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CONFESIONES

 ReVista OjOs.com    JULIO DE 2016

Fernando Guinard por Darío Ortiz

Fernando Guinard

Fernando Guinard por Fernando Maldonado

LECTURAS OBLIGADAS POR CARLOS SLIM

 

Dice Gabriel García Márquez que el periodismo tiene una condición mortal que es la muerte inmediata de la noticia. Por eso en este país, y en casi todos, suceden las cosas más siniestras y absurdas, y después de unos instantes larguísimos no sucede nada.

 

Estoy loco por mantener una revista sin ningún tipo de censura. Y me siento muy contento porque causa reticencia en los espíritus de los pusilánimes y revulsión en las mentes obtusas.

 

Pero no importa. Como los grandes maestros, ya hice escuela.

 

Algunas Venus del MaReA cuando se confiesan no logran transmitir sus gustos y preferencias estéticas. Solo espero sembrar en sus entrañas los espíritus del arte y del erotismo.

 

Los burócratas culturales quieren descuartizar al MaReA y la ReVista OjOs.com. Y se percibe en sus respuestas inexistentes o indecorosas.

 

Por esas cosas del destino, estuve tres días sin internet y telefonía. Y me di cuenta que no existía por la incomunicación, y estaba muerto, una vez más, para percibir la realidad y sus fábricas de mentiras. Y eché de menos los radios de transistores y los viejos equipos de sonido.

 

Menos mal que mi biblioteca, -que recientemente se incrementó por la generosa donación de mi querida tía, Leonor Valderrama-, estaba ahí, esperándome con ansiedad.

 

Ahora que muchos periodistas me buscan para realizar crónicas, fotografías y videos sobre los procesos del MaReA, he podido percibir que la mayoría son bastante superficiales y sin rigor, lo que los aleja de la buena factura, situación que causa desencanto y tristeza por la plata perdida invertida en su educación.

 

Y pensando en esa mediocridad me agarré, como una garrapata, a la cuarta edición de Vivir para contarla,  autobiografía del maestro Gabriel García Márquez, cuarta edición, febrero de 2003, publicada por Editorial Norma S.A.

 

Y en los tres días de ayuno comunicativo regalado por el tal Slim, de Claro, no alcance a chupar la sangre de las quinientas setenta y nueve páginas, y tuve que dedicar más horas para devorar las memorias del gran colombiano. Con catorce años de retraso. Claro que ya tenía alguna percepción sobre ellas porque en mi colección de revistas especiales guardaba, y bien subrayada, la edición de colección de la revista Cambio del 7 de octubre de 2002. Sus autores: Gabriel García Márquez, Roberto Pombo, William Ospina -quien leyó los manuscritos en un hotel de Durango-, Jorge Manzanilla, Milan Kundera, Felipe González, Fidel Castro, Álvaro Mutis, Tomás Eloy Martínez, Ryszard Kapuscinski. Héctor Rincón, Sergio Ramírez, Juan Luis Cebrián, Alfonso López Michelsen, Alma Guillermoprieto, Teodoro Petkoff, Plinio Apuleyo Mendoza, Enrique Santos Calderón, José Salgar, Alberto Fuguet, Juan Gossaín, Mempo Giardinelli, Piedad Bonnet, Jaime Abello Banfi, Conrado Zuluaga; y apuntes de Héctor Mauleón y Julio Aguilar sobre anécdotas con Carlos Fuentes, Bertha Maldonado y María Luisa Elío; y una entrevista de Cambio a su agente Carmen Balcells.

 

Entre las muchas cosas que llamaron mi atención al leer las memorias, subrayé el espíritu feudal que siempre ha persistido entre los gamonales costeños: . . . “En La Mojana, los señores de la tierra se complacían en estrenar a las vírgenes de sus feudos y después de unas cuantas noches de mal uso las dejaban a merced de su suerte”. 1

 

García Márquez narra la historia de sus antepasados y las vivencias y procesos con los compañeros de los colegios donde estudió: el San José, de los jesuitas en Barranquilla, donde compartió aventuras con la tribu de los Arteta; el Liceo Nacional de Zipaquirá, donde terminó el bachillerato con la beca del Ministerio de Educación que no pudo obtener en el Colegio Mayor de San Bartolomé porque estaban reservadas para los recomendados de los popólíticos.

