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 ReVista OjOs.com     SEPTIEMBRE DE 2012

COLABORADORES / JOAQUÍN BRETÓN

HOMBRE Y SERPIENTE (1.958)

 

 

Para Roberto León Quijano y sus damas de ajedrez.

 

 

Fue el mismo año y el mismo mes, mas no el mismo día ni la misma hora, en que dos camionetas de platón trasero, un furgón sin ventanillas y catorce camiones, caleños todos y todas, al unísono estallaron cargados con toneladas de trinitrotolueno traídas hasta Cali, Valle del Cauca, desde las muy bogotanas santabárbaras, bodegas y barracas de nuestro ¿glorioso? ejéjéjército nacioanal, cuando llegó a pedir posada en el Hotel De Siempre un huraño jubilado petrolero y llanero de aquilina nariz y joroba, Juan José Jamaica a secas y sin segundo y materno apellido llamado.  Fue así como supe en el gastado mapamundi de mi padre muerto, enterrado y por gusanos devorado, que también había una isla con tal nombre, allá, más arriba y al norte de mi patria, donde hablaban el inglés más peculiar de las colonias y de su música mejor es no meneallo. Traía consigo un parche negro y rústico de pirata -súpose luego que otros más tenía, todos negros- sobre la cuenca de la órbita derecha que le daba un toque de marítimo misterio, dos pesadas y cuarteadas maletas que fastidiaron al botones, en vieja y oxidada jaula para mirlas y toches una adormilada anaconda adolescente y su propio ataúd de basta ebanistería, dentro del cual yo dormiré sin cobijas ni almohadas, dijo.

 

-¿Y la culebra esa?-, inquirió madre, no sorprendida aún por esta extravagancia jamaiquina.

 

-Dormirá en la cama y sin cobijas-, seco y corto respondió.

 

-Sí, cómo no, pero pago adelantado y plata en mano-.

 

Juan asintió con la cabeza y se alojaron en la habitación número 12, una de las seis que conformaban el así llamado Barrio Obrero porque no tenían baño propio. Deberían utilizar para su aseo personal, dental y rectal tres cubículos comunales con sus respectivos espejos, toalleros, jaboneras, cepilleras, soportes para el papel higiénico de hoja sencilla, ruidosos inodoros, frágiles portavasos, mingitorios y lavamanos.

 

-¿Qué traga la cosa esa?, quiso saber doña Sixta Tulia.

 

-Anaconda, y se llama Duda-.

 

-Lo mismo que una boa, que una boa constrictora-, metí la cucharada dulcera.

 

-Miren, miren-, dijo Tía alelada, -una de sus manchas parece el rostro sacratísimo de la virgen del perpetuo socorro-.

 

Pero el par de humanos y el ofidio solitario ignoraron mi sabiduría inútil y la estupidez, más inútil aún, de Tía.

 

-Bueno, bien, ¿y con qué se alimenta la Duda esa? ¿De mentiras?-.

 

-Pollitos y ratoncillos vivos y coleando, no come otra cosa, ni carne cruda ni sobros de pollos asados-, contestó, al tiempo que se ajustaba el parche, un tanto nervioso con tanta cansona preguntadera materna.

 

-Pues entonces le valdrá más, le puede salir carito el chistecito-.

 

-No importa, y no es ningún chistecito, mi señora, yo pago, soy pensionado de la Troco, solterón empedernido y no tengo hijos a mi cargo ni mozas por conquistar-, y el parche de pirata de baja mar le vibraba con fastidio.

 

-De acuerdo, señor Jamaica, pero le aclaro, por favor,  que no me diga mi señora, porque ahora no pertenezco a nadie, mejor llámeme doña Tulia-.

 

Se estrecharon, con fuerza él, sin fuerza ella, las cuatro manos en equis como señal de tácito asentimiento. Mi madre, inmediatamente después y a hurtadillas de nosotros todos, lavó las suyas con agua caliente, casi hirviendo, jabón de la tierra abuela, tusa y estropajo para quitar posibles rastros ofídicos. Cuando, pocas veces, la verdad sea escrita, nacían en los nidos del solar pollitos deformes, espantosos o defectuosos, carentes de una pata, con dos cabezas, sin esfínteres ni picos o con las tripitas por fuera, ella, en acto de benemérita eutanasia benefactora, metidos y aterrorizados dentro de una canastilla de mimbre nacioanal se los llevaba vivos a la compañera de Jamaica, quien con celeridad de atleta los atrapaba, enroscándose en sus tornos y anillándolos.

