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 ReVista OjOs.com     SEPTIEMBRE DE 2016

COLABORADORES / DIOSCORIDES PÉREZ

Dioscorides Pérez

Foto: Equipo de Especialización en fotografía de la UN: Catalina Torres, Kery Moreno, Alejandro Giraldo Orozco, Gabriel Linares, Luis Alejandro Vásquez

CRÓNICA ACCIONES URBANAS DEL HEMISFÉRICO

 

VII Encuentro-Universidad Nacional de Colombia-21-30 de agosto de 2009

 

 

El Hemisférico de Performance 2009, convocado este año en la Universidad Nacional de Colombia bajo el lema “Ciudadanías en Escena- Entradas y salidas de los derechos culturales”, completa ya una semana de exitosas acciones corporales, conferencias, talleres, exposiciones de arte, video y fotografía, que han impactado el campus mostrando como los artistas, con sus acciones creativas, marcan nuevas rutas a la percepción sobre las mutantes geografías del cuerpo, el espacio y el tiempo.

 

El lema de esta cita teórica sobre las políticas del cuerpo y sus relaciones con el otro, con el Estado, y con el espacio público, se convierte hoy jueves 27 de agosto en un contacto real cuando varios performers extranjeros y más de 300 colombianos se desplieguen por la carrera séptima, arteria que cruza de sur a norte el corazón de Bogotá, para escenificar creativamente rituales transfigurados, trashumancias, pulsiones lúdicas y malabares, hibridaciones del cuerpo, travestismos, escrituras espaciales con el cuerpo y la imagen proyectada, conversatorios y efímeros gestos de protesta, todo ello para sembrar entre los desprevenidos ciudadanos asombro y reflexión, y para recoger la experiencia y las nuevas etnografías que se producen al considerarla ciudad como cuerpo habitado por entidades relacionales en permanente interacción y cambio.

 

El equipo coordinador de las acciones urbanas del Hemisférico, usando el correo virtual, envió previamente a los artistas extranjeros las coordenadas digitales y fotografías de la calle y de los sitios específicos donde harían su trabajo de acción; también recibieron un mapa hecho a mano del recorrido de kilómetro y medio, planeado desde el Planetario Distrital hasta la Plaza de Bolívar, y la advertencia de que, a pesar del tiempo de verano, la sabana de Bogotá es de clima frío y una sorpresiva lluvia podría sorprenderlos; esto último porque un artista pidió un día nublado mientras otra solicitó un día de sol para trabajar persiguiendo su propia sombra.

 

También estaban avisados de que el recorrido se haría por un estrecho tramo de la carrera séptima, arteria donde diariamente hierve el acontecer político, mercantil y lúdico del país. Aquí suele suceder que en cualquier día de la semana el tráfico se detiene para dar paso a una manifestación política de estudiantes o trabajadores; además, los fines de semana esta vía es cerrada a los vehículos y abierta como paseo peatonal y ciclovía para la ciudadanía, que se toma animosamente la calle para gozar de todo tipo de manifestaciones carnavalescas, teatro, mimos, estatuas humanas, malabaristas, músicos, danzarines, juegos de suerte y engaño, y ventas de salchichas, mazorcas, arepas, dulces, juguetes traídos de oriente, libros y música piratas,  loterías, amuletos, plantas de papiro, flores de girasol, semillas de cardamomo y piedras de cuarzo.

 

Participantes y artistas están citados las 2:00pm en el Centro Internacional, sobre el parque de la Independencia, zona verde que abraza la Plaza de toros y el Planetario Distrital. A la hora exacta los performers y los asistentes

esperan la señal de avanzar en contra vía hacia la Plaza de Bolívar, sitio donde todos de reunirán al atardecer para ver una acción multitudinaria de mujeres. En la mañana, desde los cerros, la lluvia amenazaba, pero ahora el cielo está despejado, el clima es cálido, y el cerro de Monserrate que protege el oriente de la ciudad es visible desde todos lados.

 

Debo dar la señal para que empiecen las Acciones Urbanas y acompañar a los performers hasta la Plaza. El evento lo inaugura la artista plástica y performer Yorlady Ruiz, reconocida activista por los derechos de las mujeres, quien vestida con una sencilla bata campesina y arropada con un pañolón negro de luto, camina lentamente por el prado cargando sobre su espalda un pesado costal de fique lleno de machetes usados, recolectados por ella entre los campesinos de su tierra.

