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COLABORADORES / DANIEL OMAR BEGHA

 ReVista OjOs.com     SEPTIEMBRE  DE 2015

EROS, VOLUNTAD, PROPÓSITO Y REFLEXIÓN (3)

 

“De ahí que, como lo afirmara Aristóteles, entre los seres humanos, sean las representaciones de lo que cada uno considera bueno para sí mismo, el medio que hace posible el vínculo entre lo individuos en una formación social y que ésta sería la razón por la que la justicia juega un papel en las formaciones sociales”.

 

3.- Lo bueno mejor y el juicio moral de nuestros actos.

 

“No estoy en mi cuerpo estoy en lo que miro y en lo que miro estoy viéndome viéndome” Merlina Acevedo.

 

De seguro que estaremos contestes con el enunciado que dice que son “aquellas acciones expresivas del cuerpo, signadas por alguna connotación de carácter erótico, son las que están más propensas al juicio social, a la reprimenda y la repulsa moral”. Ello porque en la mayoría de las culturas occidentales –y en especial las de fundamento judeo- cristiano-, al comparar el juicio que se aplica a acciones humanas que, por su impacto o daño a los otros, deberían considerarse más deleznables; de seguro encontraremos que los juicios morales sobre las expresiones eróticas del cuerpo, son los de mayor arraigo social y de considerable contundencia punitiva.

 

Dicho lo anterior, cabe preguntarse: ¿Qué cambiaría si dejáramos de hacer juicios morales?, ¿Acaso se trasformarían socialmente nuestras relaciones intersujetivas y ya no podríamos discutir en términos morales? A estas interrogantes podemos responder en forma afirmativa, basándonos en conceptos venidos de teoríasbarruntadas por la antropología filosófica. Esto porque, hemos dicho que todas las acciones humanas son acciones “yoicas”, que todo acto humanos involucran razones y, que la pertinencia de los motivos y las razones distingue el carácter moral de estos actos y, como todas las acciones “yoicas” son deliberativas y su logro depende primordialmente de “mí”, implican un juicio a los efectos que tienen en las necesidades e intereses de quienes dicen “yo”. Justamente, cuando alguien dice “yo” está apuntando volitivamente a lo bueno, lo cual implica tanto una cierta motivación por su parte con lo que se alude al deseo, a lo faltante que es el aspecto subjetivo de la voluntad ya que es imposible hablar de lo bueno sin que exista algún deseo. Pero también “lo bueno” incluye un aspecto objetivo, que se refiere a lo deliberativo, consiste en reflexionar respecto de aquello que nos proponemos, sus actos. Lo objetivo no se opone a lo subjetivo, sino que aparece como modificación de lo subjetivo. Esto último tiene importancia en relación al “bien moral”, ya que la moralidad existe, en parte, como restricción a los deseos.

 

Efectivamente, cuando yo busco voluntariamente ser mejor elijo querer-ser-así y con ello elijo ser miembro de un cosmos moral. Cuando busco lo “bueno” o lo “bueno/mejor”, busco mejorar, busco ser bueno/mejor en relación a los otros (ser cooperativo), lograr la excelencia (arete). No obstante, no es malo considerar que en toda acción humana vamos a encontrar emociones pulsionales de Eros y de destrucción -como aquellas que nos pueden llevar, en la búsqueda de ser mejor, a nuestro sacrificio por los otros-. Este es el descubrimiento freudiano: que la pulsión de muerte da sentido a la pulsión de vida-.En efecto, este ser mejor no sólo implica la preocupación por mi mismo sino también mi preocupación por los demás, en cuanto al ser mejor logro superar el egocentrismo y desarrollo el altruismo en mí. De ahí que, como lo afirmara Aristóteles, entre los seres humanos sean las representaciones de lo que cada uno considera bueno para sí mismo, el medio que hace posible, en una comunidad, el vínculo entre los individuos y, en las constituciones sociales, la razón del rol que tiene la justicia.

