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COLABORADORES / DANIEL OMAR BEGHA

 ReVista OjOs.com      JULIO  DE 2015

Daniel Omar Begha

(Chile). Estudió en la Universidad ARCIS, de Arte y Ciencias Sociales, humanidades y educación. Presidente de la Corporación Cultural Increpa que realiza los Festivales de Arte Erótico en Santiago de Chile con la complicidad del psiquiatra y poeta Jaime Arenas y el teatrero y grabador Guillermo Pallacán. Personaje insólito, artista multidimensional y multidisciplinario, tiene más doctorados que los que ha podido comprar cualquier popolítico. Trabajó en la Televisión Nacional de Chile. “Hay vinos que se dejan beber y dejan buen sabor de boca. Hay mujeres que se dejan mirar, ellas te provocan insomnio perenne”.

EROS, VOLUNTAD, PROPÓSITO Y REFLEXIÓN

 

Por lo general, la mayoría de los actos humanos como resultado de actos de voluntad que apuntan a un τέλος, vienen como consecuencia de deseos, necesidades y pasiones. Extrañamente en nuestras sociedades las acciones deseos y pasiones que apuntan al goce como telos, están normadas o restringidas; contrariamente a esta realidad, aquellas que conducen al dolor y al displacer, se prodigan en forma generosa y libremente.

La presente reflexión indagará, entre otras manifestaciones humanas de sentido, en el mundo del eros, los deseos; el error, la culpa y el arrepentimiento. Todo ello tiene que ver con la voluntad, la propia o la de quienes nos inducen a un error como consecuencia de no reflexionar antes de nuestro actuar. Tal vez aquí sea pertinente, a manera de descargo, citar ese enunciado de Nietzsche que dice. “A los activos les falta habitualmente una actividad superior, me refiero a la individual. Los activos ruedan como rueda la piedra, es decir conforme a la estupidez mecánica”, lo que viene a validar, para evitar ese riesgo existencial, aquel adagio que propone que “el que nada hace nada teme”.

Toda evidencia empírica apunta a que al parecer es así. De ahí que al deseo humano se le haya venido estructurando en base a prohibiciones, o sea a un sentido de anulación o constricción. Chesterton incluso apunta a unas ciertas estructuras condicionales del goce que derivan del deber de aceptar que la voluntad de las personas esté limitada por reglas o principios que se le imponen de manera de morigerar, restringir y conculcar los espontáneos deseos y voluntades humanas, y la trasgresión a estas “reglas” implica error, culpa y arrepentimiento. Valida esta presunción el que exista una dialéctica dicotómica entre voluntad y acción, entre deseo y goce, y de ello la culpa como consecuencia y, por cierto, la sumisión que trae consigo la culpa y, la carencia de libertad como resulta de la sumisión.

1.- El “Yo” en nosotros y nuestros actos

 

   “Desnudo mis pensamientos para dejarlos libres y esclavos a tu ser vicio Imagino la desnudes de tu

   cuerpo que las palabras no dichas ocultan. Por ello quisiera leer y releer en tu piel los vocablos del goce,

   hasta agotar el lenguaje de nuestros cuerpos como páginas de libros leídos”

 

Ciertamente que reviste una gran dificultad entender las acciones humanas; saber cuáles son las causas, las razones que mueven a los seres humanos a actuar de tal o cual manera y conocido esto, intentar de comprender los motivos que llevan a aceptar sus consecuencias, vale decir, cuales son los propósitos que les han movido a tal o cual actuar.

Para comenzar este discurrir, hago presente una distinción escolástica que dice que: solamente cabe llamar actos humanos a aquellos que realiza el hombre y que le son propios al hombre en cuanto tal; por cuanto es precisamente por ello, que pueden llegar a ser dueños de sí, y por lo que se diferencian de los demás seres irracionales. En consecuencia sólo pueden considerar actos humanos a aquellos que impliquen un dominio del hombre sobre ellos.

