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COLABORADORES / DANIEL OMAR BEGHA

 ReVista OjOs.com     ABRIL  DE 2016

Daniel Omar Begha

(Chile). Estudió en la Universidad ARCIS, de Arte y Ciencias Sociales, humanidades y educación. Presidente de la Corporación Cultural Increpa que realiza los Festivales de Arte Erótico en Santiago de Chile con la complicidad del psiquiatra y poeta Jaime Arenas y el teatrero y grabador Guillermo Pallacán. Personaje insólito, artista multidimensional y multidisciplinario, tiene más doctorados que los que ha podido comprar cualquier popolítico. Trabajó en la Televisión Nacional de Chile. “Hay vinos que se dejan beber y dejan buen sabor de boca. Hay mujeres que se dejan mirar, ellas te provocan insomnio perenne”.

SOPA DE LETRAS

 

“Sopa de Letras” es una sección que dedicare a la presentación de las letras de escritores, poetas, dramaturgos y ensayistas, cuya obra es de interés, pero carece de la difusión que merece.

 

El autor que presentamos hoy es parte del circuito de la edición independiente, de la auto edición. Bajo el sello de la agencia Medula Group. (www.medulagroup.cl), acaba de presentar su última producción narrativa “Delirios y sombras”

 

 

Las posibilidades de editar sus trabajos literarios para escritores y poetas siempre ha sido dificultoso, las editoriales tradicionales obedecen a los intereses de la industria y no a la necesidad de difundir los nuevos talentos o propuestas literarias; ello ha hecho que se haga común la autoedición de primeras obras y la emergencia de editoriales independientes las que en distintas modalidades operativas recogen la creación novel. Tal es el caso en Chile donde existen alrededor de 190. De las cuales alrededor de 90 se agrupan en la Furia del Libro, la segunda feria anual del libro de mayor relevancia, Feria, que en pocos años se ha convertido en la

instancia de exposición, difusión y distribución de la narrativa, poesía e ilustración independiente más importante

del año, en la cultura alternativa del país.

El autor que presentamos hoy es parte del circuito de la edición independiente, de la auto edición. Bajo el sello de la agencia Medula Group. (www. medulagroup.cl), acaba de presentar su última producción narrativa Delirios y sombras.

César B. Fuenzalida, de profesión Periodista y comunicador social, creativo de corazón, ha formado parte de equipos en diversos medios de comunicación en Chile, tanto televisión, como prensa escrita y radio. Productor de eventos artísticos culturales, un soñador inquieto e incansable. Su primer libro, Eco de dos almas, surgió de la unión creativa con la artista visual Macarena Marín. Esa experiencia lo empujó a ir un paso más allá, así surge segunda publicación literaria Delirios y sombras donde recoge su producción literaria acompañada de la ilustración de artistas nacionales e internacionales. A César, tal vez por su condición de periodista le acomoda la crónica como estilo narrativo, y en ella explora la humanidad y los mundos cotidianos de sus personajes.

Un ejemplo de ello es Mujer en llamas un relato que forma parte de su última publicación Delirios y sombras.

 

CÉSAR B. FUENZALIDA


Nació el 4 de marzo de 1985. Periodista de profesión y creativo  de corazón, tal como

se autodefine. Trabajó en diversos medios de comunicación en Chile.

Televisión, prensa escrita y actualmente en radio. Productor de múltiples eventos y un

soñador incansable. Su primer libro, Eco de dos almas, surgió de la unión con la

artista visual Macarena Marín. Ambas expresiones se unieron y crearon un fruto

literario y visual pocas veces visto. Esa experiencia lo empujó a ir un paso más allá y

conectarse con ilustradores de Chile y el mundo. Hoy en tus manos –tal como él lo

dice –su segundo hijo, Delirios y sombras. Un trozo de su experiencia, vida

y creatividad.

 

MUJER EN LLAMAS

 

Cuando veía la orilla, el borde de su ropa interior, sentía que en mi se encendía un fuego eterno, un poder que me sobrepasaba.

No era su estado físico. No era su sonrisa. No era su inteligencia o caballerosidad.

