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 ReVista OjOs.com     DICIEMBRE  DE 2011

COLABORADORES / FERNANDO MALDONADO

Fernando Maldonado

HOJAS DE LUZ

 

 

En un texto por poco olvidado en el que André Bretón evocaba eventos de la vida de su amigo, Jacques Vaché, leí años atrás acerca de las circunstancias de la corta y singular existencia de este inspirador supremo de Dadá y el surrealismo. Lo que recuerdo es algo impreciso pero vale como motivo para entender el giro paradójico de la literatura y los libros en general, como objetos de culto.

 

Sabemos por Bretón que Vaché había creado en torno suyo lo que para nosotros sería una especie de aura envolvente proyectada a partir de su lúcida visión de la existencia con un alto contenido de “umor”, (sin hache como solía escribirlo) y soportada por una tenaz resistencia a la realidad como único alimento de la vida. Poco sabemos de él y ese escaso registro quedó en la correspondencia que sostuvo con Bretón. Con apenas veintitrés años decidió acortar el involuntario viaje  improvisando quizás una confusa performancia que terminó por reafirmar su total heterodoxia. Se recordará que lo hallaron muerto al lado de uno de sus mejores amigos  a causa de una sobredosis de opio. Tiempo atrás había sufrido en carne propia los rigores de la Primera Guerra Mundial,  pero diría al respecto: “He escapado por bastante poco a… este retiro. Pero me resisto a morir en tiempo de guerra”.

 

Indagaciones posteriores que cita Bretón en su Antología del humor negro evidencian, según Marc–Adolphe Guégan, que al parecer Vaché habría declarado horas antes de morir: “Me moriré cuando quiera morir… Pero entonces moriré con alguien. Morir solo es demasiado aburrido… Y preferentemente con alguno de mis mejores amigos”.

 

Este final “umorístico” supremo ponía punto final a una personalidad excepcional, que ahora, noventa años después nos llega con ecos lejanos en una visión borrosa como la de un  daguerrotipo deteriorado o como las pocas imágenes que se conservan de él en blanco y negro, similares a las que muchos tenemos de nuestras propias familias y que nos sumergen en una dimensión irreal. Cuando vemos fotografías así, sentimos que todo es ficción y que la muerte nunca nos alcanzará como a ellos. Imposible no pensar en Robin Williams en su rol de profesor de la película La sociedad de los poetas muertos. Como evitar escuchar el susurro en el oído: “Carpe Diem…Carpe Diem…”.

 

No puedo evitar imaginar a Vaché con su uniforme de soldado de la Primera Guerra, uniforme  cortado a la mitad  y “sintético, como diría Bretón, que es, por un lado, el de los ejércitos aliados, y por el otro, el de los ejércitos enemigos”. Lo imagino aislado e hiper-sensible, inspirando miedo o sorna entre sus contemporáneos. Sin embargo no es de estos interesantes registros de lo que quiero hablar, sino de otro más sutil y leve. Vaché  no tenía casi libros. Su vida parecía transcurrir en medio de una sencillez tan extrema que  resultaba insólito contrastarla con su influencia posterior en Bretón y por añadidura, en toda la vertiginosa literatura que desencadenó el surrealismo. Creo recordar una frase de Bretón  que esboza su carácter:  “…Sólo unos pocos libros, los suficientes para indicar que algo pasó…”

 

Los libros siempre han sido considerados objetos de culto porque es bien sabido que en ellos está registrado el conocimiento humano acumulado a lo largo de varios siglos.

 

Leer nos afecta o nos debería afectar a todos de un modo directo a tal punto que podamos cambiar la trayectoria de  nuestra existencia para bien o para mal.  Si esto sucede pensamos que el valor ontológico  de los libros es incalculable. Aún si se trata de libros que no se refieren a la explicación de las causas primeras como sucede con los clásicos libros sagrados de todas las religiones del mundo. A propósito de estos, Borges consideraba con su habitual agudeza, que hacían parte de un subgénero de la literatura fantástica.

 

Con los libros sucede que terminan por hacer parte o símbolo de un claro tipo de esnobismo. En la mayoría de los casos, los bibliófilos terminan por convertir su pasión en una suplantación de la vida práctica. Exhiben orgullosos enormes colecciones que buscan  intimidar  o crear una distancia equivalente a la del físico-culturista en camiseta estrecha de manga corta y que exhibe a cada instante  una fortaleza que puede o no ser equiparable a su dimensión interior.  En el fondo el mecanismo, las motivaciones y el efecto logrado son casi los mismos pese a la negativa rotunda de los “intelectuales”  por admitir comparaciones como ésta. En este punto no queda otra salida que recordar la cultura griega clásica como en tantas otras situaciones  y vemos que la búsqueda del equilibrio traducido en perfección ética y estética, no es un argumento añejo ni obsoleto. Tal vez la frase desgastada  y manida que muchos escuchamos de niños en boca de nuestros maestros  no está alejada del ideal: “Mente sana en cuerpo sano”. La vida práctica o  de acción en toda su extensión implica la contemplación, la reflexión y todos los atributos  que también exige  la buena  lectura. No la suplanta ni se opone a ésta.