 

Arrodillada sobre el pasto va sacando los machetes, que son símbolo del trabajo campesino, e inicia un emocionado ritual recitando: “ánimas del purgatorio quien las pudiera encontrar”, una queja por los miles de campesinos que han sido torturados, asesinados y desaparecidos en el campo. Mientras pronuncia su llamado, va clavando verticalmente los machetes en la tierra delineando así un simbólico camino con el que invita a los muertos a deshacer sus pasos y a los vivos a saber la verdad y a reclamar justicia.

 

Un grupo de niños de un colegio, que en ese momento juegan aquí, detienen sus rondas y rodean a la artista para escuchar extrañados las palabras de esta mujer que encarna la voz de las viudas, madres y hermanas que reclaman los cuerpos de los miles de campesinos, negros e indígenas, asesinados y arrojados a las aguas de los ríos de Colombia, para arrebatarles sus tierras destinadas ahora a la ganadería y la siembra de palma africana.

 

Mientras Yorlady y los niños están quietos y mudos observando este cementerio de machetes, de forma rápida y dinámica inicia superformance Gustavo  Álvarez, un joven Chabochi mejicano que camina haciendo sonar un tambor indígena cuyo ruido despierta del letargo cotidiano a los transeúntes. El hombre viste un enterizo traje de color amarillo, carga a la espalda un muñequito superhéroe, en la cabeza tiene amarrado un cráneo cornudo de venado, usa gafas oscuras y guantes rojos de artes marciales. A paso rápido cruza los puentes de la calle 26 y arrojándose al asfalto en el cruce de calles y carreras detiene varias veces el tráfico vehicular. “Chabochi es un concepto tarahumara para llamar al mestizo, al que no es igual a él, a quien no es de ahí, al extraño, al extranjero, al que es diferente”. En cada paradero de bus Gustavo se detiene y pega pequeños letreros escritos a mano que preguntan“¿dónde está Bolívar?” al tiempo que reparte entre los que lo rodean coloridos pañuelos ‘rabo de gallo’, que los jóvenes doblan en triángulo y se ponen en el cuello o la cabeza. Este performance surge de la convivencia del artista con los indígenas Rarámurique habitan de Sierra Tarahumara de su tierra natal.

 

Mientras Gustavo avanza con su tambor y se pierde entre los caminantes, inicia su acción el grupo brasilero Comtempu’s – Linguagens do Corpo quienes, haciendo cabriolas, revuelcan la calle con su danza contemporánea, producto de su investigación sobre el cuerpo-plástico-objeto-cosa. Media docena de alegres jóvenes de ambos sexos, los zezas “exhiben, disimulan, manipulan y subvierten  propagandas de su producto-cuerpo, en medio del tránsito, los monumentos, los edificios y  las personas”. Con su obra Out Doors se toman la calle y las puertas abiertas de almacenes, restaurantes, casinos, bancos, correos, iglesias, y cada rincón, andén, escalera, caneca de basura, al cantarilla o cualquier resquicio donde sus cuerpos puedan entrar para integrarse con su colorida ropa al caos urbano de vitrinas, maniquíes, altoparlantes, carteles y anuncios.

 

Su performance es una danza aparentemente caótica, con la que estos muchachos, dirigidos por Sérgio Andrade- licenciado en danza y maestro de artes escénicas - y Iara Sales, solos o en nudo, de pie o patas arriba, en fila o en arrume, arman alegres y bizarras escenas que congelan por segundos y deshacen entre saltos y piruetas. Lo que uno percibe como lúdicas volteretas, improvisadas y silenciosas, son realmente acciones corporales dirigidas a “discutir  las configuraciones complejas que se auto-organizan y que estructuran  la estética urbana”.

 

A pesar de que también entorpecen el tráfico, perturban la seguridad de un banco, y ponen nerviosos a los empleados de una hamburguesería, no sucede ningún mal encuentro y logran hacer reír a los impasibles bogotanos que se preguntan qué bicho raro les habrá picado a estos alegres muchachos que parecen colgarse y rebotar contra la arquitectura de la ciudad instalando una nueva manera de percibir y apropiarse del espacio público.