 

En el Liceo Nacional captó el espíritu de mala fama que tenía “por ser un laboratorio de perversión política para  expulsar a los débiles y vacunar a los fuertes contra todo género de dogmatismos”. 2

 

En el aspecto político cuenta como “los liberales tenían una élite de intelectuales jóvenes fascinados por los señuelos del poder. Gaitán, voz de trueno con el acento de los gamines de Bogotá, tal vez exagerado por cálculo político”. 3

 

Escribe que Laureano Gómez se preparó para suceder a López Pumarejo con “el recurso de utilizar las fuerzas oficiales con una violencia en toda la línea. Era otra vez la realidad histórica del siglo XIX, en el que no hubo paz sino treguas efímeras entre ocho guerras civiles generales y catorce locales, tres golpes de cuartel y por último la guerra de los Mil Días, que dejó unos ochenta mil muertos de ambos bandos en una población de cuatro millones escasos. Guerras de mentiras recíprocas”. 4

 

Y habla de sus historias de cama y sus amantes de adolescencia. “Nigromanta era de cama alegre y orgasmos edregosos y atribulados, y un instinto para el amor que no parecía de ser humano sino de río revuelto. . . El marido arrastraba la mala fama de matar liberales sólo por no perder la puntería.

 

. . . Los vecinos se quejaban de que ella perturbaba la paz de los muertos con sus aullidos de perra feliz. Y el marido de su amante cuando se encontraron le dijo: Llevas un olor a puta que no puedes con él”. 5

 

Con las primeras lecturas de Kafka y de Samsa aprendió que “no era necesario demostrar los hechos: bastaba  con que el autor lo hubiera escrito para que fuera verdad, sin más pruebas que el poder de su talento y la autoridad de su voz”. 6

 

Los secretos íntimos sobre la concepción del cuento fueron absorbidos del espíritu del crítico temible Jorge Álvaro Espinosa, que no era del círculo de sus amigos y cómplices, quien le dijo que primero había que concebir el cuento y después preocuparse por el estilo porque se necesitaban en servidumbre recíproca.

 

“Para empezar me di cuenta de que mis dos grandes defectos eran los dos más grandes: la torpeza de la escritura y el desconocimiento del corazón humano. Y eso era más que evidente en mi primer cuento, que fue una confusa meditación abstracta, agravada por el abuso de sentimientos inventados”. 7

 

En febrero de 1947 ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Colombia. “Sin embargo, en la universidad estuve más cerca de Luis Villar Borda y Camilo Torres Restrepo, que hacían con las uñas y por amor al arte el suplemento literario de La Razón, un diario casi secreto que dirigía el poeta y periodista Juan Lozano y Lozano. Me presentaron a Plinio Apuleyo Mendoza, que a sus dieciséis años había publicado una serie de prosas líricas, el género de moda impuesto en el país por Eduardo Carranza desde las páginas literarias de El Tiempo”. 9

 

En la revista Crónica compartió, con Alfonso Fuenmayor, quien era el especialista en cazar gazapos “entre los matorrales de las lenguas”. 10

 

“Poco después del mediodía llegó un hombre joven que parecía un artista de cine. Muy rubio, de piel cuarteada por la intemperie, los ojos de un azul misterioso y una cálida voz de armonio. Mientras hablábamos de la revista de aparición inminente, trazó en la cubierta del escritorio el perfil de un toro bravo con seis trazos magistrales y lo firmó con un mensaje para Fuenmayor. Luego tiró el lápiz en la mesa y se despidió con un portazo. Había anticipado su regreso para participar en el lanzamiento de Crónica. . .