 

Hemos dicho que, sólo quien dice “yo” puede tener un propósito, dirigirse a algo bueno, a un fin; que sólo quien dice yo puede ser capaz de poner en cuestión todo lo que se propone reflexionando sobre si es bueno. A diferencia de las intenciones, un propósito, está más fuertemente marcado por la voluntad deliberativa, un propósito “depende de mí”, lo cual implica tener conciencia, saber que “yo puedo”11 . Esta conciencia, junto con la prudencia, se constituye en un modo de conocimiento moral como contenido. La conciencia tiene por objeto el conocimiento de los principios universales del obrar; la prudencia tiene como objeto la aplicación de dichos principios universales al obrar, a situaciones concretas.

 

Efectivamente, al decir que algo depende de mí  y que yo puedo, junto con reflexionar despliego mi voluntad con la fuerza necesaria para salvar los obstáculos que se oponen a mi propósito, sean estos mi propia pasividad, estados internos o factores condicionantes ajenos a mi voluntad. Al decir “depende de mí” no sólo me determino a querer con más fuerza el logro de un fin, sino que promuevo en mí una lucha entre el lado pasivo y el lado activo, generando así un margen para hacer esto y aquello, lo cual va hacer posible el querer con más o menos fuerza lo que se hace. De manera tal que, cuando digo “puedo” no sólo me refiero a la acción, sino que también a la voluntad y es, respecto a esta última, que digo “depende de mí”. Al decir “depende de mí” lo interpelado es mi voluntad y, con ello, resulta expuesta la libertad de mi voluntad. En otras palabras, tan sólo frente a la posibilidad de decir “yo”, se puede experimentar la gradación que admite la voluntad y que hace a la determinación con que el agente se dirige a su fin, a la fuerza para perseverar en su propósito.

 

Pero, ¿qué pasa si a pesar de mi determinación, fallara un propósito que depende de mí?, pues, aparece la vergüenza. Si la falla es moral aparecerá la vergüenza moral. La vergüenza hace presente la importancia que tienen para mí los otros12. La vergüenza producto de mis fallas conduce a la burla, la vergüenza moral a la sanción de la comunidad. En relación a esto último, tanto en la moral como en el derecho penal, sólo es imputable una persona si es capaz de actuar de acorde a lo que estima que es bueno o malo para si misma, por lo tanto la imputabilidad tendrá lugar respecto a las acciones en las que ha sido capaz de reflexionar prudencialmente. El fundamento de la imputabilidad consiste en suponer la posibilidad de elección de una cosa en vez de otra. En cambio al realizar otras actividades “yo” lo que uno exige de sí mismo no es algo que está en oposición a otra cosa, sino el modo de relacionarse con una meta: entonces, no consiste en elegir este bien o evitarlo, sino en dirigirse con más energía, libremente, a lo bueno que se persigue.

 

La moral, y por lo tanto los actos morales, lo fundamentan el “yo quiero”, pero este no es un yo quiero decisionista, sino uno que se apoya en motivos. Sin embargo, cabe aquí acotar, que se deben tomar en cuenta las determinaciones de la causalidad. La consecución de un propósito no sólo depende de mí, sino que también se deben tomar en cuenta las determinaciones de la causalidad, pues aunque me esfuerce y me concentre puedo encontrarme con un límite pero si bien, el grado de esfuerzo y la concentración están causalmente determinado, sólo el agente (el que dice yo) puede averiguar dónde se encuentra ese límite, el cual no es fijo y va a oscilar dependiendo del esfuerzo desplegado. En consecuencia el “más o menos” atañe a la voluntad misma. Si no existiera la posibilidad de decirse “tengo que poder” y “depende de mí”, el “más o menos” desaparecía completamente.

 

En resumen, las acciones humanas, las acciones yoícas, son guiadas por un propósito y este propósito apunta a algo bueno a una meta. La distinción entre intentar y lograr es aplicable a todas las acciones yoícas. Aunque, en todas ellas se da el contraste entre la actividad y la pasividad, la necesidad de autocontrol, ciertamente más visible en algunos casos que en otros. Debido a ello, la voluntad implícita en el propósito puede ser más o menos fuerte. El imperativo correspondiente -”haz un esfuerzo”- se dirige siempre a “mi”, vale decir a alguien que diciendo “yo” puede tensar la propia voluntad de tal modo que la expresión “depende (también) de mi” equivalga a “el logro de la meta depende (también) de la fuerza con que la quiero del grado en que someta a control lo pasivo en mi”.