 

Ya hemos avanzado 300 metros por la séptima en sentido norte-sur; los zezas continúan su alegre recorrido colgándose de postes y semáforos. Entonces, sobre el andén de la Empresa de Teléfonos, donde cada día, entre el olor del chocolate que sale de las cafeterías y la música de los almacenes de discos se dan cita los dibujantes callejeros de retratos a lápiz, veo un tumulto de gente que a lo largo de la calle rodea los cuerpos de varios jóvenes que están acostados boca arriba en el piso, aparentemente desmayados. El corrillo que los rodea se pregunta qué hacen allí tirados estos cuerpos y qué deben hacer con ellos; pero la presencia de los extranjeros y del equipo de producción, armados con cámaras de video y fotografía, hacen sospechar al público que esta extraña escena debe ser algún montaje de video callejero o el engaño de una ‘cámara escondida’.

 

A pesar de todo, la acción no deja de sensibilizar a algunas personas, quienes, movidas por la solidaridad, tratan de prestar ayuda a los caídos. Realmente se trata del performance O Chao Nas Cidades, realizado por la artista brasilera Andrea Maciel, doctorada en artes escénicas, coreógrafa, performer y bailarina, con la ayuda de algunos voluntarios colombianos. Su investigación está enfocada en la utilización del performance como herramienta de movilización social, y con esta acción intenta “revisar la tensión que se produce entre los habitantes de calle y la población productiva local”. Su performance “problematiza el espacio social y sus oposiciones, proponiendo nuevas formas de apropiación del espacio en la arena de la exclusión social”. Sorpresivamente, los cuerpos resucitanante el sorprendido público y, desplazándose lentamente, desaparecen sin aspavientos, tal como habían llegado.

 

Caminando cien metros más llego a la plazoleta de las Nieves, espacio abierto presidido por la estatua de bronce del sabio Caldas, quien, parado sobre un cubo de mármol negro, está siempre rodeado de palomas, alcohólicos, punketos, drogadictos y desempleados. Allí, entre los vendedores de minutos por celular, se encuentra Huaira Basaber, artista argentina, profesora de artes visuales y actriz, y su compañero Sebastián Dalla Costa, iniciando su performance llamado La Puntada: él está vestido de traje gris, ella con el traje largo y blanco de novia como si recién salieran de la iglesia de enfrente después de unir sus vidas para siempre. El hombre no trae zapatos. Ambos tienen tijeras en la mano con las que cuidadosamente cortan pequeños trozos cuadrados de tela de sus vestidos y los intercambian. Luego, provistos de aguja e hilo, caminan en direcciones diferentes entre la gente que habita el lugar y le piden a cualquiera el favor de coser en algún sitio del vestido el trozo de tela.

 

Mientras la acción de costura se lleva a cabo, Huaira entabla una amable conversación sobre cualquier tema con el voluntario, lo que lleva rápidamente al relato de una historia íntima de amor, dolor, despojo, enfermedad, desplazamiento, violencia o un ingenuo coqueteo con ésta extraña novia. Sebastián también pide que zurzan sobre su traje de paño el retazo blanco del traje de su amada, mientras recibe oralmente las historias de vida de mujeres abandonadas, violentadas, y las va guardando en su memoria como una colección de quejas para su trabajo etnográfico. Esta acción “provoca  la reflexión respecto a  un tema tan antiguo como vigente: los feminicidios en Latinoamérica, la violencia hacia las mujeres, la muerte y la desaparición”.

 

Me encontraba al lado de Huaira escuchando la queja de un hombre entristecido porque su hija se la pasa en la calle rumbeando y ‘metiendo vicio’, cuando veo venir, en sentido opuesto al recorrido, a Marcus Vinícius, performer brasileño, investigador y curador que vive en Argentina, quiena paso veloz circula por el andén entre la gente vestido solo con unos calzoncillos color carne. Este hombre alto, de piel trigueña, lleva un paso rápido de marchista y su cuerpo desnudo está cubierto de pequeños parlantes que lo transforman en un aparato tecnológico que emite curiosos sonidos.

