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 ReVista OjOs.com     FEBRERO  DE 2012

COLABORADORES / FERNANDO MALDONADO

Fernando Maldonado

EL DÍA DE LA INDEPENDENCIA

 

 

La cita quedó para el domingo a las 12: 30 p.m. en la esquina sur oriental de la 19 con carrera séptima. Luego de largos preámbulos, Carlos había logrado convencerla de estar a solas con él en un pequeño apartamento que su amigo Henry le había prestado mientras salía de viaje por unos días. La incómoda situación de no disponer de un espacio propio para vivir, aumentaba su ansiedad. Llevaba tres meses viviendo con la única tía que había accedido a ayudarlo mientras encontraba empleo como profesor de colegio o catedrático de ciencias básicas. Algo estaba claro: no quería volver a ser entrenador de gimnasio. Quizá el mito del guerrero-poeta o un simple complejo de inferioridad lo había llevado a crear una extraña combinación en la que mente y cuerpo confluían a la manera del ideal clásico. De aprendiz pasó a ser un disciplinado atleta hasta el día en que le propusieron ser entrenador. Pero comenzaba a ser insoportable eso de crear rutinas de ejercicio, supervisar a los aprendices mientras escuchaba tonterías acerca de la alimentación deportiva o los métodos de entrenamiento, midiendo bíceps, tríceps, cinturas y pantorrillas, metro en mano y con la visión negra de un mundo materialista e implacable en el que sólo la apariencia contaba. Lo único bueno de ese trabajo había sido conocer a Pilar. Luego de dos años en el “Super Gym”, estaba habituado a la actitud displicente o vagamente condescendiente de algunas mujeres que frecuentaban el gimnasio. Sabía que no existía ninguna posibilidad de que alguna de ellas se fijara en él como algo más que un simple empleado, el encargado de hacerlas adelgazar o aumentar (según el caso), dos o tres centímetros de glúteos o cintura; tonificar el culo y los bíceps o simplemente pasar un par de horas escuchando sus chismes y comentarios mientras pedaleaban subidas en la elíptica.

 

Pero Pilar era diferente o al menos así lo sentía desde que llegó para matricularse pagando un año de gimnasio por anticipado. Ella misma escribió los datos en el recibo y firmó, al tiempo que sonreía con calidez preguntando en donde podía cambiarse para comenzar a entrenar. Cuando la vio salir de los vestidores su corazón aumentó de ritmo.

 

Creía estar habituado a ver mujeres bellas en su trabajo pero con Pilar descubrió que esto no era cierto. Enfundada en una trusa negra como su cabello ondulado y brillante, Pilar irradiaba un magnetismo que ninguno de los asistentes pasó por alto.

 

La rutina de ese día comenzó con un trote ligero en la banda caminadora. Entre serie y serie lo llamaba para que la ayudara a corregir la técnica o la respiración y el corría presuroso a ayudarla.

 

Todo indicaba que nada cambiaría el curso de las cosas y como una norma de la conducta humana, dos o tres meses después se habría de retirar, pero Pilar continuaba sin fallar una sola sesión. Tal vez por eso su contacto con ella se fue afianzando un poco más de lo habitual.

 

Un sábado a las nueve de la mañana llegó en su brillante automóvil y se estacionó enfrente del gimnasio. Bajó del carro y para sorpresa de los sudorosos deportistas y de Carlos, no traía puesta la trusa como siempre que iba a entrenar los fines de semana. Esta vez venía impecablemente vestida de traje negro con zapatos altos y el cabello recogido en una cola de caballo que resaltaba sus rasgos latinos. Lo saludó, con un inesperado beso en la mejilla y sonriendo cálidamente se disculpó por llegar más tarde de lo habitual.

 

-“Es la primera vez que falto a un entrenamiento en seis meses, no te puedes quejar de mi disciplina”. Casi sin poder reaccionar al oírla, Carlos trató de articular una frase para disimular la forma extática en que la miraba - “Claro que no, eeeehh, no hay problema. Pero ¿por qué no puedes entrenar hoy? -se aventuró a preguntar. “Lo que pasa es que tengo un compromiso de trabajo y si no alcanzo a llegar puedo tener un serio inconveniente. De todos modos si me desocupo temprano vengo a hacer algo de ejercicio.  ¿A qué hora vas a cerrar el gimnasio? - “Tan pronto como llegue el jefe. Yo creo que a eso de las tres”, respondió esperanzado. -“Vale, creo que estoy aquí a las dos. No te vayas antes de esa hora”, replicó en tono de complicidad. Carlos subió el tono de voz simulando naturalidad. -“¡Claro que no! Te espero”.