Era su piel. Esa piel firme que me inspiraba deseo. Protección. Ganas de lanzarme sobre su pecho y dormir en un vaivén eterno. Desnudos, mientras me penetraba lentamente y sentía su cuerpo por dentro.

Él era un hombre estupendo. Mejor que como lo recordaba en mi mente. Lo que muchas mujeres ansían. Un tipo bien parecido, con una conversación entretenida, inteligente, con sus ideas claras. Un hombre que entendía de la vida. Él navegaba sobre ella, no se hundía.

Esa noche no dejaría que pasara nuevamente ante mis ojos sin poder saborear sus labios. Hundirme en su mirada. Y fundirme en su cuerpo, en su mente.

Una invitación que podría haber terminado hundida como siempre en el fondo de mi cajón me tenía ubicada en el mismo lugar con ese olvidado hombre. Me había visto, lo sabía. Pero, según recuerdo, le gustaba jugar al desinterés.

—Hola, buenas noches —saludé amablemente.

— Hola —respondiste dándome poca importancia, como lo suponía.

Sabía que me recordarías. En algún momento de esa noche volverías a mirarme.

Ella se alejaba. Él no la notaba. A lo lejos parecía reconocer en ella una mirada olvidada. Sus rostros se juntaban una vez más, en la distancia, ellos conversaban sin hablar, se acariciaban sin mirarse, sin rozarse. Compartirían una cama como lo hicieron muchas veces en su juventud. Pero esta vez cruzarían el límite. Llegarían más allá.

—Sabía que me verías —te dije en voz baja.

—Disculpe, bella dama, ¿me habla a mí? —me decía un hombre de baja estatura ubicado a mi lado.

—No, mil disculpas, debo haber pensado en voz alta —me excusaba.

Y en la distancia, el hombre que ella deseaba en su cama, parecía haberla reconocido. Entraba en su juego. Ahora ella era mayor. Sólo lo miraba cuando hablaba, sus gestos, su rostro, sus manos, sus labios, no escuchaba qué salía de ellos, sólo lo contemplaba. Al final del día, ella saboreaba la soledad de la cama fría, sabía esa noche que su búsqueda del amor había cesado. Ya no esperaba encontrarlo doblando una esquina, o en alguna reunión social, él, su hombre, su sueño, se había marchado para siempre. No estaba más en el cuerpo del joven que esa noche la acompañó.

Te sonreí en la distancia porque sabía que me reconocerías. Y me respondiste con una sonrisa. Caminé hacia ti decidida. Era hora de cambiar el rumbo de la situación. No podía pasarme la noche a las miradas de jovencitos. Ya no estábamos para eso.—¿Hablamos de frente mejor, no? —preguntaba al llegar a tu lado.

—Me parece una buena idea, pensé que nunca te acercarías —me decías con ese brillo en tus dientes que añoraba engullir de un beso.

—Creo que te conozco, pero no estoy tan seguro— me preguntabas sin despegar la mirada.

—Sí, nos conocemos hace muchos años, una noche de locura en la juventud, cerca de la casa en la bahía, ¿recuerdas? —jugaba contigo, era obvio que recordabas.

Ardía el deseo en mi alma, la pasión recorría mis poros. Estaba dispuesta a la entrega. Ya no lucharía, dejaría que —como lo hacía antes —la vida me tomara de la mano y me llevara. Acá no necesitaba forjar un rumbo, una ruta, acá se manifestaría la pureza del amor y el deseo. Podría al fin disfrutar.

Me lanzaba al río, que la corriente hiciera de mi lo que desease. Mi vida era ese instante, cabía completa en un sólo suspiro. Me miraste con deseo, lo sé. Yo te respondí con calma, con la paz que sólo el fuego interior me daba.

Sin duda estábamos flirteando como en los mejores tiempos. Ese eterno tira y afloja, donde los minutos parecen eternos y sobre todo dulces.

Recordaba con detalle cómo aquella lejana noche saboreabas cada trozo de mi cuerpo, cómo besabas mis piernas, cómo lamías mis pezones, cómo deslizabas tu lengua en cada centímetro de mi cuerpo.

