tres jornadas encerrado en la alcoba, comía una sola vez al día y cuando por fin salía a dar un paseo para permitir que le aseasen su habitación se le veía pálido, ojeroso, revuelto,  jorobado, mal peinado su cabello y afanado. El azar, el antiestadístico y aleatorio azar, vino en no solicitada ayuda de doña Sixta y le abrió un leve resquicio suficiente para empezar a desembrollar este ambiguo perendengue que a veces le retrasaba el sueño, la defecacción y el período menstrual, tan intrigada y curiosa estaba. Un tonto sábado que parecía domingo de ramos, tan aburrido y lento era, el señor Abello, sin dar las gracias, le devolvió a doña Tulia el diccionario del señor monsieur Larousse que ella le había prestado cuando pretendía ganarse su amistad, le dijo que su curiosidad ya estaba saciada y que de ahora en adelante no lo necesitaría más. Doña Tulia ya estaba presta a guardarlo en el cajón particular que ella le había arreglado para que se tomara un descanso pues suponía que bastante había el señor Abello pasado los ojos por sus páginas y en con secuencia cansádolo, pero antes de que allí lo depositase, el avispado señor monsieur Larousse arqueó las cejas, le guiñó con insistencia el ojo izquierdo y se abrió de páginas en la letra a de autofelación. Atónita, doña Tulia se enteró de que el asoleado Ra creó al dios Shu y a la diosa Tefnut utilizando la autofelación y derramando su esperma en el suelo y también supo, y casi se desmaya del asco, que dioses hermafroditas de ciertas e inciertas mitologías tenían falos tan largos, elásticos, salaces, obedientes y complacientes, que, piruetas haciendo, se embarazaban contra natura a sí mismos insertándolos en sus propias bocas y vaginas.

 

¡Ajá!, así que de esto tan espeluznante se trata, le comentó ella a su mudo espejo y al ver que este no le respondía ni con el eco de sus propias palabras, se dijo, a pesar de las reconvenciones en contrario de la voz de su conciencia que le aconsejaba quedarse quieta en primera y no intentar robarsela segunda porque podían ponerla out, esta vez a sí misma, pues bien, me meteré de lambona a ver si le corrijo el rumbo a sus deseos y le presento una vagina juvenil, así sea paga por mí y en el burdel de doña Emperatriz del Busto. A pesar de toda la informacción que ya tenía en su poder conocer el resto de esta historia tan inaudita, doña Sixta en sus sanas profundidades sentía que le faltaban datos para cerrar con broche de oro la cuadratura de este círculo vicioso, así que cuando Josefina apareció con el sobre de manila le dijo, y la engañó, que su hermano había salido unos minutitos antes a la peluquería, que regresaría ya bien entrada la tarde y que dejase con ella cualquier recado. Ya con el sobre en su poder verlo, urgidísima fue a la cocina, llenó con agua lluvia la tetera, la puso a hervir y cuando el humeante vapor empezó a escaparse por el pico que silbaba, le acercó el envoltorio hasta cuando, merced a correctos efectos termodinámicos desconocidos por ella, pudo despegarlo sin dejar huella. El contenido la dejó más intrigada que antes: tratábase de una revista pornográfica cubana en la que mujeres desnudas, en blanco y negro y cuyos senos y púbises estaban cubiertos por melancólicas flores, se exhibían con desparpajos dignos de mejores causas y peores efectos. Vaya ayuda, si es lo que yo imagino, la que Josefina le presta a su hermano mayor, pensaron sus neuronas y concluyeron sus dendritas. Resuelta a llegar hasta el fondo de este rollo que iba raudo para meollo, esperó a que su huésped cayese en una de sus frecuentes encerradas y con la llave maestra se le metió de frente carrera mar a la alcoba. Lo sorprendió desnudo, patético, ausente, meticuloso, frenético, concentrado, sudoroso, entretenido, encorvado y jorobeto, lambiendo y chupando como contorsionista circense su propio y, por lo largo, envidiable pene. Desperdigadas en el piso de la alcoba estaban, ya leídas, supuso ella, Lolita, Blanca Nieves y los siete enanitos, Caperucita Roja, Alicia en el País de las Maravillas y bolsas y pacas vacías de papas fritas, uvas pasas, maní salado, chicharrones carnudos, semillas de marañón, cocosetes y turrones. El señor Abello o no se dio cuenta de la presencia de doña Tulia o sí la sintió llegar y no le importó un pito y por tanto continuó con su frenesí hasta ¡eh, ya cular! y tragarse de un bocado su propia semilla, más de sí mismo enamorándose, encoñándose. Después, sin hablarle ni mirarla, se metió a la ducha, se aseó con meticulosidad y volvió convertido en un anodino ser común y corriente. No se le veía ni se le adivinaba la culpa por parte alguna de su rostro, así que doña Tulia contuvo sus interrogantes y se sentó en el taburete de dotación a esperar que el hombre hablara, así fuera por señas. Mientras el escabroso sujeto se duchaba, doña Sixta imaginó la escena siguiente: cuando yo lo ponga contra la pared, él montará en cólera, me llenará de insultos y escupitajos, querrá salirse de la ropa, de casillas y de la alcoba, no me quedará más acción que pedir ayuda externa, lo apercollarán, le atarán de pies y manos, le amordazarán y se lo llevarán en ambulancia escandalosa para el Instituto Psiquiátrico de San Camilo. Pero no, ni que doña Sixta tuviera el don divino de la omnisciencia de que algunos demagogos de parroquia se valen para timar incautos en cretinos asuntos religiosos.