 

Vaché fue para algunos de sus amigos y para sus  lejanos testigos, un ejemplo perfecto de ataque al ego. Resulta inexplicable aún bajo los parámetros de nuestros tiempos, la existencia de alguien que hable escriba o actúe con los términos, conceptos y palabras de un ser humano culto pero, que a la vez tenga el desapego suficiente de ciertos objetos  como  los libros, como para no guardarlos. Los libros nos entregan los mejores momentos de la vida, los más extraños, lúcidos y críticos, pero también de cierto modo nos lastran y paralizan.  En ocasiones suplantan por completo las vivencias y crean una teoría que flota en el trasfondo de nuestra mente. Borges mismo sería un ejemplo de ésta circunstancia, si bien, podemos suponer como él lo hacía, que hacemos parte de algo más grande, de un mal sueño en el que intervenimos jugando diversos papeles, de modo que tarde o temprano seremos o hemos sido guerreros y también poetas. Millones de palabras ordenadas en infinitas combinaciones configuran nuestras bibliotecas; las  imagino como un plasma que se adhiere a todo y determina cada palabra, cada acción, cada emoción.  Entiendo su valor objetual pero aún así, no deberían convertirse en archivos muertos  de la creación, acumulando polvo en estantes o cajas agregando peso muerto a los espacios que habitamos como dioses silentes y acuciosos,  porque su origen y objetivo último (si son auténticos y honestos) es  permitirnos avanzar por el periplo enigmático  de la vida humana y esto no siempre significa que nos darán un cierto tipo de luz. Con frecuencia han de situarnos en los ángulos más incómodos del ser.

 

Hoy como nunca lo había sido, el conocimiento circula a la velocidad de la luz en todos los extremos del planeta y nunca habíamos estado a la vez, tan mal informados. La página de luz de los libros virtuales está tomando un  lugar y parte de la resistencia al cambio puede ser atávica.  Queremos el libro-objeto porque es visible y nos da cierta seguridad emocional. Se apila, se ordena y habita un lugar bajo las leyes de la física más elemental. El secreto placer de su presencia es compartido y venerado por muchos. Pero el efecto más palpable e inconfesable  es el aumento  de nuestro ego. ¿Cuántos de nosotros estaríamos dispuestos a renunciar a la posesión material de nuestras bibliotecas y quedarnos con “sólo unos pocos libros… “

 

La posibilidad de acceder a millones de lectores en el mundo es uno de los mayores logros de la Internet. La calidad de los textos es probablemente escasa en la mayoría de los casos. Escribir con la posibilidad de ser leído al instante nos impondrá otros modos de hacer, otras gramáticas o como ya sucedió en las artes plásticas  y la música, terminaremos  por recombinar lo que ya está escrito y lo asumiremos como “nuevo”.  Por ahora es inaceptable y está penalizado en todas las legislaciones que tratan el tema de los derechos de autor. Para mi sigue siendo tentador escribir un texto configurado a partir de frases de Borges, Conrad, Proust, y  Melville, por ejemplo, asumiendo que el material de partida ya está y que la creación literaria no es la construcción de las frases sino su acertado lugar o los elementos estilísticos de cada autor escogido. Esto último impondría una amplia cultura literaria y un conocimiento profundo de los autores del material de partida. En muchos sentidos lo que describo ya ha sucedido. A lo mejor desde siempre. Es lo que hacemos sin darnos cuenta al emprender la tarea de escribir.

 

Como lo mencionaba el lúcido Deleuze con relación a la pintura: “…el lienzo nunca está en blanco.  Todo lo contrario…” Podemos decir también que la página virtual de nuestro computador no está en blanco. Nunca lo ha estado. Está tan llena de palabras que lo difícil es dejar las que verdaderamente valen y en el orden adecuado.

Reducir nuestro ego de lector impone  reducir también el de autor y como en Vaché habitar en el recuerdo de una sola memoria,  en este caso , la de Bretón y  afectar al mundo cuando menos en una de sus dimensiones más complejas.

Fernando Maldonado

(Colombia, 1962). Pintor, dibujante, ilustrador, caricaturista.

Estudió en la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano de la cual egresó con honores. Le fue concedido el premio Jorge Tadeo Lozano por su extraordinario rendimiento académico. Su obra ha sido expuesta en importantes galerías y ha

representado a Colombia en la Bienal Internacional de

Pintura de Cuenca, Ecuador, y en el Salón Comparaissons

realizado en el Grand Palais de París en 2007 y 2008. Su obra erótica se caracteriza por la representación de escenas en mundos paralelos donde resalta el enigma y la atmósfera pictórica. Su pintura es una negación de los parámetros que tratan de imponerle. De hecho, seguir pintando es una rebelión pasiva. No cree en absoluto en ideas como la redención de las sociedades por el arte, ni mucho menos la ficción del artista como sacerdote o como ser superior inmerso en una actividad excepcional. Nada puede escapar de la inevitable y soterrada intención oportunista del arte y su quehacer social.

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