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COLABORADORES / HÉCTOR CEDIEL

 ReVista OjOs.com    MAYO DE 2017

MISIVAS DE 3 JÓVENES SUICIDAS

 

 

I

 

De vez en cuando pienso en la muerte. Últimamente se ha convertido en una fea costumbre, en un absurdo ritual obsesivo y hasta imagino la pira del holocausto. Es el fuego interno el que me asesina.

 

El no poder concebir un mundo perfecto, me suicida gota a gota, como si degustara con sed: Cianuro.

 

Fui impetuoso al escribir, atrevido, sincero. Asumí en primera persona, toda el agua sucia de las malas interpretaciones; esa crítica despiadada de quienes nunca aprendieron a leer. Mis textos y poemas, son un libro abierto de sobre mi vida, incluyendo mis grandes errores y defectos.

 

No recuerdo desde cuando hablo con las hojas en blanco. Aprendí a escribir con mi sangre y sufrimientos, como si fuesen tinta invisible. Nunca supe si fui feliz en realidad ni entiendo el por qué, muchos hasta me envidiaron.

 

¿Será que simplemente, viví demasiado rápido el guion de mi historia, me sobró tiempo y quedan muchas páginas de la bitácora, sin llenar?

 

Me reconocen dones de los cuales me avergüenzo. Por culpa de ellos he sufrido lo inimaginado y de hecho, mi vida se convirtió, en una vidorria de intentos fallidos. Soy un costal de sueños malogrados.

 

El amor aprendió a hacerme daño, usando máscaras y sutiles disfraces o impostando sus verdaderas intenciones. Me enamoré más de una vez, de una fugaz sombra. Fui un obsesivo enamorado del amor, aunque ahora se elevan las erecciones, sin mayores esperanzas. ¿Será el amor, la lava del infierno?

 

 No es el desamor ni la falta de dinero, lo que me suicida a pedazos. Es el observar ese sin sentido deshielo del tiempo y como nos devora la polución o las toneladas de basura, que conforman nuestros entornos.

 

Me cansé del silencio sepulcral de tus sentimientos escondidos. De anhelar una respuesta positiva, a mis propuestas indecentes. El amor estéril es el más perverso de los males, la más penosa de las enfermedades, el mortal mal que nos hace, los seres más miserables en vida.

 

Añoro que el tiempo, no se devore todos mis versos.

 

II

 

La vida que me devora: ¡Hiede!  ¡La odio!

 

¿Quién conoció a un corazón, que no le hubiesen hecho daño? ¿Quién no se enamoró de una persona equivocada, al menos una vez en su vida? ¿Quién no se atormentó, respetando paradójicos códigos y leyes, que le castraron la felicidad?

 

Hoy, pensando en la infelicidad, sentí y reconocí, que fui un bastardo, contigo. Apague tus ilusiones. Te obligué a sobrevivir dentro del fuego, durante mucho tiempo. Contemplé con indolencia, tu inmolación. ¿Cómo pudiste sobrevivir al holocausto y hacerte una triunfadora? ¿Cómo conseguiste resistir, a una vida opaca sin magia, sombría, con un corazón, enlutado?

 

La vida me maduró y envejecí demasiado rápido. Ahora me siento como una alimaña, adoptada por mascota. Un objeto admirado sin razón y sobrevalorado, inmerecidamente. Me siento vacío, como algo que no tiene ya nada que ofrecer. Me canse de aplastar insectos, para que no invadieran mi espacio.

 

Sobrevivimos como el ganado o mascotas: reservados a pequeños espacios. Cercados por alambradas con púas y electrizadas, que equivalen a cepos mentales.

 

¿Es suerte el haber sido, un mal suicida? Considero más desafortunados a aquellos, cuyos últimos desesperados gritos, fueron ignorados.

 

Viví hasta el último momento, intentando construir y conservando un buen nombre. Me considero un buen

ángel-demonio, como todos los narcisistas que poseen alas. Soy un hombre dragón cuando canto con rabia y propongo justicia social o simplemente: un tipo especial de infierno, más agradable y cordial para todos.

 

Morimos de soledad, rodeados y asfixiados por familiares, amigos y desconocidos. La depresión es una epidemia y la incomunicación, una pandemia. ¿Podremos vencer a las tempestades, con simples versos? ¿Por qué rebuscamos al amor dentro de las vaginas, como si allí se escondiera o fuese su refugio, natural? ¿Serás tú la esencia, de la miel venenosa, que libaron tus enamorados?

 

La vida pasó casi de largo y tan de prisa, que aún me pregunto si la desperdicié o simplemente: No supe hacerme compatible con ella.

 

III

 

Me duele escuchar los desesperados gritos de amigos y no poder hacer nada, para rescatarlos de esa tierra movediza, que se los devora día a día.

 

Extraño tanto a tantas personas maravillosas, de cuyas palabras o pensamientos, aprendí a pensar y a ser como soy. No sé si sobrevivir sea realmente un privilegio. ¿Por qué tuvieron que morir, esos filósofos de la vida?

 

Los poetastros nos consideramos pequeños dioses, libertos de aprensiones y de capadoras prohibiciones. Somos tan imperfectos por dentro, que me aterra el meditar y bucear dentro de mí. Los versos solo son luciérnagas, que nos orientan en la oscuridad. Son mis lágrimas las que te suplican que te desnudes, para contemplar a la belleza, una vez más.

 

Me canse de intentar ser perfecto y de intentar sembrar semillas para un mejor mañana y una vida más amable, para las nuevas generaciones. Ya no encuentro razones para aferrarme a la tierra, como las raíces. Es absurdo que las palabras puedan ser más inmortales que nosotros, que nuestros desesperados gritos literarios, se transformen en luz cancerbera.

 

Aprender a sobrevivir no es un arte. Es un suicidio lento, masoquista. Me cansé de aguardarte noche tras noche, inclusive a ti, amiga ingrata, porque creo en la reencarnación, en la resurrección de quienes se aburren en el paraíso. Siento que me sufrimiento te hará reír a carcajadas, así tengas que llorar, por aquello del qué dirán. La hipocresía es el rostro perfecto, de las mujeres que dicen estar enamoradas. Yo era inocente, en aquellos tiempos, en los que regalaba rosas.

 

No creo en el tarot ni en los horóscopos. Intenté ser un buen charlatán, escribiendo lo que las personas ansían leer, especialmente las mujeres, a causa de mi lesbianismo crónico; enraizado en mí, como muchos otros defectos.

 

Promoví un nudismo que difícilmente pude practicar, para promover la liberación absoluta del alma y al cuerpo de sus miedos y tabúes, absurdamente castradores e ilógicamente, inquisidores.

 

Perdí mi inocencia al enamorarme de ti. Llegue tarde a tu vida. Nada había por descubrir en tu cuerpo, ni en tu alma. Debí partir y dejar en manos del olvido, la salud mental de mi corazón. Me aluné de tanto pensar en las noches. Me canse de sonreír con el alma destrozada y con tus secretos atragantados en mi corazón. Mis ojos se cansaron de interpretar performances de alegrías y realidades surrealistas. Me siento agotado, cansado de intentar armonizar con una realidad, que nunca pude comprender.

hectorcediel@gmail.com

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