Yo gritaba de deseo. Tomaba tu pene y lo sentía fuerte. Lo saboreaba lentamente. Tu mirada desorbitada me confirmaba el éxtasis al que llegabas. Mientras tus manos se posaban suavemente en mi vagina.

Tocabas mi clítoris y la humedad inundaba mi cuerpo entero. Sentía una corriente desde mi cabeza a la punta de tus dedos ubicados en mi cuerpo.

Recordaba esa noche de pasión y mi ropa interior se humedecía. No podía esperar para sentirte nuevamente. Quería que mi cuerpo fuese tuyo nuevamente y que tu madurez pudiera recordar el terreno fértil que recorriste años atrás. Este terreno también tenía su historia, su pasado, su presente y contigo su futuro.

La mujer sentía que la noche avanzaba rápida y no podía controlar sus deseos. Él seguía conversando animadamente y jugando al incógnito con sus deseos. Le gustaba sentirse al mando de la situación No entendía que esa no sería su noche, sino la de la mujer que tenía en frente.

—¿Vamos a caminar por los jardines? —propuse ya exhausta de tu poca reacción.

—Está bien, creo que nos haría bien caminar, acá hay mucha gente —me decías como justificando tu decisión de acompañarme. Caminamos, conversamos, sonreímos, me tomaste la mano y te abracé. En ese momento en que respiré el leve olor a sudor que recorría tu

cuerpo supe que quería que todo sucediera en seguida. Tomé tu mano y la puse en mi entrepierna, sentiste mi humedad y no pudiste evitar tu erección. Sentía tu cuerpo junto al mío en ese abrazo tan firme y grande que podía llegar a un clímax sin que siquiera me tocaras. Te besé entre esos jardines oscuros, mientras la fiesta seguía a lo lejos. Escuchaba la música, los bailes, los cánticos de todos. Pero ahora sólo importabas tú, con tu virilidad para hacerme sentir única. La mujer, ya fuera de sus cabales, comenzó a dejar su imaginación volar olvidando el lugar en el que estaba junto a su ansiado hombre. Solté el botón de tu pantalón. Acaricié tu pene. Tu cara de felicidad embriagaba mi mirada.

Comenzaste a besar mi cuello, lentamente, luego con rabia, lentamente otra vez. Mordiendo trozo a trozo cada parte de mi piel.

Tu lengua jugaba con el borde de mi oreja, tras mi nuca, tirabas mi pelo con seguridad, yo empezaba a gemir de placer, con mi imaginación en el cielo.

Sabiendo que saborearías mis pasiones, mis deseos incontrolables de estar contigo se hacían enormes.

Tus manos exploraban mi vagina, suavemente abrías mis labios para lamer mi clítoris.

Éxtasis era lo que sentía. Vibraba con tu lengua en mi entrepierna. Saboreabas mis fluidos, sentías mis gemidos, mientras tus manos acariciaban mis senos.

Estaba desnuda ante ti.

Deseando ser penetrada, llegar al orgasmo, sentirte completo en mi interior.

Tú comenzabas a desnudarte también, a acariciarme, ya no podías sostener tus ganas de entrar en mí. Yo no podía detener las ganas de dejarte entrar.

—Penétrame —te pedía —penétrame suavemente como lo hiciste antes, con dulzura —repetía. Me mirabas y entrabas de manera repentina en mi cuerpo. Mordías cada trozo de mis senos. Apretabas mis manos, mis muslos. Yo seguía humedeciéndome hasta el hartazgo. Mi cabeza volaba, estaba en otro lado. Recordando esa bahía, esa noche en la distancia, esa pasión juvenil que desatamos a escondidas de nuestros padres.

En la distancia, la fiesta continuaba y la mujer iba soltando leves quejidos que iban tomando fuerzas a medida que la música parecía crecer y la celebración avanzar.

Se sentía completa con su hombre, se sentía querida, amada, deseada. Sentía que este hombre la había esperado su vida entera. El tiempo parecía haber quedado en pausa. Él se convertía en una prueba viva de la hombría que ella deseaba.