 

Las siguientes horas pasaron tan lentamente que su ansiedad comenzaba a hacer estragos. Lo notó cuando uno de los muchachos que entrenaba a esa hora quedó atrapado con cien kilos de peso sobre el tórax sin poder levantarlos y tratando de que alguien se diera cuenta de su situación. Al fin escuchó un quejido ahogado mientras escribía un poema pensando en Pilar, y saltó de su puesto en la pequeña oficina para correr a ayudarlo.

 

Tratando de no olvidar su habitual escepticismo y sin poder controlar el impulso de mirar constantemente por la ventana, continuó con el poema pensando que lo suyo era ese mundo intangible, efímero pero profundo de la metáfora y la música de las palabras. El único mundo en donde estaba la auténtica libertad humana. Todo lo demás era una construcción artificial inventada por los hombres para someter a los más débiles. Conceptos como patria, honor, religión sólo eran simples supersticiones necesarias para crear sistemas opresivos. Nada que tuviera origen en conceptos sobrenaturales tenía validez para él. Sus lecturas de los anarquistas Bakunin, Barret, Stirner, y los malditos, Henry Miller, Baudelaire y Ducase daban un aliento heterodoxo a su vida. En ese sentido era una suerte haber estudiado ciencias básicas en la Pedagógica y no literatura o artes escénicas. Tal vez por eso su mente conjugaba en armonía el pensamiento racional y el pensamiento creativo sin los prejuicios que en uno u otro sentido atacaban a quienes concebían el mundo en una sola de estas dimensiones. Sus pequeños triunfos como poeta se reducían a tres publicaciones y dos concursos ganados. Nada mal para sus veinticinco años de edad y suficiente indicio para considerar la poesía como algo más que una afición intrascendente.

 

Pilar llegó hacia las dos de la tarde, sonrió desde la ventanilla del automóvil y bajó con un calculado y grácil movimiento. Sus espectaculares piernas brillaban en un atisbo irresistible haciendo que Carlos sintiera un latigazo energético bajando por la espina dorsal. ¿Lo hacía a propósito sólo para él o era parte de su naturaleza instintiva y espontánea? En su mente jugó con la idea de una seducción que aún no captaba. - “Aquí estoy de nuevo, lista para la acción. ¿Crees que alcance a hacer algo?” preguntó mientras caminaba hacia él. - “Claro que sí. Queda más de una hora. Puedes hacer una rutina corta e intensa” atinó a responder. Algo en ese sábado había cambiado las cosas para Carlos. Tenía a Pilar para él sin la interferencia de los demás personajes del gimnasio. Lo de esa tarde no fue un verdadero entrenamiento. Pilar hacía algún movimiento y enseguida se ponía a hablar con él de modo que terminaron contándose anécdotas y eventos cada vez más personales.

 

Luego de un rato salieron del gimnasio bajo la mirada escrutadora del dueño que hacía el balance de los ingresos del día y miraba con deleite el culo de Pilar intentando acomodarse mejor para verla subir al automóvil. La envidia se adivinaba en sus facciones al presentir que Carlos ya había logrado atraparla gracias al empleo que tenía allí, en ese, “su negocio”.

 

Luego de unas pocas palabras, Carlos escuchó de labios de Pilar una frase perfecta para la ocasión: - “¿Tienes algo que hacer o quieres tomar un café? Tengo el resto del día libre”. A partir de allí todo estaba dado para que el siguiente paso se consolidara y en pocas horas la atmósfera envolvente, tangible e irresistible del deseo mutuo tomara el control. Hablaron de literatura, de música, de cine. Carlos captó que una mujer como esa no sería fácil de conquistar y alcanzó a tener la visión ridícula del caballero de armadura luchando por la dama de sus sueños. Notó su propio primitivismo emocional. “Un guerrero seduciendo a la diosa inalcanzable”. Pero, algo había en él que atraía a Pilar. Quizá el hecho de acercarse más de lo habitual a un hombre lejano a su dimensión social, hacía que sus defensas cedieran por curiosidad. Sus relaciones anteriores tenían el perfil esperado de la exitosa publicista que era. ¿Porqué no permitirse algo distinto esta vez?

