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CONFESIONES

 ReVista OjOs.com    NOVI EMBRE DE 2017

 

Fernando Guinard por Darío Ortiz

Fernando Guinard

Fernando Guinard por Fernando Maldonado

Las siete vidas de San Bleno Blenol



En mi época de convalecencia y mientras sanaba mis escoriaciones causadas por un accidente que tuve en mi bicicleta obsoleta, tuve la oportunidad de leer, mejor dicho releer, -porque a uno todo se le olvida, incluso las cosas importantes que ha realizado-, algunos libros que despertaron de nuevo la libido palpitante. El libro Aus den Memoiren einer Sängerin, Memorias de una cantante alemana, de Wilhelmine Schoroeder Devrient, de la colección La sonrisa vertical de Tusquet Editores, 12ª edición: enero de 1984.

 

Esta lectura me permitió recordar que las cantantes tienen el espíritu del amor muy alejado del erotismo pero no del goce que produce la sexualidad y los éxtasis vividos en orgías y perversiones históricas con imaginación desbordada.

 

Las escenas y conversaciones de los protagonistas son tan crudas como la realidad. Me hacen recordar las aventuras del origen de mis proyectos preñados de arte, libertad y desorden, que  se integran para el goce estético sin ningún tipo de censura a pesar de las censuras que recibo por parte de la burocracia mojigata cuyas mentes obtusas desconocen que el arte es sensibilidad, creatividad, imaginación y delirio.

 

El libro de la famosa y sincera cantante alemana no es una confesión ligera  como la de los popólíticos corruptos que cuando son desenmascarados por organismos internacionales chillan sin haber sido penetrados por el culo.

 

Son confesiones ingenuas, sinceras, descaradas, pervertidas y criminales, compartidas con familiares, colegas, cortesanos y príncipes donde abunda el libertinaje tan repugnante para los censuradores de todas las geografías y épocas.

 

Wilhelmine fue una cantante tan famosa como las grandes divas contemporáneas, pero no tan discreta como aquellas que no  han confesado a sus biógrafos las aventuras obscenas con admiradores, representantes, gestores culturales, futbolistas, modelos, príncipes, reyes, y popólíticos bandidos que habitan las cloacas de la corrupción.

 

Narra el despertar de su sexualidad y los excesos inevitables. Sinceridad absoluta, moralidad a toda prueba  donde la ignorancia se despierta con fervor en una mujer precavida que es más difícil seducir que a una virgen ingenua.

 

Para los curiosos, que no conocen los contenidos de estas confesiones, transcribo el Prólogo del destinatario.

 

“Vivía un periodo doloroso de mi vida y ella tampoco era feliz. No le hice la corte y como ella era consciente de ser todavía hermosa y admirada, mi actitud despertó su confianza.

 

“Habiéndome excitado muchísimo con la lectura de sus cartas, pensé que no podría morir sin haberla poseído y debo confesar que, si bien ella estaba por entonces ya muy lejos de ser una jovencita cuando me concedió la satisfacción de mis deseos, (. . .)  me permitió la completa satisfacción de sus encantos y tuve el placer de darle por el culo lo cual hice con entusiasmo. Su trasero resplandecía mucho más que la luna y casi tanto como el sol y cuando me retiré de esos oscuros parajes, comprobé que aquella mujer admirable no era sin entrañas, ya que sus materias fecales engrasaban mi respetable miembro de tal forma que no pude decidirme a lavarlo en seguida. Antes, lo limpié cuidadosamente con mi pañuelo, que he conservado desde entonces.”

 

Aprendí de Wilhelmine que las muchachas adoran a su pastor con un amor exaltado. Y por eso  guío ovejas descarriadas y curiosas que desean vivir las delicias del goce estético. Y también aprendí que los toisones rizados son perfumados como rosas llenas de rocío. Y que hay que abolir la moral oficial para vivir la moral natural entre los dos sexos cuyo resorte más importante es el placer, y que ese fuego complace sin atormentar, y más si está acompañado de la ternura y escalofríos de júbilo con toques de rabia e irracionalismo para cubrir a las ovejas con frenesí.

 

Y cito algunas frases de sus confesiones para captar su esencia:

 

“He observado a menudo, después, que el instructor y, muy especialmente el religioso es el primer hombre que deja una impresión duradera en el espíritu de las jovencitas. Si su sermón se sigue y es un hombre destacado todas sus jóvenes alumnas se prendan de él”.