 

Igual con ratoncillos, salamanquejas, saltamontes y lagartijas, también contrahechos, que Más Que Griten las Sorzanas, el hijo del mastín de mi padre, ambos para entonces muertos y enterrados el uno junto al otro, acorralaba en los rincones.

 

Jamaica, tras paciente labor iniciada apenas nació ella a orillas de un caño del Orinoco, había logrado amaestrarla para que Duda aceptara en la parte posterior de la cabeza, en lo que para los zoólogos anatomistas sería el cuello, una traílla para pequineses o tacitas de té y así la llevaba al baño comunal del Barrio Obrero para que juntos se asearan, la sacaba, sin mucho esfuerzo y por las tardes, a la calle de paseo, detenía el tráfico y las nubes y ahuyentaba el perezoso aburrimiento de transeúntes, peatones y viandantes. Casi siempre iban hasta el parque Bolívar, la dejaba a su libre albedrío sobre la grama verde o seca o medio seca y ella, sin pensárselo dos veces, ni siquiera una o media, reptaba de inmediato hacia y hasta el probable rincón aquel en donde la alazana McCormick-Orange tenía su bendito supuesto plantío de cannabis y se echaba panza arriba a esperar paciente el que rayos solares entibiasen circulación sanguínea y estimulasen apetito, ya de por sí desaforado. Jamaica, quien no sabía la chismosa historia de la pelirroja escocesa, no entendía la manía de su anaconda, insistía, a las malas y a las buenas, en llevarla a otros lugares del parque, pero ella se negaba abriendo, desencajando mejor, una jeta sin colmillos, descomunal y amenazante. A veces abandonaba el soleado rincón para trepar a las copas de los árboles y capturar lagartijas o reptaba silente hasta lograr cazar algún pajarillo distraído y caído desde los nidos de las ramas de los mangos de azúcar y regresaba luego a digerirlos mientras dormitaba y soñaba con Jamaica.

 

Sonreía. También, y con la traílla puesta y metida en la jaula aquella para mirlas y toches, se iban en bus, soportando miradas oblicuas del pasaje, del chofer y su ayudante, hasta las orillas del Río Poco para que ella nadara y tragara pejes gupis y pejes choques y sabaletas o mojarillas. Por el opuesto, no le gustaba el Río Mucho porque temía que sus aguas abundantes la ahogaran y, además, mucho mirón sapo metido y lambón vivía en sus riberas arenosas. Si no había nadie fisgón en los alrededores, casi siempre lunes y miércoles, nadaban de espaldas y empelota a ver quién llegaba primero hasta la otra orilla. Les oíamos reír. Pero también el mastín y yo los observábamos acurrucados y silentes escondidos entre la maleza silvestre, como toda maleza es, y logramos ver así que él se quitaba el parche de pirata y lo enroscaba en torno al cuello de su mascota sorprendente. El ojo oculto y cegatón le brillaba cuando la luz solar o la amarilla pálida de la luna llena rebotaban contra él.

 

El señor pensionado por la Troco sufría de misantropía y melancolía. Solitario, nunca se sentó a manteles en el comedor ni a licores en el bar. Con lejana suavidad rehuía y rechazaba cualquier contacto humano sin dar explicaciones. Se ganó la fama molesta del engreído. Pero no obstante su distante comportamiento, algunos huéspedes, perdiendo tiempo, salivas y palabras, insistían en llevarlo consigo y sin la boa a restaurantes, salas de baile, bebederos, prostíbulos y partidos de baloncesto. En una única ocasión pintada calva, mi madre y la suavidad de su envolvente parla, convincente y conveniente para ella, lograron que Jamaica aceptara ir con Duda, su traílla y sin bozal, al bazar anual del colegio del Niño Divino para que divirtiese a los párvulos y asustase a sus rígidos maestros y acartonadas maestras, quienes, ignorantes, le temían más a sus inexistentes colmillos que al poder de su mortal y mortífero abrazo, sin saber, además, que las boas son animales ovovivíparos y muy fáciles de domesticar. Lo permitió. A regañadientes. De una manera o de otra o de ambas, él sentía por madre una aleación de temor y respeto que le hizo obedecerla, muy a su pesado pesar y en contra de su personalidad, distante y seca como la paja  del estío ecuatorial. Su inesperada presencia en el bazar marcó un inolvidable hito inalcanzable, tanto, que mis compañeritos, cincuenta y más años después, cuando me ven, la recuerdan entre alegres risas y alguna que otra nostálgica lágrima escasa. Los niños, para sorpresa de Jamaica, quien no supo que madre la había a las escondidas sedado con gotitas de hidrato de coral, se acercaban, nos acercábamos, a palpar su panza y sobar su quijada que podía desencajar a voluntad, mientras ella les -nos- mostraba la lengua, parte del paladar y la úvula o campanilla. La severa plantilla de profesores, excepto la morena señorita de largas piernas sin medias y busto apetitoso y a punto suspensivo de reventar el sostén que en el cuarto o tercer año de la primaria nos enseñaba partículas de zoología y nos explicaba que las anacondas, boas o güíos, comían una vez por semana, cambian de piel cada treinta días y silban con ira cuando están malhumoradas, guardó prudente y desconfiada distancia y se mordía las uñas derechas.