Seguía con mi cabeza en otra parte, deseando que entraras más fuerte en mi cuerpo. Comenzaba a jadear más fuerte, a gritar, a sentir que tu pene crecía en mi interior. Tú también respirabas más firme. Exhalabas pasión. Sentía el sabor de sudor en tu pecho. Bebía tu sudor gota a gota, mientras tú también saboreabas con tu lengua la punta de mis senos.

Más me excitabas, más humedad producía mi cuerpo.

De golpe me tomabas por la espalda, salías de mi interior, me girabas y me penetrabas boca abajo. Apretabas tu abdomen contra mis glúteos.

El calor parecía hacerme perder la razón. Sentía que te hacías cada vez más grande.

Mi cuerpo sentía que el momento se aproximaba, que podría volver a sentirte, que estaría disponible para ti nuevamente mi cuerpo entero.

Me excitaste desde el primer momento que te miré. Hace años cuando nos conocimos en la olvidada bahía.

Esta noche, esa excitación tenía un camino que seguir. Esta noche mi excitación encontraba en ti a su otra mitad.

Empujabas con fuerza, con rudeza tu pene en mi vagina y mis glúteos rebotaban en tu pelvis en un vaivén divino. Qué duda cabía, lograbas que me excitara como nadie lo había hecho antes.

Mi memoria no podía fallar tanto. Recordaba la forma en que te movías, los caminos que tomabas, el detalle de tu cuerpo sobre el mío, tras de mí, bajo él.

En todas las posiciones seguías excitándome como lo hiciste aquella vez.

La algarabía continuaba a lo lejos y la mujer sentía que estaba llegando al clímax con su hombre. Ese que tanto había ansiado.

Una leve corriente sentía recorrer cada trozo de mi cuerpo. Estaba llegando al orgasmo, lo sabía. Tu fuerza seguía empujando mi cuerpo, y sentía cómo tu pene crecía en mi interior y también llegabas al clímax.

Apretabas mis caderas contra tus muslos y seguías penetrándome.

Tus manos se hundían en mi piel. Rasgaban mi cuerpo. Mi espalda. Tapabas mi boca. Mordías mi espalda. Tirabas mi pelo con delicadeza, con brutalidad a ratos.

Te hundías en él y gritabas, de gozo, de alegría, de placer.

Sentía en mi interior cómo tu semen llenaba mi cuerpo.

Pero yo no alcanzaba a llegar al orgasmo. No lograba conectar mi cuerpo con el tuyo. No podía sentir lo que tú sentías. Al final del camino, seguíamos siendo dos desconocidos.

Salías de mi cuerpo y con una sonrisa que no lograba entender, comenzabas a hablar de tu vida. Sin duda no eras el mismo de mis sueños, en tu camino habías recogido frustraciones, errores, miedos.

Te habías vuelto un hombre de aquellos que parecen existir en la tierra, digo, de esos que abundan, sin sueños, sin metas importantes. Dejabas, ante mis ojos, de ser el luchador que me maravilló, no veías en este encuentro el amor, sólo un placer fortuito, el calmar ese ímpetu casi animal que reconocías a veces te sobrepasaba.

Mi joven soñador, a quien esperé tanto tiempo, se había transformado.

En silencio y con mi excitación sin poder expandirse como deseaba, me volteé y me vestí. Dormí, sobre el pasto que nos sirvió de colchón y seguí imaginando a quien a mi lado no estaba. Las llamas aún embargaban mi corazón, mi alma, mis sueños, mi cuerpo. Pero lo supe esa noche. No estabas más para mí. Alguien te había robado.

La mujer en llamas ardía de desesperación, frustración, rabia, odio incluso.

Esa mujer habría los ojos al mundo y ya no sentía el valor de la lucha, el calor del deseo no estaba más en su camino, la furia de su entrega se diluía, y desvanecía lentamente. Todo por un hombre que no era quien imaginaba.

Aquella mujer en llamas, seguía enamorada del pasado, de la imagen que tenía en su mente, de lo vívido que fue esa experiencia pasada. Esa mujer despertaba a la vida y notaba que nada era como había imaginado, esa bella y candente mujer vivía en su sueño.

En un profundo sueño sin fin.

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