 

“Su caminata por las calles de la ciudad es tanto una propuesta artística como una experimentación tecnológica con la que intenta relacionarse efímeramente con las personas para establecer una reflexión crítica en lo político y lo social, gracias al testimonio, el contacto y la reacción”. Los transeúntes, asombrados y algunos con susto, le abren paso a este Cuerpo extraño que avanza aparentemente sin reparar en el entorno. Nadie lo acompaña pues su ritmo de atleta dejó atrás al equipo del Hemisférico y a los fotógrafos.

 

Diez minutos después, en la misma dirección que lleva Vinicius, pero desplazándose por la calle entre buses y automóviles, vieneuna mujer vestida con un repolludo traje blanco de seda, con el cabello oculto entre una talega del mismo material, montada sobre una bicicleta también blanca. Su boca abierta y su extraña vestimenta hacen que los transeúntes se detengan por un momento para verla pasar. Se trata de Maicyra Leão, profesora del Núcleo de Teatro de la Universidad Federal de Sergipe,  quien viene desde Brasilpara echar a rodar en las calles bogotanas su obra titulada Luto, nombre que contradice con su vestido blanco angelical y con su cara maquillada también de color blanco.

 

Maicyra, para tensionar el tiempo y el espacio de los transeúntes y provocarse a sí misma una reflexión teórica, pedalea lentamente y lleva la mirada perdida en el horizonte norte; el interior de su boca muy abierta, y la lengua, están completamente pintadas de negro y parece emitir un terrible grito sin sonido.

 

Vinicius y Maicyra son los únicos que harán un doble recorrido, pues hace más de una hora dejaron su ropa en el teatro de la Candelaria y desde la Plaza de Bolívar tomaron la séptima marchando y pedaleando en sentido opuesto al grupo para llegar hasta el Planetario donde darán vuelta para regresar a su propio ritmo a la Plaza.

 

Regresando a la plazoleta, veo que la pareja argentina ha encontrado voluntarios para la costura y charlan amigablemente con varias personas entre el público que los rodea. Entonces aparece vestido de blanco habanero el artista cubano Adrián Gómez, profesor de la Escuela Superior de Artes de Bogotá- ASAB-para realizar su caminata hacia la plaza de Bolívar con su performance titulado Se hace camino. Viene acompañado de un grupo de animados estudiantes de artes, jóvenes de ambos sexos que conforman el Colectivo Okan, quienes, con vasijas con agua y toallas, empiezan a lavar las manos de la gente. Vienen también armados de tizas de colores con los que delinean la sombra de toda persona que esté parada en la plazoleta; enseguida le piden que se agache y escriba algunas palabras o signos dentro del mapa de sí mismo.

 

Así, lúdicamente, estos jóvenes van llenando la plaza con el testimonio de los cuerpos que habitan esta zona de la ciudad. Rodeando la estatua, otro grupo,  provisto de recipientes llenos de vinilo azul, pide a los que se acercan que se pinten la mano y sobre una hoja tamaño carta proporcionada estampen la huella de su palma. “En un momento en que se impone la desconfianza en el otro, el orgullo como estrategia de superación, la agresividad cotidiana, donde cada persona mira a la otra por encima del hombro, esta acción plantea un detenerse y ceder, bajar la defensa, proponer una tregua ante la intolerancia”.

 

Ya son las cuatro de la tarde. Dejo a los jóvenes recolectores de huellas y a la pareja de argentinos en la plazoleta y continúo mi camino entre el murmullo de la gente, el grito por megáfono de un payaso que invita a las rebajas de un almacén de telas, el ruido de los autos y el humo oscuro del diesel que arrojan los buses. Llego al parque de Santander que hoy está completamente ocupado por los toldillos de la Feria popular del libro y de los puestos de dulces y colaciones. Allí, parada sobre las escalas que dan hacia la vía, hay una abuela que recita poemas de amor y diatribas contra el gobierno, un mimo que usa el andén para remedar el caminado de los transeúntes, varias mujeres que recogen firmas a favor de un referendo para salvar el agua de los negociantes privados, un grupo de indígenas peruanos que tocan con sus quenas ‘el cóndor pasa’ mientras algunos ecologistas regalan semillas de bonsái.

 

En medio del tumulto se pasean varios carteristas, los vendedores de jalea, del veneno para las ratas, de cachorros de perros gozque, de loterías y chance, y los devotos de Krisna recitando su mantra con címbalos entre el olor de las varillitas de sándalo.