 

Sólo los que dicen yo pueden reflexionar en vez de insistir en cualquier propósito. Propósito y reflexión parten de la misma estructura, la reflexión, por una parte, es una actividad “yo” dirigida a una meta y por lo tanto, respecto a ella, valen todos los rasgos de las acciones yoícas. Por otra parte, a la reflexión en cierta forma le corresponde un lugar de excepción ya que lo bueno que le incumbe, vale decir la meta que persigue es problematizar lo bueno de una meta preguntando por las razones favorables o desfavorables para calificarlas como buenas. Por lo tanto su meta es relacionarse de este modo con otras metas (considerando que son buenas y mejores).

 

Pero esta problematización obliga a quien dice yo a considerar que no solo basta la voluntad como sujeto para alcanzar un propósito; debe además considerar esa situación que lo ubica en la individualidad de su contingencia; debe considerar su individualidad transitoria como sujeto. El sujeto que dice yo adquiere conciencia de ello compelido por el deseo angustiado de la duración de este trascurso, y tiene la obsesión de una continuidad primera que lo liga, en su condición yoica, generalmente al ser. Es aquí donde surge el erotismo como una dialéctica entre lo continuo, es decir el ser, y lo discontinuo que representa el sujeto, el cual busca permanentemente esa continuidad perdida que no puede ser otra que su deseo de muerte. Válida es esa frase de Bataille, que dice: “El erotismo es la aprobación de la vida hasta en la muerte…”. El erotismo está vinculado a la sangre y a lo que ella simboliza: la muerte. Así las cosas, sigo con Battaille “... Lo que está en juego en el erotismo es siempre una disolución de las formas constitutivas. Lo repito: de esas formas de vida social, regular, que fundan el orden discontinuo de las individualidades definidas como somos... Pero, en el erotismo menos aún que en la reproducción, la vida discontinua no está condenada, a despecho de Sade, a desaparecer: está solamente puesta en cuestión, debe ser transformada, desordenada al máximo. Hay búsqueda de la continuidad, pero en principio solamente si la continuidad, que es lo único que podría establecer definitivamente la muerte de los seres discontinuos, no vence.... Se trata de introducir dentro de un mundo fundado sobre la discontinuidad, toda la continuidad de la que este mundo es susceptible. La aberración de Sade excede esta posibilidad...”.

 

En la dialéctica entre el Eros o las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte, la forma en que se expresa esta búsqueda nos habla de un aparato psíquico en el cual el deseo inconsciente determina el pasaje de lo orgánico al cuerpo como lugar del inconsciente, de lo cuantitativo a lo cualitativo, de lo asimbólico a lo simbólico, de la necesidad al deseo, de lo instintivo a lo pulsional. Es acá donde va a encontrarse el deseo de la voluntad de vivir así como el deseo de muerte, según la fusión o defusión entre ambos. Vale decir clara y consciente voluntad de acción, individualmente reflexionada que se enuncia cuando se dice “yo” al manifestar una decisión. Por ello, dice G. Bataille: “El hombre, a quien la conciencia de la muerte opone al animal, también se aleja de éste en la medida en que el erotismo sustituye el instinto ciego de los órganos por el juego voluntario, por el cálculo del placer...”. Ahí la diferencia ante todo aquello que es solo estimúlico en comparación con lo que expresa la racionalidad de un propósito o voluntad que atiende al poder y el control de las acciones que garanticen perdurar.

 

Ahora bien, cumplido el objetivo de la digresión derivada de las consecuencias de la noción y apercibimiento de la condición de finitud del sujeto que dice “yo”, retomo la línea argumentativa en los términos anteriores: Como todos los actos humanos implican razones, en el ámbito de la imputabilidad (responsabilidad), la reflexión adquiere especial importancia para la libertad humana. Son los motivos los que producen la elección, y los motivos son consecuencia de la reflexión. En efecto, sólo se le puede imputar a una persona lo que hizo si cuando lo hizo era capaz de reflexionar; vale decir, si realizó conscientemente un acto13. Sin embargo, siempre es posible equivocarse en una elección, ya que los juicios humanos están sujetos al error y, en consecuencia, podemos tomar el bien aparente por el verdadero. Si algún bien menor hace imposible la consecución del absolutamente necesario, entonces este bien menor no es para nosotros el verdadero bien. Siendo este el caso, importará saber si hubo razones que determinaron su acción o si pudo haberlas. Es importante poder determinar si es que actuó bajo coacción, no libremente, o por desconocimiento, etc.