 

Era evidente el que no socializaran con persona o animal alguno, excepción hecha, vaya uno a saber por qué, de mi perro, en parte porque generaban temor y terror y en parte porque ambos sufrían de misantropía crónica. Y a las mujeres, Jota Jota Jota, misógino como el que más, parecía tenerles ¿rabia?, ¿asco?, ¿odio?, ¿miedo?, ¿pereza?, ¿desconfianza?, ¿desprecio?. La gente cambiaba de andén, silla o aspecto y se tornaba pálida apenas los divisaba venir, la anaconda llevándolo a buen paso con la traílla colgada del pescuezo. Algunos turistas, atrevidos y asombrados, con teleobjetivos suizos los fotografiaban en blanco y negro desde la acera opuesta.

 

Madre le aconsejaba con suavidad, y al oído para que Duda no escuchase, pues terror la anaconda le causaba, que la sacara a pasear después del anochecer, que de noche todas las boas son pardas, para que se refrescara con el sereno y conociera la luna en menguante, pero él se negaba y argumentaba sentir temor de que lo atracasen a mano armada los rufianes y le birlaran su amiga, como si quisiera compartir con ella la negritez de la noche encerrados en su alcoba ¿haciendo que?.

 

Cuando llovía o lloviznaba, Jamaica la dejaba suelta en el solar para que humedeciera piel y personalidad, bajo la alerta y atenta vigilancia canina del mastín, no fuese y viniese que atacara las aves de corral y las tragase. Mas Que Griten las Sor Zanas se sorprendió al verla mudar de piel, pero después entendió el proceso y la ayudaba con suaves garras delanteras.

 

Jamaica casi nunca salía a la calle sin la grata compañía de su mascota, pero cuando lo hacía para ir a traerle regalos vivos como conejos, perros y gatos cachorros y abandonados y de las galleras del Pie de la Cuesta, a cuyos ruedos el sirio Fattah llevaba su ganador fino gallo de pelea, traerle de regreso y de regalo gallos de pelea malferidos o de los palomares palomas en mal estado de salud, sacaba cadena y candado propios y trancaba por fuera la puerta de su habitación, misma que las camareras se negaron, apenas a dos días de llegados, a asearlas, así como las lavanderas tampoco quisieron tener nada qué ver con sábanas y otras prendas. Doña Sixta Tulia -¡qué ejemplar tan ejemplar!-, sin que se le corriera el escaso maquillaje, optó por hacer ella misma esas labores. Fue quizás, seguro, por ello el que Juan José Jamaica aceptara, como muestra en extremo sutil de agradecimiento, que Duda -sedada sin que él lo supiera- fuese al bazar del colegio de Jacinto.

 

Como a los huéspedes no les agradaba su presencia incómoda en el comedor ni el olor de la serpiente, que desvirtuaría el de las salsas, le enviaron a madre una petición unánime y anónima para que se alimentasen en otra parte, quizás en el comedor de los empleados. Pero ellos también se opusieron en redondo y a madre no le quedaron más recursos que pedirles, casi con suavidad obligarlos, a que se alimentaran solos y ocultos en la alcoba o invitarlos a compartir las viandas en su austero comedor privado de vez en cuando, cuando por ejemplo la anaconda  -eunectes murinus- estuviese dormida o su vientre ahíto de pollitos tragados vivos pero no todavía digeridos muertos.