 

. . . Obregón agarró el grillo con las alas, con la punta de los dedos, y ante el asombro de todos se lo metió en la boca y lo masticó vivo con un deleite sensual”. 11

 

El grupo de Barranquilla estuvo conformado por escritores y artistas jóvenes que ejercían un cierto liderazgo en la vida cultural de la mano del maestro catalán Ramon Vinyes, dramaturgo y librero legendario. Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor y Álvaro Cepeda Samudio. . . “estábamos señalados y nos querían poco en ciertos medios por nuestra independencia, nuestras vocaciones irresistibles, una determinación creativa que se abría paso a codazos”. 12

 

“Alfonso Fuenmayor era un excelente escritor y periodista de veintiocho años que mantuvo por largo tiempo en El Heraldo una columna de actualidad –“Aire del día”- con el seudónimo shakespereano de Puck. Informal y con sentido del humor. José Félix Fuenmayor era el papá de Alfonso. Me deslumbró por su sabiduría y la sencillez de su conversación.

 

Germán Vargas Cantillo era columnista del vespertino El Nacional, crítico literario certero y mordaz, con una prosa tan servicial que podía convencer al lector que las cosas sucedían solo porque él las contaba. Fue uno de los mejores locutores de radio y sin duda el más culto en aquellos buenos tiempos de oficios nuevos, y un ejemplo difícil del reportero natural que me habría gustado ser. . . Rubio de ojos azules. Descubría valores literarios ocultos en rincones remotos.

 

Álvaro Cepeda Samudio, cuentista de los buenos cuando bien tenía la voluntad de sentarse a escribirlos; critico magistral de cine, y sin duda el más culto, y promotor de polémicas atrevidas. Bucles negros y alborotados, y unos ojos de loco que no ocultaban su corazón fácil.

 

Teníamos imagen de narcisistas, prepotentes y anárquicos. Germán era visto como un librepensador a regañadientes, Alfonso como un liberal ortodoxo, Álvaro como un anarquista arbitrario y yo como un comunista incrédulo. Nunca perdían el sentido del humor.

 

Ninguno llegaba a los treinta años, yo con veintitrés cumplidos.

 

La única mujer era Meira Delmar, y a veces Cecilia Porras que nos acompañaba en los periplos nocturnos, pues le importaba un rábano que las mujeres fueran mal vistas en sitios prohibidos para damas”. 13

 

Recuerdo a una escultora judía que tenía una abundante exposición de esculturas que plasmaban el tema de la mujer. Después de recorrerla en su totalidad, nos reunimos en la oficina a fumarnos un bareto, y entre charla y charla me preguntó qué cual era la obra que más me había gustado. Y yo, con toda la sinceridad del caso, con la ayuda del despertador de la percepción, señale una obra que estaba en un estante a sus espaldas. Y respondió que esa obra era la única que no era de ella sino de una gran amiga que era su alumna. ¡Horror! Me sentí peor que García Márquez cuando siendo muy joven entrevistó a la distancia a un señor de apellido Berascochea y por la falta de rigor y análisis de los contenidos “percibió que era un ciudadano vasco ejemplar y era un negro retinto de la mejor estirpe africana”. 14

 

“Papá fue un autodidacta absoluto y el lector más voraz que he conocido aunque también el menos sistemático. Desde que renunció a la escuela de medicina se consagró a estudiar a solas la homeopatía, que en aquel tiempo no requería formación académica, y obtuvo su licencia con honores. No le gustaban los ricos inexplicables sino los que habían hecho su dinero a fuerza de talento y honradez”. 15

 

Quiero realizar un homenaje a Sugamuxi, el dios sol. Cuando florece en el oriente me recuerda que debo sembrar miles de girasoles para crear una casa del sol naciente donde los amantes estéticos brinden por la vida del MaReA, a pesar de sus deudas, pesares e incertidumbres, y mientras llega el óxido del poder con sus leyes, impuestos sin humanidad ni inteligencia, y sus soldados, policías y abogados, mensajeros de malas noticias enviadas por personajes siniestros.

 

Sigo siendo el hombre de las dificultades.

 

1 a 15 García Márquez Gabriel: Vivir para contarla. – Bogotá: Editorial Norma, 2002. ISBN 958 04-7017-0.

 

 

 

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