 

-Doña Tulita, ¿y eso qué la trae por aquí tan de sorpresa y sin tocar a la puerta?-.

 

-Quiero ayudarlo-, y le apretó con las suyas las manos.

 

-No necesito ayuda de nadie, muchas gracias-, y retiró veloz sus dedos de los ajenos de doña Tulia.

 

-Claro que sí. ¿Por qué no hablamos?-.

 

-¿De qué?-.

 

-No sé, de sus padres, de su hermana, de su familia, de sus amigas, de su niñez, de su futuro, de lo que quiera, lo importante es hablar, abrir la puerta y refrescar y ventilar el asunto y el ambiente-.

 

-No hay nada qué decir-.

 

-¡Cómo que no! ¿Por qué razón su hermana Josefina le trae cada tanto revistas de desnudos?-.

 

-Para ayudarme-.

 

-Ayudarlo a que se le pare para hundirlo más, creo yo-.

 

-No diga eso, doña Tulita, que ella es fantástica conmigo-.

 

-Yo también puedo ser fantástica. Si quiere yo lo llevo al prostíbulo de doña Emperatriz del Busto. Ella a veces trae santandereanas virgencitas campesinas y usted puede estrenar su hombría en la mitad peluda de las piernas dellas-.

 

-Dígame, claro que sí, estoy segurísima dello. Vamos mañana, que es domingo y hay poca gente porque todos están en misa, algunos con las manos en la moza y aseverando que es la musa-.

 

-Bueno, vamos, pero usted paga y me dice cómo hacer y por dónde-.

 

-Con mucho gusto pago, pero cómo hacer y por dónde se lo explicará mucho mejor la doncella que usted escoja-.

 

Y fueron. Y doña Sixta no le quiso explicar sobre el terreno del sudado jergón, tal como él pedía, el cómo sabroso y el por dónde meticuloso. Y don Roberto Jeremías Abello Piedra Ahíta a sus cuarenta y cinco años y gratis y una potranquita de los campestres aledaños del Vado Real que no llegaba a quinceañera debutaron y perdieron sus virginidades al mismo y exquisito tiempo.

 

-¿Le gustó?-, quiso saber doña Tulia.

 

-Claro que sí, pero prefiero quedarme conmigo mismo. Mejor pregúntele a Rosita Espinosa-.

 

-¿Y a usted le gustó, Rosita?-.