 

Sobre el andén se encuentra ya la performer Quetzal Belmont, egresada de Ciencias de la Comunicación de la UNAM. La bonita, risueña y peludita mejicana, vestida con su bata blanca estampada con grandes flores, está de rodillas sobre un trozo grande de césped verde transportado desde el campo. Su sonrisa habitual está ausente. En medio del nutrido corrillo de gente que la rodea, ella saca una bolsa con migajas de pan y denuncia la escases de alimentos que hay en el planeta; luego, arranca con sus manos pasto y lo engulle lentamente tensionando así su alusión al hambre que sufren millones de personas. Entonces se levanta y saca de bajo su bata unas anchas cintas de seda roja, que trae amarradas a sus brazos, piernas, vientre y boca, y las entrega a los que la rodean quedando así unida al público. En las cintas hay escritas denuncias sobre la hambruna. El transporte urbano se detiene y desde las ventanillas de los buses la gente mira con curiosidad la acción. Quetzal desatalas ocho cintas, muestra a todos los textos, y las extiende sobre el pasto. Caminando, abre el círculo donde algunas personas lloran, y abandona el lugar dejando allí su ofrenda-instalación,  con veladoras

blancas encendidas, a nombre de todas las personas que diariamente mueren ó padecen a causa del hambre.

 

Más allá, sobre el andén que viene desde el Museo del Oro, esquina donde se venden las artesanías del país, encontramos a Gonzalo Carreño, quien vestido de impecable traje de paño camina tensionando el tiempo de un minuto a una hora; con ambas manos sostiene sobre el pecho un espejo en el que todos los caminantes que lo enfrentan ven su imagen reflejada. Su lento performance se llama Kokken y cuestiona el hecho de “caminar sin vernos; andamos ausentes, no nos miramos ni miramos el paisaje que nos rodea y esto nos parece natural”.

 

Al tiempo, a un costado, junto a los vendedores de mango verde y tajadas de piña, aparecen de nuevo los muchachos del Colectivo Okan, con su trabajo de Trasmisión, quienes arrodillados en círculo, y usando marcadores, dibujan sobre la espalda de la persona que tienen delante las grafías que reciben sobre la suya de quién está detrás. No se trata de un ejercicio de dibujo sino de trasladar la sensación corporal propia al cuerpo del otro, como si se tratara de una corriente circulando por un cable. Después, silenciosamente, arman fila india y se desplazan por la calle hacia la plaza repitiendo el mismo ejercicio.

 

Cien metros más adelante, al costado sur del Banco de la República- en el cruce de la séptima con la Avenida Jiménez de Quesada-está la estación de buses del Transmilenio; allí hay un corrillo de gente y mucha algarabía. La policía hizo bajar del bus y salir de la estación a una pareja de novios vestidos de boda, acompañados de una ‘papayera mete bulla’; ellos se habían tomado este medio masivo de transporte para celebrar allí sus nupcias.

 

Son Carlos Andrés Rozo, artista escénico de la Escuela Estudio XXI, y su mujer, ambos colombianos, quienes proponen “una subversión simbólica del espacio público a partir de acciones absurdas o fuera de contexto que se llevan a cabo dentro de los buses”. Los permisos para celebrar la boda se solicitaron a la entidad respectiva sin recibir respuesta, así que la acción se realizó de hecho como un ‘asalto’.

 

Pero estando dentro del bus, en vista de la presión del palo de la ley, bajaron pacíficamente y se tomaron el andén para armar allí la parranda al son del vallenato  que toca una banda de costeños que los acompaña. La pareja, con sombreros y la cara cubierta de tapabocas contra la gripa porcina, está rodeada de transeúntes y copa en mano se besa y brinda con champaña. Luego, cada uno por su lado, saca a bailar a los mirones, quienes ni cortos ni perezosos se meten al círculo del danzón animados por el acordeón, las maracas, y los aplausos y chiflidos alegres de la gente. Después de un buen rato de jolgorio, el novio levanta en brazos a la novia y camina calle arriba acompañado de la papayera que no cesa de tocar los instrumentos.

