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 ReVista OjOs.com     NOVIEMBRE DE 2014

COLABORADORES / GINNA GRACÌA

EL ARTE DEL CONSENSO EN LA COLOMBIA

CONTEMPORÁNEA

 

Durante los últimos años en mi oficio como maestra universitaria he podido ver la forma como se reproducen las mismas lógicas dentro y fuera del aula. Pienso específicamente en los programas de artes. Encuentro que se ha establecido un consenso, un acuerdo tácito sobre las reglas de juego del campo del arte y sobre los temas que el arte ha de tratar.

 

Veo como se repiten sistemáticamente las apuestas que reivindican las subjetividades subalternas, la crítica al capitalismo, y la dicotomía irreconciliable entre arte y ciencia.

 

Las críticas capitalistas y aquellas a la racionalidad instrumental surgen en un contexto específico, a saber Europa y Estados Unidos. Esta crítica tiene sentido en un tipo de sociedades que han acumulado riqueza y que poseen un grado de desarrollo que permite tales reivindicaciones.

 

Pero en un país como Colombia sería justo ver con desconfianza el desarrollo de una medicina no invasiva, por ejemplo. Ayer vi una exposición de video arte propuesta por un alemán, las imágenes contrastaban la moderna tecnología de guerra con la medicina no invasiva. Mi pregunta es: ¿cómo recibimos estos contenidos en América Latina? ¿Este contenido crítico es universalizable?

 

En un continente sumido en la corrupción y la pobreza me parece que la crítica a la ciencia no tiene sentido. Parece que hemos olvidado tanto la ciencia como las artes y las humanidades en la agenda de desarrollo del país. Desde que entramos en la fase tardía del capitalismo tardío o postmodernismo, se cuestiona la validez de los grandes relatos que guiaron la modernidad. Entre ellos la idea de razón o progreso, estos jalonados por los avances científicos y tecnológicos. Auswitchz es en efecto el resultado de una excesiva racionalización más que de la locura y, por supuesto, los avances tecnológicos y científicos son manipulados por grupos de poder. Pero la ciencia en sí misma no es un enemigo, mucho menospara las artes. Por el contrario, comparten el mismo espíritu curioso e inquieto.

 

Siento que los estudiantes de artes están inseguros. No saben en qué punto su obra está madura. Temen. No se dan cuenta de su inmenso talento y de las posibilidades de crecimiento de su trabajo, la posibilidad de emprender proyectos de desarrollo social, de ampliar su propia obra. La falta de oficio y el exceso de discurso crítico está en la base de estas falencias.

 

Soy politóloga y maestra en filosofía, pero no creo que mi formación me excluya de tener algo que decir y qué hacer con respecto al arte. Pienso que cualquier creación requiere de una investigación para ser trabajada rigurosamente.

 

Me refiero a este tema porque mucho del arte actual está basado en una pretensión discursiva que supone una aprehensión de las dinámicas sociales pero paradójicamente las olvida. Es decir, si la creación artística se basa en un conocimiento de lo social parece que este conocimiento no es concebido con rigor o profundidad. Esto no quiere decir que el arte deba enunciar al humor o al asombro, porque justamente esta es su ventaja.

 

Me preocupa ver que la línea de énfasis del arte se dirige a pensar un papel social o político pero que se queda en una crítica superficial que se superpone a los valores propios de creación de la obra. Los jóvenes estudiantes se solazan en criticar a Hollywood o Disney pero no tienen las herramientas de creación que su objeto de crítica evidentemente posee.

 

La estructura universitaria no piensa en un modo de financiación de la creación de los estudiantes. Sus familias se hacen cargo de los gastos de matrículas, materiales. Esta situación se hace mucho más alarmante en el momento de la tesis. Lo más alarmante es la ausencia de un criterio para evaluar estos proyectos. Esta misma lógica se repite en instancias como premios y becas. No queda claro qué hace de un buen proyecto un buen proyecto. Por supuesto cada trabajo tiene sus propios parámetros y debería ser evaluado en relación con sus propios objetivos, exigencias y límites. Pero tampoco se tienen claras estas perspectivas. Considero que hay proyectos que pueden ser muy ambiciosos y que podrían articularse de manera efectiva a líneas de desarrollo social y sobretodo, a la creación de industrias culturales.

 

Esto último es visto con malos ojos. Pareciera que el arte no puede involucrarse en la creación de una industria que lo sustente. Por alguna razón existe este prejuicio de que el arte no puede abrirse espacio en el mercado. La realidad colombiana debería ser prioridad para las universidades y, en esta medida, deberían financiarse proyectos productivos desde la universidad en apoyo con instancias estatales o privadas. Justamente, el arte que pretende impactar espacios sociales debería aislarse de los discursos más recalcitrantes de la izquierda y arriesgarse a construir un campo que le permita existir dignamente.

