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 ReVista OjOs.com   MARZO DE 2016

COLABORADORES / JOAN SUÁREZ

¡CASTRACIÓN, VIOLACIÓN E INCESTO!

Se mira con ternura a quien se lo merece.

 

 

El cuerpo y la mente son un díptico recurrente de escándalos, intimidaciones, golpes y humillaciones. Desde distintos referentes espaciales ambos se convierten en un solo sujeto, desde la ciudad y su confrontación de mafias, hasta la urbe y su cortina de la guerra. Así, en esta atmósfera se ha desarrollado la obra cinematográfica del surcoreano Kim Ki-duk. Autor de una veintena de películas, muchas veces experimentales y con un sello característico: una narración pausada, la descripción visual ultrajada de sus personajes, seres inadaptados a la cotidianidad que recurren a los silencios o escasos diálogos, la furia psicológica de sus relatos, y la síntesis de su contexto sociocultural, una Corea dividida y de metrópolis neoliberal.

 

Por eso esta obra, Moebius (2013), se ha desarrollado dentro de su universo personal, volviendo a enmarcarse en sus tres categorías más sobresalientes: personajes disfuncionales, marginales y sin voz (o mudos supuestamente), para confrontar una sociedad que los aísla y los reprime, generando un choque de vergüenza, desazón e impotencia, expresada en ira y fatalidad.

 

De ahí que sean también tres los momentos sugerentes para acercarnos a esta historia. Un primer momento de entrada al hogar familiar: padre, madre e hijo. Un hombre tosco y agresivo. Una madre histérica e impredecible. Un despertar entre la niñez y la adolescencia. Un tríptico de discusión violenta, el descubrimiento de una infidelidad y por consiguiente la castración por parte de la mamá a su progenitor en represalia ante la conducta de su padre.

 

Un segundo segmento más extenso, se traduce en la evolución emocional del chico, en camino de su éxtasis sexual y sin instrumento natural. Un viaje de burlas en orinales públicos, corredores y andenes, celdas de prisión y comisarias, la defensa del territorio físico: su cuerpo como morada y herido, y el primer encuentro íntimo fingido por seguridad y de reconocimiento grupal entre su pandilla, la insinuación de pechos firmes y rígidos en la tienda del barrio por su administradora, y la sutil reunión de la tarde de varios hombres en la mesa camino a una violación. De este modo, inquieta y preocupa el deseo y el placer, una búsqueda de trasplantes de falos o cirugías en virtud del vigor y el culto masculino del pene, un alimento para la codicia.

 

En este momento, los personajes atraviesan un trazo psicológico de violencia y rudeza, el chico desde su  defensa, el padre en reivindicar su culpa y redención. No será suficiente. La mirada sobre el entorno en el que se mueven permiten encontrar alternativas de herida física para el goce: lacerar su piel con una piedra hasta frotarla de sangre y dolor, o introducir un cuchillo en el trapecio de la espalda y simular movimientos masturbatorios de ímpetu y disfrute. Escenas de herida y frontera, una barrera ante la sexualidad más allá del canon del sexo, que impide la comunicación por un fuerte trauma.

 

La impotencia, la ira y la rabia sacuden la conducta del padre e hijo. Hasta que llega en escena de nuevo su madre, tras la perturbación provocada. Una familia no tanto disfuncional, sino de alteración de la psiquis humana.

 

Quizá un síndrome en alusión a su nombre (Moebius) de ojos paralizados por el horror y los eventos inverosímiles y cómicos, como la secuencia de persecución y pelea con un falo en la mano que termina sobre la carretera bajo la velocidad de los carros.

 

Ahora bien, el desenvolvimiento de las relaciones interpersonales constituye una magnifica exploración de lo que ahora está manipulado y pervertido: el lenguaje no verbal, por eso el gesto, la caricia, golpes y ante todo la mirada con una maliciosa sonrisa. Entre esta dialéctica de gestos y movimientos llega el instante visceral, amatorio y de libido: el incesto, como camino para recuperar el dolor causado, pero se provoca el llanto como síntoma del vacío en el Ser.

 

No es una gran obra, pero su narrativa arriesgada que carece de diálogos o voz en off y dejarlo todo a la expresividad del rostro en sus protagonistas y la transformación de su mirada, le dan mérito y elogio, aunque como lo manifesté en un principio, el silencio es un tópico recurrente en este director, quizá aquello sea un logro de exuberante admiración para un espectador desprevenido que ve por primera vez sus películas.

Joan Suárez


(Colombia, 1988). Nació en Medellín por las mismas calles de narcotraficantes, pistoleros y políticos. Es antioqueño como Débora Arango, Porfirio Barba Jacob, Pedro Nel Gómez, Ignacio Gómez Jaramillo Augusto Rendón, Fernando Botero, Fernando Vallejo, Fernando González, Gonzalo Arango, Germán Londoño y muchos más que le han dado más gloria a Colombia que las bandas criminales infiltradas en los poderes políticos, judiciales, legisladores  y empresariales.

Egresado en Regencia de Farmacia de la Universidad de Antioquia.  “Allí aprendí de papas bomba, reacciones químicas callejeras, píldoras abortivas [diría Don Ordoñez], conocí la flora y fauna de varias vaginas en el quirófano de obstetricia y ginecología en mi práctica académica. Actualmente tengo 24 años y vivo el presente con lo que se me presenta. Un hombre cuasi virgen para la sociedad colombiana”. Su espíritu investigativo, analítico y su talento para expresar con palabras e ideas esta realidad apestosa lo respaldan para convertirse en un colaborador de la revista de la libertad y el desorden donde no hay censura y se exalta la belleza y el talento.

Fotograma del filme. La chica & Seo Young-ju

Fotograma del filme. Lee Eun-woo

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