 

Al otro lado de la calle, frente a la iglesia colonial de San Francisco, al lado de las estatuas humanas de un ninja y un robot, se ha armado otro nutrido corrillo para ver de cerca de un grupo de travestis y prostitutas estrambóticamente maquilladas. Ellas usan chillonas pelucas, apretados trajes de seda y lentejuelas, peluches, collares, chaquetas de piel de vaca y pantalones de plástico plateado, brassier a la vista, medias de malla y tacón alto. Las veo arrodilladas en el atrio de la iglesia simulando rezar devotamente; luego, provistas de baldes, traperos y cepillos, lavan un muro lateral y el andén, mientras coquetean con el público, cantan, y posan para las fotos de los turistas y los celulares de los ciudadanos; además, juegan sobre el piso con la pata de un cerdo, una lengua de vaca y el pescuezo de una gallina, amarrados con hilos a manera de marionetas.

 

Este grupo, está conformado por hombres y mujeres del grupo Chicas extra-ordinarias, un colectivo de la  Maestría Interdisciplinar en Teatro y Artes Vivas de la Universidad Nacional de Colombia, quienes bajo la noción de cuerpo en el espacio pretenden cuestionar a los bogotanos sobre los roles en el espacio público de las trabajadoras sexuales y de los transexuales. “Esta propuesta responde a la necesidad de visibilizar la prostitución que de forma manipuladora y  coercitiva somos parte  en nuestro actual modelo  religioso-económico-financiero”.

 

Ellas, de manera divertida, comparten gestos y poses en un horario y sitio no habituado a estas escenas prohibidas. El público quiere quedar en las fotos, participar de un abrazo, estar cerca de estos cuerpos del pecado, y todas, después de complacerlos, caminan por la calle comiendo cono y alborotando el ritmo cotidiano de este lugar habitado por los negociantes de esmeraldas, cambistas de dólares, y vendedores de corbatas italianas made in China.

 

Cuando desaparecen Las chicas extra-ordinarias, sobre el mismo andén de la avenida Jiménez de Quesada -frente  la antigua gobernación-encuentro a la artista brasileña Daniela Kohn, egresada de Letras de la Universidad Federal de Río de Janeiro, quien  había pedido el sol para su juego de sombras. Y no se le falló; pero su trabajo ahora se llama El Límite de la Jaula, una acción en la que ella camina por la calle llevando la cabeza metida entre una jaula de alambre. Su imagen surrealista invita al público a la reflexión sobre el absurdo, sobre la limitación y sobre las diferentes formas de libertad.

 

Ya han transcurrido tres horas. Faltan pocas cuadras para llegar a la plaza y las acciones transcurren sin contratiempos. Lo relacional es la característica de estas acciones de arte vivo, que crean zonas de inestabilidad y momentáneas significaciones compartidas entre artistas y público. Pasando por el edificio de correos vuelvo a encontrar otra escena detenida de los zezas: una de las chicas está metida entre una caneca de la basura, otro está patas arriba, dos más coquetean en la puerta de un almacén de discos que promociona con afiches de cuerpo entero a la cantante colombiana Shakira y a Michael Jackson.

 

Continúo caminando y llego a la plaza de Bolívar, al atrio de la catedral primada, donde desde hace tres días se  instala durante varias horas la artista brasileña Eleonora Fabiao con su máquina del diálogo: dos sillas enfrentadas y un letrero hecho a mano con el que invita a los transeúntes a sentarse a “conversar sobre cualquier asunto”. Los niños son los primeros en atreverse a ocupar la silla vacía frente a ella, y a charlar con esta mujer flaca y de pelo corto. Un niño se extraña con su pinta y cuestiona su imagen varonil, y se asombra cuando ella le asegura que es mujer y que tiene una linda hija esperándola en Brasil. Ahora juegan a adivinar con sus compañeritos como se llama la niña.

 

Ella se lleva la historia del niño que llegó del campo, huérfano desde que los ‘paracos’ mataron a su padre y la guerrilla secuestro a su tío; de la señora que fue abandonada por su compañero cuando tuvo el bebe. De la niña que fue violada en su barrio, del abuelo que fue abandonado por sus hijos y ahora vive en la calle, del lustrabotas que ha brillado los zapatos de varios presidentes, de un sicario arrepentido que ha matado por migajas, de la mujer que cada día le trae comida a las palomas. Eleonora considera esta experiencia como un rito de paso; para ella la comunicación es muy interesante pues la sutileza es potenciadora y origen de múltiples sentidos. Por eso también regala masajes curativos a sus interlocutores.