 

Por las palabras, la risa cómplice y la distancia cada vez menor entre sus rostros, Carlos se sintió ingrávido, suspendido en un vacío delicioso mientras sentía el perfume y la piel suave de Pilar. Al fondo la música del café sonaba como banda sonora de película romántica. Atrás quedaba el pudor intelectual por el ridículo teorizado por quienes consideran estos momentos como inaceptables para las mentes superiores. Se besaron con mutuo deleite en la penumbra a través de la mesa de madera y el humo de las tazas de café.

 

A pesar de los eventos las cosas no iban a ser tan fáciles en adelante. Era una tortura para Carlos verla llegar al gimnasio cada día y no poder acercársele más de la cuenta para no delatar su relación y, claro, lo peor venía cuando además, alguno de los camajanes del gimnasio intentaba seducirla a punta de chistes, frases tontas o demostraciones de fuerza bruta en la banca de ejercicio o el soporte para hacer sentadilla. Pilar no parecía nada incómoda con estas situaciones que sabía manejar a la perfección lo que aumentaba el sufrimiento para Carlos. Había otras mujeres bellas en el gimnasio y todas estaban tan asediadas como ella, pero no tenían nada con él y eso hacía una diferencia inmensa. De nada valía Schopenhauer, Nietzsche o Camus, para entender la vida en su perfil más directo. Durante semanas el juego continuó y ya estaba atrapado. No lograba convencer a Pilar de acostarse con él y comenzaba a pensar que jugaba con el deseo intentando probar su resistencia. El amor debía llevarlo a una cierta liberación como la del arte y esa certeza era pura teoría cuando ella se despedía con un beso cálido y húmedo en la boca sin concederle la oportunidad de pasar a la acción. Cada tarde tenía que soportar la visión de Pilar hablando animadamente con los compañeros de entrenamiento del gimnasio y su sonrisa irresistible mientras la ayudaban con algún ejercicio para lo cual siempre había varios hombres solícitos dispuestos a correr a su lado mientras Carlos atareado con algún principiante, observaba impotente. Los días que la veía llegar impecablemente vestida eran un reto a su estoicismo. Ella parecía divertirse mucho con la situación cuando todos los hombres del gimnasio la miraban con falso disimulo mientras caminaba hacia el vestidor haciendo sonar rítmicamente los tacones. Alcanzaba a captar los esfuerzos sobrehumanos que algunos hacían para ejecutar a su paso, la última repetición y lograr mirar de reojo sus glúteos firmes y sus piernas torneadas vestidas de nylon. La decisión de Carlos era arriesgada pero necesaria. Renunciaría al gimnasio para acceder a un puesto de profesor que quedaría vacante en unas semanas. Esto suponía ascender un poco de estatus y mejorar sus ingresos, si bien, no podría estar cerca de Pilar cuando estuviese entrenando. Prefería no pensar en eso. Podía imaginar una horda de bestias musculosas asediándola soterradamente pero tuvo el valor de renunciar a fin de mes. Notó una mueca de satisfacción en el rostro de su jefe. La alegría biliosa del que disfruta en silencio la derrota del otro.

 

Su anciana tía Teresa, accedió a alojarlo en una habitación del segundo piso de su casa mientras se concretaba lo del nombramiento como profesor. La liquidación del gimnasio apenas había cubierto los gastos del mes. En adelante la posibilidad de estar con Pilar se alejaba aún más. Así transcurrieron tres meses hasta cuando en la última cita, logró lo que tanto anhelaba. Ella soltó la frase de repente luego de tomar un sorbo de café:- “He estado pensando que me gustaría mucho estar contigo. Creo que ya es tiempo de dar ese paso”. Carlos fingió no entender. – “¿Te refieres a hablar a solas o a otra cosa?- “Me refiero, tonto poeta, a que tengo ganas de hacer el amor contigo. Follar, tonto o como quieras llamarlo. Sólo dime cuando y donde”.