 

Pero, frente al error ¿Existe la posibilidad de elegir de otra forma y evitar la sanción moral? Ciertamente que sí y ésta se encuentra en la reflexión. La posibilidad de elegir de otra forma y la elección de que se trate se hace en una reflexión; pero esta posibilidad no se daría sin las expresiones “depende de mi” y “habría podido actuar de otro modo (mejor)”; expresión, esta última, que es considerada como la formula estándar para definir la imputabilidad y, por lo tanto, la posibilidad de juicio moral. En consecuencia, “habría podido actuar de otro modo” es aplicable a todas las otras actividades “yo”, porque la posibilidad de reprocharse cabe en cualquier actividad “yo” y no tan sólo en la reflexión. Es por ello que, al hacer un juicio y emitir un juicio, podemos decir “actuaste sin reflexionar”, “no te controlaste lo suficiente”, etc. Las expresiones “depende de mi” y “habría podido actuar de otro modo” amplían los criterios utilizados para identificar los fenómenos de la libertad y la voluntad. Porque el punto clave no se encuentra donde corrientemente se lo ve; aquello que distingue la libertad de la voluntad no es el fenómeno de la elección ni el de la elección reflexiva, sino el hecho de que los que dicen “yo” puedan dirigirse, conscientemente, a algo bueno con más o menos energía.

 

CONCLUSIÓN.

 

En la reflexión preliminar tratamos de dar cuenta del como se relacionan y actúan una serie de conceptos que necesariamente participan en el proceso de intelección y aprehensión de realidad del ser humano. Conceptos que son esenciales, al analizar una forma de comportamiento social de los seres humanos como lo es el Erotismo14 . Tanto más, cuando el dominio que tienen sobre sus actos los seres humanos -seres que dicen “yo”- deviene de la concomitancia entre propósito y reflexión.

 

Ello lleva a colegir que se entiende el yo como una organización psíquica que permite soportar la emergencia de lo pulsional. Es así como este Yo-soporte se constituye en garantía del proceso de estructuración-desestructuración del interjuego pulsional entre las pulsiones de vida y de muerte. En el caso de una estasis pulsional, el yo desaparece en su función soporte al quedar atravesado por los efectos de la muerte como pulsión. Sera la posibilidad de elección de una de estas pulsiones la que ocupe el lugar de la necesidad.

 

De ahí que podamos afirmar que todo acto humano es producto de la reflexión, de la intelección sentiente, que domina el actuar humano; vale decir, de la connivencia entre “necesidad” y “posibilidad”; y que las consecuencias y efectos de estos actos, sean o no correctas, dependerán de los motivos que los inspiran, de los fines que guíen al sujeto en su actuar. En efecto, tal vez el problema sea esta condición última -el fin último que guía nuestro hacer- donde –por desconocimiento o ignorancia- equivocamos nuestros actuar.

 

Ahora bien, de este poder reflexionar y plantearse propósitos, que es lo que diferencia a los a los seres que dicen “yo” del resto de los animales, como lo dijimos anteriormente, surge de la posibilidad de tener conciencia del tiempo y del uso de una estructura de lenguaje proposicional. Lo cual, concomitantemente, implica “Propósito” y “Reflexión” como noción de bueno, bueno/mejor. Conceptos que son posibles sólo, gracias al uso del lenguaje proposicional, los cuáles vienen a constituirse en elementos conformantes de una estructura moral.

 

De ahí que todo acto humano es resultado del despliegue de su propia voluntad; que toda actividad “yo”, implica motivos y razones. Vale decir, que todo acto humano da cuenta de una forma de intelegir, de una determinada forma de aprehensión de realidades dirigida a fines que, como “posibilidades” a elegir, se les presentan al ser humano. Son precisamente estas “posibilidades” las nos remiten a la Moral como contenido; ya que al considerar moralmente la realidad, el ser humano se encuentra en ésta, según sea el caso, con posibilidades apropiandas (deberes), posibilidades apropiables (bienes) y posibilidades neutrales o indiferentes.