 

“Me he comprometido a ser sincera con vos, pero creo que casi todas las mujeres son muy raras veces sinceras, porque la astucia y el fingimiento forman parte de nuestra naturaleza”. . .

 

“Ni la más violenta embriaguez de los sentidos ha podido nunca hacerme abdicar de mi espíritu crítico. . .

 

“El marido es defectuoso en la mayoría de los casos; se apresura demasiado para acabar al poco de haber entrado; no sabe excitar la sensualidad de la mujer, o bien la abandona a medio camino. . .

 

“Yo lo arriesgaba todo entonces, porque no tenía relación alguna con mi marido. Cuando me reconcilié con él empecé a permitírselo todo al príncipe. Pero actualmente me las arreglo para que mi marido me visite cada vez que el príncipe ha estado conmigo, y eso al menos una vez, cada ocho días; así ya nada tengo que temer. . .

 

“Me es odioso el pensamiento de una mujer compartida por dos hombres, pero considero que hay un encantador acuerdo entre dos mujeres y un hombre razonable y discreto. . .

 

“Hacía mucho que me preguntaba como engañar al príncipe sobre mi virginidad. Porque la primera vez que usé el consolador de Margarita perdí eso tan preciado por los hombres. . .

 

“Obedecí maquinalmente, y el príncipe entró de repente con tal potencia que penetró hasta la mitad. Lancé un grito de dolor y me puse seriamente a llorar. Estaba extendida como un cordero en trance del sacrificio; pero estaba decidida a llegar al final. El príncipe se movía lentamente de aquí a allá, intentaba penetrar aún más profundamente. Yo sentía que la cosa no iba, que un músculo, una pequeña piel le cerraba el camino. Rodolfina me había puesto un pañuelo sobre la boca para ahogar mis gritos. Yo lo mordía; soportaba todo para conseguir al fin lo que tanto había deseado. Un líquido resbalaba a lo largo de mis muslos. Rodolfina grito triunfante: “¡Sangre! ¡Sangre! ¡Os felicito por esta bella virginidad querido príncipe”. Él, que hasta entonces había procedido con toda la dulzura posible, olvidó al oír esas palabras toda consideración y penetró con tal vigor que sentí sus pelos mezclarse con los míos. . . Como fingía estar desvanecida, oí al príncipe hablar con entusiasmo de los signos evidentes de mi virginidad. . .

 

“Ciertas muchachas tiene el sexo tan grande que no hay obstáculo para la primera entrada. Otras, en cambio, lo tiene  tan estrecho que –incluso después de haber gozado -el hombre cree siempre ser el primero-. Además es muy fácil engañar al hombre, sobre todo si cree en las buenas costumbres de la joven. Si se trata de engañarlo, la joven no tiene más que esperar la llegada de la menstruación. Basta con que gima un poco, que se retuerza, y el feliz poseedor jurará haber disfrutado de las primicias, cegado por las gotas de otra sangre. . .

 

“Comenzó por eso con Rodolfina; y realmente ella perdió dos o tres veces el conocimiento sin que su fuerza disminuyese. Luego se aseó y penetró en mí. Al comienzo me hizo aún algo de daño, pero pronto  dominó la voluptuosidad y sentí por primera vez en mi vida una satisfacción completa. . .

 

 “Una de mis colegas, Denise, francesa de nacimiento pero con un dominio perfecto del alemán, era la única cantante con quien podía hablar libremente de todo. Su influencia era tan grande que no temía su indiscreción. Ella había conocido todo, tenía una experiencia inmensa, pero estaba demasiado gastada para sentir el cosquilleo sexual. No era demasiado mayor ni demasiado fea para no encontrar caballeros de amor. Y si se dejaba cortejar por éste o aquel era para esquilmarlos, como se acostumbra en París. . .

 

“-¿Qué podría haber encontrado yo en Frankfurt? -le dije. -¿Los bolsistas? Son los antídotos del amor, carecen de galantería. Es indigno de una mujer darse a un hombre que no llene un poco el corazón. Nada me horroriza tanto como Mesalina, que solo buscaba  la voluptuosidad animal. . .