 

Cae la tarde y en los alrededores de la plaza hay muchos espectadores que aguardan al grupo de más de 300 mujeres, víctimas de la violencia y artistas, quienes, dirigidas por Patricia Ariza-colombiana, dramaturga, poetisa y actriz de teatro-se preparan para realizar su performance colectivo llamado Mujeres en la plaza, memoria de la ausencia. ¿Donde están?

 

Ya las mil palomas, que cotidianamente comen el maíz que les arrojan los fotógrafos y turistas, han volado hacia la catedral y reposan sobre el campanario, las cornisas y las cabezas de los santos. La policía rodea la plaza discretamente; los periodistas han recibido la orden de ignorarlas, pero hay fotógrafos y videógrafos de varios países.

 

Apenas oscurece suenan tambores y cientos de mujeres, las madres de los jóvenes de Soacha-víctimas de los falsos positivos- las viudas de los políticos de la Unión Patriótica exterminados por los paramilitares, las viudas de la retoma del Palacio de Justicia, ocupan hoy la plaza vestidas con batas de lino blanco, rojo, negro, crema y violeta. Según Ariza, este performance, “producirá, un tercer actor que se configura en el momento de este encuentro y que tiene cuerpo de poesía, de pintura y de acción”. También hay  un grupo de mujeres jóvenes de torso desnudo y pintado. Todas portan grandes fotografías de sus hijos, maridos, hermanos, padres y amigos muertos y desparecidos, y letreros en camisetas y pancartas que dicen “Mi cuerpo no es botín de guerra/ Mi cuerpo es territorio de paz”.

 

Respondiendo a una señal musical, todas ellas se entrelazan para realizar una compleja coreografía de danzas y gestos simbólicos, con los que reclaman al gobierno los cuerpos de sus seres queridos desaparecidos: vivos o muertos. Entre ellas, hay un grupo de mujeres campesinas que acudieron a poner en evidencia, una vez más, las masacres cometidas contra sus familias y el desplazamiento a que están sometidas.

 

Rodeadas de cientos de personas, ellas entonan amorosos cantos, rezos, lamentos colectivos, alabaos, llamando a sus difuntos; sus cantos se combinan con danzas y movimientos de los distintos grupos por la plaza, mientras las jóvenes desnudas y pintadas con coloridos diseños realizan una silenciosa y colorida coreografía. Todas ellas pasan en fila a través de unos marcos de madera oscurecidos, estructuras negras del vacío donde ellas buscan simbólicamente los cuerpos blancos de los desaparecidos. Finalmente, un grupo de mujeres jóvenes vestidas de rojo rodean la estatua de Simón Bolívar que está en el centro de la plaza y arman una torre humana por donde una de ellas sube hasta donde está el Libertador y pone entre sus brazos la esperanza de justicia y reparación.

 

La noche ha caído sobre la capital de Colombia y desde los cerros orientales baja el viento frio y la neblina. Desde un balcón de la Casa del florero, situada en la esquina norte de la plaza, al lado de la catedral, los artistas Pedro Diniz Bennaton y Luana Raiter- profesionales en Artes Escénicas de la Universidad del estado de Santa Catarina -proyectan sobre el costado oriental del nuevo Palacio de justicia, y desde la Plaza sobre la pared sur, dos videos simultáneos que muestran diferentes actos y marchas de protesta del mundo con el propósito de cuestionar el poder de los medios de comunicación en la esfera política. Ellos son el colectivo multidisciplinario Erro Grupo, que llegaron d Brasil con su trabajo errante de video llamado Protesta Portátil. “Los videos están editados, de tal manera que no se exponga la causa de la manifestación, para así problematizar  la diferencia entre los eventos reales y sus representaciones”. Su trabajo pretende devolver la memoria perdida e invadir de imágenes el espacio público con imaginación y creación; se trata de una estrategia de invasión y desplazamiento para subvertir al Estado.

