(57) 319 2930843

(57) 318 3269478

CONFESIONES

 ReVista OjOs.com     MARZO DE 2013

Fernando Guinard por Darío Ortiz

Fernando Guinard

Fernando Guinard por Fernando Maldonado

 

VIOLENCIA ETERNA

 

Todo lo que se hace en arte proviene del mundo interior, pero necesito los contactos y cambios que establezca con los demás. Yo necesito de los otros, no solo porque me traigan algo sino porque soy una víctima de esa incansable curiosidad que ha de satisfacerse con sus visitas.

Pablo Picasso

 

Jamás he considerado la pintura como un juego de distracción, he querido mediante el dibujo y el color, puesto que estas son mis armas, penetrar en el conocimiento del mundo y de los hombres… La pintura no se ha hecho para decorar viviendas… Son instrumentos de guerra ofensiva y defensiva contra el enemigo.

Pablo Picasso

 

Dicen los amigos que me quieren, que soy un loco brillante como mis ideas, y una especie de adelantado del sexo, el más bizarro discípulo del gigantesco manchego.

 

Mi trabajo es cristalización de autenticidad, sinceridad, libertad y espíritu erótico.

 

Es mi cultura que aporta nuevos significados de vitalidad.

 

No utilizo artificios ni trucos para captar los secretos íntimos de unos cuerpos desnudos y unas mentes abiertas que se expresan con gran complicidad y plasman alegría, angustia, dolor y sentimientos extraños para turbar los espíritus con el difícil elogio a los seres que me acompañan en mis aventuras.

 

Me encantaría que mis ojos fueran como los de Picasso que todo lo ven y nada ocultan.

 

Mi obra es como el Guernica de Picasso. Plagada de bocetos, confesiones y textos.

 

Estas líneas son una declaración de amor a la memoria de todos aquellos artistas que han sentido en carne propia los estertores de la malparidez de un pueblo desplazado, dogmatizado, torturado, desmembrado, enterrado, y por sobre todo, ignorado en su tragedia.

 

Ante una masa ignorante y una clase política violenta, qué puede hacer un pobre boy scout como uno sino lanzar sus ladridos terroríficos al viento para que descansen en un cementerio secreto.

 

El negro es el color de la muerte y el de los vestidos de señores y señoras lameculos que asisten a festines de siniestros personajes con poder y arrogancia cuyos métodos atroces para ejercer el poder generan terror y obediencia.

 

El arte no debe ser oficial ni servir a los intereses de los avivatos.

 

La palabra no se escribe para ensalzar a los bandidos.

 

La obra de artistas y escritores humanistas comprometidos es una proyección inmediata y auténtica de los fenómenos de la realidad circundante y a la problemática de su tiempo.

 

El despotismo ilustrado de los reyes de la Casa de Borbón fue una maquinaria burocrática desalmada que se convirtió en una factoría productiva de utilidades que esparció las mañas de las recompensas por las capitulaciones a sus vasallos y otorgó facultades políticas y jurisdiccionales sobre las tierras de los nativos a cambio de una participación.

 

Y estamos como hace 500 años cuando Pedro de Lugo financió los gastos de la expedición para conquistar las costas del Caribe y el Río Grande de la Magdalena con la complicidad del monarca que le otorgó para siempre el dominio de las tierras invadidas por y el cargo o título de Capitán General con funciones para nombrar regidores, jurados, escribanos públicos y autorización para repartir los indios y sus tierras, sus aguas y sus minas.

 

Exigió para él y sus descendientes la facultad para que el rey renunciara a enviar protectores de indios. Ahí está el espíritu de la rapiña, la explotación de las fuerzas indígenas, el desmantelamiento de sus templos, el robo de sus tesoros, el saqueo de sus sepulturas, la profanación de sus tumbas, los secuestros de indios que debían pagar su peso en oro por el rescate, y cuando pagaban los soltaban y volvían a secuestrar. Herencia maldita de bandidos insensibles, mentirosos, ladrones, despojadores y asesinos en complicidad con las Casas de Contratación.

