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CONFESIONES

 ReVista OjOs.com    MARZO DE 2017

 

Fernando Guinard por Darío Ortiz

Fernando Guinard

Fernando Guinard por Fernando Maldonado

ASESINATO DE LA ÉTICA

 

Esta jodida la democracia, se transfiguró en una perversión constante, no hay ética en la política y la impunidad, que está en el 98%, se pasea  oronda como puta de burdel fino.

 

Hay inmundicia, sangre, crueldad e indecencia.

 

Estamos invadidos por popólítícos bandidos, psicópatas y sociópatas. Y por una publicidad tan fastidiosa, por parte de las fábricas de mentiras, que exaspera, incluso, a los temperamentos amorfos.

 

Y como las cenizas se esparcen con el viento existe el riesgo de caer en populismos de extrema derecha o  izquierda. Como Hitler, Videla, Pinochet, Fujimori, Trump, Maduro o Rodrigo Duterte. Y los de derecha van por los baldíos y las tierras de los campesinos, y por los líderes sociales y los representantes de los partidos de izquierda y sus militantes para asesinarlos. Y los de extrema izquierda van por las empresas y por los medios de comunicación.

 

Es difícil saber cual político podría ser ético. Es indudable que hay que realizar una alianza que se oponga a los representantes de los partidos políticos que han gobernado este país hasta llevarlo a un estado de agonía. Y parece que hay algunos con ética como Robledo, Petro, Iván Cepeda, Claudia López, Aida Abella, Antonio Navarro, Piedad Córdoba y Germán Navas Talero. Y sería muy bueno que se unieran, de lo contrario sería la crónica de una muerte anunciada.

 

Tuve la oportunidad de leer la Biografía no autorizada de Don Julio Mario, del escritor y periodista Gerardo Reyes, publicada por Grijalbo, en enero de 2003.

 

El señor en cuestión financiaba o patrocinaba a los alcaldes, gobernadores, representantes a la cámara, senadores y presidentes. Era el poder detrás del poder. “Un seductor soberbio, sofisticado y mordaz que impartía sus afectos y rencores a punta de besos y bofetadas, guiado por las intrigas que le susurraban al oído sus auxiliares de turno”.

 

Dice que Mingo era muy rebelde e indisciplinado y que de niño pasaba los fines de semana en una casa de Hierbabuena que pertenecía a una hermana de Alfonso López Michelsen.

 

Sus amigos eran Fernando “el Chuli” Martínez, Nelson Bruno, Alberto Arias de Greiff, Edgar Iragorri y Álvaro “El largo” Escallón Villa, quien fue Asesor de Comunicaciones en la presidencia del “dotor” Alfonso López Michelsen.

 

Su hermano Luis Felipe era su cómplice de las parrandas con damas de todos los pelambres.

 

Una bella muchacha pobre, Ileana Vélez Lacayo, por accidente, al acariciarlo con sus manitas, lo untó de pintura negra que era utilizada por las adolescentes en las fiestas carnavalescas. Y él, molesto la escupió en la cara ante la estupefacción de sus áulicos. La muchacha lo abofeteó. Y el buenmozo muchacho que no era psicópata se arrepintió y la desagravió con una gran fiesta. Y  luego le dio empleo y cuando cumplió las semanas cotizadas se jubiló. Afortunada.

 

Y era amigo de Álvaro Cepeda, Alejandro Obregón y Gabriel García Márquez,  quienes lo ponían al día en arte, literatura y cine. Y leía, gracias a Cepeda, a Dos Passos, Capote, Caldwell y Saroyan, los escritores norteamericanos de moda.

 

Y García Márquez, con el seudónimo de  Septimus, tomado de un personaje de una obra de  Virginia Woolf, escribió en la columna que Alfonso Fuenmayor le dio en el periódico El Heraldo, en 1950, lo siguiente: “Si por algo lo esperamos es para ver deshollejar a los lagartos del café, por verlo tener siempre la razón, y por no dejársela quitar de nadie, por verlo hacer las cosas como le viene en gana, y por vernos convencidos, al fin y al cabo, de que es la mejor forma de hacerlo”.

 

En La Cueva, un bar cuyo propietario era el catalán Eduardo Vilá, compartía con los del grupo de Barranquilla, Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor, unos tragos que les servían de preámbulos etílicos para salir a putear.

 

E influido por esta biografía inicié el proyecto, Historia no autorizada del Arte Colombiano, en el que contaré con pelos y señales mis percepciones sobre los maestros y  artistas que realizan sus obras por amor, y escribiré sobre los artesanos disfrazados de artistas  que solo buscan el carácter utilitario, y de los farsantes, los mediocres, los estafadores, y los gestores culturales que siempre han mamado de la teta del poder y deambulan por los espacios convencionales imitando a Mingo con “la mirada Imponente, las cejas  sensuales de conde Drácula y una sonrisa socarrona de medio lado que buscaba la muchacha más buena de la fiesta, que terminaría muy pronto entre sus brazos”.

 

Y me gustaría que me llenaran la cuenta de la Corporación de Ahorro y Vivienda sin que yo me diera cuenta.

 

Soy independiente y auténtico y me redimo con las confesiones sustentadas en el arte y en una visión desprejuiciada, lujuriosa, romántica y  amorosa  de la sexualidad, el erotismo, el porno y  la cotidianidad en una atmósfera propia de la estética festiva.

 

Sin embargo no me gustan los favores obscenos a los grandes empresarios y latifundistas que acumulan baldíos y tierras de desplazados y destruyen los sueños de los marginados.

 

Acciones poco éticas, impregnadas de soborno,  fraude y extorsión, tráfico de influencias, intercambio de favores y terror.

 

En el  mundillo del arte contemporáneo y el de  sus protagonistas, patrocinadores y áulicos que comparten su intelectualidad, hay especulación en los precios. Críticos, galeristas y avivatos se juntan para manipular prestigios y precios.

 

Lo mismo sucede en el negocio editorial donde las fábricas de mentiras editan, lamen y premian sus fichas.

 

En el mundo de la cultura no existen espacios inmunes a la corrupción y esta suele manifestarse aun en los ámbitos más sacralizados.

 

En el mundo de la cultura no existen los méritos sino las relaciones y el espíritu políticamente correcto. Entonces la actividad cultural se putea pues se excluyen proyectos con trayectoria e independientes por no pertenecer a las roscas de poder burocráticas, amorosas y sexuales.

 

Y quedo estupefacto cuando leo las columnas de Antonio Caballero, Daniel Coronell y Gonzalo Guillen, que hablan de la enfermedad terminal de Colombia: la corrupción de los espíritus.

¡Auxilio!

 

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