 

Las escenas de protesta, agrandadas sobre la pared del Palacio de Justicia, son un magnífico telón de fondo a la acción- protesta de las mujeres en la plaza. Estos videos y el colectivo de mujeres son vistas por cientos de personas que tomaron como graderías las escaleras del atrio de la catedral para observar cómodamente ambas performances. El silencioso público acompaña compungido a las mujeres que con su acción reviven la memoria de lo sucedido en este mismo sitio a finales de 1985, cuando la guerrilla del M19 se tomó por las armas el Palacio de Justicia, y la fuerzas armadas lo retomaron a sangre y fuego, masacrando a los guerrilleros, jueces y empleados, e incendiando el recinto. Además, está comprobado que torturaron y desaparecieron los cuerpos de varios sobrevivientes que ellos mismos habían salvado del incendio y llevado al interior la Casa del Florero.

 

Después de dos horas de performancia, el grupo de mujeres se dispersa lentamente. La plaza va quedando vacía y los proyectores se apagan dando por terminada la jornada de las Acciones Urbanas del Hemisférico. Entonces, varios buses llevan a los artistas y asistentes hacia el occidente de la ciudad, hasta el antiguo Matadero Municipal, donde Jorge Peñuela, profesor de la ASAB, acompañado de media docena de coordinadores y más de cincuenta estudiantes de artes plásticas y artistas egresados, realizarán un gran performance colectivo llamado Los Santos Mueren Antes, utilizando para ello los diferentes espacios de este edificio abandonado, donde todavía ronda el espíritu de los matarifes, huele a grasa, vísceras, carne cruda, orines y pelo chamuscado. Allí, el vacío, las evocaciones y los despojos, servirán para las acciones simultáneas y las instalaciones in situ, que pondrán en evidencia como es de “vano todo esfuerzo por comprender el dolor de una madre humillada cuando pierde a su hijo agredido de muerte injustamente”.

 

Durante esta jornada, los 4 artistas del equipo de coordinación de las Acciones Urbanas, acompañamos a los performers: Tzitzi Barrantes- estudiante de artes y comprometida performer ambientalista- persiguió a Vinicius y creó las páginas en la red con las fotografías y la información sobre los artistas y sus acciones. Antonio Villalba, estudiante de la ASAB, acompañó Chabochi, tomó fotografías, y estuvo pendiente de las acciones de los profesores y jóvenes de su academia. Laura Muñoz, estudiante de artes, tradujo textos y conversaciones, coordinó la producción y la logística, y acompañó a Eleonora Fabiao y a Erro Grupo en su trabajo de la plaza. Yo perseguí a todos los performers en su ruta y por celular coordiné los hechos, a la vez tomé fotografías de varias de las acciones.

 

El equipo cumplió la tarea. También los performers; todos terminamos cansados pero satisfechos. El Hemisférico, como una flor de diente de león soplada por el viento, echó a volar sus acciones plásticas por la calle para trastrocar el tiempo cotidiano y resinificar el espacio público y las relaciones entre los cuerpos propios y los extraños, entre las acciones corrientes y los acontecimientos, entre la endurecidas imágenes cotidianas y la blanda o agresiva presencia de lo poético. Así se rompió la rutina y se propuso una nueva mirada a la ciudadanía: desprevenidos caminantes, estudiantes y trabajadores, ejecutivos, secretarias, turistas, conductores, vendedores ambulantes y mensajeros, carteristas y jibaros, desempleados, voyeristas de ventana y balcón, policías y detectives, cámaras de seguridad, perros, palomas y pájaros.

 

Como dijo el performer mejicano Guillermo Gómez-Peña, participante en el Encuentro, “el trabajo de los performers consiste en abrir la caja de Pandora, en echar los demonios afuera; los ritos pueden rondar después los sueños y los haceres de muchos. La idea es que quede un residuo que haga cambiar a los hombres y hacerlos mejor. Los académicos tendrán que poder ayudar a entenderlos y reflexionarlos”. Pedro Diniz, el errante del video, comentó que las acciones callejeras no tienen principio ni final; simplemente suceden y la participación de la gente es sincera y espontánea. La cita para la próxima jornada de performances urbanos será en el verano 2012 en la ciudad de Winnipeg, Canadá.

Profesor Titular de la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Colombia. Artista/dibujante, grabador/performer. Instructor de taichí y chigong. Curador y coordinador de las Acciones Urbanas del Hemisférico de Performance 2009.

 

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