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 ReVista OjOs.com      MARZO DE 2013

COLABORADORES / FERNANDO MALDONADO

REFLEXIONES SANTAS


En el mar subconsciente de imágenes que parece conectar a todos los humanos del planeta, existe un arquetipo que cambia de atributos y rasgos físicos según el momento histórico o la época. Es la idea de un miembro de la comunidad que en un momento dado entabla contacto con lo sobrenatural. Este mito elaborado persiste desde el momento en el cual nuestra especie comenzó a verse a sí misma como el producto de un hacedor externo, un demiurgo, un dios. Al comienzo se trataba de la figura del chamán, especie de mediador entre el hombre común y las fuerzas aún incomprendidas, de la naturaleza. La idea se fue refinando durante miles de años y cada cultura en todos los lugares del planeta creó su propia versión de este mediador hasta alcanzar la complicada filigrana de las religiones actuales. En el cristianismo el máximo mediador entre dios y el género humano es el Papa. Su investidura se remonta al origen mismo de ésta religión, comenzando por el discipulo de Cristo, Pedro y continuando con una tradición que suma ya más de dos mil años. Este personaje, sin embargo a diferencia

de Cristo, es un humano elegido por sus congéneres y no posee el carácter divino del primero. Su condición humana es una paradoja, su propia cruz. Habrá de afrontar día tras día la tarea de administrar los bienes materiales e inmateriales de la iglesia intentando no perder la fe de los creyentes en la existencia de otra vida

más allá de la muerte. No en vano, en alguna ocasión le preguntaron al parco Paulo V porqué nunca reía. Su respuesta fue tan contundente como una frase existencial de Camus:

 

- “¿Acaso hay algún motivo para reír?”

 

Perder la fe significa perder la confianza en un discurso. Significa alejarse de la verdad cerrada y unívoca que plantean las religiones de revelación. Fe en un sistema de creencias traduce creer en lo que no vemos ni podemos verificar mediante la lógica o la razón. En pleno siglo XX sucedió en occidente un cambio de paradigma en el arte que es equiparable al paradigma de la fe religiosa. A partir de la deconstrucción de la pintura iniciada

por los artífices del arte moderno, Cezzanne, Picasso, Matisse, Kandisnky, etc, el arte occidental desembocó en el callejón oscuro y cerrado de la posmodernidad. De ese callejón como en una trayectoria en contravía de sus propias conquistas, fuimos arrojados al arte hiper-moderno actual y sus excesos. Como en las religiones de

revelación se nos pide algo equiparable a la fe para poder acceder a la “luz” de la verdad y así el proceso se repite. Se instaura la exigencia de creer en algo que no vemos y que sólo pueden desentrañar los exégetas o sacerdotes encarnados en su moderna versión laica. Estas pinturas indagan por un híbrido nacido de los mecanismos de la fe religiosa y el arte. Las simetrías son sorprendentes y obedecen al mismo vacío de significado que desencadena la creencia en lo sobrenatural. Creer es una necesidad de nuestra especie.

 

La “insoportable levedad del ser” enfocada por Kundera, es el precio pagado por una razón sofisticada. El arte saca partido de ese vacío y se apropia de esa región de la mente para someterla a su propia manipulación. De ahí la recuperación de la pintura como procedimiento técnico basado en la evocación de su antigua función al servicio del culto. Sin embargo en estas escenas acudimos al cuestionamiento de los fetiches del arte y de la fe. Por los recintos vacíos que recorren estos Papas se muestran vestigios de la rueda de bicicleta de Duchamp, especie de verdad revelada para los artistas, críticos e historiadores y punto de partida (hoy degradado y manoseado) de la modernidad y sus secuelas. Así mismo en los muros de fondo de salas solitarias, artefactos voladores se asoman como incómodos visitantes que invalidan el absolutismo de la raza humana y sus discursos de poder. En medio de estas atmósferas el Papa o mejor su arquetipo, insiste en ver “más allá” auxiliado por artilugios que no pueden suplir las limitaciones de la fe. Esa misma limitación ha hecho que el público se aleje e indague al interior del cristianismo, el porqué de la negativa a la equidad de raza o género tan precariamente sustentada y que sólo mediante el mecanismo de liberación de la pintura es subvertida. Por ahora la realidad nos aleja de estas opciones; salvo en estas pinturas, probablemente no veremos nunca un Papa negro o una Papisa. Si el cristianismo esencial ha perdido el rumbo ahogado por el poder y la política, el arte actual se ha transformado en un ejercicio vacío e intrascendente para el común de la gente. Peor aún que en los tiempo notables de Duchamp, puesto que ahora pretende suplir su autismo agarrando la tabla de salvación del arte social, sin renunciar a los placeres mundanos del reconocimiento público, el dinero y el culto al ego. Torpe intento por suplantar o inocularse en la sociología, la antropología y las ciencias sociales en un cínico juego esnobista basado en la inequidad de las sociedades del mundo actual.

Fernando Maldonado

(Colombia, 1962). Pintor, dibujante, ilustrador, caricaturista.

Estudió en la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano de la cual egresó con honores. Le fue concedido el premio Jorge Tadeo Lozano por su extraordinario rendimiento académico. Su obra ha sido expuesta en importantes galerías y ha

representado a Colombia en la Bienal Internacional de

Pintura de Cuenca, Ecuador, y en el Salón Comparaissons

realizado en el Grand Palais de París en 2007 y 2008. Su obra erótica se caracteriza por la representación de escenas en mundos paralelos donde resalta el enigma y la atmósfera pictórica. Su pintura es una negación de los parámetros que tratan de imponerle. De hecho, seguir pintando es una rebelión pasiva. No cree en absoluto en ideas como la redención de las sociedades por el arte, ni mucho menos la ficción del artista como sacerdote o como ser superior inmerso en una actividad excepcional. Nada puede escapar de la inevitable y soterrada intención oportunista del arte y su quehacer social.

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