 

“Cuántas de las primeras damas de Budapest se entregan a excesos peores que los de las prostitutas, sin que nadie lo sospeche. Anna las conoce a todas. . .

 

“¿Qué entendemos propiamente por la palabra porquería? Todos los días nos alimentamos con materias que, al ser analizadas, resultan encontrarse en estado de descomposición; nos gusta convencernos de que purificamos los alimentos por el agua y por el fuego, pero en el fondo comemos porquerías. Ciertos alimentos han de estar completamente podridos para gustarnos. ¿Acaso no necesitan fermentar el vino y la cerveza antes de ser degustados? ¡Y la fermentación es un cierto grado de podredumbre!

 

“Cuando un hombre ama a alguien o a algo no ve nada obsceno, sucio o repugnante en el objeto de su placer. . .

 

“Siempre he despreciado a los hombres que procuran ocultar su edad. . .

 

“Las inglesas son mucho más dignas que las de ningún otro país. Hay mujeres tan degeneradas en París como en otros sitios, prestas a hacer todo por dinero; hay también mujeres de mármol que explotan a los hombres, sin sentimiento alguno de sensibilidad; pero las prostitutas inglesas, por lo general,  son menos insolentes que las francesas, e incluso en Londres son bien diferentes de las francesas y las alemanas. Debo confesar, para mi vergüenza, que las prostitutas alemanas son las más comunes y vulgares de todas. Han de serlo porque son menos bellas que las inglesas y deben atraerse a los hombres a fuerza de insolencia. Se les reconoce de lejos, por su atuendo escandaloso y su andar torpe. . .

 

“Por otra parte, Frankfurt es la ciudad más desagradable que conozco. El tono lo dan la aristocracia del dinero y los judíos. No se entiende allí nada de arte. Las gentes alquilan un palco como si fuesen a un desfile. Solo cuenta de las personas su riqueza. El arte no puede por eso florecer. La pasión más violenta se congela en esa ciudad. El amor y los placeres no son una necesidad natural allí. . .

 

“He perdido toda gana de gozar, pero no porque este agotada sino por asco”. . . Yo estuve casada con el mayor libertino que imaginarse pueda. Sus excesos lo mataron. Era una enfermedad terrible. Muchos males le corroían mientras estaba aún en vida. Murió por tuberculosis de la médula espinal. Padecía además sífilis. Su cuerpo no era sino una inmensa plaga. Y perdió la vista. Aún no tenía treinta años. Yo le adoraba, estaba desesperada de haberlo perdido. . . ¿Sabéis a que debía un fin tan espantoso? A un infame que se decía mi amigo y que puso en sus manos el libro más terrible de cuantos se han escrito: Justina y Julieta, o las desventuras de la virtud y las prosperidades del vicio, del Marqués de Sade. Se dice que el autor se volvió loco a consecuencia de sus excesos y que murió en un hospicio de alienados. El Sr.Duvalin, el amigo de mi marido, pretendía que el marqués de Sade no se había vuelto loco, pero que se había recluido en un claustro, en Noisy-le-Sec, en los alrededores de París, Para celebrar orgías con los jesuitas. . .

 

“Ferry me confesó un día no haber conocido el verdadero amor sino conmigo; y sus principios ya no eran tan sólidos, pues ahora admitía la fidelidad. Se hubiese casado conmigo, de haberlo querido yo, y me lo propuso muchas veces. Me negué, sin embargo. Tenía demasiado miedo de perder el amor al añadirle otros lazos; el matrimonio es la tumba del amor. Temía ver nuestro amor profanado por la ley de la iglesia. . .

 

“Ferry me había pedido a menudo que me entregase a un hombre ante sus ojos; yo no podía consentir. Ferry me citó muchos ejemplos que pertenecen a la historia (Gattamelatta, el héroe veneciano, solo copulaba con su mujer después de que ella se hubiese abandonado a las caricias de otro hombre). Decidimos que Ferry enseñaría el amor a Rosa y que luego yo haría lo mismo con otro joven. . . Ferry era un maestro del amor; conocía todos los medios para renovar el goce. . . Él sorbía la gruta mientras me atacaba por detrás, al modo de los pederastas, porque no hundía su lanza en mi gruta de voluptuosidad sino en su abertura vecina. . .

 

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