 

La historia de Colombia es un listado de muertos, plasmada por valientes con una necesidad imprescindible de sembrar memoria y cuestionar, denunciar y visualizar. También es un manicomio, y un matadero administrado por tiranos que defienden leyes dictadas por ellos mismos, que violan con cinismo, premeditación y alevosía.

 

Han arrasado con todo lo que encuentran a su paso, aire, tierra, agua, animales, plantas, y humanos que desenmascaran sus bellaquerías.

 

La mayoría de los seres humanos no existen para la memoria colectiva.

 

Los esclavos de todos los tiempos, los sumisos de todas las geografías, los ignorantes de todas las disciplinas, los indígenas de todos los continentes han sido desaparecidos.

 

El moho del espacio y las bacterias del tiempo solo son superados por los protagonistas y los artistas que no se han arrodillado ante el poder, el dinero y la gloria efímera.

 

En los tiempos del gran movimiento estudiantil, la muchachada tenía una gran conciencia política y social.

 

La tortura, la violencia, el llanto, la corrupción de la clase política y la agresividad del imperialismo fueron caldo de cultivo para los artistas exentos de la banalidad.

 

Los beatniks, fueron considerados como un grupo de vagabundos que se rebelaron contra los esquemas del establecimiento y suprimieron los valores culturales, las jerarquías sociales y las tutelas morales. Fueron, más bien, un movimiento literario con filosofía propia, percepción contestataria y espíritu revolucionario que rompió con las reglas de la poesía acartonada. Fueron la piedra angular que irradió el alto voltaje de los movimientos sociales e intelectuales posteriores que utilizaron el espíritu de la protesta y despertaron a una generación oprimida, golpeada y fracasada que reflejaba un espíritu melancólico.

 

Débora Arango, heroína del arte nacional, pionera de la denuncia política, registró en su obra el sufrimiento de la mujer colombiana. Ella, católica creyente, satirizó al clero, no aguantaba su verborrea embrutecedora.

 

En 1948 pintó La danza, obra que muestra a la muerte encaramada sobre una parihuela sostenida por esqueletos de religiosos, vestidos de azul, el color del partido conservador, y rosario al cinto. Las calaveras amarillas y sonrientes cantan alabanzas a los dioses que siempre tienen la razón sin importar los fines.

 

En la acuarela titulada Masacre del 9 de Abril, el pueblo, representado por una mujer, echa las campanas al vuelo mientras los curas y los ejércitos del poder disparan y rematan con bayoneta a los que no están de acuerdo con sus políticas esterilizantes.

 

Pintó cementerios de la chusma invadidos por cruces y chulos popólíticos que se alimentan de los estertores de la muerte, perros que se nutren de calavera y cadáveres que transitan en trenes.

 

La obra Justicia es una mujer de grandes senos capturada por dos uniformados con cara de paramilitares que la agarran por los brazos mientras un narizón mira de reojo, como los hipócritas.

 

La Junta Militar son cinco monstruos envueltos en la bandera nacional.

 

En 1953, pintó La Salida de Laureano o 13 de Junio, que muestra un sapo y su comitiva, cargado por chulos en medio de la alegría de militares, curas y pueblo.

 

El Excelentísimo Señor Presidente Teniente General Jefe Supremo Gustavo Rojas Pinilla, alias Gurropín, arria a culatazos a pequeños monstruos, sapos del poder ejecutivo y legislativo, mientras la muerte, con un pañuelo en alto, guía al presidente de turno.

 

En La república, unos cuervos devoran una vagina que pare monstruos, un espíritu santo con cara de humano extiende las alas con el viva de diez malparidos.