Ahora bien, este supuesto dominio del hombre sobre sus actos deviene de la concomitancia entre propósito y reflexión. Ambos -propósito y reflexión- sólo son posibles en los seres que dicen “yo”, gracias al uso del lenguaje proposicional. Ya que, en todo acto humano, en toda relación íntersubjetiva entre un “yo” y un “tu”, en todo proceso comunicativo humano, está presente una estructura de lenguaje proposicional. En otras palabras, el hombre puede ser soberano de sus actos gracias a la conjunción de razón y voluntad. Cualquier otro acto que no implique la posibilidad de adquirir un mando racional y volitivo no es un acto específicamente humano. Si así fuera el caso, se estaría hablando de actos que corresponden con nuestra naturaleza animal -sólo estímulo-, con sus diversas manifestaciones orgánicas y fisiológicas. O sea, podemos decir, que son sólo actos propiamente humanos aquellos que se realizan sabiendo o teniendo conciencia de ellos y queriendo por nuestra propia voluntad de hacerlos. Cabe entonces preguntarse ¿Cuántos de nuestros actos, expresión pura de nuestras voluntades, son realizados sabiendo o teniendo conciencia de ellos? y,  ¿Aquellas pulsiones de sentido devenidas de las manifestaciones del eros, caben en la condición de voluntarias, de conciencia?

Es precisamente ahí donde toma importancia la capacidad de los seres humanos de decir “yo”, por cuanto, desde el momento que puedo decir “yo”, puedo referirme a cosas que están fuera de mí, puedo tener opinión, tomar posición y elegir. Vale decir, me distingo de las demás personas y cosas que me rodean y adquiero la conciencia que hay un mundo para mí. Si eso es así, quien dice “yo”, también se da cuenta que hay otros que dicen “yo” con lo cual es posible distanciarse de sí mismo y desprenderse del egocentrismo propio de los animales y saber que, tal vez, el mundo no es como lo percibe; logrando así, en cierta medida, relativizar su propia importancia para ubicarse en la egocentricidad .

Bien sabemos que el dominio racional y volitivo de nuestros actos que la inteligencia racional nos permite a los seres humanos, sólo es posible gracias a que, producto del desarrollo evolutivo, el cerebro humano se encuentre biológicamente “hiperformalizado”. Dicho en otras palabras, ya no capta las cosas sólo como estímulos, como lo hacen los animales, sino como realidades. En efecto, la relación de los animales con la realidad es sólo sensible -estimúlica dirá Zubiri-, y la de los humanos es sensible e intelectiva. Y como las cosas son para la inteligencia humana “realidades” y no puros estímulos, por ello mismo, son posibilidades y no puras necesidades para la voluntad  . Lo cual quiere decir que el hombre no está determinado instintivamente a apetecer tales u icuales cosas, sino que puede elegir, preferir en relación a propósitos .

Dicho en otras palabras, todas las acciones humanas, todos los actos humanos - acciones “yoicas”- se encuentran guiadas por un propósito, propósito que apunta a un cambio de situación, algo bueno a una meta, a un τέλος,  . Lo dicho trae como consecuencia que el animal humano sea un “animal proyectivo”, vale decir, constitutivamente moral.

Ahora bien, si el fin de las acciones humanas, en cuanto meta - apropianda o deber de nuestra actividad apropiadora, es el ser en cuanto posibilidad apetecible, podemos decir que en ello se nos revelan elementos que pueden constituir una estructura moral teleológica. Lo dicho, tiene su fundamento en que toda elección racionalmente determinada, se hace en relación a valores y, en consecuencia, en el momento de la elección, del actuar volitivo, será una estructura de valores éticos los que constituirán el marco de referencia u horizonte de un comportamiento moral. Ya que, finalmente, lo que determina la “validez” o invalidez” de los actos humanos en cuanto tales, es su grado de realización .Vale decir, será la razón, la capacidad de reflexionar y criticar sus actos, lo que le va a permitir discernir frente a su actuación.