 

Jamaica, Juan José Jamaica, Jota Jota Jota, triple jota, compartía con Duda un contra natura proceder que nunca

pensaron sería puesto al descubierto y ellos en la picota pública del escarnio. Él, solapado, atérrense, y su amaestrada anaconda eran amantes, concubinos y le hacían al requeñeque y al chacachaca de continuo y a escondidas. Y fue el mastín quien, por una casualidad tan fortuita como el hoyo en uno de un novato, se enteró del entuerto al entrar sin tocar y sin permiso la puerta entreabierta y entrecerrada de la alcoba no nupcial que hombre y boa compartían y de inmediato, que bien chismoso era, con señas morbosas y gestos procaces, me comentó en voz baja lo que había visto. Una vez entendido por mí el jeroglífico canino y erótico, no me lo pude creer, aunque debo escribir que en mis insomnios juveniles más agudos y erectos algunas sospechas al respecto me asaltaron, pero jamás en suficiente proporción y frecuencia como para llegar a esta conclusión tan

disparatada, como fue el saber que él se la enroscaba en su pene erecto, le rascaba espalda y vientre con un cepillo de metálicas cerdas para que ella, con sus anillos constrictores, apretase y aflojase el falo endurecido por largo rato hasta que eyaculase. A continuación la anaconda -que ya por ese entonces medía, según el temeroso cartabón de madre, tres metros lineales de estatura horizontal, pesaba a ojo de regular cubero, porque nunca se dejó llevar a la báscula en que lomos, chatas y murillos decían la verdad en unidades de peso, cincuenta y tres kilogramos y cada tres meses se tragaba un cerdo adulto o un lechón adolescente enteros- sorbía, para enamorarse más y más, el semen como si de un postre de natas se tratase, soltaba el fofo pene flácido y se metía en la cama, bajo las sábanas de lino suave, sábanas que las lavanderas se negabana lavar.

 

-¿Y Jamaica se acostaba después en el ataúd?-, pregunté atónito, disfónico y al borde del trasboque.

 

-Claro, y se dormía de inmediato y roncaba de felicidad-, complementó el dogo.

 

