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 ReVista OjOs.com      AGOSTO  DE 2013

COLABORADORES / FERNANDO MALDONADO

CATARSIS DE LA VIOLENCIA


Con motivo de la exposición de gráfica Catarsis de la violencia, que reúne una muestra de la producción reciente de un grupo de artistas colombianos  en la CASA DEL LIBRO TOTAL de la ciudad de Bucaramanga, publicamos el texto que hace parte de la presentación del catálogo de la muestra escrito por uno de los artistas participantes, el maestro Fernando Maldonado.

 

La primera exposición de estos trabajos se llevó a cabo en la Galería “La Vache Bleu” en la ciudad de París, durante la última quincena de marzo de este año. En la actualidad se encuentra exhibida en las instalaciones del Consulado de Colombia en esa ciudad, como parte de los eventos culturales de ésta representación diplomática iniciados el siete de agosto.

 

Al parecer, la especie humana nunca ha podido prescindir de actos extremos que implican la eliminación del “otro” o su sometimiento. Hemos intentado suprimir ese borde negativo de la existencia pero nadie tiene claro cómo operan nuestros instintos. Tal vez lo más cercano a una explicación está en los análisis que nos ha propuesto la filosofía, la psiquiatría y la antropología, con la inevitable distancia que impone la teoría. En estas fronteras de la mente hay extraños flujos desencadenados. Cuando la violencia es percibida y definida, de cierto modo se convierte en un artificio de la razón que clasifica y establece categorías en el comportamiento social. Que se pueda afirmar de manera categórica, ninguna otra especie animal juzga o clasifica moralmente la muerte intencional o el sometimiento de los de su propia raza o hace juicios de valor con las otras especies a las que domina. Nuestro cerebro ha cobrado un alto precio por su sofisticada función y nuestro lugar dominante en la escala de los depredadores es un privilegio que ha costado ganar. A la par con nuestro poder, hizo su aparición la consciencia moral y la culpa. Construimos un discurso interior para inclinar la balanza cada vez más del lado de la razón y nos alejamos de lo instintivo porque allí, agazapado en nuestro historial genético, habita una respuesta automática y agresiva ante la amenaza, a la par con el impulso de dominación. Nuestra encrucijada más notable y aterradora, es decidir qué tan alejados de lo instintivo estamos dispuestos a vivir, pese a nuestro origen, cuánto podemos conservar de ésta punción y cuándo la vamos a utilizar. Esto último suele asociarse con la supervivencia y es el argumento perfecto cuando se trata de justificar actos violentos. Ya cruzada esta frontera comenzamos a percibir que el tipo de acciones que más nos aterra, no son las derivadas de dicho instinto. Una especie de “defensa propia” avala muchas cosas a tal punto que las leyes humanas también contemplan un espacio estrecho de lo irracional cuando validan la ira y el intenso dolor, como explicación y refugio moral para atenuar el castigo aplicado a ciertas acciones. Lo verdaderamente aterrador de la violencia, no está en el actuar por defensa propia, ni en los estados de ira e intenso dolor, sino en la acción fría y calculada de la mente de un asesino solitario o de una asociación de éstos para construir un sistema de opresión. En realidad ¿Qué tan instintiva es la violencia de nuestra especie? Cuando Deleuze* hace una aproximación al origen de los dos extremos patológicos del comportamiento violento de la raza humana, el sadismo y el masoquismo, comienza por hacernos comprender que la literatura fue el punto de partida para nombrar un grupo de síntomas o comportamientos existentes desde siempre pero sin delimitación exacta, hasta cuando los trabajos de psiquiatras como Krafft Ebing en su Psychopathia Sexualis o Sigmund Freud, comenzaron a darnos pistas de su perímetro y su definición, lo que permitió clasificarlos como perversiones. Es sorprendente que estas entidades clínicas deban su nombre a dos escritores célebres: Sade y Sacher-Masoch. Sus creaciones literarias estaban pobladas de personajes que encarnaban a la perfección comportamientos para los cuales la medicina y la psiquiatría aún no tenían un nombre. Una extraña prueba de la cercanía del arte con la realidad humana y su sofisticada forma de actuar. Deleuze logra recuperar del olvido a un autor como Sacher Masoch, que tuvo un momento de gloria por la