 

Carlos Correa, en 1953, realizó La res pública, un aguafuerte, punta seca y buril, sobre plancha de zinc, donde plasmó cómo es devorada la república por un gusano representado por Laureano Gómez y cuatro chulos cuyas cabezas son las de los popólíticos Roberto Urdaneta Arbeláez, el sustituto de Laureano entre 1951 y 1953; Mariano Ospina Pérez, presidente entre 1946 y 1950, en cuya administración se asesinó a Jorge Eliécer Gaitán; Darío Echandía, ministro de Educación y Gobierno de Alfonso López Pumarejo, y designado y presidente cuando intentaron tumbar a su jefe; y la de Carlos Lleras Restrepo, quien fue presidente entre 1966 y 1970. El serrucho, metáfora del eterno saqueo de la clase política a las arcas colombianas, sobresale en primer plano como acompañante inseparable del cadáver insepulto de la patria.

 

Puta la madre, puta la hija, puta la manta que los cobija, es el título de otro grabado en el que la política es la madre, la guerra es la hija, y la religión es la manta.

 

En 1948, el maestro Alejandro Obregón pintó Masacre del 10 de abril.

 

El 8 de Junio de 1954 mataron a un estudiante de la Universidad Nacional, el día siguiente masacraron a doce más. La violencia entró a la universidad y el arte de contenido político expresó su indignación contra la dictadura así no fuera bien visto por los modistos que pregonaban la abstracción y la reivindicación del indigenismo.

 

Obregón, en 1956 pintó el Velorio de un estudiante asesinado.

 

Ignacio Gómez Jaramillo pintó Colombia llora un estudiante.

 

A Gurropín, el excelentísimo teniente general y no sé que más jodas, lo retrató representado por calaveras, monstruos y ratas sobre bolsas repletas de dinero.

 

La tarde del domingo 4 de febrero de 1956, matones del general Rojas Pinilla ubicados en sitios claves de la plaza de toros, armados con garrotes y puñales gritaban: ¡Viva Rojas Pinilla! Como los asistentes a la plaza no respondieron como guacamayas de mitin político, los matones asestaron sus garrotes contra los cuerpos de los desarmados taurófilos y chuzaron a los que se atravesaban. Los cuerpos de los muertos caían al círculo amarillo y cuando eran arrastrados dejaban rastros de sangre sobre la arena. Luego, los descuartizaban en los pasillos. Y todo porque ocho días antes, los amantes de las tardes de sol, arena y muerte, chiflaron a la nena Rojas y a su cónyuge.

 

El maestro Carlos Correa, en la obra Paz, justicia y libertad de 1958, un grabado en metal de pequeño formato, muestra a un militar con orejas de animal que sostiene en la mano izquierda una bolsa con el signo $ y en la

derecha un puñal. En el piso, los campesinos esperan las migajas que les darán vida por otro día o la puñalada que los mandará al descanso eterno.

 

Alejandro Obregón, a la edad de 42 años, ganó el XIV Salón Nacional con la obra La Violencia, una pintura al óleo de gran formato que muestra a la muerte embarazada y abandonada en un aire de soledad y misterio que produce una gran tristeza y desolación. Era como la síntesis plástica del espíritu mortuorio que imperaba en Colombia mostrado con gran crudeza en textos y fotografías que aparecieron en el libro publicado por Monseñor Germán Guzmán, el sociólogo Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, titulado La violencia en Colombia.

 

En el XV Salón Nacional de Artistas, Alejandro Obregón fue declarado fuera de concurso con Genocidio, una pintura que representaba los estertores de la muerte.

 

Carlos Granada fue premiado con la pintura A solas con la muerte. Augusto Rendón, ganó el premio de grabado con un aguafuerte titulado Santa Bárbara, que mostraba la masacre realizada en el pueblo antioqueño de Santa Bárbara donde fueron asesinados muchos sindicalistas que ejercían el derecho al paro.

 

En 1964 Augusto Rivera obtuvo el primer premio de pintura con la obra Paisaje y Carroña, en la que mostró, con espíritu expresionista, los estertores de la muerte.

