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 ReVista OjOs.com     OCTUBRE DE 2012

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

LA COLECCIONISTA  (1.959)

 

 

Para Cecilia McHenry McKenny

 

 

Esta es una historia que no quisiera tener que contar porque puede herir de mala manera la susceptibilidad y la sensibilidad católica, apostólica y romana que se ha tornado endémica y fatídica en nuestras breñas y riscos desde cuando en pésima mala hora los chapetones bajo mando genovés nos descubrieron y colonizaron a su mal antojo, a punta de cruz, espada y gonococo.

 

Una díscola y anglicana niña, hija de míster Demetrius Spencer Openmouth, quien bostezaba a cada rato, y de mistress Wallflower W. Fastsmile, llamada y apellidada la niña por tanto  Demetria Wallflower Openmouth Fastsmile, llegó, con sus trece blondos años a cuestas y sus padres detrás, en busca de cama, comedor, lavandería y bar. Mi madre, ayudada por Tía en las buenas y en las malas, les sació las cuatro peticiones, que de su boca negativas no salían, aunque tampoco las dejaba entrar. La familia, quizás de Ponca, Oklahoma, tal vez de Painesville, Ohio, que nunca lo supe ni me importó, venía de veraniegas vacaciones tropicales por un mes de treinta y un días, porque era Julio. Acicateado por esa novedad rubia y pecosa, amén que contemporánea y pese a no entendernos, intenté acercármele por señas, a ver si su lengua aprendía a hablar, así poco fuese, y su boca besar  después podría, pero la miserable jamás me abrió la puerta, la ventana o la chimenea. Ni siquiera abrió la jeta. Yo, estúpido iluso, ridículo ingenuo, en mis amaneceres de insomnio la imaginaba suave, tibia, masturbable, masturbante  y muy copiosa. Era huraña, introvertida, un tanto burlona y de rayado mirar, así que le pagué con la misma moneda falsa de un centavo y sin esperar los vueltos no le volví a dirigir palabra. Nos ignorábamos, no importándole a ella un pito, pero sí muchos a mí, quien era el desdeñado. A veces D. W. salía sin compañía y muy temprano, con pequeño cuaderno de pasta dura bajo su axila cosquillosa y quisquillosa, pisando con las puntas de sus pies -que yo besaría de pedírmelo ella- huevos crudos para no fastidiar a sus padres, a quienes yo solía oír roncar a cuatro o más metros lineales de distancia. Regresaba con sus tentadoras pecas en media hora, antes de que despertasen quienes la habían traído en inglés a este mundo. En un súbito instante de instantaneidad fragmentada, intrigado yo con tanto paso sigiloso al entrar y salir del cuarto de sus padres, me le puse al corte y a la pata, que no es lo mismo pero sí. Descubrí que se metía, tan pía y asexuada como si fuera a cantar el te- deum justo enfrente del santísimo sacramento del altar, por la puerta lateral derecha a la catedral de la Familia Sangrada, ante y frente al pasmado asombro condescendiente del párroco comulgaba de pie, innovación esta que después se volvió moda entre la grey nativa, parecía, por el movimiento de sus labios aún no hollados, leer algo del cuaderno y sin esperar a que la sagrada misa terminara por fin en latín con el amén correspondiente, regresaba al Hotel De Siempre, más apretado aún contra su dulce axila el cuaderno. La seguí varias, seis u ocho veces, sin que cambiara de rutina ni de ruta.

 

-¿Madre, las anglicanas de trece años comulgan?-, preguntele.

 

-¡Yo qué voy a saber, mijito! ¡Mientras yo comulgue en ayunas y de rodillas, lo demás me vale medio huevo picho!-, respondió mi madre, cuyos ojos jamás atacará el glaucoma ni su piel la dermatosis.

 

Terminados los treinta y un días del mes de Julio, las vacaciones y los rollos de su cámara fotográfica en blanco y negro, pagaron en dólares un pequeño saldo que debían y se fueron para el Amazonas, un trecho en avión maltrecho y otro, el último, en hidroavión deshecho. Pero la hideputa contemporánea mía me había dejado sobre el escritorio de la recepción un sobre de papel manila marcado en letra Palmer con mi nombre sin horrores ortográficos. Al abrirlo con mano temblorosa y con el bisturí que para esos menesteres el Hotel De Siempre ponía a disposición de los huéspedes que recibían correspondencia comercial o mercantil, lleno hasta el cerebro de curiosidad adolescente, aupado por una erección que ya se sentía llegar para humedecer mi ánimo y mis pantalones y pensando en un mensaje de amor tardío, vi que en su interior reposaba el cuaderno que llevaba bajo su axila cuando a la catedral iba en pos de la comunión sagrada. Vamos a ver qué había escrito D. W. para mí: ¿un minucioso diario acaso, tal vez poemas infantiles, quizás una prolija declaracción de amor co barde e interracial? Nada, no había escrito ni un párrafo ni una sílaba ni una palabra ni una letra ni un signo de puntuación, interrogación o admiración. Pero entre una página y otra, ya secas, como si fuesen pétalos de flores, asombrosos tréboles de cuatro ojos o alas de mariposas coloridas que los desocupados románticos y tontos coleccionamos, catorce, catorce quebradizas hostias me asombraron.

 

-Debe estar calcinada en el Averno, calentadas sus pecas extranjeras y quemados sus rulos amarillos-, quiso, y no pudo, madre asustarme. Amén. Demetria, Ite missa est.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador.

 

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