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 ReVista OjOs.com    MAYO  DE 2013

COLABORADORES / FERNANDO MALDONADO

UN MUNDO CANSADO


Luego de la última exposición que tuve comencé a percibir el recurrente estado depresivo que suele presentarse cada vez que inauguro una muestra de mi trabajo. Debe ser normal sentirse así luego de la tensión generada y las expectativas planteadas. Sin embargo noto que tiende a empeorar con el paso del tiempo. Me dediqué entonces a buscar referentes en mi pasado dejando de lado mis preocupaciones habituales y comencé por hundir mi memoria visual en un rincón en el que se mezclan mis obsesiones tempranas con la nostalgia y la melancolía. Un impulso lejano me llevó al grato territorio de un personaje que marcó la vida de muchas personas de mi generación. Confirmé que su legado es más valioso de lo imaginado si lo contrastamos con las circunstancias actuales del mundo de la literatura, la televisión y las artes visuales. Rod Serling aparecía cada semana una vez por noche en la pantalla difusa del televisor en blanco y negro que mi madre había comprado cuando corría el año 1968. Casi siempre con un cigarrillo en la mano, con el ceño fruncido y en su traje de solapa angosta con corbata, me hacía intuir la cotidianidad absoluta, la normalidad extrema de la razón y el mundo adulto. Algún día yo sería un hombre de traje y corbata como él. Algún día aparecería así ante los demás, conduciendo al público anónimo hacia un mundo desconocido, un mundo que era parte de la vida simple y monótona pero que tenía un revés extraño. Ese mundo paralelo estaba en “la dimensión desconocida”. Sin poder asimilarlo del todo con mi cerebro infantil, intuía algo fascinante en lo que proponía Serling. La inobjetable mitología moderna que desarrolló a partir de 1959, contenía todo lo posible en términos de profundidad conceptual y visual. Cada uno de los guiones que escribió, dirigió y presentó en su serie de televisión exponía fronteras del pensamiento y la imaginación que hasta entonces sólo la literatura de Borges, Cortázar, Poe, Conrad o London  habían alcanzado. Los actores que desfilaron por el programa encarnando a consciencia sus roles se harían míticos poco después en el cine o la televisión. Robert Redford, Jack Klugman, Lee Marvin, William Shatner, Jack Palance entre otros actuaron en diversos capítulos en un momento en que la guerra fría, el Macartysmo, el racismo y todos los complejos de la posguerra invadían la mente de la sociedad norteamericana y por añadidura la de toda la cultura occidental.

 

El hombre del traje y el cigarrillo nos conducía por el laberinto de sus propios temores dejándonos ver que en el fondo nos parecíamos bastante. La paradoja o la reflexión y el humor negro eran magistralmente inoculados en cada relato de media hora. No hacía falta más. De seguro “La Dimensión Desconocida” o “The Twilight Zone “como se le conocía en inglés, no podría tener el mismo efecto en capítulos de más duración. Inevitable pensar en Borges y su pasión por el cuento desdeñando el ejercicio largo e innecesario de la novela. Se comprende la comparación puesto que Serling desarrolló su trabajo con lo justo para aquella época. Era la etapa de la televisión en la que no existían complejos efectos especiales. En que los actores se exigían al máximo convirtiendo el set en un verdadero teatro intermediado por las cámaras, pero al fin de cuentas, un teatro con las implicaciones de aprender bien un papel en poco tiempo e interpretarlo bajo presión. No es gratuito que un capítulo especial de la serie haya participado en el festival de cine de Cannes. Serling murió a los cincuenta años y había logrado trascender su propio mundo interior abriendo el camino a otros para que al menos lo intentaran. La imaginación combinada con la disciplina y el talento habían configurado una atmósfera que se desplegaba cada semana en los televisores de aquellos años sesenta sembrando la duda o el desconcierto en las mentes de miles de personas que sabían que al día siguiente madrugarían a trabajar y quedarían inmersos en la rutina de la oficina o las calles atestadas en la hora pico, sin otra alternativa distinta a poder pasar el día sobreviviendo, soportando el tedio de sí mismos, haciendo parte de las estadísticas como entes anónimos bañados en la misma substancia que exudan los poemas de Pessoa. Todos somos hombres de traje y corbata. Ningún arquetipo es más exacto que ese. Si alguien dijo alguna vez que el arte es lo único que nos redime, pronunció un perfecto teorema. Al mismo tiempo esa realidad dura y plana en la que respiramos está allí para retarnos a intentar otro enfoque y está dentro de nosotros tal y como lo plantea oriente. En esos años todavía era un niño y faltaba el largo aprendizaje que nos lleva a la vida adulta. Pero puedo jurar que intuía de qué se trataba lo que Serling proponía. El contraste producido al ver su imagen corriente, anónima, arquetípica y el despliegue de esas historias que rompían por completo el tiempo lineal y la vida de los personajes protagónicos marcó una buena parte de mi rumbo. Mi propia dimensión desconocida comenzó a envolverme con sutileza quizá al borde de la adolescencia cuando tomé la decisión de hacerme artista plástico. El medio puede ser éste o aquel siempre que lo utilicemos con impecabilidad lo cual implica primero, prepararse para un camino tan largo que es mejor no mirar atrás y como en un capítulo de “La Dimensión Desconocida” descubrir que ya estamos muertos al nacer. Sólo con esa certeza se puede vivir asomado al abismo del vacío que somos. Nuestra mayor ficción es el ser y tarde o temprano el capítulo muestra su desenlace. En un completo y reciente documental acerca de Rod Serling encontré un sutil recurso narrativo. El documental comienza en blanco y negro, como siempre vimos la serie original.