Esta ordenación hacia las virtudes y los valores, en el lenguaje, se expresa con conceptos, como “bueno”, “mejor”, “importante”, “depende de mí”, “podría haberlo hecho mejor”, “responsabilidad” y otros. Lo cual nos lleva a distinguir que, en los seres que dicen “yo”, el lenguaje proposicional tiene una función extracomunicativa, el pensar, el reflexionar. Gracias a la estructura semántica de las oraciones asertóricas es posible la racionalidad, la capacidad de reflexionar. Esta capacidad de reflexionar, de preguntarse por razones a favor o en contra, suponen una conciencia de tener opciones. O sea, decir “yo” y lenguaje proposicional hacen posible la expresión de la voluntad y, con ello, la expresión de la libertad humana que se basa en dicha conciencia de tener opciones. De ahí que sea un rasgo esencial del ser humano ser racional y ser libre. Lo cual no priva que en los actos de su voluntad se exprese en el hombre la apetición sentiente, la condición animal de los seres humanos. De ahí que, para los seres que dicen “yo”, en la expresión de su voluntad, las palabras bueno e importante,  tengan una significación tan esencial como la misma palabra “yo”.

Desde el momento que los seres humanos pueden usar oraciones prácticas, cuentan con un tipo de motivación (volición deliberativa) que los distingue de los animales no racionales, cuya acción solamente está determinada por la voluntad sensible. Lo que diferencia la voluntad humana de la voluntad sensible de los animales, en tanto se relacionan con el futuro, es la conciencia del tiempo que tienen los seres humanos. Esta preocupación por si mismo les lleva a que al expresar su voluntad, esta no queda adherida a la situación, sino que se pueda ligar conscientemente a fines, lo cual es tan sólo posible cuando la voluntad tiene por objeto algo considerado como bueno, o sea, importante  . Lo dicho nos lleva a que no se pueda explicar la voluntad humana sin las palabras “bueno” e “importante”. En consecuencia, los seres humanos no actúan de tal o cual manera porque una sensación los lleva a ello, sino porque se lo proponen por un propósito. Propósito que fundamentan en base a argumentos los seres que dicen “yo, lo cual, en relación a sus actos, implican una “Moral de argumentos”.

Ahora bien, el distinguir el ser racional y ser libre como esencial del ser humano, basarse sólo en lo estrictamente intelectual y volitivo, conduce a limitar y fragmentar la naturaleza humana. En efecto, no sólo la razón y la voluntad caracterizan el acto específicamente humano; también hay aspectos espirituales, afectivos, físicos, estéticos y sociales que comprometen sus actos. De ahí que sea necesario considerar otras dimensiones del ser humano que, con la práctica de determinadas virtudes y valores, lo perfeccionan de manera integral.

(Continuará)

 

1 Ciertamente que distingo aquí una diferencia entre egocentrismo y egocentricidad.

2 No olvidemos que el ser humano por esencia es un aprehensor de posibilidades.

3 El término preferir, preferencia, implica que el hombre no esta completamente “indeterminado”, que su libertad no es absoluta, sino que está condicionada por unas “ferencias” (tendencias, impulsos) previas; y si en animal dichas ferencias aparecen conclusas y fijas, en el hombre están inconclusas, abiertas, relativamente indeterminadas. Gracias justamente a este margen elástico, extensible, de indeterminación, el hombre puede ser moral, y podemos hablar de ética.

4 Cabe aquí acotar que las pulsiones sexuales y/o eróticas para Freud y Lacan son pulsiones “yoicas” y es tanto tal devienen de una voluntad o propósito humano.

5 Aquí debemos entender “Valor”, como una relación de los objetos con el sujeto que selecciona según preferencias (ferencias) o según normas. Si el sujeto selecciona según normas establecidas por el grupo en que vive, resultan valores colectivos; si seleccionan según valores aceptadas por la humanidad, resultan valores universales.

6 Términos determinantes al valorar lo erótico, en su sentido eudaimonista aristotélico -refrendado por E. Fromm-, como manifestación humana de sentido.

7 Pero bien sabemos que es difícil para el ser humano explicar las razones del porque en un momento uno de sus actos se trasforma en importante. Cuando la verdad muchas veces sólo es una reacción estimúlica

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