 

-Muchisísimo, señora, yo creí que iba a llorar de dolor y lloré fue de gozo-.

 

Cinco pesos, puestos uno sobre otro, costó este ardiente polvorete entre novatos, que doña Tulia pagó con sonrisa y gusto y que la señora del Busto agradeció con su ladina venia de siempre que, sin chistar en contrario, le cancelaban los servicios al oneroso precio que ella estipulase. Volvieron al hotel y antes de que fuera lunes doña Tulia decidió frentear a Josefina, pues no era lógico que ella pretendiera ayudarle con pornografías y no  con ayudas psiquiátricas, a no ser que le interesara sobremanera el que su hermano se hundiera cada día y noche más y más en el pantano de su adicción contradictoria. ¿Qué malsanos propósitos anidaban en la mente torcida de esa mamasanta? Por ahora no había respuesta pero, cuando con Josefina hablase y sumase y restase sus respuestas, quizás alguna luz de salvación se le encendería. Pues sí: después de un ping pong de preguntas concretas y de ambiguas respuestas, la luz de la salvación del señor Abello concluyó que se trataba de la herencia a repartir. Ella pretendía, bajo la acusacción de comprobada insania mental que instauraría, la total e irreversible interdicción de su hermano mayor y así quedarse como tutora con todo lo que su padre había amasado en años de sudar con las frentes suya y de sus peones, sirvientes, vaqueros y ordeñadores en alto.

 

-Esa es mi conclusión, doña Josefina-, le rugió doña Tulia-.

 

-¿Cómo se le ocurre?-.

 

-Pues sí, sí se me ocurre-.

 

-Es usted una atrevida-.

 

-Haré un reverendo bochinche y la acusaré de cómplice voluntaria y de instigar a sabiendas contra la salud mental del señor Abello para birlarle la mitad de la herencia. ¿Cómo le quedó el ojo, compañera?-.

 

Después de un sonoro silencio de hormigón armado que se podía pesar en gigantescas balanzas para tractomulas o dobletroques, la interpelada abrió la boca.

 

-Mudo, doña Tulia, usted gana-, se humilló la maldita.

 

El señor Abello continuó, sin ofender a nadie, amándose a sí mismo en el hotel, su hermana no volvió más con las revistas cubanas entre el sobre de manila y temerosa de la acción en su contra con la que doña Tulia la amenazaba si seguía jodiendo a su hermano, desistió de incriminarlo. Un par de meses después de la forzada resignación de Josefina Abello, a su senil y viudo padre un derrame cerebral inmediato e impetuoso se lo llevó de viaje gratis y sin tiquete de regreso. Los atentos y glotones abogados tramitaron el testamento abierto como es debido, Josefina Abello, maldiciendo iracunda y en silencio a su rival, doña Sixta Tulia, se quedó callada y frustrada con su mitad inmerecida y el señor Abello Piedra Ahíta recibió la por su ambiciosa hermana codiciada mitad cercana a los noventa millones de pesos de la época, muchísimo billete contante y sonante, y luego de preguntarle a doña Tulia qué quería de regalo y de recibir respuesta negativa, se largó del Hotel De Siempre, fue de inmediato al banco Ganadero, en la cuenta común y corriente della depositó un cheque por medio millón de pesitos cruzado a favor del primer beneficiario y se fue a vivir a Girardot, Cundinamarca. Nunca doña Tulia lo volvió a ver por estos lares ni quiso tocar esos dineros ni sus intereses que, claro como la luz solar y obvio como la muerte, no eran leoninos y sí diminutos. Wenceslaa y Tomasa viven y mueren con los dedos cruzados a la impaciente espera de que estos dineros gratuitos les caigan como de repente a Newton la manzana que expulsó semi vestidos y semi contritos a Adán y Eva del paraíso iluso y terrenal.  Jacinto me jura, aun si yo quiero por escrito y ante notario de notorias antiparras, que no le importa lo que pase con ese medio milloncejo. No le creo, así mi pérfida apreciación se equivoque.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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