indudable calidad de sus relatos, pero que no contó con el reconocimiento posterior que en cambio hizo célebre a Sade. Quizá el motivo de este desconocimiento radique en que el escritor austriaco limitó su trabajo al campo estrictamente literario en una época y lugar bastante diferentes al escenario histórico de revolución y racionalismo que vivió el célebre marqués, quien por su parte, desarrolló a un costo personal muy elevado, el doble rol de autor de ficción e ideólogo político. Con todo, lo que resulta más lúcido en el análisis de Deleuze, es la enorme diferencia que logra establecer entre el comportamiento sádico y el masoquista. La anulación de nuestra visión estereotipada de estas perversiones que son totalmente incompatibles, es uno de sus logros más grandes. Entender, por ejemplo, que la imaginaria relación de un sádico con un masoquista no sería posible porque no son en absoluto comportamientos complementarios, es el punto de partida para captar que la violencia en su más fría y metódica dimensión corresponde a la perversión presente en el sadismo, cuyo objetivo supremo es la dominación del otro como experiencia que lo aproxima a la punción de muerte que cita Freud, pero que a la vez lo imposibilita de acceder a la visión del instinto de muerte; ese no lugar abstracto y aterrador que el sádico añora y no logra materializar por lo que establece un método de repetición, un sistema de agresión como lo llamó Sade. Nada más parecido a este imperio aterrador que los totalitarismos en todas sus versiones y épocas o, como en nuestro caso, a los instantes en que los estados democráticos abren a hurtadillas una fisura por la que se cuelan los más perversos representantes del mal. Es bien conocido el desconcertante testimonio del encargado de la logística para el transporte de los judíos hacia los campos de exterminio, Adolf Eichmann, en su juicio como directo responsable del holocausto. El distanciamiento emocional frente a sus acciones resultó tan incomprensible porque encarnaba un sistema, un método, un mecanismo de destrucción. Eichmann podría ser personaje de una novela de Kafka, no de Sade; un funcionario frío y eficiente dedicado a cumplir una tarea, al parecer sin una conexión con lo sexual en su accionar. En ese sentido era un tipo humano bastante alejado del perverso Barba Azul, Gilles de Rais, ferviente cristiano y sádico por antonomasia quien encarnó la parte más dramática de ésta perversión, mezclando desordenadamente su método con el placer hasta que alcanza el límite de su condición y accede al instinto de muerte de la única manera posible: confesando sus horrendos crímenes para ser finalmente ejecutado; anhelando que el dolor inflingido a otros pueda ser sentido en carne propia para alcanzar el éxtasis completo. Así mismo, todo sistema de agresión implica una condición respecto a las víctimas: éstas deben ser inocentes. Mejor aún, desconocidas; de otro modo se desvirtúa el sentido de su accionar puesto que si la víctima o las víctimas no son inocentes, se presupone una suerte de castigo, es decir una acción moral que repele el sadismo. Es justamente el accionar moral lo primero que se debe negar para transgredir al otro de modo que no debe haber una razón, un pretexto o un motivo para su destrucción o su sufrimiento. Se menciona el masoquismo como condición previa para el sadismo. Al parecer tal ecuación existe, pero el sentido del dolor y el placer en el masoquismo no parten de un método o un sistema sino en la complicidad pedagógica que Deleuze observa entre la víctima y quien infringe el dolor. El masoquista educa a su verdugo, lo involucra en su universo y lo controla. Por eso, dice Deleuze, el masoquismo necesita de acuerdos o contratos firmados por la víctima que los anhela y acepta. En cambio, el sadismo implica leyes implacables que niegan y desconocen por completo la participación de la víctima y su identidad. Allí está su cercanía conceptual con el poder de los estados expresada en la lúcida frase de Nietzsche: “El estado es la inmoralidad organizada”  Creo que nadie como Deleuze ha logrado descifrar mejor los resortes íntimos de la violencia extrema reducidos a su expresión básica. Los artistas en ocasiones buscamos captar ese lejano reflejo venido de nuestro propio abismo interior e intentamos catalizarlo porque entendemos que si algo ha logrado diferenciarnos de otras especies vivas es el accionar perverso de la