 

En una sala de cirugía un equipo médico realiza una intervención quirúrgica. De inmediato sentimos que estamos viendo un capítulo de la serie. La mirada preocupada de los cirujanos y las enfermeras, la visión del clásico reloj redondo colgado en la pared de la sala. La cámara registra los instrumentos de medición del pulso cardíaco y la respiración, mientras una voz en off nos cuenta que en ese preciso día y hora del año 1975 el equipo médico intenta salvar la vida de Rod Serling. Una insuficiencia cardíaca luego de años de fumar miles y miles de cigarrillos lo tiene allí al borde del camino. Todo se detiene, el cirujano mira la hora y sabemos que el paciente ha muerto. Bello homenaje al trabajo de toda su vida. Nos queda su imagen en los capítulos que grabó y ahora al verlos pensamos que él hace parte de sus propias historias. Habita en la imagen electrónica que lo replica en cada lugar, cada vez que una persona lo busca en los archivos de YouTube. Pero está muerto y no está en ningún lugar, simplemente ya no es.

 

Hace unos días asistí a un evento que incluía un breve recital de poesía a cargo de varios escritores  invitados. Estaba poco dispuesto para soportar una cascada de palabras ensambladas de las más diversas formas compitiendo por trascender el umbral implacable de la fórmula gastada y la emoción fingida. Seis o siete poetas leyeron apartes de sus libros. Uno sólo logró romper el tedio. Lo logró porque quizá no estaba preocupado por la pose de poeta y tenía la pausada tranquilidad del que ya está muerto y quiere mostrar lo que lleva dentro con el único objetivo de compartirlo a sabiendas de que ese público que lo escucha aguarda un destello de vida, un trozo de angustia auténtica en la cual reconocerse. En los demás sólo percibía el gesto fingido completamente preparado y calculado como las comidas instantáneas para horno micro ondas. Había poesía erótica sin rastros de eros a pesar de las alusiones recurrentes al semen y las piernas abiertas y poemas miniatura tratando de vestir la piel intransferible del lejano oriente. No faltaron las pinceladas al paisaje nacional mimetizadas en tono de alma torturada y la prosa poética jugando a ser surrealista en un mundo en el que ya nada sorprende. Pero si esto parecía  bastante, faltaba la lectura de los prólogos de estos autores. Otro ejercicio vano y prefabricado sustentado en el elogio mutuo. Tal vez soy yo el que está cansado o es el mundo y la gente que lo habita. Tal vez todo se ha dicho ya en poesía y no queremos o no podemos hacer más con ella o por ella. Lo mismo podría decirse de todas las formas de arte. Somos muchos, quizá demasiados habitando el mismo territorio. Me angustia imaginar a millones de personas disparando sus cámaras fotográficas, cada segundo en cada rincón del planeta y luego, imaginarlas exhibiendo sus fotos como si cada una de ellas fuera una obra de arte visual o millones escribiendo poemas en todos los idiomas o millones dibujando.

 

Así Ad Nauseam. Es un mundo cansado y muchos no se dan cuenta de lo que está pasando. En este escenario interior ¿cómo no recordar a Rod Serling? En sus historias los personajes pueden quedar atrapados en mundos como el nuestro, conducidos por la corriente invisible de lo que imaginamos debe ser la vida “normal”. De repente algo los sacude y se ven a sí mismos como nunca se vieron antes y no pueden regresar al edén polimórfico de la náusea cotidiana. Serling nos enseño a extrañarnos de todo pero en especial, a extrañarnos de nosotros mismos. Retorno a mis asuntos luego de esta pausa y pienso que nada más extraño que encerrarse a pintar lo que se me venga en gana sin importar la maldita aprobación de nadie, con la voluntad pura de hacerlo bien hasta llenar docenas de lienzos. Pintar y dibujar como un poseso pero con absoluta calma, sin esperanza, sin fe en nada; con la mente y la imaginación que he pulido y afinado por décadas en un grado de sofisticación que pocos entienden. Pintar mi propia dimensión desconocida.

Fernando Maldonado

(Colombia, 1962). Pintor, dibujante, ilustrador, caricaturista.

Estudió en la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano de la cual egresó con honores. Le fue concedido el premio Jorge Tadeo Lozano por su extraordinario rendimiento académico. Su obra ha sido expuesta en importantes galerías y ha

representado a Colombia en la Bienal Internacional de

Pintura de Cuenca, Ecuador, y en el Salón Comparaissons

realizado en el Grand Palais de París en 2007 y 2008. Su obra erótica se caracteriza por la representación de escenas en mundos paralelos donde resalta el enigma y la atmósfera pictórica. Su pintura es una negación de los parámetros que tratan de imponerle. De hecho, seguir pintando es una rebelión pasiva. No cree en absoluto en ideas como la redención de las sociedades por el arte, ni mucho menos la ficción del artista como sacerdote o como ser superior inmerso en una actividad excepcional. Nada puede escapar de la inevitable y soterrada intención oportunista del arte y su quehacer social.

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