 

El gran escritor colombiano Gabriel García Márquez escribió: En la guerra de Vietnam murieron 550 mil muchachos del ejército norteamericano. Entre 1965 y 1969 cayeron sobre Vietnam más bombas que las que destruyeron a Alemania en la II guerra mundial. Los niños quemados con Napalm se robaron las portadas de diarios y revistas de todo el mundo. Mataron ancianos y niños, arrasaron con las aldeas, destruyeron las selvas con desfoliadores químicos, sembraron minas por doquier, mataron tres millones de vietnamitas, pero no pudieron derrotarlos. Desesperados, los soldados norteamericanos asesinaban a sus superiores para evitar los combates.

 

Los gringos arrojaron sobre Vietnam 14.000.000 de toneladas de bombas y fue el castigo de fuego más feroz padecido jamás por país alguno en la historia de la humanidad. . . En los pocos años de aquel frenesí de tierra arrasada, borraron del mapa 9.000 pueblos, desbarataron la red nacional de ferrocarriles, aniquilaron las obras de irrigación y drenaje, mataron novecientos mil búfalos y devastaron cien mil kilómetros cuadrados de tierra de cultivo, o sea una superficie igual a más de ciento veces la ciudad de Nueva York. Ni las escuelas ni hospitales se salvaron de esa exterminación atroz: los dos mil quinientos leprosos de la colonia de Qhynlap fueron fulminados en una sola incursión aérea con una ducha mortal de fósforo vivo (...) El saldo del delirio causaba estupor: trescientos sesenta mil mutilados de guerra, un millón de viudas, setenta mil prostitutas, cincuenta mil drogadictos, en su mayoría menores de edad, ocho mil mendigos, un millón de tuberculosos (...)

 

En 1970, en Colombia, el huilense Misael, un provinciano e ignorante en temas de Finanzas y criado del capital financiero, dio vida al sistema UPAC, que arrasó con los sueños y el patrimonio de miles de ilusos e ignorantes que se descrestaban con la utopía de la casita propia sin avizorar la tragedia.

 

Diego Arango, con fuerza descomunal, gesto desmadrado, composición dinámica y color a raudales, ha pintado la guerra, la violencia, la tortura, el llanto, los alaridos de la muerte, los quejidos de la madre naturaleza y el esplendor de su entorno, la metáfora de la sumisión de la fuerza pública representada por una marioneta manipulada por sus gestores.

 

En el famoso Taller 4 Rojo se diseccionó el cadáver insepulto del imperialismo y la realidad de la patria, germinó la revista Alternativa, que dio un nuevo nivel de significación al periodismo fabricante de mentiras que reinaba en el frente nacional, la manguala que armaron los dos partidos tradicionales para repartirse la marrana del poder.

 

Para Fernando Botero, “la violencia en Colombia, casi siempre, es producto de la ignorancia, la falta de educación y la injusticia social”.

 

En la década del 70, pintó La masacre de los inocentes, a finales de los noventa, abordó en sus obras la violencia producida por el choque entre la guerrilla, el narcotráfico y el gobierno. Pero no hay buenos y malos sino un estilo de vida que se impone y que es necesario erradicar. Pintó el Carro Bomba, y en épocas recientes la obra de las torturas en la prisión irakesa de Abu Ghraib, practicadas por soldados norteamericanos que apalean y sodomizan prisioneros con las manos liadas.

 

La masacre de La Mejor Esquina, en una cantina, tiene su origen en la matanza realizada en 1988, en el departamento de Córdoba, cuando fueron asesinadas veintiocho personas.

 

En abril de 2004, Botero, presentó en Bogotá una muestra compuesta por cincuenta obras en las que plasma la violencia practicada por la guerrilla, que luego fueron donadas al Museo Nacional. Sus imágenes sobre las torturas realizadas en la prisión de Abu Ghraib, en Irak, muestran, según palabras del maestro, que la tarea del arte no es recrear las imágenes sino dejar testimonio de la tragedia de la guerra, la, tortura, el llanto, la humillación y la muerte.

 

 © ReVista OjOs.com

Se prohíbe la reproducción de cualquiera de los contenidos de la ReVista, así como su traducción  a cualquier idioma sin autorización de su titular. Email: fernando.guinard@gmail.com / Teléfono: (57) 318 3269478 - 319 2930843 Bogotá, Colombia