No se lo dije a madre, aunque ella, lo supe después, también estaba, no sé aún cómo, al corriente. Y de mis hermanillas pillas, dado que ellas siempre andaban por las nubes, allá en los cúmulus nimbus, no me preocupé ni un ápice siquiera. Pero, siempre ha de haber un maldito pero en mis historias, Jamaica cometió un desliz imperdonable para un hombre de su larga trayectoria equívoca que muy pronto, casi enseguida, terminaría en fatal error: después de mucha insistencia aceptó irse de putas con el doctor Galleta y el sordo García para el surtido prostipatíbulo de doña Emperatriz del Busto, en busca de jolgorio y algo más. Solo encontró el primero, porque en cuanto a lo demás y para no serle infiel a su anaconda, a quien, lo descubrió ahora, sí amaba realmente y quería mantenerse casto para ella, rehusó acostarse con la prostituta más costosa, descarada y lujuriosa que sus dos acompañantes ofrecieron pagarle y que fumó, bebió y sonrió frente a él, se le sentó a caballo regalado en las piernas y le acarició barbilla y lóbulos, aunque sí bebió con ella y con pitillo cinco cervezas Chivo Clausen tipo exportación. Esa noche, al regresar medio ebrio y antes de tenderse a dormir con ropa en su ataúd, Duda le sonrió coqueta, anhelante, esperanzada y reptando insinuante se le acercó mientras él se despojaba de su vestimenta y cuando ya desnudo y erecto estaba le rodeó el pene con su anillado cuerpo. De inmediato veloz captó con su lengua bífida el rancio olor de la cerveza y el artificial del maquillaje barato de las putas, fingió morbosa indiferencia y sin pensárselo ni un segundo más ni uno menos, enfurecida de celos, rabia y vindicta, arremetió contra su amante, lo apercolló por el erecto falo hasta estallárselo en goterones de sangre y músculos y luego por el asombrado pescuezo hasta estrangularlo por doble asfixia o asfixiarlo por estrangulacción doble. En el inicio de la desconcertante mañana siguiente y apenas le llevaron tinto cerrero y juguito agrio de toronja injertada con limón dulce, la estupefacta camarera lo encontró sin respiracción y con un hilillo de baba detenido en la comisura de los labios y otro abundante y copioso de sangre obscura en la zona hirsuta y púbica, secos ambos. Desmadejada en la cama, la boa dormía boca arriba. En medio de la batahola posterior acaté a substraer del ojo derecho y ciego, mejor ausente, del cadáver, víctima inocente de un crimen pasional inconcebible, su parche de pirata y acto seguido y nervioso le hurté la pepita de oro que refulgía en su cuenca vacía cuando la luz solar o selenita se estrellaba contra ella. Para mi pesar, que también los quería robar, no pude hallar su colección de parches piratas. Los sabuesos gozques del Servicio de Inteligencia Colombiano, SIC su sigla, que llegaron a militar pie a investigar, concluyeron que en página alguna del código penal se establecían castigos o penas carcelarias o pecuniarias por asesinatos cometidos en estado de ira e intenso dolor ni muchísimo menos cuando el sindicado del delito era una anaconda sin uso de razón. El más leído y versado de los investigadores concluyó, sobándose su barriga ventruda, que se trataba llana y simplemente de un normal y clásico episodio de ofidofilia por acuerdo mutuo entre las partes. El caso, entonces, y para muy bien del Hotel De Siempre y de su propietaria, quien acaso hubiera podido ser erróneamente sindicada por algún ladino leguleyo malandrín de alcahueta en beneficio propio, se cerró con la insinuación de enterrarlo, después de informar a su familia, en el cementerio central y católico. Pero el misántropo, misógino y zoófilo Juan José Jamaica, quien se ufanaba de carecer de deudas por pagar, no tenía deudos que lo llorasen. El señor triple jota fue inhumado en el cementerio de los malditos porque cura alguno de ninguna especie o parroquia quiso, dados sus repugnantes lujuria y morbo, cantarle réquiems ni responsos. Y en cuanto a la boa constrictora, celosa y asesina, madre, con gruesas cabuyas y bejucos, la mantuvo atada en el grueso tronco del totumo del solar, bajo la austera mirada del mastín, encaramado en un montículo de tierra, arena y grama que él mismo ordenó levantar, y la ávida de la gallina piropa, quien ilusionada y sacudiendo sus plumas más notorias, esperaba bajo la sombra dulce del ciruelo de Tráquea a que Duda soltase un huevo para empollarlo de inmediato, hasta cuando un nuevo circo de pacotilla apareció por estos lares tan inhóspitos y áridos con un zoológico precario. Se la vendió, gorda, adulta y amaestrada -sabía bailar boleros, sentarse en los taburetes, dar botes de carnero, limpiarse con servilletas, nadar de espaldas a la realidad, soportar dogal, traílla y collar, dormir sin cobijas y de encime muy cariñosa era con los hombres maduros- al propietario por cincuenta pesos oro de la época. Es que la vida y la muerte están en este país de miedo tan supremamente peligrosas y caras bajo este gobierno, que ahora, para poder medio defendernos, nos toca pagar al brinco de la pulga escondederos a peso con setenta y cinco centavos, se defendía. Y, además y de contera, un animal tan bien amaestrado, exótico y obediente, acostumbrado a la inhumana presencia humana, muy diferente si se le compara con los demás animales de circo y más raro que los lantánidos, escribo yo, bien, muy bien, vale su peso en oro de muchísimos quilates.

Joaquín Bretón

 

(Colombia, 1946). Escritor, anarquista, ateo, de izquierda con sabor escandinavo, personaje insólito, buena persona e implacable déspota con los estúpidos, expropietario del Hotel de Siempre en Bucaramanga, que se caracterizó por ser la morada de los intelectuales que llegaban a exponer sus pensamientos a la ciudad y eran recibidos con afecto, lo que permitía evadirse de la frialdad y superficialidad de los hoteles  estrellados que abundan con su aire de banalidad.

En abril de de 2012 publicó su libro de relatos que tituló Huéspedes Insólitos del Hotel de Siempre, 580 páginas y  50 relatos donde plasma las locuras reales e imaginarias de huéspedes insólitos que  dejaron huella en los 50 años como propietario del insólito hotel.

Para este libro trabajó durante 90 días, quinientas cuarenta horas, bajo la mirada de muchas personas que observaban sus palabras automáticas en dos grandes televisores conectados a su computador. Gracias a su gentileza y a una complicidad por la libertad y el desorden como comportamiento cultural se convierte a partir de este número en uno de nuestros más queridos amigos colaboradores.

 

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