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CONFESIONES

 ReVista OjOs.com    JULIO DE 2012

Fernando Guinard por Darío Ortiz

Fernando Guinard por Fernando Maldonado

 

EL RODEO DE LOS ROEDORES

 

El primer recuerdo que tengo de los ratones fue en la casa de mi abuelo materno en la ciudad de Sugamuxi. Era una casa grande con árboles frutales, rosas y claveles que alegraban con su colorido la inocencia de un niño feliz a pesar de la maldición de los colegios conductistas.

 

Era una época cuando el agua se extraía de aljibes muy profundos y el acueducto apenas vomitaba las primeras gotas de aguas plagadas de unos animalitos rojos del tamaño de una cabeza de alfiler al rojo vivo.

 

Mi abuelo Lisandro extraía muelas con dolor y ponía a bramar a los pacientes que querían ahorrarse unos centavos de la anestesia.

 

Tenía una trampa para cazar ratones, una jaula de alambre circular con una abertura en la parte superior por la que se introducían  a roer maíz.

 

Las cacerías eran productivas y la jaula con los atrapados la introducía en un balde con agua donde eran ahogados y botados al corral donde las gallinas se los tragaban enteros.

 

Muchos años después, en un paseo a una casa campestre vecina del Club del Bosque en Silvania, donde un amigo rumiaba su soledad, mientras tomábamos licores espirituosos e intercambiábamos ideas sobre la corrupción imperante, aparecieron decenas de ratas campestres de color pardo y negro que bajaban de un cuarto en el segundo piso que era su guarida y estaba cubierto con una alfombra negra de mierda. Los visitantes, y por una sola noche, nos encerramos con la familia en cuartos por donde no penetraba ni un suspiro pero sí  se podía observar por la ventanas a los animalitos voyeristas. Y a la madrugada abandonamos ese lugar como almas poseídas por los demonios.

 

Y ahora, una rata de gran tamaño y de color negro levantó la rejilla que cubría el desagüe del corredor de la cocina y penetró en el MaReA, con tan mala suerte que mi cómplice la descubrió y trató de eliminarla a escobazos, pero fue imposible porque el animal se introdujo en un cuarto lleno de chécheres mientras pasaba el pánico.

 

Y se compró el veneno para eliminar la rata que solo quería un pedazo de alimento para sobrevivir y tener la energía para amamantar a su prole.

 

Se taparon todos los espacios posibles para que el animalito no escapara, pero todo fue inútil, con gran inteligencia volvió a quitar la rejilla del sifón y se escapó rumbo a su hogar sin probar el veneno y de regalo nos dejó sus cagarrutas.

 

Pesadilla real.

 

Las ratas se encuentran en toda la geografía terrestre y en especial en las alcantarillas, en las plazas de mercado, en el congreso, en las cortes, en los ministerios, en el ejército, la policía y se disfrazan de centauros.

 

Son de extraordinaria vitalidad y capacidad de adaptación, y causan asco e indignación. Son astutas y hay de varios tamaños y colores: azules, rojas, verdes, amarillas, pardas y negras. Y se visten con paños ingleses y corbatas multicolores.

 

La lengua les sirve para lamer los culos de las ratas reinas cuyas colas les ayudan a controlar los saltos y sobresaltos de su pútrida realidad, caminar sobre los obstáculos más complicados e introducirse por cualquier ranura donde se alimentan de micos que las nutren con más astucia.

 

Comen de todo, pensiones, primas de antigüedad, sobornos, conciliaciones,  primas de éxito, así estén en cautividad o en libertad.

 

En zonas no urbanizadas se alimentan de selvas, reservas y parques naturales, yacimientos de petróleo, carbón, hierro, latifundios, mamíferos, insectos.

 

El canibalismo está muy extendido en la especie y las más experimentadas guían las percepciones de las más jóvenes para que nunca salgan de esa alcantarilla que son los tres poderes.

 

Son nadadoras excepcionales que sobreviven a los tsunamis presupuestales y a las infinitas prebendas.

 

A las ratas les gustan las mujeres de tetas grandes y cerebros pequeños que les digan cosas bonitas al oído, como por ejemplo, que son los seres más poderosos del universo.

 

Las ratas se  orientan en la oscuridad. La flexibilidad de su esqueleto les permite introducirse en las constituciones por los agujeros más estrechos.

 

Soportan las temperaturas más extremas, sus sentidos son muy desarrollados pues oyen lo que no se ha dicho, huelen las ollas podridas pero no diferencian los colores de sus amos.

 

Sus padres y sus hijos han nadado y nadaran en todas las letrinas del poder.

 

Son astutas y se pueden llevar los huevos de las gallinas de oro sin romperlos y sin manchar su nombre ni el de sus familias.

 

Tienen gran capacidad de intimidación y asustan con sus pedos sulfhídricos a los perros que las persiguen.

 

La erradicación de las ratas, una vez establecidas en un lugar, es muy difícil y en especial cuando no son muchas porque la competencia para conseguir el alimento no es tan intensa.

 

El dios Ganesha, el removedor de obstáculos y plagas es representado sobre una rata.

 

En el zodiaco chino las ratas llegaron por última vez en el 2008, e invernarán en sus madrigueras hasta el 2020 cuando retornarán con su creatividad para engañar a los ingenuos.

 

Ciudades como Deshnoke, al noroeste de la India, tienen a su cuidado 20.000 ratas en el templo de Karni Mata, porque son las reencarnaciones de este dios y de sus seguidores llamados sadhus, son hombres santos del hinduismo.

 

La asfixia y el envenenamiento de ratas se aceptan en el hemisferio occidental como algo normal.

 

Por eso hay que exterminarlas para no repetir la historia de Napoleón que tuvo que ayunar con los guardianes que lo conducían al destierro porque las ratas devoraron todas sus despensas.

 

Hay que evitar su reproducción y conviene esterilizarlas. En caso extremo fumigarlas con cianuro o bromuro de metilo y quemar los cadáveres pues el riesgo del contagio con sus efluvios es mortal para las democracias.

 

¡Auxilio¡ ¡Socorro!

 

Y ya vienen las ollas podridas del arte.

 

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