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 ReVista OjOs.com    DICIEMBRE  DE 2013

COLABORADORES / FERNANDO MALDONADO

RECORDANDO A UN EXTRANJERO

 

-No es fácil hablar con el creador

-¿En qué puede ayudarte el tuyo? ¿Cuál es el problema?

-La muerte.

-Me temo que eso no está dentro de mi jurisdicción.

Diálogo de la película Blade Runner, 1982.

 

 

El aparatoso choque en un automóvil que no conducía, fue el final y el momento en el que suicidio y enfermedad dejaron de ser una inquietante presencia en la mente de quien más había transitado por la desolación del ser humano; el que necesitaba demoler todos los puentes ficticios de la ilusión ingenua de eternidad. Había muerto Camus en la plenitud de la gloria social y del éxito literario, dejando al paso del tiempo uno de los textos más penetrantes y lúcidos de su reflexión personal. El hombre Rebelde es la más clara experiencia de inmersión en los resortes íntimos del hombre como criatura social, como animal dominante y como constructor de símbolos complejos. Si hoy muchos nos preguntamos por el origen de todo lo enrevesado y perverso en la historia de las sociedades y la cultura occidental, buscando al menos un orden de lectura para descifrarlo, deberíamos tener como arquetipo y referente este extenso ensayo. Nunca antes se había puesto en evidencia la razón de fondo que asiste a todos los actos de rebeldía y revolución humanos con tanta claridad. Nunca antes se había trazado con tanta nitidez la delgada línea que separa el bien del mal en una perspectiva metafísica tan amplia como en este impecable dibujo. El escepticismo subyacente en él es a la vez una denuncia de la utopía, en realidad, de todas las utopías. Al leerlo se entiende por qué Sartre pudo entrar en polémica con las ideas del autor pese a corresponder en principio a un mismo sendero humanístico. La idea central es simple y contundente: la negación de dios es el trasfondo de todas las acciones humanas en los últimos tres siglos de historia. Sus implicaciones a partir de autores tan disímiles como Hegel y Sade, forman una trágica cadena de acontecimientos coronada por la Segunda Guerra Mundial y sus reconocidos incitadores. El siglo de los campos de concentración y exterminio es el más recordado por la inmensa documentación visual acumulada. La matanza quedó filmada y fotografiada para la posteridad creando un arquetipo del mal que se repite una y otra vez en cada rincón del planeta. Seguirá repitiéndose “ad nauseam” mientras exista nuestra especie. La  existencia de lo sobrenatural, es decir, de algo externo a la vida misma, no es lo mismo que la existencia de lo inexplicable. La historia del conocimiento es la historia de las explicaciones. Los ejemplos son tan abundantes y evidentes que quizá sería agotador y tedioso emprender una enumeración. Asumimos que hubo un tiempo en el que la especie humana sabía poco o nada del mundo que la rodeaba y fue allí, en medio de la inocencia, imbuida de terror y en pleno desarrollo de su conciencia de sí, que una buena parte de lo que no comprendía pasó a engrosar su lista de fenómenos sobrenaturales. La religión comenzaba su carrera de dominio en la mente del hombre. Al correr de los siglos, cada vez más elementos de la lista eran reclasificados en la columna de lo conocido y dejaban de ser sobrenaturales. Simplemente se trataba de otra cosa o de otro evento más que tenía explicación. Agotar y reclasificar todos los componentes posibles de la lista es una tarea tan inmensa e inabarcable que todos los humanos sumados desde que existe el “homo sapiens” lo vienen haciendo configurando todo lo que entendemos por cultura, ciencia, tecnología, arte, etc, etc… Inmensa tarea colectiva en proceso con la utopía de llegar a la explicación primera, el origen y razón de ser de todo el universo. La negativa por explicar el mundo a partir de los atavismos culturales o la superstición antigua que definía la realidad como un producto de lo sobrenatural con los dioses o un dios como su origen, es el periplo más arriesgado del pensamiento occidental y Camus es uno de sus continuadores más complejos y definitivos. En El hombre rebelde queda perfectamente expuesto el punto de ruptura total con lo sobrenatural como explicación plausible del ser. El nihilismo es la expresión inevitable de la condición humana desde entonces expresada en la desesperación de saber que si verdaderamente estamos dispuestos a asumir la ausencia de dioses y el sinsentido de la existencia, debemos prepararnos para vivir en el vacío a la vez que debemos comprender que el bien y el mal son categorías creadas por la raza humana, es decir, postulados imaginarios cuyos únicos fundamentos son el dolor y el placer, confundidos con el castigo y el premio en el que derivaron todas las religiones del mundo. El cosmos no es moral y si todo vale, no hay posibilidad de hacer juicios éticos. Traducido a la política, no hay posibilidad de clasificar el abuso de poder y sus derivados como algo distinto al ejercicio del instinto de dominación de la especie. La tradicional apuesta por utopías en las que todos llegaremos a vivir en perfecto equilibrio social, es un retorno al cristianismo disfrazado de sistema político. Vale decir que Camus hace referencia a dos tipos muy distintos de cristianismo cuando lo cita. Uno es el de las obras, el que se deriva de Cristo y sus actos y otro muy distinto, el de la fe. Este último prescinde de las obras para centrarse en la abstracción y el misterio que termina por convertir esta doctrina en un sistema de poder y dominación en manos de los hombres. Tratándose de nuestra especie, ¿acaso podía ser de otro modo? Camus nos muestra la línea que conduce de Hegel a Nietzsche y de allí a las revoluciones del siglo XX, puntualizando que no hay que confundir al hombre rebelde con el revolucionario. El primero es la encarnación del anarquismo, un rebelde metafísico que niega toda tabla de salvación; Sade fue su arquetipo por lo que es otro protagonista imprescindible en esta historia y el polo opuesto del revolucionario que siempre termina por suplantar a dios con  la utopía política que conduce al comunismo o al socialismo. En palabras de Camus:

 

“Sade no saca de la rebelión sino el no absoluto. Veintisiete años de prisión no forman, en efecto, una inteligencia conciliadora”. A diferencia de Sade, El revolucionario da un paso atrás ante la evidencia de la nada e intenta construir la idea de “un mañana mejor” que nunca llega. El precio es muy alto; el precio es el fin de la historia, pero para que ésta termine hay que aguardar y asumir el sacrificio de millones de fieles. El “bienaventurados los pobres porque de ellos será el reino de los cielos” queda trastocado en “bienaventurados los proletarios del mundo porque de ellos será el fin del capitalismo”. Pero la historia se niega a terminar y aún en vida Marx y los teóricos de la revolución captaron sus fisuras. Estas fisuras dieron a luz a personajes como Stalin y el cuento se sigue repitiendo desde el siglo pasado hasta nuestros días. En este punto se asoma la principal diferencia entre Camus y Sartre. El auténtico hombre rebelde no puede asumir una postura revolucionaria pues sabe que no tiene sentido apoyar ninguna ideología; cualesquiera que ésta sea, siempre terminará alejando al hombre de su esencia. Terminará por someterlo a un objetivo, a un espejismo en el que nunca será libre. La filosofía del absurdo es puro humanismo porque intenta conciliar las contradicciones de la existencia; de ahí su negativa por hacer concesiones con el cristianismo, el marxismo y el mismo existencialismo. La víspera de su último día sobre la tierra, Camus había mencionado lo absurdo de morir en una carretera: “No conozco nada más idiota que morir en un accidente de auto”, fueron sus palabras al conocer la noticia de la muerte de un célebre ciclista de la época. Un día después, Camus ya no existía. La tensión interior que postula en sus textos es un oasis para quien ha comprendido el sentido o el sinsentido de la vida. Uno de los aportes más notables que hizo a la cultura fue en el dominio de la literatura configurando buena parte de su obra en forma de relatos de ficción, teatro y ensayo. Amén de Sartre, sólo otro grande antes de él había hecho el doble registro literatura-filosofía: Nietzsche, un gran poeta filósofo o un gran filósofo poeta. El extranjero es uno de los libros más famosos de Camus al punto que su sombra ha camuflado esa otra obra capital de la filosofía del absurdo que es La caída. En muchos aspectos este texto poco citado en comparación, contiene la esencia de los mayores dilemas del hombre actual y tipifica las conductas del poder. La razón de su poca popularidad subyace probablemente en el carácter del protagonista que poco o nada tiene que ver con el de El extranjero o el médico en La peste. El mito del héroe siempre ha permanecido agazapado en el subconsciente colectivo por lo cual, la mayoría de los lectores de estos relatos muestran una honda empatía con Meursault y muy poca con Jean-Baptiste Clamence, tal vez sin notar que solemos parecernos más al segundo que al primero. Meursault es el absurdo encarnado en tanto que Clamence es el lúcido cínico, un rasgo de personalidad que las convenciones sociales no perdonan. Camus es la suma de cada uno de los personajes creados para sus relatos y obras teatrales como sucede en el trabajo de Dostoyevski. En éste último la narrativa fue el recipiente perfecto para golpear al mundo con los tempranos aullidos del nihilismo. Ahora sus ecos son una onda de choque que abarca cada rincón. Es el tiempo de los asesinos, un tiempo en el que el nihilismo es el padre, pero la anarquía es el hijo pródigo. Este más allá sobre la tierra se expresa bien en una frase final de Camus: “hay que aprender a vivir y morir, y para ser hombre hay que negarse a ser dios”.

Fernando Maldonado

(Colombia, 1962). Pintor, dibujante, ilustrador, caricaturista.

Estudió en la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano de la cual egresó con honores. Le fue concedido el premio Jorge Tadeo Lozano por su extraordinario rendimiento académico. Su obra ha sido expuesta en importantes galerías y ha

representado a Colombia en la Bienal Internacional de

Pintura de Cuenca, Ecuador, y en el Salón Comparaissons

realizado en el Grand Palais de París en 2007 y 2008. Su obra erótica se caracteriza por la representación de escenas en mundos paralelos donde resalta el enigma y la atmósfera pictórica. Su pintura es una negación de los parámetros que tratan de imponerle. De hecho, seguir pintando es una rebelión pasiva. No cree en absoluto en ideas como la redención de las sociedades por el arte, ni mucho menos la ficción del artista como sacerdote o como ser superior inmerso en una actividad excepcional. Nada puede escapar de la inevitable y soterrada intención oportunista del arte y su quehacer social.

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