 

La frase lo puso a mil por hora. ¡Al fin había accedido! De inmediato hizo arreglos con su amigo Henry y ahora estaba allí en camino hacia la calle 19 montado en un colectivo que trataba de abrirse paso en medio de un tráfico infernal. Demasiado para un domingo a esa hora. Tuvo que bajarse cuatro cuadras antes de lo previsto. Estaba desesperado por llegar a tiempo y pujaba en medio de una muchedumbre que avanzaba lentamente hacia la carrera séptima. La gente se agolpaba en el andén a lado y lado de la calle y el sonido de una marcha militar se hizo más y más intenso. “¿Qué carajos pasa con toda esta gente?”¿Qué día es hoy?” ¡¡Mierda!! ¡¡Domingo 20 de julio!! ¡¡El desfile del bicentenario de la independencia!! ¡¡¿¿Cómo carajos voy a poder cruzar al otro lado y cómo voy a encontrar a Pilar en medio de esta turba de ignorantes??!! ¡¡Déjenme pasar!! -Gritó en el tumulto pero era muy tarde. Los primeros soldados ya desfilaban a ritmo de tambor y trompeta. Detrás de ellos venían los camiones, jeeps y tanques en formación cerrada. Maldijo una y mil veces la independencia y sus fetiches. Maldijo a cada humano que con expresión estúpida miraba el paso del desfile. –“¿Cual libertad, imbéciles? ¿No ven que todo es una parodia? ¡La única libertad posible es la libertad interior! Marcó al celular de Pilar y su ansiedad se disparó al escuchar la grabación de correo de voz una y otra vez. Decidido a cruzar se atravesó al paso de un jeep del ejército y a punto de llegar al otro lado, el libro de Henry Miller y los poemas que llevaba para completar la tarde con Pilar, se le cayeron al piso. Intentando devolverse hizo frenar en seco todo el desfile y en medio de la rechifla del público oyó la voz atronadora de un oficial de la policía, gritando órdenes a diestra y siniestra.

 

-“Detengan ya a ese huevón que me jodió todo el desfile. ¡Agárrenlo que ya voy para allá! Sostenido por tres policías, Carlos luchaba por zafarse. Cuando lograron controlarlo el oficial se acercó y con expresión asesina le gritó a la cara. -¿Está loco, hijueputa? ¿No ve que esto es el desfile de la independencia?

 

¡¡Espósenlo y llévenselo a la estación!! - ¡¡Pero porqué me van a arrestar?? –Gritó con la cara enrojecida por el esfuerzo. -”Pues para que aprenda a respetar la libertad y el orden o acaso ¿no sabe lo que significa el día de la independencia? ¡¡¡Llévenlo ya a la patrulla!!!

 

-¡¡¡No me joda con eso de la independencia .Yo soy anarquista, entiende, a-anar-quista!!!

 

-¿Anar-quee? – Replicó el oficial- ¡¡¡ANARQUISTA Y POETA!!!- Gritó aún más fuerte para que todo el público lo oyera mientras lo arrastraban por los sobacos y el desfile reiniciaba su marcha. Del otro lado de la calle Pilar se encaminaba despreocupadamente de regreso al parqueadero. Otro día de la independencia terminaría pronto y de repente se sentía más libre que nunca.

Fernando Maldonado

(Colombia, 1962). Pintor, dibujante, ilustrador, caricaturista.

Estudió en la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano de la cual egresó con honores. Le fue concedido el premio Jorge Tadeo Lozano por su extraordinario rendimiento académico. Su obra ha sido expuesta en importantes galerías y ha

representado a Colombia en la Bienal Internacional de

Pintura de Cuenca, Ecuador, y en el Salón Comparaissons

realizado en el Grand Palais de París en 2007 y 2008. Su obra erótica se caracteriza por la representación de escenas en mundos paralelos donde resalta el enigma y la atmósfera pictórica. Su pintura es una negación de los parámetros que tratan de imponerle. De hecho, seguir pintando es una rebelión pasiva. No cree en absoluto en ideas como la redención de las sociedades por el arte, ni mucho menos la ficción del artista como sacerdote o como ser superior inmerso en una actividad excepcional. Nada puede escapar de la inevitable y soterrada intención oportunista del arte y su quehacer social.

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