 

Tal vez sea ideología o desidia pero la pertinencia de la universidad y sobretodo de las escuelas de arte está en entredicho. No todos los artistas logran vender su obra en espacios como ARTBO, no todos tienen esa vocación, el universo del arte es tan amplio y contiene tantas posibilidades, que estaría bien formar a los estudiantes de acuerdo con sus fortalezas. Siento que los estudiantes se atemorizan porque no se sienten fuertes y la universidad no les da las herramientas para ser fuertes. Esto sucede porque no hay criterios objetivos y los maestros basan su evaluación con relación al gusto o  la ideología dominante. Es por eso que titulé esta disertación como arte del consenso. El acuerdo está planteado pero en términos ideológicos o de gusto, no en relación con la solidez de aquello que debería esperarse de parte de un proyecto artístico.

 

Lastimosamente el arte en Colombia se rige a partir de amiguismos y pertenencias a grupos. Lo cual genera una sociedad del elogio o de la envidia mutua. Estos espacios son cerrados, auto-contenidos y repiten una y otra vez las mismas prácticas. El consenso está planteado de antemano y no hay posibilidad de discutir o de dar una mirada por fuera del mismo. Todo se trata de jerarquías y posiciones de influencia. Todo se trata de quién es chévere. Sin duda hay maestros remarcables, con una obra y un oficio consolidado, con una gran vocación pedagógica. Pero también me enteré de casos en los que los profesores dicen a sus estudiantes que ellos son incapaces de hacer algo o que simplemente deberían cambiar su objeto de investigación para eliminar cualquier posibilidad de competencia profesional. Supongo que un maestro es aquel que espera que su estudiante llegue al máximo de sus posibilidades y que ojala lo supere.

 

El predominio de la vanidad se erige frente al predominio de la técnica o del oficio. El panorama con respecto a la historia y teoría es desolador. No comprendo porque un estudiante de primer semestre se enfrenta a textos como Deleuze y Guattari, para leer estos autores hace falta primero tener conocimiento de antropología, de la obra de Marx y de sicoanálisis.  En vez de comenzar con autores más sencillos como Hauser, por razones de modas e ideologías se hacen clases sin rigor conceptual que solo llenan a los estudiantes de jergas y pretensiones. Considero que es mejor leer textos más accesibles pero que dejen más claro debates centrales para el pensamiento sobre las artes. Es claro que los estudiantes deben dedicar una buena cantidad de tiempo a perfeccionar su oficio pero es importante que puedan reflexionar sobre él y situarlo en un contexto histórico, social y cultural. Las artes hacen parte de la historia del pensamiento y es muy importante tener conciencia de ello.

Alguna vez un estudiante de fotografía me preguntaba con desaliento por qué tenía que ver historia del arte. Considero que hay que saber desde dónde se está creando una imagen, que la soporta. Los artistas y su obra son un producto de bastas relaciones sociales, saberlo genera responsabilidad sobre la propia obra, sus alcances, sus propósitos y sobre sí mismo. El chispazo genial es un mito que tiene gran acogida en muchas escuelas de arte. Este mito privilegia las ocurrencias por sobre el trabajo y la dedicación, las obras son objetos separados los unos de los otros y los estudiantes no pueden ver una perspectiva a largo plazo sobre la continuidad de su obra. Esperemos que el consenso que se logre sea sobre cómo mejorar la calidad de la educación en las artes más que sobre las ideologías de moda.

 

Una obra no vale ya por su contenido estético sino por su voluntad propagandística.  El cliché sobre el feminismo, sobre el latinoamericanismo, la falsa dicotomía ciencia – arte, la insensata búsqueda de la irreverencia niegan la historia del arte, montarse en hombros de gigantes es aquello que nos permitirá dejar de ser enanos. Si no se aprecia a los maestros clásicos no se podrá crear un arte contemporáneo contundente.

Ginna García


Venus del MaReA. Politóloga con especialidad en Artes Plásticas de la Universidad de los Andes de Bogotá. Maestría en Estudios Artísticos de la ASAB. Docente, tutora, traductora simultánea, experta en Filosofía Medieval, investigadora en el Grupo: La hermenéutica en la discusión filosófica contemporánea del Departamento de Filosofía de la Facultad de Ciencias Humanas, y en el Grupo de investigación: Epistemologías, discursos y acciones de la estética, la crítica y la historia del arte en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la Facultad de Artes, de la Universidad Nacional de Colom
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