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 ReVista OjOs.com     DICIEMBRE  DE 2015

COLABORADORES / FERNANDO MALDONADO

ANTI-PRÓLOGO

 

Texto publicado en el libro 21 Artistas Su Mundo Homenaje al maestro Augusto Rivera Garcés.

 

Como si de estar atrapados en sus cuerpos se tratara la vida, los imagineros regresan una y otra vez a sus rutinas. Los hay paganos, ateos, gnósticos, agnósticos y místicos. Algunos caminan con un bastidor bajo el brazo por ciertas calles señaladas de antemano como pertenecientes a la zona bohemia. Otros se mimetizan sin problema entre un público diverso, convencional o vulgar. Nadie con seguridad, podría saber de su oficio con sólo verlos en la multitud. Su fascinación por la vida es equiparable a su horror. Si estuviésemos allí podríamos sentir el bochorno del día nublado, el olor de las calles plagadas de humanos angustiados, tensos, iracundos o resignados. Los vehículos en cada rincón, con los tubos de escape que resoplan humo blanco o gris y avisos que atiborran las paredes, las azoteas, los edificios. ¿Vale la pena estar allí sólo por intentar abrir un lugar para el solaz silencioso de la pintura o el dibujo? Cada imaginero es distinto de modo que las respuestas serían muy diversas. Están los escépticos con los cuales simpatizo. Trabajan en silencio, sin comprometerse, embadurnan con pigmentos telas tensadas de diversos tamaños. Algunos creen que van a lograr algo en un lapso de tiempo muy corto. La mayoría sabe que pueden pasar varias décadas antes de obtener unas cuantas soluciones. Victorias pírricas ante un conglomerado humano indolente y vanidoso. Están los triunfadores, los que han logrado ser aceptados por la Compañía, ese enmarañado tumulto formado por miles de seres asociados por el poder. No soportan los espejos porque los hacen ver, detrás de sus rostros, un largo paisaje de telas pintadas con todos los temas, colores y formas que aborrecen. Son maestros de la simulación pero ignoran que ese es su verdadero arte, no la pintura o el dibujo. Otros imagineros han aprendido a dividir su mente para trabajar en dos estados que son dos vidas paralelas. Lo que venden no se parece a lo que pintan para ellos mismos. Quizá no saben que da igual una obra o la otra. No saben que su esfuerzo por separar lo que consideran profundo de lo que juzgan banal, es un error de visión y las dos categorías son una misma cosa. Tampoco saben que soportar esta tensión ficticia, es su obra maestra. Por regla general, los Imagineros son hombres o mujeres que creen estar en un estado de la mente diferente. Algunos conservan un cierto grado de modestia cuando están en público, o así lo parece. Todos buscan algo que no llega y a veces lo confunden con la fama o el reconocimiento de las gentes de la Compañía. Todos tienen un mundo aparte. Lo han construido a fuerza de esperar y trabajar, trabajar y esperar. Habitan lugares diversos, ciudades grandes o pequeñas, aldeas, playas y desiertos. Aguardan, aguardan a que otros humanos los vean tal como son y les den su aprobación con una señal.

 

Una vez me preguntaron si es lícito o ético esperar esta señal. Lo único que parece claro es que no conviene hacer de la señal una meta.

 

Por el camino deben superar muchos obstáculos y si vieran su dimensión, si pudiésemos convertir en imagen lo que les aguarda, veríamos su figura ante una especie de montaña gigantesca y hostil. Las rutas para ascender

siempre estarían ocultas y custodiadas por otros humanos dedicados a bloquear el ascenso o a confundirlos. Muchos han hecho de la confusión o del bloqueo su profesión. En algunos lugares se les llama Comisarios o Curadores. Varios de ellos antes eran imagineros o intentaron serlo, pero quizá la visión de la montaña

hostil los desanimó. Se les avala el hecho de haber visto la montaña antes de intentar el ascenso. Sus mentes son ágiles al borde de caer con facilidad en perogrullos cuando hablan o escriben, pero a la par comprendieron que éste es el talón de Aquiles de las civilizaciones. Comprendieron que sin palabras, sin lenguaje, no existe la historia, es decir, la ficción popular del mundo. Nada escapa ni escapará de este cerco de palabras que hemos creado por nuestra angustia, por nuestra nostalgia de eternidad. Pero los imagineros brindan consuelo a

los demás. Nadie los puede consolar pero ellos han logrado abrir un vacío placentero, incluso extático en las mentes de los demás habitantes. Este vacío puede ser fugaz, tan sólo un fragmento de tiempo para la mayoría de los observadores de la obra de los Imagineros. Pero también hay observadores atentos, incluso obsesivos,

que disfrutan a su manera de ese vacío que desencadenan ante ellos las pinturas y dibujos de los Imagineros. En ocasiones y con enorme esfuerzo, uno de estos observadores atentos decide publicar un libro en el que incluye imágenes pintadas por estos hombres y mujeres que han permanecido a lo largo de los años, fieles a sí mismos hasta donde su resistencia lo ha hecho posible. Vale la pena echar un vistazo a un libro así. En especial porque pone en evidencia que algo más allá del cerco de palabras, se niega al sometimiento. La única libertad posible, la libertad interior, se impone allí. Fernando Guinard lo ha hecho posible una vez más. ¡Qué sería de los imagineros sin personas como él! Es su enorme voluntad la que agita el panorama tedioso que controlan comisarios, burócratas y arpías. Es el mundo interior de los artistas. Los artistas y su mundo.

Fernando Maldonado

(Colombia, 1962). Pintor, dibujante, ilustrador, caricaturista.

Estudió en la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano de la cual egresó con honores. Le fue concedido el premio Jorge Tadeo Lozano por su extraordinario rendimiento académico. Su obra ha sido expuesta en importantes galerías y ha

representado a Colombia en la Bienal Internacional de

Pintura de Cuenca, Ecuador, y en el Salón Comparaissons

realizado en el Grand Palais de París en 2007 y 2008. Su obra erótica se caracteriza por la representación de escenas en mundos paralelos donde resalta el enigma y la atmósfera pictórica. Su pintura es una negación de los parámetros que tratan de imponerle. De hecho, seguir pintando es una rebelión pasiva. No cree en absoluto en ideas como la redención de las sociedades por el arte, ni mucho menos la ficción del artista como sacerdote o como ser superior inmerso en una actividad excepcional. Nada puede escapar de la inevitable y soterrada intención oportunista del arte y su quehacer social.

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