destrucción sin límite de los otros, pero a la vez, captamos la contraparte de ese abismo y entendemos que existe y se valida a sí misma. El sentimiento de empatía es la contraparte. Empatía por el sufrimiento de otros sin importar su especie. Ese comportamiento y ese sentir están presentes en la mayoría de los seres humanos. Somos compasivos y solidarios pero tal vez no ha transcurrido suficiente tiempo en la evolución de nuestra raza para que ese sentimiento se generalice lo suficiente, utopía no sólo necesaria sino imprescindible para tener el derecho a seguir siendo humanos. Quizá la educación y la detección temprana de la violencia nos permitan lograrlo. Sin embargo hay ideas que nos arrojan a otros linderos. La visión metafísica del cosmos como un eterno flujo de fuerzas contrapuestas es uno de estos difíciles enigmas. ¿Acaso el cosmos es moral o compasivo? Cuando nuestro planeta desaparezca en el vacío-lleno de la materia oscura o de la fuerza oscura de la que habla la física, el universo seguirá como si nada. No somos ni un átomo comparado con el tamaño de lo que hay allí afuera. Pero es justamente por eso por lo que debemos valorar la vida, defenderla y conservarla, así como respetar al otro sin buscar explicaciones del más allá. Todos los sistemas de agresión y todos los estados fundamentan su poder en la dominación absolutista del derecho a ser. Para auto-validarse, recurren a la inventiva, a la explicación o a la justificación de sus acciones basándose siempre en argumentos absurdos o sobrenaturales. La monarquía es un perfecto ejemplo. Ya es ridículo sustentar el poder con el argumento de la pureza de sangre de una familia. ¿Qué decir de llevar el argumento hasta lo inverosímil afirmando que los elegidos de dios son los que gobiernan? Estas son las ideas que nos han regido por siglos. Su expresión más directa es la desigualdad y de allí se deriva una parte considerable de la violencia que nos aqueja. Nunca se ejerce con tanta intensidad y eficiencia el mal o la agresión contra el otro, como cuando hay un pretexto, una explicación religiosa o una razón de estado. Un grupo heterodoxo de artistas, ha sido convocado para mostrar una parte de su dimensión humana y reflejar en estas obras el fantasma de la violencia. No es la única preocupación ni el único tema de su trabajo pero si, uno de los más sensibles en sus respectivas carreras. Bajo la iniciativa y buenos oficios del humanista, poeta y editor Gonzalo Márquez Cristo, Catarsis de la Violencia comenzó a proyectarse agrupando a varios artistas plásticos que de algún modo han sido a su vez excluidos de los circuitos oficiales controlados por la burocracia cultural. Pese a las dificultades que implica su difusión, la muestra estuvo en la galería “La Vache Bleu” en París y posteriormente en el Consulado de Colombia en esa misma ciudad. Ahora la Casa del Libro Total nos da la oportunidad de ver, por vez primera en Colombia, esta muestra de trabajos de gráfica; un medio de expresión siempre vigente, contundente e intimista como pocos. La catarsis de los artistas está materializada en las obras y éstas a su vez ayudarán a otros a llevar a cabo el mismo proceso de resiliencia. Es lo mejor que el arte puede hacer para apoyar un cambio.

 

*Gilles Deleuze, Presentación de Sacher-Masoch, Amorrortu /editores.

Fernando Maldonado

(Colombia, 1962). Pintor, dibujante, ilustrador, caricaturista.

Estudió en la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano de la cual egresó con honores. Le fue concedido el premio Jorge Tadeo Lozano por su extraordinario rendimiento académico. Su obra ha sido expuesta en importantes galerías y ha

representado a Colombia en la Bienal Internacional de

Pintura de Cuenca, Ecuador, y en el Salón Comparaissons

realizado en el Grand Palais de París en 2007 y 2008. Su obra erótica se caracteriza por la representación de escenas en mundos paralelos donde resalta el enigma y la atmósfera pictórica. Su pintura es una negación de los parámetros que tratan de imponerle. De hecho, seguir pintando es una rebelión pasiva. No cree en absoluto en ideas como la redención de las sociedades por el arte, ni mucho menos la ficción del artista como sacerdote o como ser superior inmerso en una actividad excepcional. Nada puede escapar de la inevitable y soterrada intención oportunista del arte y su quehacer social.

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