 

También hemos distinguido el carácter de animal situado del ser humano y de que, en cuanto tal, es “constitutivamente” moral, ya que su talante está estructurado sobre la inteligencia sentiente y la voluntad preferente.

 

En efecto, es precisamente el carácter situacionado del hombre es lo que determina la Moral como estructura, lo cual quiere decir que el hombre es constitutivamente moral porque su “estar en situación” no es un estar entre estímulos, sino entre realidades y posibilidades y, por consiguiente, también su “cambio de situación” no es un cambio instintualmente prefijado, sino proyectivamente preferido. La moral, y por lo tanto los actos morales, lo fundamentan el “yo quiero”, pero este no es un yo quiero decisionista, sino uno que se apoya en motivos. En posibilidades voluntariamente elegidas y enjuiciada por la razón. En otras palabras, es la pertinencia de los motivos y las razones lo que distingue el carácter moral de los actos y, como todas las acciones “yoicas” son deliberativas y su logro depende primordialmente de “mí”, estas implican un juicio a las consecuencias que traen sobre las necesidades e intereses de quienes dicen “yo”.

 

Pero el sujeto que dice yo, se enfrenta a otro problema al expresar su voluntad, a su consciente finitud; lo cual lo lleva a no obviar esta determinación de conciencia compelido por el deseo angustiado de la duración, por la obsesión de una continuidad primera que lo liga, en su condición yoica, al ser. Situación que controla el erotismo en tanto dialéctica entre lo continuo, es decir el ser, y lo discontinuo que representa el sujeto. Dialéctica entre las pulsiones de vida y de muerte, en la cual la pérdida del sujeto corrompe el miedo a la muerte; y donde el erotismo, funge como acción de aprobación de la vida hasta en la muerte.

 

Dicho lo anterior, finalmente cabe concluir esta meditación antropológica, señalando que: los seres humanos no actúan de tal o cual manera porque una sensación los lleva a ello, sino llevados por un telos, por un propósito que consideran bueno y correcto. Propósito que fundamentan en base a argumentos, lo cual, en relación a sus actos, implica lo que podríamos definir como una “Moral de argumentos”. En esta, “Propósito” y “Reflexión” constituyen nociones fundamentales de la estructura que determina las acciones yoicas de todo sujeto con capacidad de decir “yo”. Cabe entre estas acciones, aquellas que están determinadas por el erotismo como manifestación de sentido. Las cuales, en tanto acto humano, también apuntan a un telos, a un fin que implica razones y voluntad; donde el propósito y la reflexión son determinantes de esos actos; los que, por igual razón, permiten diferenciar el actuar humano, del actuar de los demás seres irracionales y sin conciencia de finitud que solo actuarían por estimulo; vale decir, los demás animales.

 

11 Ambas expresiones, “depende de mí” y “yo puedo”, son aplicables a todas las acciones ligadas a un fin o propósito, vale decir, a todas aquellas que admiten la diferencia entre intentar y lograr.

12 En relación a la vergüenza se puede discutir si la importancia que le damos a los otros deriva de su condición de personas (ser que dice “yo” al igual que yo) o, por la vergüenza y sanción que deriva del juicio nuestro actuar negativo.

13 Cabe aquí preguntarnos si es que algunos de nuestros actos, producto de la estímulidad externa, de las pasiones, nos deja tiempo para la reflexión de futuras “causas y consecuencias”; tanto más, cuando frente al estimulo animal perdemos toda capacidad de reflexión.

14 Lo que, ciertamente, deriva en la constitución de una estructura moral de comportamiento social.

Daniel Omar Begha

(Chile). Estudió en la Universidad ARCIS, de Arte y Ciencias Sociales, humanidades y educación. Presidente de la Corporación Cultural Increpa que realiza los Festivales de Arte Erótico en Santiago de Chile con la complicidad del psiquiatra y poeta Jaime Arenas y el teatrero y grabador Guillermo Pallacán. Personaje insólito, artista multidimensional y multidisciplinario, tiene más doctorados que los que ha podido comprar cualquier popolítico. Trabajó en la Televisión Nacional de Chile. “Hay vinos que se dejan beber y dejan buen sabor de boca. Hay mujeres que se dejan mirar, ellas te provocan insomnio perenne”.

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